Confía en Dios, luego ve y hazlo

Henry B. Eyring

Primer Consejero de la Primera Presidencia


Ustedes muestran su confianza en Él cuando escuchan con la intención de aprender, de arrepentirse, y luego van y hacen lo que Él pide.

Mis queridos hermanos y hermanas, es un honor dirigirme a ustedes en este día de reposo. Me siento humilde por la asignación de hablar a los millones de Santos de los Últimos Días y amigos de todo el mundo. En preparación para esta sagrada oportunidad, oré y medité para saber sus necesidades personales y el mensaje que el Señor quería que diera.

Sus necesidades son muchas y variadas. Cada uno de ustedes es un hijo único de Dios. Dios los conoce individualmente. Él envía mensajes de aliento, corrección y dirección específicos para ustedes y sus necesidades.

Para descubrir lo que Dios desearía que yo aportara a esta conferencia, he leído los mensajes de Sus siervos en la Escritura y en conferencias anteriores. Recibí una respuesta a mi oración al leer las palabras de Alma, un gran siervo del Señor del Libro de Mormón:

“¡Oh, si fuera yo un ángel y se me concediera el deseo de mi corazón, para salir y hablar con la trompeta de Dios, con una voz que estremeciera la tierra, y proclamar el arrepentimiento a todo pueblo!

“Sí, declararía yo a toda alma, como con voz de trueno, el arrepentimiento y el plan de redención: Que deben arrepentirse y a venir a nuestro Dios, para que no haya más dolor sobre toda la superficie de la tierra.

“Mas he aquí, soy hombre, y peco en mi deseo; porque debería estar conforme con lo que el Señor me ha concedido”1.

Y entonces encontré en la reflexión de Alma la guía por la que había estado orando: “Pues he aquí, el Señor les concede a todas las naciones que, de su propia nación y lengua, enseñen su palabra, sí, con sabiduría, cuanto él juzgue conveniente que tengan; por lo tanto, vemos que el Señor aconseja en sabiduría, de conformidad con lo que es justo y verdadero”2.

Al leer ese mensaje de un siervo de Dios, lo que yo debía decir hoy quedó claro. Dios envía mensajes y mensajeros autorizados a Sus hijos. Debo infundir suficiente confianza en Dios y en Sus siervos de tal modo que salgamos y obedezcamos Su consejo. Eso es lo que Él desea porque nos ama y quiere que seamos felices; y Él sabe de qué manera la falta de confianza en Él trae tristeza.

Esa falta de confianza ha traído dolor a los hijos de nuestro Padre Celestial desde antes de que el mundo fuese creado. Sabemos mediante las revelaciones de Dios al profeta José Smith que muchos de nuestros hermanos y hermanas en el mundo de los espíritus rechazaron el plan de nuestra vida mortal que presentaron nuestro Padre Celestial y Su Hijo mayor, Jehová3.

No sabemos todas las razones del terrible éxito que Lucifer tuvo al incitar esa rebelión. Sin embargo, una razón es clara. Los que perdieron la bendición de venir a la mortalidad carecían de suficiente confianza en Dios como para evitar la miseria eterna.

La triste tendencia a la falta de confianza en Dios ha perdurado desde la creación. Tendré cuidado al dar ejemplos de la vida de los hijos de Dios ya que no conozco todas las razones por su falta de suficiente fe para confiar en Él. Muchos de ustedes han estudiado los momentos de crisis de la vida de ellos.

Jonás, por ejemplo, no sólo rechazó el mensaje del Señor de ir a Nínive, sino que fue en dirección contraria. Naamán no pudo confiar en la instrucción del profeta del Señor de bañarse en un río y así permitir que el Señor lo curara de la lepra, porque pensó que la simple tarea era indigna para alguien de su nivel.

El Salvador invitó a Pedro a abandonar la seguridad de un barco para caminar hacia Él sobre el agua. Al escuchar el relato, nos lamentamos por él y vemos nuestras propias necesidades de tener mayor confianza en Dios:

“Mas a la cuarta vigilia de la noche, Jesús fue a ellos andando sobre el mar.

“Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y dieron voces de miedo.

“Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened ánimo! ¡Yo soy, no tengáis miedo!

“Entonces le respondió Pedro y dijo: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.

“Y él dijo: Ven.Y descendió Pedro de la barca y anduvo sobre las aguas para ir a Jesús.

“Mas al ver el viento fuerte, tuvo miedo y, comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!

“Y al momento Jesús, extendiendo la mano, le sujetó y le dijo: ¡Oh hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?”4.

Recibimos aliento del hecho de que Pedro llegó a confiar en el Señor lo suficiente para permanecer fiel a Su servicio todo el tiempo hasta Su martirio.

