Llegar a ser como un niño pequeño

Por Jean A. Stevens

Primera Consejera de la Presidencia General de la Primaria


Si poseemos un corazón dispuesto a aprender y una disposición de seguir el ejemplo de los niños, los atributos divinos de ellos pueden ser la llave para desencadenar nuestro propio crecimiento espiritual.

Nuestro Padre Celestial, en Su gran sabiduría y amor, envía a Sus hijos e hijas procreados en espíritu a esta tierra como niños. Llegan a las familias como dones preciosos con una naturaleza y destino divinos. Nuestro Padre Celestial sabe que los niños son una llave para ayudarnos a llegar a ser como Él. Es tanto lo que podemos aprender de los niños.

Esta importante verdad se demostró hace algunos años cuando un miembro de los Setenta estaba en una asignación en Hong Kong. Visitó un barrio muy pobre que pasaba por muchas dificultades y no podía proveer de lo indispensable para sus propias necesidades. Mientras el obispo le describía la situación, la Autoridad General sintió la impresión de que había que pedirles a los miembros que pagaran sus diezmos. Conociendo sus extremas circunstancias, al obispo le preocupaba cómo poner en práctica ese consejo. Lo pensó y decidió hablar con algunos de los miembros más fieles de su barrio y pedirles que pagaran sus diezmos. El domingo siguiente fue a la Primaria; enseñó a los niños acerca de la ley del diezmo del Señor y les preguntó si estarían dispuestos a pagar el diezmo del dinero que ganaran. Los niños dijeron que lo harían y así lo hicieron.

Tiempo después, el obispo fue a los adultos del barrio y les contó que durante los últimos seis meses sus fieles hijos habían estado pagando el diezmo. Les preguntó si estarían dispuestos a seguir el ejemplo de esos niños y hacer lo mismo. Los miembros estaban tan conmovidos por los sacrificios que los niños estuvieron dispuestos a hacer que hicieron lo necesario para pagar sus diezmos; y se abrieron las ventanas de los cielos. Por el ejemplo de esos fieles niños, un barrio aumentó su obediencia y testimonio.

Fue Jesucristo mismo quien nos enseñó que debemos considerar a los niños como un ejemplo. En el Nuevo Testamento se registra Su respuesta cuando Sus apóstoles discutían acerca de quién era el mayor en el reino de los cielos. Jesús respondió a su pregunta con una pequeña, pero práctica lección. Llamó a un pequeñito, lo colocó en medio de ellos y dijo:

“…si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

“Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos” (Mateo 18:3–4).

¿Qué es lo que debemos aprender de los niños? ¿Qué cualidades poseen y qué ejemplos dan que pueden ayudarnos en nuestro propio crecimiento espiritual?

Estos valiosísimos hijos de Dios llegan a nosotros con corazones creyentes; están llenos de fe y son receptivos a los sentimientos del Espíritu. Son ejemplos de humildad, obediencia y amor. A menudo son los primeros en amar y los primeros en perdonar.

Permítanme compartir algunas experiencias sobre cómo los niños pueden bendecir nuestra vida con su ejemplo inocente, pero poderoso, de los atributos cristianos.

Todd, un niñito de apenas dos años, recientemente fue con su madre a un museo de arte donde había una exposición especial de hermosas pinturas del Salvador. Mientras caminaban junto a esas imágenes sagradas, ella escuchó a su pequeñito decir con reverencia “Jesús”. Bajó la mirada y lo encontró cruzando los brazos y agachando la cabeza mientras miraba las pinturas. ¿Podríamos aprender algo de Todd acerca de tener una actitud de humildad, reverencia y amor por el Señor?

El pasado otoño observé el ejemplo de un niño de Armenia que tenía diez años. Mientras esperábamos que comenzara la reunión sacramental, él se dio cuenta de que llegaba la hermana más anciana de la rama, y él fue el único que rápidamente se acercó a ella y le ofreció su brazo para afirmar sus pasos tambaleantes. La ayudó a llegar hasta la primera fila de la capilla, donde ella podría escuchar. ¿Podría este pequeño acto de bondad enseñarnos que los mayores en el reino del Señor son aquellos que buscan oportunidades para servir a otros?

Katie, una niña de la Primaria, nos enseñó al ver la influencia que ella tuvo en su familia. Al ir a la Primaria, la atrajeron las enseñanzas del Evangelio. Con fe y un testimonio cada vez más grandes, Katie dejó una nota sobre la almohada de sus padres. Escribió que atesoraba las verdades del Evangelio en su corazón; compartió su deseo de estar cerca de su Padre Celestial, de ser obediente a Sus mandamientos y de que su familia se sellara en el templo. El sencillo testimonio de su dulce hija llegó al corazón de sus padres con poder. Katie y su familia recibieron las ordenanzas sagradas del templo que unen a su familia para siempre. El corazón creyente de Katie y su ejemplo de fe ayudaron a llevar bendiciones eternas a su familia. ¿Podrían el testimonio sincero y el deseo de seguir el plan del Señor de ella llevarnos a ver con más claridad cuáles son las cosas más importantes?

