¡Las mujeres SUD son asombrosas!

Quentin L. Cook

Del Quórum de los Doce Apóstoles


Mucho de lo que se logra en la Iglesia se debe al servicio abnegado de las mujeres.

El autor e historiador Wallace Stegner escribió sobre la emigración de los mormones y su congregación en el Valle del Lago Salado. No aceptaba nuestra fe y en muchos sentidos la criticaba, pero le impresionó la devoción y el heroísmo de los primeros miembros de nuestra Iglesia y, en particular, el de las mujeres; él dijo que: “Sus mujeres eran asombrosas”1. Hoy me hago eco de esa opinión: ¡Nuestras mujeres SUD son asombrosas!

Dios otorgó a la mujer cualidades divinas de fortaleza, virtud, amor y la disposición de sacrificarse para criar a las futuras generaciones de Sus hijos procreados en espíritu.

Un estudio reciente que se hizo en Estados Unidos afirma que las mujeres de todas las religiones “creen en Dios con más fervor” y asisten a más servicios religiosos que el hombre. “En casi todos los aspectos son más devotas”2.

No me sorprendió ese resultado al reflexionar sobre el papel preeminente de la familia y de la mujer en nuestra fe. Nuestra doctrina es clara: las mujeres son hijas de nuestro Padre Celestial y Él las ama. Entre esposa y esposo hay igualdad. El matrimonio require una plena asociación en la que marido y mujer trabajen hombro a hombro para atender a las necesidades de la familia3.

Sabemos que la mujer enfrenta muchos desafíos, incluso las que se esfuerzan por vivir el Evangelio.

Legado de las hermanas pioneras

Un atributo predominante de nuestros antepasados pioneros es la fe de las hermanas. Por naturaleza divina, la mujer tiene un don y una responsabilidad mayores hacia el hogar y hacia los hijos, y de educar tanto allí como en otros lugares. En vista de eso, la fe de las hermanas al dejar su hogar para atravesar las llanuras hacia lo desconocido era inspiradora. Si tuviéramos que señalar su atributo más destacado diríamos que era su fe inquebrantable en el evangelio restaurado del Señor Jesucristo.

Los heroicos relatos de lo que aquellas pioneras sacrificaron y lograron al cruzar las llanuras son un legado invalorable para la Iglesia. Me conmueve el de Elizabeth Jackson, cuyo esposo Aaron murió después de cruzar por última vez el Río Platte con la compañía de carros de mano de Martin. Ella escribió:

“No intentaré describir mis sentimientos al encontrarme viuda con tres hijos en aquellas circunstancias… creo… que mis aflicciones por causa del Evangelio serán consagradas para mi bien…

“[Supliqué] al Señor… a Él que prometió ser un esposo para la viuda y un padre para los huérfanos. Recurrí a Él y Él acudió en mi ayuda”4.

Elizabeth dijo que escribía la historia en nombre de los que habían pasado situaciones similares con la esperanza de que su posteridad estuviera dispuesta a sufrir y sacrificarlo todo por el reino de Dios5.

Las mujeres de la Iglesia de hoy en día son fuertes y valientes

Creo que las mujeres de la Iglesia en nuestros días están a la altura de ese desafío y son tan fuertes y fieles como aquéllas. Los líderes del sacerdocio de esta Iglesia, en todos los niveles, reconocen con agradecimiento el servicio, el sacrificio, la dedicación y la contribución de las hermanas.

Mucho de lo que se logra en la Iglesia se debe al servicio abnegado de las mujeres. Ya sea en la iglesia o en el hogar, es algo maravilloso ver al sacerdocio y a la Sociedad de Socorro trabajar en perfecta armonía; esa relación es como la de una orquesta bien armonizada y la sinfonía resultante nos inspira a todos.

Cuando se me asignó a una conferencia en la Estaca Misión Viejo, California, me conmovió un relato acerca del baile de la víspera de Año Nuevo para los jóvenes de cuatro estacas. Al terminar el baile, encontraron un bolso sin ninguna identificación en el exterior. Me gustaría compartir con ustedes lo que escribió la hermana Monica Sedgwick, Presidenta de las Mujeres Jóvenes de la Estaca Laguna Niguel: “No queríamos husmear, ¡eran las cosas privadas de alguien! Así que lo abrimos con cuidado y sacamos lo primero que vimos; con suerte, identificaría a la dueña. Y lo hizo, pero de otro modo; era el folleto Para la fortaleza de la juventud. ¡Ahhh! Eso nos reveló algo sobre ella. Entonces sacamos lo próximo que vimos, una libretita de notas. Seguramente nos daría respuestas, pero no las que esperábamos. En la primera hoja había una lista de pasajes favoritos de las Escrituras, y había cinco páginas más con otros pasajes de Escrituras y notas personales”.