El joven Nefi, en el Libro de Mormón, nos infunde el deseo de desarrollar confianza en el Señor para obedecer Sus mandamientos, sin importar lo difíciles que nos parezcan. Nefi se encontraba frente al peligro y la posible muerte cuando dijo estas palabras de confianza que podemos y debemos sentir firmemente en nuestro corazón: “Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que cumplan lo que les ha mandado”5.

Esa confianza viene de conocer a Dios. Más que ningún otro pueblo en la tierra, mediante los gloriosos acontecimientos de la restauración del Evangelio, nosotros hemos sentido la paz que el Señor ofreció a Su pueblo con las palabras: “Quedaos tranquilos, y sabed que yo soy Dios”6. Mi corazón está lleno de gratitud por lo que Dios ha revelado acerca de Sí mismo a fin de que podamos confiar en Él.

Para mí todo se inició en 1820 con un joven en una arboleda de una granja en el estado de Nueva York. El joven, José Smith, caminó entre los árboles a un lugar apartado. Se arrodilló a orar con plena confianza de que Dios contestaría sus súplicas para saber qué debía hacer para ser limpio y salvo por medio de la expiación de Jesucristo7.

Cada vez que leo su relato, mi confianza en Dios y Sus siervos aumenta:

“…vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí.

“No bien se apareció, me sentí libre del enemigo que me había sujetado. Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!8.

El Padre nos reveló que Él vive, que Jesucristo es Su Hijo Amado y que Él nos amó lo suficiente para enviar a ese Hijo para salvarnos a nosotros que somos Sus hijos. Y porque tengo un testimonio de que Él llamó a ese muchacho iletrado como apóstol y profeta, confío en Sus apóstoles y profetas de la actualidad y en quienes ellos llaman a servir a Dios.

Esa confianza ha bendecido mi vida y la vida de mi familia. Hace años escuché al presidente Ezra Taft Benson hablar en una conferencia como ésta. Él nos aconsejó hacer todo lo posible para salir de deudas y mantenernos libres de ellas. Se refirió a las hipotecas de las casas. Dijo que tal vez no fuese posible, pero sería mejor si pudiéramos pagar toda la deuda hipotecaria9.

Miré a mi esposa después de la reunión y le pregunté: “¿Crees que hay alguna manera de que pudiéramos hacer eso?”. Al principio no podíamos; y entonces por la noche pensé en una propiedad que habíamos adquirido en otro estado. Durante años habíamos tratado de venderla sin éxito.

Sin embargo, porque confiábamos en Dios y en unas palabras del mensaje de Su siervo, hicimos una llamada telefónica el lunes por la mañana al hombre en San Francisco que tenía nuestra propiedad a la venta. Yo lo había llamado unas semanas antes y él había dicho entonces: “No hemos tenido a nadie que haya mostrado interés en su propiedad por años”.

Pero el lunes después de la conferencia, escuché una respuesta que hasta el día de hoy fortalece mi confianza en Dios y en Sus siervos.

Él dijo: “Me sorprende su llamada. Un hombre entró hoy preguntando si podía comprar su propiedad”. Asombrado, le pregunté: “¿Cuánto ofreció pagar?”. Eran unos dólares más que el valor de nuestra hipoteca.

Alguien podría decir que sólo fue una coincidencia, pero saldamos nuestra hipoteca. Y nuestra familia aún escucha cualquier palabra enviada en el mensaje de un profeta que nos diga lo que debemos hacer para hallar la seguridad y la paz que Dios quiere para nosotros.

Ese tipo de confianza en Dios puede bendecir a las comunidades, así como a las familias. Crecí en un pequeño pueblo de Nueva Jersey. Nuestra rama de la Iglesia tenía menos de veinte miembros que asistían con regularidad.

Entre ellos se encontraba una mujer, una anciana muy humilde conversa a la Iglesia. Era una inmigrante que hablaba con un marcado acento noruego. Ella era la única miembro de la Iglesia de su familia y la única miembro de la Iglesia en la ciudad en la que vivía.

Por medio de mi padre, que era el presidente de rama, el Señor la llamó como presidenta de la Sociedad de Socorro de la rama. No tenía ningún manual que le dijera qué hacer; ningún otro miembro de la Iglesia vivía cerca de ella. Ella sólo sabía que el Señor cuida de los necesitados y conocía las pocas palabras del lema de la Sociedad de Socorro: “La caridad nunca deja de ser”.

