El albedrío: Esencial para el plan de la vida

Robert D. Hales

Del Quórum de los Doce Apóstoles


Cada vez que escogemos venir a Cristo, tomar Su nombre sobre nosotros y seguir a Sus siervos, progresamos a lo largo del sendero a la vida eterna.
 

Hace poco recibí una carta de un amigo de más de 50 años que no es miembro de nuestra Iglesia. Le había mandado un material de lectura del Evangelio, a lo que respondió: “Al principio me fue difícil entender el significado de la típica jerga mormona, tal como albedrío. Quizá una breve página de vocabulario sería útil”.

Me sorprendió que no entendiera lo que queremos decir con la palabra albedrío. Acudí a un diccionario en línea y, de las diez definiciones y usos de la palabra albedrío, ninguna expresaba la idea de escoger para actuar. Nosotros enseñamos que el albedrío es la facultad y el privilegio que Dios nos da para escoger y “…actuar por [nosotros] mismos y no para que se actúe sobre [nosotros]”1. El albedrío es actuar con responsabilidad y dar cuenta de nuestras acciones. Nuestro albedrío es esencial para el plan de salvación. Con él, somos “…libres para escoger la libertad y la vida eterna, por medio del gran Mediador de todos los hombres, o escoger la cautividad y la muerte, según la cautividad y el poder del diablo”2.

La letra de un conocido himno enseña este principio claramente:

El hombre tiene libertad
de escoger lo que será;
mas Dios la ley eterna da,
que él a nadie forzará3.

Para contestar a la pregunta de mi amigo, y las preguntas de buenos hombres y mujeres de todas partes, permítanme compartir con ustedes más de lo que sabemos acerca del significado del albedrío.

Antes de venir a esta tierra, el Padre Celestial presentó Su plan de salvación, un plan para venir a la tierra y recibir un cuerpo, escoger actuar entre el bien y el mal, y progresar para llegar a ser como Él y vivir con Él para siempre.

Nuestro albedrío —nuestra capacidad para escoger y actuar por nosotros mismos— fue un elemento esencial de este plan. Sin el albedrío, no seríamos capaces de hacer elecciones correctas ni progresar. Sin embargo, con el albedrío podríamos hacer malas elecciones, cometer pecado y perder la oportunidad de estar con nuestro Padre Celestial otra vez. Por esa razón, se proporcionaría un Salvador para sufrir por nuestros pecados y para redimirnos si nos arrepentíamos. Mediante Su Expiación infinita, “…realizó el plan de misericordia, para apaciguar las demandas de la justicia”4.

Después de que nuestro Padre Celestial presentó Su plan, Lucifer se ofreció y dijo: “Envíame a mí… y redimiré a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma…dame, pues, tu honra”5. Este plan fue rechazado por nuestro Padre, porque nos privaba de nuestro albedrío. De hecho, era un plan de rebelión.

Entonces Jesucristo, el “Amado y… Escogido [Hijo] del [Padre Celestial] desde el principio”, ejerció Su albedrío para decir: “Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre”6. Él sería nuestro Salvador, el Salvador del mundo.

Debido a la rebelión de Lucifer, se produjo un gran conflicto espiritual. Cada uno de los hijos del Padre Celestial tuvo la oportunidad de ejercer el albedrío que el Padre Celestial le había dado. Decidimos tener fe en el Salvador Jesucristo: venir a Él, seguirlo y aceptar el plan que el Padre Celestial presentó para nuestro beneficio. Pero una tercera parte de los hijos del Padre Celestial no tuvieron fe para seguir al Salvador y, en cambio, decidieron seguir a Lucifer, o Satanás7.

Y Dios dijo: “Pues, por motivo de que Satanás se rebeló contra mí, y pretendió destruir el albedrío del hombre que yo, Dios el Señor, le había dado… hice que fuese echado abajo”8. Los que siguieron a Satanás perdieron la oportunidad de recibir un cuerpo mortal, de vivir en la tierra y progresar. Debido a la forma en que ejercieron su albedrío, perdieron dicho albedrío.

Actualmente, el único poder que Satanás y sus seguidores tienen es el poder de tentarnos y probarnos. Su único gozo es hacernos “miserables como [ellos]”9; su única felicidad se produce cuando somos desobedientes a los mandamientos del Señor.