De inmediato las hermanas sintieron el deseo de conocer a esa joven fiel. Volvieron a revisar el bolso para identificar a su dueña. Sacaron unas pastillas de menta, un jabón, loción y un cepillo. Me encantaron sus comentarios: “¡Ah!, de su boca sale algo bueno; tiene manos limpias y suaves; y se esmera en su apariencia”.

Con expectativa, buscaron el siguiente tesoro. Sacaron un pequeño monedero habilidosamente hecho de una caja de jugo, y algo de dinero de un bolsillo con cierre metálico. “¡Ahh, es creativa y está preparada!”, exclamaron. Se sentían como niñas en la mañana de Navidad. Lo que sacaron a continuación les causó aún más sorpresa: una receta para un pastel de chocolate y una nota para hacérselo a una amiga en su cumpleaños. Volvieron a exclamar con entusiasmo: “¡Es una AMA DE CASA!, considerada y servicial”. Luego, sí, al fin apareció la identificación. Las líderes dijeron que se consideraban muy bendecidas de “ver el humilde ejemplo de una joven que vivía el Evangelio”6.

Este relato ilustra la dedicación de nuestras mujeres jóvenes hacia las normas de la Iglesia7. Es también un ejemplo de líderes de Mujeres Jóvenes atentas, abnegadas y dedicadas alrededor del mundo. ¡Ellas son increíbles!

Las hermanas desempeñan roles importantes en la Iglesia, en la vida familiar e individualmente, que son esenciales en el plan del Padre Celestial. Muchas de esas responsabilidades no reciben compensación económica pero proporcionan satisfacción y son de importancia eterna. Recientemente, una encantadora y capaz mujer del consejo de redacción de un periódico pidió que le describieran el papel de la mujer en la Iglesia. Se le explicó que los cargos de todos los líderes en nuestras congregaciones no son remunerados. Ella interrumpió para decir que ya no estaba tan interesada en el tema: “No creo que las mujeres necesiten más trabajos no remunerados”, dijo.

Le explicamos que la organización más importante de la tierra es la familia, en la cual “el padre y la madre [son]… compañeros iguales”8. Ninguno de los dos recibe compensación monetaria, pero las bendiciones son indescriptibles. Por supuesto, le hablamos de la Sociedad de Socorro, de las Mujeres Jóvenes y de la Primaria, organizaciones que están dirigidas por mujeres en calidad de presidentas. Le hicimos notar que desde los primeros días de nuestra historia tanto los hombres como las mujeres oran, tocan la música, dan discursos y cantan en el coro, incluso en la más sagrada de nuestras reuniones, que es la reunión sacramental.

El nuevo y aclamado libro American Grace habla de mujeres de diversas religiones; destaca que las mujeres Santos de los Últimos Días son únicas por el hecho de estar, en una abrumadora mayoría, satisfechas con el papel que desempeñan en el liderazgo de la Iglesia9. Más aún, los Santos de los Últimos Días, tanto hombres como mujeres, son más leales a nuestra fe que los de otras religiones que se estudiaron10.

Nuestras mujeres no son asombrosas porque hayan podido evitar las dificultades de la vida; al contrario; lo son por la forma en que han afrontado las pruebas. A pesar de los desafíos y las pruebas que la vida ofrece, ya sea por estar casadas o por no estarlo, por las decisiones de los hijos, por tener mala salud, por falta de oportunidades y muchos otros problemas, ellas permanecen admirablemente fuertes, inalterables y fieles a la fe. En toda la Iglesia, constantemente nuestras hermanas “socorren a los débiles, levantan las manos caídas y fortalecen las rodillas debilitadas”11.

Una presidenta de Sociedad de Socorro que reconoció este extraordinario servicio dijo: “Aun cuando prestan servicio, las hermanas piensan: ‘¡Ojalá hubiera podido hacer algo más!’”. Aunque no son perfectas y todas enfrentan dificultades personales, la fe en un amoroso Padre Celestial y la seguridad que les brinda el sacrificio expiatorio del Salvador se evidencia en su vida.