Esto ocurrió en medio de lo que llamamos la “Gran Depresión”. Miles se encontraban sin trabajo y sin hogar. Por tanto, sintiendo que había obtenido su mandato del Señor, les pidió a sus vecinos ropa vieja. Lavó la ropa, la planchó y la puso en cajas de cartón en el porche detrás de la casa. Cuando algún hombre sin dinero necesitaba ropa y le pedía ayuda a uno de sus vecinos, ellos le decían: “Vaya a la casa que está más adelante. Hay una mujer mormona que vive allí y que le dará lo que necesita”.

El Señor no gobernó la ciudad, pero cambió una parte de ella para bien. Llamó a una pequeña mujer que confió lo suficiente en Él como para averiguar lo que Él quería que ella hiciera y lo hizo. Debido a su confianza en el Señor, fue capaz de ayudar a cientos de hijos de nuestro Padre Celestial necesitados en esa ciudad.

Esa misma confianza en Dios puede bendecir a las naciones. He llegado a saber que podemos confiar que Dios cumplirá la promesa de Alma: “Pues he aquí, el Señor les concede a todas las naciones que, de su propia nación y lengua, enseñen su palabra, sí, con sabiduría, cuanto él juzgue conveniente que tengan”10.

Dios no gobierna las naciones pero las tiene presente. Él puede y pone a personas en posiciones de influencia que quieran lo mejor para el pueblo y que confíen en el Señor11.

Lo he visto en mis viajes por todo el mundo. En una ciudad de más de diez millones de personas, hablé a miles de Santos de los Últimos Días reunidos en una conferencia. Se llevó a cabo en un estadio deportivo muy grande.

Antes de que comenzara la reunión, vi a un apuesto joven sentado en la primera fila. Estaba rodeado de otras personas que, como él, estaban mejor vestidos que la mayoría de los que estaban a su alrededor. Le pregunté a la Autoridad General de la Iglesia que estaba cerca de mí quiénes eran los hombres. Me susurró que eran el alcalde de la ciudad y su personal.

Cuando me dirigí a mi automóvil, me sorprendió ver al alcalde esperando para saludarme, junto con sus empleados. Dio un paso hacia adelante, me extendió la mano y dijo: “Le doy las gracias por venir a nuestra ciudad y a nuestro país. Estamos muy agradecidos por lo que hacen para elevar a sus miembros. Con ese tipo de personas y de familias, podríamos establecer la armonía y la prosperidad que queremos para nuestro pueblo”.

Vi en ese momento que él era una de las personas de corazón sincero que Dios había colocado en una posición de poder entre Sus hijos. Somos una pequeña minoría entre los ciudadanos de esa gran ciudad. El alcalde sabía muy poco de nuestra doctrina y conocía a unos pocos de nuestros miembros. Sin embargo, Dios le había enviado el mensaje de que los Santos de los Últimos Días, bajo el convenio de confiar en Dios y Sus siervos autorizados, se convertirían en una luz para su pueblo.

Sé que los siervos de Dios les hablarán durante esta conferencia. Ellos son llamados por Dios para dar mensajes a Sus hijos. El Señor ha dicho de ellos: “Lo que yo, el Señor, he dicho, yo lo he dicho, y no me disculpo; y aunque pasaren los cielos y la tierra, mi palabra no pasará, sino que toda será cumplida, sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo”12.

Ustedes muestran su confianza en Él cuando escuchan con la intención de aprender, de arrepentirse, y luego van y hacen lo que Él pide. Si confían en Dios lo suficiente para escuchar Su mensaje en cada discurso, himno y oración de esta conferencia, lo encontrarán. Y si luego van y hacen lo que Él quiere que hagan, su poder para confiar en Él crecerá, y con el tiempo se sentirán inundados de gratitud al ver que Él ha llegado a confiar en ustedes.

Doy testimonio de que Dios habla hoy por medio de Sus siervos escogidos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Thomas S. Monson es el profeta de Dios. Nuestro Padre Celestial y Su Hijo Jesucristo viven y nos aman. De esto testifico, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1.  Alma 29:1–3.

  2.  

    2.  Alma 29:8.

  3.  

    3. Véase Doctrina y Convenios 29:36–37; Abraham 3:27–28.

  4.  

    4.  Mateo 14:25–31.

  5.  

    5.  1 Nefi 3:7.

  6.  

    6.  Salmo 46:10.

  7.  

    7. Véase Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 480.

  8.  

    8. (José Smith—Historia 1:16–17).

  9.  

    9. Véase, por ejemplo, Ezra Taft Benson, “Prepare for the Days of Tribulation”, Ensign, noviembre de 1980, pág. 33.

  10.  

    10.  Alma 29:8.

  11.  

    11. Véase 2 Crónicas 36:22–23; Ezra 1:1–3; Isaías 45:1, 13.

  12.  

    12.  Doctrina y Convenios 1:38.