Velando… con toda perseverancia

Por el élder David A. Bednar

Del Quórum de los Doce Apóstoles


Un sistema espiritual y precoz de advertencia… puede ayudar a los padres de Sión a velar y a discernir con respecto a sus hijos.
 

Hace poco iba manejando mi auto mientras las gotas de una tormenta empezaban a caer sobre el parabrisas. Al lado del camino, en una señal electrónica aparecía una oportuna advertencia: “Carretera resbaladiza adelante”. La superficie por la que conducía parecía bastante segura, pero esa vital información me permitió prepararme para un posible peligro que no esperaba y que aún no veía. Al proseguir hacia mi destino, reduje la velocidad y miré con atención por si había más señales de peligro.

Las primeras señales de advertencia son evidentes en muchos aspectos de nuestra vida; por ejemplo, la fiebre puede ser el primer síntoma de una enfermedad o dolencia. Varios indicadores económicos y laborales del mercado se utilizan para pronosticar las futuras tendencias en la economía local y nacional y, según la región del mundo en la que vivamos, podemos recibir advertencias de inundaciones, avalanchas, huracanes, maremotos, tornados o tormentas invernales.

También somos bendecidos con señales espirituales tempranas de advertencia como una fuente de protección y dirección en nuestra vida. Recuerden cómo Dios le advirtió a Noé de cosas aún no vistas, y éste “preparó el arca para que su casa se salvase” (Hebreos 11:7).

A Lehi se le advirtió salir de Jerusalén y llevar a su familia al desierto porque la gente a quien él había declarado el arrepentimiento procuraba matarlo (véase 1 Nefi 2:1–2).

El Salvador mismo fue protegido mediante una advertencia angelical: “…he aquí un ángel del Señor se le apareció en sueños a José, diciendo: Levántate, y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y quédate allá hasta que yo te lo diga, porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo” (Mateo 2:13).

Consideren el lenguaje del Señor en la revelación conocida como la Palabra de Sabiduría: “Por motivo de las maldades y designios que existen y que existirán en el corazón de hombres conspiradores en los últimos días, os he amonestado y os prevengo, dándoos esta palabra de sabiduría por revelación” (D. y C. 89:4).

Las advertencias espirituales deben conducir a una vigilancia más alerta. Ustedes y yo vivimos en “un día de amonestación” (D. y C. 63:58). Y debido a que se nos ha advertido y que se nos advertirá, debemos estar, como el apóstol Pablo amonestó: “velando… con toda perseverancia” (Efesios 6:18).

Ruego la guía del Espíritu Santo al describir un sistema espiritual y precoz de advertencia que puede ayudar a los padres de Sión a velar y a discernir con respecto a sus hijos. Este sistema precoz de advertencia se aplica a los hijos de todas las edades y tiene tres componentes básicos: (1) leer el Libro de Mormón y hablar de él con los hijos, (2) dar testimonio espontáneamente de las verdades del Evangelio con los hijos e (3) invitar a los hijos como aprendices del Evangelio a actuar y a que no sólo se actúe sobre ellos. Los padres que hagan esas cosas fielmente serán bendecidos para reconocer las primeras señales del crecimiento espiritual de los hijos o de los desafíos que se tengan con ellos, y estar mejor preparados para recibir inspiración a fin de fortalecer y ayudar a esos hijos.

Componente número 1: Leer el Libro de Mormón y hablar de él.

El Libro de Mormón contiene la plenitud del evangelio del Salvador y es el único libro que el Señor mismo ha testificado que es verdadero (véase D. y C. 17:6; véase también Russell M. Nelson, “Un testimonio del Libro de Mormón”, Liahona, enero de 2000, pág. 84). De hecho, el Libro de Mormón es la piedra clave de nuestra religión.

Los poderes del Libro de Mormón que convencen y convierten provienen tanto de un enfoque central en el Señor Jesucristo así como de la inspirada sencillez y claridad de sus enseñanzas. Nefi declaró: “Mi alma se deleita en la claridad para con mi pueblo, a fin de que aprenda” (2 Nefi 25:4). En este caso, el término “claridad” denota instrucción que es evidente y fácil de entender.

El Libro de Mormón es el más correcto de todos los libros sobre la tierra porque se centra en la Verdad (véase Juan 14:6; 1 Nefi 13:40), o sea, Jesucristo, y restaura las cosas claras y preciosas que se han quitado del Evangelio verdadero (véase 1 Nefi 13:26, 28–29, 32, 34–35, 40). La combinación singular de esos dos factores —el enfocarse en el Salvador y la claridad de las enseñanzas— invita de manera convincente el testimonio confirmador del tercer miembro de la Trinidad, o sea, el Espíritu Santo. Por consiguiente, el Libro de Mormón se dirige al espíritu y al corazón del lector como ningún otro tomo de Escritura lo hace.

