Bienvenidos a la conferencia

Por el presidente Thomas S. Monson


Gracias, mis hermanos y hermanas, por su fe y su devoción al evangelio de Jesucristo.

Qué bueno es, mis queridos hermanos y hermanas, reunirnos una vez más. Esta conferencia marca ciento ochenta años desde que la Iglesia fue organizada. Cuán agradecidos estamos por el profeta José Smith, quien buscó la verdad, quien la encontró y quien, bajo la dirección del Señor, restauró el Evangelio y organizó la Iglesia.

La Iglesia ha crecido constantemente desde ese día, en 1830. Continúa cambiando la vida de más y más personas cada año y se esparce por toda la tierra a medida que nuestra fuerza misional busca a aquellos que van en pos de la verdad. Una vez más hacemos un llamado a los miembros de la Iglesia para que extiendan una mano a los nuevos conversos o a aquellos que están en su camino de regreso a la Iglesia, a fin de que los rodeen de amor y los ayuden a sentirse en casa.

Gracias, mis hermanos y hermanas, por su fe y su devoción al evangelio de Jesucristo. Gracias por todo lo que hacen en sus barrios y ramas, en sus estacas y distritos. Ustedes sirven bien y de buena gana, y llevan a cabo grandes cosas. Que el Señor les bendiga al esforzarse por seguirle a Él y obedecer Sus mandamientos.

Desde la última vez que nos reunimos, la Iglesia ha continuado proporcionando una ayuda humanitaria muy necesitada en diversos lugares del mundo. Tan sólo en los últimos tres meses, se ha proporcionado ayuda humanitaria a la Polinesia Francesa, Mongolia, Bolivia, Perú, Arizona, México, Portugal y Uganda, entre otras regiones. Hace muy poco hemos prestado auxilio a Haití y a Chile, tras los devastadores terremotos y maremotos que hubo en estas regiones. Expresamos nuestro amor a los miembros de nuestra Iglesia que han sufrido durante estos desastres. Les tenemos presentes en nuestras oraciones. Les expresamos una gratitud profunda a todos ustedes por sus deseos de colaborar con nuestra labor humanitaria al compartir sus recursos y, en muchos casos, su tiempo, sus talentos y su pericia.

Este año se cumplen veinticinco años desde que nuestro programa humanitario llegó a formar parte de nuestra labor de bienestar. Sería imposible calcular de manera precisa la cantidad de personas que han recibido ayuda de dicho programa. Siempre nos esforzaremos por llegar entre los primeros a la escena de los desastres, dondequiera que se produzcan.

La Iglesia continúa creciendo y avanzando. La edificación de templos es una indicación de dicho crecimiento. Hace poco anunciamos un nuevo templo que se edificará en Payson, Utah. También anunciamos un amplio proyecto de renovación en el Templo de Ogden, Utah. De aquí a los tres próximos meses, dedicaremos templos en Vancouver, Columbia Británica, Canadá; en el valle Gila, Arizona; y en Ciudad de Cebú, Filipinas. Más adelante durante este año, se dedicarán o rededicarán otros templos. Continuaremos edificando templos por el mundo a medida que aumente nuestra cantidad de miembros. Cada año se efectúan millones de ordenanzas en los templos a favor de nuestros seres queridos que han fallecido. Ruego que continuemos siendo fieles al efectuar tales ordenanzas por aquellos que no pueden hacerlo por sí mismos.

Muchos de ustedes saben que mi querida esposa, Frances, sufrió una caída poco después de la conferencia de octubre, en la que se fracturó la cadera y un hombro. Después de dos operaciones exitosas y varias semanas de hospitalización pudo regresar a casa; se encuentra bien y continúa avanzando hacia una recuperación total. El sábado pasado pudo asistir a la reunión general de las Mujeres Jóvenes y este fin de semana tiene previsto asistir a una o dos sesiones. Lo cierto es que en el último minuto me ha dicho: “¡Voy a ir hoy!”, ¡y aquí está! Ella se une a mí para expresarles nuestra más profunda gratitud a nuestro Padre Celestial y a todos ustedes por sus oraciones y sus buenos deseos en su favor.

Ahora bien, hermanos y hermanas, hemos venido aquí para ser instruidos e inspirados. Les damos la bienvenida a los que son nuevos en la Iglesia. Otros están luchando con problemas, con desafíos, con desilusiones, con pérdidas. Les amamos y oramos por ustedes. Durante estos dos días, se darán muchos mensajes que cubrirán diversos temas del Evangelio. Estos hombres y mujeres que les dirigirán la palabra han buscado la ayuda de los cielos concerniente a los mensajes que les darán.

Es mi oración que seamos llenos de Su Espíritu al escuchar y al aprender. Ruego que esto sea así en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. Amén.