La función de las hermanas en la Iglesia

En los últimos tres años, la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce hemos buscado guía, inspiración y revelación al reunirnos en consejo con líderes del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares, y trabajar en los nuevos manuales de instrucciones de la Iglesia. Durante ese proceso he sentido un profundo aprecio por el papel esencial que las hermanas, casadas y solteras, han tenido históricamente y tienen ahora, tanto en la familia como en la Iglesia.

Todos los miembros de la Iglesia de Jesucristo deben “obrar en su viña en bien de la salvación de las almas de los hombres”12. “[La] obra de salvación incluye la obra misional de los miembros, la retención de conversos, la activación de los menos activos, la obra del templo y de historia familiar… la enseñanza del Evangelio”13, y el cuidado de los pobres y de los necesitados14. Todo esto se administra principalmente por medio del consejo de barrio15.

En los nuevos manuales, el propósito específico es que el obispo, ante las exigencias que tiene, delegue más responsabilidades. Los miembros deben reconocer que se le ha instruido que debe delegar, y tienen que sostenerlo y apoyarlo en la práctica de ese consejo. Esto permite al obispo pasar más tiempo con los adolescentes, con los jóvenes adultos solteros y con su propia familia. Delegará las demás responsabilidades importantes a los líderes del sacerdocio, las presidentas y presidentes de las organizaciones auxiliares, y a otros hombres y mujeres del barrio. En la Iglesia se respeta mucho el papel de la mujer en el hogar16. Cuando a una hermana se le da un llamamiento que le exija mucho tiempo, generalmente se le dará al esposo uno que no sea tan exigente a fin de mantener el equilibrio en la vida familiar.

Hace varios años asistí a una conferencia de estaca en Tonga. El domingo por la mañana noté que las tres primeras filas de bancos de la capilla estaban ocupadas por hombres de entre veintiséis y treinta y cinco años. Supuse que serían integrantes de un coro de hombres. Pero, cuando se presentaron los anuncios de la conferencia, cada uno de esos hombres, sesenta y tres en total, se puso de pie al oír su nombre para el sostenimiento de su ordenación al Sacerdocio de Melquisedec. Me quedé complacido y asombrado al mismo tiempo.

Después de la sesión, pregunté al presidente Mateaki, el presidente de la estaca, cómo habían logrado ese milagro. Él me contó que en una reunión del consejo de estaca, en la que se trató el asunto de la reactivación, la presidenta de la Sociedad de Socorro de la estaca, la hermana Leinata Va’enuku, había preguntado si podía hacer un comentario; mientras ella hablaba, el Espíritu le confirmó al presidente que sus palabras eran verdaderas. La hermana explicó que en la estaca había muchos buenos jóvenes entre los veinte y los treinta años que no habían cumplido una misión. Ella dijo que muchos de ellos sabían que habían desilusionado al obispo y a los líderes del sacerdocio que los habían animado tanto a ser misioneros y que, por eso, se sentían inferiores como miembros de la Iglesia. Señaló que estos jóvenes ya habían pasado el límite de edad para salir en una misión. La hermana expresó el amor y la preocupación que sentía por ellos; comentó que todas las ordenanzas salvadoras todavía estaban disponibles para ellos, pero que era preciso concentrarse en la ordenación al sacerdocio y en las ordenanzas del templo para estos jóvenes. Mencionó que, aunque algunos aún eran solteros, la mayoría de ellos se habían casado con excelentes mujeres, algunas activas, otras inactivas y algunas que no eran miembros.

Después de tratar el asunto a fondo en el consejo de estaca, se decidió que los hermanos del sacerdocio y las hermanas de la Sociedad de Socorro se ocuparían de rescatar a aquellos hombres y a sus respectivas esposas, mientras los obispos dedicaban más tiempo a los jóvenes varones y mujeres de su barrio. Los que participaron en ese rescate se ocuparon principalmente de prepararlos para el sacerdocio, el matrimonio eterno y las ordenanzas salvadoras del templo. Durante los dos años siguientes casi todos los sesenta y tres hombres que se habían sostenido para recibir el Sacerdocio de Melquisedec en la conferencia a la que asistí recibieron su investidura en el templo y se sellaron a su cónyuge. Esta historia es sólo un ejemplo de lo fundamentales que son nuestras hermanas en la obra de salvación de nuestros barrios y estacas, y de la forma en que facilitan la revelación, especialmente en la familia y en los consejos de la Iglesia17.