Pero piensen en esto: En nuestro estado premortal, ¡elegimos seguir al Salvador Jesucristo! Y por haberlo hecho, se nos permitió venir a la tierra. Testifico que al hacer la misma elección de seguir al Salvador ahora, aquí en la tierra, obtendremos una bendición aún mayor en las eternidades; pero conste que debemos continuar escogiendo seguir al Salvador. La eternidad está en juego, y el uso prudente del albedrío y nuestras acciones son esenciales para que logremos la vida eterna.

A lo largo de Su vida, el Salvador nos mostró cómo usar nuestro albedrío. Siendo niño en Jerusalén, intencionalmente escogió estar “…en los asuntos de [Su] Padre”10. Durante Su ministerio, eligió obedientemente “…cumplir la voluntad de [Su] Padre”11. En Getsemaní, eligió sufrir todas las cosas, diciendo: “…no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle”12. Sobre la cruz, eligió amar a Sus enemigos, y oró: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”13. Y entonces, para que pudiera finalmente demostrar que estaba eligiendo por Sí mismo, se le dejó solo. “Padre, ¿por qué me has desamparado?”, preguntó14. Por último, ejerció Su albedrío para actuar, perseverando hasta el fin, hasta que pudo decir: “¡Consumado es!”15.

Aun cuando “fue tentado en todo según nuestra semejanza”16, con cada elección y cada acción ejerció el albedrío para ser nuestro Salvador, para romper las cadenas del pecado y la muerte por nosotros. Y mediante Su vida perfecta, nos enseñó que cuando elegimos hacer la voluntad de nuestro Padre Celestial, se preserva nuestro albedrío, nuestras oportunidades aumentan, y progresamos.

La evidencia de esa verdad se halla en las Escrituras. Job perdió todo lo que tenía, pero eligió permanecer fiel y ganó las bendiciones eternas de Dios. María y José eligieron seguir la advertencia de un ángel de huir a Egipto, y se preservó la vida del Salvador. José Smith eligió seguir las instrucciones de Moroni y tuvo lugar la Restauración, como se había profetizado. Cada vez que escogemos venir a Cristo, tomar Su nombre sobre nosotros y seguir a Sus siervos, progresamos a lo largo del sendero a la vida eterna.

En nuestra jornada terrenal, es útil recordar que lo opuesto es también verdadero: Cuando no guardamos los mandamientos ni los susurros del Espíritu Santo, se reducen nuestras oportunidades; nuestras facultades para actuar y progresar disminuyen. Cuando Caín tomó la vida de su hermano porque amaba a Satanás más que a Dios, se detuvo su progreso espiritual.

En mi juventud aprendí una importante lección sobre cómo nuestras acciones pueden limitar nuestra libertad. Un día mi padre me asignó barnizar un piso de madera. Decidí comenzar en la puerta y continuar hacia el interior de la habitación. Cuando estaba por terminar, me di cuenta de que no había manera de salir. No había ventana ni puerta al otro lado. Estaba como en un callejón sin salida y no podía salir. Estaba atrapado.

Siempre que desobedecemos, nos encontramos espiritualmente en un callejón sin salida y somos cautivos de nuestras elecciones. A pesar de estar atrapados espiritualmente, siempre hay una forma de regresar. Al igual que el arrepentimiento, el regresar y caminar por el piso recién barnizado significa trabajar mucho para volver a lijarlo y renovar el acabado. Regresar al Señor no es fácil, pero vale la pena.

Al entender el desafío del arrepentimiento, agradecemos las bendiciones del Espíritu Santo al guiar nuestro albedrío, y las del Padre Celestial, quien nos da mandamientos, nos fortalece y sustenta para guardarlos. También entendemos la forma en que la obediencia a los mandamientos, al fin de cuentas, protege nuestro albedrío.

Por ejemplo, cuando prestamos atención a la Palabra de Sabiduría, escapamos a la cautividad de la mala salud y de la adicción a sustancias que literalmente nos roban la capacidad para actuar por nosotros mismos.

Conforme obedecemos el consejo de evitar las deudas y de salir de ellas ahora, hacemos uso de nuestro albedrío y obtenemos la libertad de usar nuestro ingreso disponible para ayudar y bendecir a los demás.