El profeta José Smith enseñó que el obedecer los preceptos que se encuentran en el Libro de Mormón nos serviría para “acercar[nos] más a Dios” que cualquier otro libro (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, pág. 67). El leer el Libro de Mormón con regularidad y hablar en cuanto a él invita al poder para resistir la tentación y producir sentimientos de amor dentro de nuestras familias. Los análisis acerca de las doctrinas y los principios del Libro de Mormón proporcionan oportunidades para que los padres observen a sus hijos, los escuchen, aprendan de ellos y les enseñen.

Los jóvenes de todas las edades, incluso los bebés, pueden responder al espíritu característico del Libro de Mormón, y lo hacen. Los niños quizá no entiendan todas las palabras y los relatos, pero ciertamente pueden sentir la clase de espíritu que describió Isaías (véase Isaías 29:4; véase también 2 Nefi 26:16). Las preguntas que haga el niño, las observaciones que el niño comparta y las conversaciones que surjan proporcionan las primeras señales de advertencia que serán cruciales. Y lo que es más importante, tales conversaciones pueden ayudar a los padres a discernir lo que sus hijos estén aprendiendo, pensando y sintiendo acerca de las verdades que encierra este sagrado tomo de Escritura, así como las dificultades que puedan estar afrontando.

Componente número 2: Dar testimonio espontáneamente

El testimonio es un conocimiento personal, basado en la atestiguación del Espíritu Santo, de que ciertos hechos de importancia eterna son verdaderos. El Espíritu Santo es el mensajero del Padre y del Hijo y el maestro de toda verdad y el que guía a ella (véase Juan 14:26; 16:13). Por lo tanto, “por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5).

El conocimiento y la convicción espiritual que recibimos del Espíritu Santo son el resultado de la revelación. Para buscar y obtener esas bendiciones se requiere un corazón sincero, verdadera intención y fe en Cristo (véase Moroni 10:4). El testimonio personal también implica responsabilidad y el dar cuenta de ella.

Los padres deben velar y estar espiritualmente atentos a las oportunidades que ocurran espontáneamente para dar testimonio a sus hijos. Esas ocasiones no tienen que programarse, planearse ni dirigirse con un guión. De hecho, cuanto menos estructurada sea la ocasión para compartir tales testimonios, mayor será la probabilidad para edificar y lograr un impacto perdurable. “Ni os preocupéis tampoco de antemano por lo que habéis de decir; mas atesorad constantemente en vuestras mentes las palabras de vida, y os será dado en la hora precisa la porción que le será medida a cada hombre” (D. y C. 84:85).

Por ejemplo, una conversación familiar que se lleve a cabo de manera natural durante la cena puede ser el marco perfecto para que uno de los padres hable de las bendiciones específicas que recibió durante el curso de actividades relativamente cotidianas, y que testifique de ellas. Y un testimonio no siempre tiene que empezar con la frase: “Les doy mi testimonio”. Nuestro testimonio se puede declarar de forma tan sencilla como “Sé que hoy fui bendecido con inspiración en el trabajo” o “La verdad de este pasaje de las Escrituras siempre ha sido una poderosa fuente de guía para mí”. Oportunidades similares para compartir el testimonio también pueden surgir al viajar juntos en el auto o en el autobús o en diversas situaciones.

Las reacciones de los hijos a ese testimonio espontáneo y su entusiasmo o renuencia a participar son fuentes poderosas de señales precoces de advertencia. La expresión de un hijo sobre una lección que aprendió en el estudio familiar de las Escrituras o una declaración franca de preocupación sobre un principio o práctica del Evangelio puede ser sumamente esclarecedor y ayudar a los padres a entender mejor la pregunta o las necesidades específica del hijo. Esas conversaciones —especialmente si los padres están tan ansiosos de escuchar como de hablar— pueden fomentar un ambiente de apoyo y de seguridad en el hogar y alentar la comunicación continua sobre temas difíciles.

Componente número 3: Invitar a los hijos a actuar

En la gran división de todas las creaciones de Dios, hay “cosas que actúan… [y] aquéllas sobre las cuales se actúa” (2 Nefi 2:14). Como hijos de nuestro Padre Celestial, hemos sido bendecidos con el don del albedrío moral, la capacidad y el poder de actuar en forma independiente. Dotados de albedrío, somos agentes, y principalmente, hemos de actuar y no que se actúe sobre nosotros, especialmente al “[buscar] conocimiento, tanto por el estudio como por la fe” (D. y C. 88:118).

