¿Qué has hecho con mi nombre?

Mervyn B. Arnold

De los Setenta


Algún día cada uno de nosotros tendrá que dar cuentas ante nuestro Salvador Jesucristo, por lo que hayamos hecho con Su nombre.
 

Cuando el presidente George Albert Smith era joven, su abuelo, George A. Smith, que había fallecido, se le apareció en un sueño y le preguntó: “Me gustaría saber qué has hecho con mi nombre”. El presidente Smith respondió: “No he hecho con tu nombre nada de lo que debas avergonzarte”1.

Cada semana, al participar de la Santa Cena, hacemos el convenio y la promesa de que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Cristo, a recordarle siempre y a guardar Sus mandamientos. Si estamos dispuestos a hacerlo, se nos promete la más maravillosa de las bendiciones: que Su Espíritu estará siempre con nosotros2.

Así como el presidente George Albert Smith tuvo que rendir cuentas ante su abuelo por lo que había hecho con su nombre, algún día cada uno de nosotros tendrá que dar cuentas ante nuestro Salvador, Jesucristo, por lo que hayamos hecho con Su nombre.

En Proverbios leemos acerca de la importancia de tener un buen nombre: “De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas, y la buena fama más que la plata y el oro”3 y “la memoria del justo será bendecida”4.

Mientras meditaba en estos pasajes de las Escrituras y en la importancia de tener un buen nombre, mi mente se inundó de recuerdos sobre el buen nombre y el legado que mis padres nos dejaron a mis cuatro hermanos, a mis dos hermanas y a mí. Mis padres no poseían las riquezas del mundo, ni oro ni plata. Los nueve vivíamos en una casa de dos habitaciones y un cuarto de baño, con un porche trasero adosado en el que dormían mis hermanas. Cuando mis padres fallecieron, mis hermanas, mis hermanos y yo nos reunimos para dividir sus posesiones materiales, que eran muy pocas. Mi madre dejó unos pocos vestidos, algunos muebles usados y unos pocos artículos personales más. Mi padre dejó poco más que algunas herramientas de carpintero y unos viejos rifles de caza. Las únicas cosas con algo de valor económico eran una casa modesta y una pequeña cuenta de ahorros.

Lloramos juntos abiertamente, dando gracias y sabiendo que nos habían legado algo mucho más preciado que oro o plata: nos habían dado su amor y su tiempo. A menudo habían compartido sus testimonios de la veracidad del Evangelio, los cuales ahora podemos leer en sus preciados diarios personales. No tanto de palabra, sino por sus ejemplos, nos enseñaron a trabajar arduamente, a ser honrados y pagar un diezmo íntegro. También engendraron un deseo de ampliar nuestra formación académica, servir en una misión y, lo que es más importante, de buscar un compañero eterno, casarnos en el templo y perseverar hasta el fin. Ciertamente nos legaron un buen nombre, por lo cual siempre les estaremos agradecidos.

Cuando el amado profeta Helamán y su esposa fueron bendecidos con dos hijos, les pusieron por nombre Lehi y Nefi. Helamán les explicó a sus hijos por qué tenían el nombre de dos de sus antepasados que habían vivido unos seiscientos años antes de sus nacimientos. Él dijo:

“He aquí, hijos míos… os he dado los nombres de nuestros primeros padres [Lehi y Nefi]…; y he hecho esto para que cuando recordéis vuestros nombres… recordéis sus obras; y cuando recordéis sus obras, sepáis por qué se dice y también se escribe, que eran buenos.

“Por lo tanto, hijos míos, quisiera que hicieseis lo que es bueno, a fin de que se diga, y también se escriba, de vosotros, así como se ha dicho y escrito de ellos.

“…para que tengáis ese precioso don de la vida eterna5.

Hermanos y hermanas, dentro de seiscientos años, ¿cómo se recordarán los nombres de ustedes?

En cuanto a cómo tomar el nombre de Cristo sobre nosotros, y así proteger nuestro buen nombre, Moroni enseñó:

“Y otra vez quisiera exhortaros a que vinieseis a Cristo, y procuraseis toda buena dádiva; y que no tocaseis el don malo, ni la cosa impura

“Sí, venid a Cristo, y perfeccionaos en él, y absteneos de toda impiedad”6.

En el inspirado folleto Para la Fortaleza de la Juventud, leemos que la libertad de escoger es un principio eterno, dado por Dios, que implica responsabilidad moral por la decisión tomada… “Si bien [somos libres] de elegir por [nosotros mismos], no [somos libres] de elegir las consecuencias de [nuestras] acciones. Al hacer una elección, [recibiremos] las consecuencias de dicha elección”7.

Poco después de casarme con mi amada Devonna, ella compartió conmigo cómo aprendió de joven esta importante doctrina de que somos libres para escoger, pero que no somos libres de escoger las consecuencias de nuestras acciones. Con la ayuda de mi hija Shelly, me gustaría relatarles la experiencia de mi esposa:

“Cuando tenía quince años pensaba con frecuencia que había demasiadas reglas y mandamientos. No estaba segura de que una adolescente normal y amante de la diversión pudiera disfrutar de la vida con tantas restricciones. Además, las muchas horas que dedicaba a trabajar en el rancho de mi padre ya afectaban seriamente al tiempo que podía dedicarles a mis amigos.