Cuando seguimos el consejo de los profetas de llevar a cabo la noche de hogar, la oración familiar y el estudio familiar de las Escrituras, nuestros hogares llegan a ser una incubadora para el crecimiento espiritual de los hijos. Allí les enseñamos el Evangelio, damos nuestro testimonio, expresamos nuestro amor y escuchamos a medida que comparten sus sentimientos y experiencias. Mediante nuestras elecciones y acciones rectas, los liberamos de la obscuridad al aumentar su capacidad de caminar en la luz.

El mundo enseña muchas falsedades sobre el albedrío. Muchos piensan que debemos: “Come[r], bebe[r] y divert[irnos]… y si es que somos culpables, Dios nos dará algunos azotes, y al fin nos salvaremos”17. Otros adoptan el secularismo y niegan a Dios. Se convencen a sí mismos de que no hay “…oposición en todas las cosas”18 y, por tanto, “…no [es] ningún crimen el que un hombre [haga] cosa cualquiera”19. Esto “…destru[ye] la sabiduría de Dios y sus eternos designios”20.

Al contrario de las enseñanzas seculares del mundo, las Escrituras nos enseñan que en verdad tenemos albedrío, y nuestro uso correcto del albedrío siempre marca la diferencia en las oportunidades que tenemos y nuestra capacidad de actuar de acuerdo con ellas y progresar eternamente.

Por ejemplo, por medio del profeta Samuel, el Señor dio al rey Saúl un claro mandamiento:

“Jehová me envió a que te ungiese como rey… escucha, pues, la voz… de Jehová…

“Ve, pues, y ataca a Amalec, y destruye todo lo que tiene”21.

Pero Saúl no siguió el mandamiento del Señor. Practicó lo que yo llamo “obediencia selectiva”. Confiando en su propia sabiduría, le perdonó la vida al rey Agag y se llevó lo mejor de las ovejas, los bueyes y otros animales.

El Señor le reveló esto al profeta Samuel y lo envió para que quitara a Saúl el puesto de rey. Cuando llegó el Profeta, Saúl dijo: “Yo he cumplido la palabra de Jehová”22. Pero el Profeta sabía que no era así, y dijo: “¿Pues, qué es este balido de ovejas que suena en mis oídos y este bramido de bueyes que yo oigo?”23.

Para disculparse, Saúl culpó a los demás, diciendo que la gente se había quedado con los animales para hacer sacrificios al Señor. El Profeta respondió: “¿Acaso se complace Jehová tanto en los holocaustos y en los sacrificios como en la obediencia a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención [a los mandamientos del Señor] que la grosura de los carneros”24.

Finalmente, Saúl confesó, diciendo: “Yo he pecado; he quebrantado el mandamiento de Jehová y tus palabras, porque temí al pueblo y consentí a la voz de ellos”25. Debido a que Saúl no prestó oídos con exactitud ---porque decidió “obedecer selectivamente”--- perdió la oportunidad, el albedrío, de ser rey.

Mis hermanos y hermanas, ¿estamos prestando oídos con exactitud a la voz del Señor y de Sus profetas? O, como Saúl, ¿estamos practicando la “obediencia selectiva” y temiendo los juicios de los hombres?

Reconozco que todos cometemos errores. Las Escrituras nos enseñan: “…todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”26. Para los que se encuentran atados a elecciones incorrectas del pasado, atrapados en un callejón sin salida, sin todas las bendiciones que están disponibles mediante el recto ejercicio del albedrío: los amamos. ¡Regresen! Salgan del oscuro callejón a la luz. Aun cuando tengan que caminar por el piso recién barnizado, vale la pena. Confíen en que “por la Expiación de Cristo, todo el género humano [incluso ustedes y yo] puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio”27.

Al acercarse la hora de la Expiación, el Salvador ofreció Su gran oración intercesora y habló de cada uno de nosotros, diciendo: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado”28. “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”29.

Doy mi testimonio especial de que Ellos viven. Cuando ejercemos nuestro albedrío con rectitud, llegamos a conocerlos, llegamos a ser más como Ellos, y nos preparamos para ese día en que “toda rodilla se doblará, y toda lengua confesará” que Jesús es nuestro Salvador30. Que continuemos siguiéndole a Él y a nuestro Padre Eterno, como lo hicimos al principio, ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.