Como aprendices del Evangelio, debemos ser “hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores” (Santiago 1:22). Nuestro corazón se abre a la influencia del Espíritu Santo si ejercemos debidamente el albedrío y actuamos de acuerdo con principios correctos; y por medio de ello invitamos Su enseñanza y Su poder testificativo. Los padres tienen la sagrada responsabilidad de ayudar a los hijos a actuar y a buscar conocimiento por medio de la fe; y un hijo nunca es demasiado pequeño para tomar parte en este modelo de aprendizaje.

Si al hombre se le da un pescado, le da de comer una vez; si al hombre se le enseña a pescar, lo alimentará toda la vida. Como padres e instructores del Evangelio, ustedes y yo no estamos en el negocio de distribuir pescados; más bien, nuestra obra es ayudar a nuestros hijos a aprender a “pescar” y a llegar a ser espiritualmente firmes. Ese objetivo vital se logra mejor al animar a nuestros hijos a actuar de acuerdo con principios correctos, al ayudarlos a aprender por medio de la acción. “El que quiera hacer la voluntad de él conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mí mismo” (Juan 7:17). Tal aprendizaje requiere un esfuerzo espiritual, mental y físico y no sólo una recepción pasiva.

Invitar a los hijos como aprendices del Evangelio a actuar y a que no simplemente se actúe sobre ellos se lleva a cabo al leer y al hablar sobre el Libro de Mormón y al testificar espontáneamente en el hogar. Imagínense, por ejemplo, una noche de hogar en la que se invita y se espera que los hijos vayan preparados para hacer preguntas acerca de lo que leen y aprenden del Libro de Mormón o sobre un tema que recientemente se haya recalcado en una conversación sobre el Evangelio o testificado espontáneamente en el hogar. E imagínense, además, que los hijos hagan preguntas que los padres no estén adecuadamente preparados para contestar. Algunos padres quizás sientan algo de aprensión hacia ese método poco estructurado de la noche de hogar. Pero las mejores noches de hogar no son necesariamente el producto de paquetes preparados de antemano, comprados o bajados de internet con bosquejos y ayudas visuales. Qué oportunidad tan gloriosa para que los miembros de la familia escudriñen juntos las Escrituras, busquen conocimiento por el estudio y por la fe y reciban instrucción del Espíritu Santo. “…porque el predicador no era de más estima que el oyente, ni el maestro era mejor que el discípulo… y todos trabajaban, todo hombre según su fuerza” (Alma 1:26).

¿Estamos ustedes y yo ayudando a nuestros hijos a ser agentes que actúan y que buscan conocimiento tanto por el estudio como por la fe, o hemos capacitado a nuestros hijos a que esperen para que se les enseñe y se actúe sobre ellos? Como padres, ¿estamos dando de comer principalmente a nuestros hijos el equivalente de pescado espiritual, o estamos constantemente ayudándolos a actuar, a aprender por sí mismos y a permanecer firmes e inmutables? ¿Estamos ayudando a nuestros hijos a estar anhelosamente consagrados en pedir, buscar y llamar? (Véase 3 Nefi 14:7.)

El entendimiento espiritual con el que ustedes y yo hemos sido bendecidos, y cuya veracidad se ha confirmado en nuestro corazón, no se puede simplemente dar a nuestros hijos. El precio de la diligencia y del aprendizaje tanto por el estudio como por la fe se debe pagar para obtener y personalmente “poseer” tal conocimiento. Sólo de esa manera lo que se sabe en la mente también se podrá sentir en el corazón. Sólo de esa manera un hijo dejará de depender del conocimiento y de las experiencias espirituales de los padres y adultos y reclamar esas bendiciones para sí mismo. Sólo de esa manera nuestros hijos podrán estar espiritualmente preparados para los desafíos de la vida mortal.

Promesa y testimonio

Testifico que los padres que constantemente lean el Libro de Mormón y hablen de él con sus hijos, que compartan su testimonio de manera espontánea con ellos y que los inviten, como aprendices del Evangelio, a actuar y a que no sólo se actúe sobre ellos, serán bendecidos con ojos que vean lejos (véase Moisés 6:27) y con oídos que oigan el sonido de la trompeta (véase Ezequiel 33:2–16). El discernimiento y la inspiración espirituales que ustedes recibirán de la combinación de estos tres hábitos santos les permitirán ser como atalayas en la torre para su familia, “velando… con toda perseverancia” (Efesios 6:18), para bendición de su familia y de su futura posteridad. Se lo prometo y testifico en el sagrado nombre del Señor Jesucristo. Amén.