Nuestra familia está aprendiendo de un familiar cercano: Liam, de seis años. Durante el último año ha estado luchando con un agresivo cáncer en el cerebro. Tras dos operaciones difíciles, se decidió que también serían necesarios tratamientos de radiación; durante los cuales fue necesario que estuviera completamente solo y permaneciera acostado sin moverse. Liam no quería que le administraran sedantes, ya que no le gustaba cómo lo hacían sentir. Estaba decidido a que, si tan sólo escuchaba la voz de su padre por el intercomunicador, podría permanecer quieto sin sedantes.

Durante esas épocas de ansiedad, su padre le hablaba con palabras de aliento y amor: “Liam, aunque no puedas verme, estoy aquí. Sé que puedes hacerlo. Te amo”. Liam terminó con éxito los 33 tratamientos de radiación, durante los cuales permanecía totalmente quieto; un logro que los médicos consideraban imposible sin administrar sedantes en alguien tan joven. Durante meses de dolor y de dificultad, el contagioso optimismo de Liam había sido un potente ejemplo de cómo afrontar la adversidad con esperanza y felicidad. Médicos, enfermeras y muchísimas otras personas fueron inspirados por su valor.

Todos estamos aprendiendo importantes lecciones de Liam, lecciones sobre cómo elegir la fe y a confiar en el Señor. Tal como Liam, no podemos ver a nuestro Padre Celestial, pero podemos escuchar Su voz para que nos dé la fortaleza que necesitamos para soportar las dificultades de la vida.

¿Podría ayudarnos el ejemplo de Liam a comprender mejor las palabras del rey Benjamín de llegar a ser como niños: sumisos, mansos, humildes, pacientes y llenos de amor? (véase Mosíah 3:19).

Estos niños ofrecen ejemplos de algunas de sus cualidades que debemos desarrollar o redescubrir en nosotros a fin de entrar en el reino de los cielos. Ellos son espíritus puros, sin mancha del mundo, fáciles de enseñar y llenos de fe. No es de asombrarse que el Salvador sintiera un amor y aprecio especiales por los pequeñitos.

Entre los trascendentes acontecimientos de la visita del Salvador a las Américas, se destaca Su compasivo ministerio a los niños. De manera conmovedora, Él se acercó a cada niño.

“…y tomó a sus niños pequeños, uno por uno, y los bendijo, y rogó al Padre por ellos.

“Y cuando hubo hecho esto, lloró…

“y habló a la multitud, y les dijo: Mirad a vuestros pequeñitos” (3 Nefi 17:21–23).

El élder M. Russell Ballard nos ha enseñado la importancia de la admonición del Salvador de, “mirad a vuestros pequeñitos”, cuando dijo: “Adviértase que no dijo: ‘échenles una mirada’, ni ‘obsérvenlos de vez en cuando’, ni tampoco ‘de vez en cuando miren en dirección a donde ellos estén’. Él dijo que debíamos mirarlos, y para mí eso quiere decir que debemos abrazarlos con los ojos y con el corazón; verlos y apreciarlos por lo que en realidad son: hijos de Dios, nuestro Padre Celestial, procreados en espíritu y dotados de atributos divinos” (Véase “Mirad a vuestros pequeñitos”, Liahona, octubre de 1994, pág. 40, cursiva agregada).

No hay un sitio más perfecto para mirar a nuestros pequeñitos que en nuestra familia. El hogar es donde todos podemos aprender y crecer juntos. Una de nuestras hermosas canciones de la Primaria nos enseña esta verdad:

La familia es de Dios,
el Padre preparó el sitio ideal para que nazca yo.
Como muestra de Su amor,
la familia es de Dios.

Es aquí, en nuestra familia, en una atmósfera de amor, donde vemos y apreciamos de manera más personal los atributos divinos de Sus hijos procreados en espíritu. Es aquí, en nuestra familia, donde nuestro corazón puede ablandarse y en humildad deseamos cambiar, ser más como un niño. Es un proceso por el cual podemos llegar a ser más como Cristo.

¿Ha habido experiencias en su vida que les hayan opacado el corazón creyente y la fe de la infancia que alguna vez tuvieron? Si es así, miren a su alrededor, a los niños en su vida; y después miren otra vez. Quizás sean niños de su familia, del otro lado de la acera o de la Primaria de su barrio. Si poseemos un corazón dispuesto a aprender y una disposición de seguir el ejemplo de los niños, los atributos divinos de ellos pueden ser la llave para desencadenar nuestro propio crecimiento espiritual.

Siempre estaré agradecida por la bendición de mis propios hijos. El ejemplo de cada uno de ellos me ha enseñado lecciones que necesito. Me han ayudado a cambiar para ser mejor.

Doy mi humilde pero firme testimonio de que Jesús es el Cristo. Él es el único Hijo perfecto: sumiso, manso, humilde, paciente y tan lleno de amor. Que cada uno de nosotros esté dispuesto a seguir Su ejemplo, de llegar a ser como un niño pequeño y, de ese modo, regresar a nuestro hogar celestial; es mi ruego, en el nombre de Jesucristo. Amén.