“Aquel verano en particular, una de mis tareas consistía en asegurarme de que las vacas que pacían el pasto de la montaña no rompieran la cerca para pasar al campo de trigo. Cuando una vaca pace trigo, ésta podría hincharse, lo cual le causaría asfixia y la muerte. Había una vaca en particular que siempre estaba tratando de pasar la cabeza por la cerca. Una mañana, mientras cabalgaba a lo largo de la cerca para comprobar el estado del ganado, descubrí que la vaca había logrado traspasar la cerca y se hallaba en el campo de trigo. Para mi disgusto, me di cuenta de que ya llevaba tiempo comiendo trigo. De tan hinchada que estaba, parecía un globo. Pensé: ‘¡Vaca tonta! La cerca estaba ahí para protegerte, pero aún así la has traspasado, y ahora has comido tanto trigo que tu vida está en peligro’.

“Me apresuré a llegar a la granja para avisarle a mi padre. Sin embargo, al regresar la encontré tirada en el suelo, muerta. Me entristeció la pérdida de aquella vaca. Le habíamos proveído un pasto de la montaña delicioso para que paciera y una cerca para mantenerla alejada del peligroso trigo, pero aún así cometió la tontería de romper la cerca y provocar su propia muerte.

“Al pensar en la función de aquella cerca, me di cuenta de que era una protección, al igual que lo eran los mandamientos y las reglas de mis padres. Los mandamientos y las reglas eran para mi propio beneficio. Me di cuenta de que la obediencia a los mandamientos podría salvarme de la muerte física y de la muerte espiritual. Aquel conocimiento resultó ser fundamental para mi vida”.

Mi esposa aprendió que nuestro bondadoso, sabio y amoroso Padre Celestial no nos ha dado mandamientos para restringirnos, como el adversario quiere hacernos creer, sino para bendecir nuestra vida y proteger nuestro buen nombre y nuestro legado para nuestras generaciones futuras, tal y como hicieron por Lehi y Nefi. Así como la vaca recibió las consecuencias de su elección, cada uno de nosotros debe aprender que el pasto nunca es más apetecible al otro lado de la cerca —y nunca lo será—, pues “la maldad nunca fue felicidad”8. Cada uno de nosotros recibirá las consecuencias de nuestras decisiones cuando termine esta vida. Los mandamientos son claros; son una protección, no una restricción, ¡y las maravillosas bendiciones de la obediencia son innumerables!

Nuestro Padre Celestial sabía que todos cometeríamos errores. Me siento muy agradecido por la Expiación, pues permite que cada uno de nosotros nos arrepintamos, que hagamos los ajustes necesarios para volver nuevamente a ser uno con nuestro Salvador y que sintamos la dulce paz del perdón.

Nuestro Salvador nos invita diariamente a limpiar nuestros nombres y regresar a Su presencia. Su aliento está repleto de amor y bondad. Anticipen conmigo el abrazo del Salvador mientras leo Sus palabras: “¿No os volveréis a mí ahora, y os arrepentiréis de vuestros pecados, y os convertiréis para que yo os sane?”9.

Hoy quisiera extender a cada uno de ustedes el mismo reto que mis padres, quienes siempre serán recordados por sus buenos nombres, me extendieron a mí. Antes de actuar, imagínense al Salvador de pie a su lado y pregúntense: “¿Lo pensaría, lo diría o lo haría sabiendo que Él está aquí?”. Porque, ciertamente, Él está aquí. Nuestro amado presidente Thomas S. Monson, de quien testifico que es un profeta, a menudo cita el siguiente versículo de las Escrituras al referirse a nuestro Señor y Salvador: “Porque iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón”10.

Cuando llegue ese glorioso día en que nos presentemos ante nuestro amado Salvador para entregar el informe de lo que hayamos hecho con Su nombre, ruego que podamos declarar: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe”11. “He honrado tu nombre”. Testifico que Jesús es el Cristo. Él realmente murió para que nosotros podamos vivir. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1.  Presidentes de la Iglesia, Manual del alumno,, (manual del Sistema Educativo de la Iglesia), 2003, pág. 139.

  2.  

    2. Véase Doctrina y Convenios 20:77.

  3.  

    3.  Proverbios 22:1.

  4.  

    4.  Proverbios 10:7.

  5.  

    5.  Helamán 5:6–8; cursiva agregada.

  6.  

    6.  Moroni 10:30, 32; cursiva agregada.

  7.  

    7. Folleto Para la Fortaleza de la Juventud, 2001, pág. 4.

  8.  

    8.  Alma 41:10.

  9.  

    9.  3 Nefi 9:13.

  10.  

    10.  Doctrina y Convenios 84:88.

  11.  

    11.  2 Timoteo 4:7.