La función de las hermanas en la familia

Reconocemos que hay fuerzas monumentales desatadas en contra de la mujer y de la familia. Estudios recientes muestran que la devoción en el matrimonio se ha deteriorado y ha disminuido el número de adultos que contraen matrimonio18. Para algunas personas, el matrimonio y la familia se están convirtiendo en “algo optativo en lugar de ser el principio central de la organización de nuestra sociedad”19. Las mujeres se ven confrontadas con muchas opciones y deben considerar en oración las decisiones que tomen y la forma en que esas decisiones afectarán a la familia.

Cuando estuve el año pasado en Nueva Zelanda, leí en el periódico de Auckland acerca de mujeres que no son de nuestra fe y que también luchan con estos problemas. Una madre comentaba que, en su caso, la opción de trabajar o quedarse en casa tenía que ver con tener una alfombra nueva y otro auto que, en realidad, no necesitaba. Otra mujer pensaba que el mayor enemigo de “una vida familiar feliz no era el trabajo remunerado, sino la televisión”, y agregaba que las familias son ricas en horas de TV y pobres en el tiempo familiar que comparten20.

Esas son decisiones emocionales y personales, pero hay dos principios que siempre debemos tener en cuenta. Primero, ninguna mujer debe sentir nunca que tiene que disculparse ni pensar que su contribución es menos importante porque dedica sus principales esfuerzos a criar y enseñar a sus hijos; nada es más importante que eso en el plan de nuestro Padre Celestial. Segundo, debemos tener más cuidado de no juzgar ni pensar que las hermanas que deciden trabajar fuera de su casa tienen menos valor. Muy raramente entendemos completamente las circunstancias de los demás. Marido y mujer deben analizarlo juntos en oración con la comprensión de que son responsables ante Dios por las decisiones que tomen.

A ustedes, las hermanas que crían solas a sus hijos, sea cual sea la razón, les extendemos de corazón nuestro sincero aprecio. Los profetas han dicho claramente que “hay muchas manos prestas a ayudarles. El Señor las tiene presentes, y también Su Iglesia”21. Espero que los Santos de los Últimos Días estén a la vanguardia en cuanto a crear en sus lugares de trabajo un entorno más receptivo y complaciente tanto para el hombre como para la mujer en sus responsabilidades de padres.

Y ustedes, valientes y fieles hermanas solteras, sepan que las amamos y apreciamos, y que no se les negará ninguna bendición eterna.

La extraordinaria pionera Emily H. Woodmansee escribió la letra del himno “Sirvamos unidas”, en el que afirma correctamente que “el Padre [les] dio la tarea sagrada”22. Se ha descrito como “nada menos que cumplir el mandato directo e inmediato de nuestro Padre Celestial, y que este don ‘es [una] meta divina’”23.

Queridas hermanas, las amamos y las admiramos. Apreciamos su servicio en el reino del Señor. ¡Ustedes son increíbles! Expreso mi particular estima por las mujeres de mi vida. Testifico de la realidad de la Expiación, la divinidad del Salvador y la restauración de Su Iglesia. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Mostrar referencias

  1.  

    1. Wallace Stegner, The Gathering of Zion: The Story of the Mormon Trail, (“La congregación de Sión: Relato de la Ruta Mormona”), McGraw-Hill Book Company, 1971, pág. 13.

  2.  

    2. Robert D. Putnam y David E. Campbell, American Grace: How Religion Divides and Unites Us, (“Cómo nos divide y nos une la religión”), 2010, pág. 233.

  3.  

    3. Véase Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, sección 1.3.1; véase también Moisés 5:1, 4, 12, 27.

  4.  

    4. En Andrew D. Olsen, The Price We Paid: The Extraordinary Story of the Willie and Martin Handcart Pioneers, (El precio que pagamos: La extraordinaria historia de los pioneros de la compañía de carros de mano de Willie y Martin), 2006, pág. 445.

  5.  

    5. Véase “Leaves from the Life of Elizabeth Horrocks Jackson Kingsford,” (“Hojas de la vida de Elizabeth Horrocks Jackson Kingsford”), Sociedad Histórica del estado de Utah, Manuscrito A 719. Véase “Remembering the Rescue”, (“Recordemos el rescate”), Ensign, agosto de 1997, pág. 38.

  6.  

    6. Relato combinado y abreviado de un correo electrónico escrito por la hermana Monica Sedgwick, presidenta de las Mujeres Jóvenes de la Estaca Laguna Nigel; y de un discurso pronunciado por la hermana Leslie Mortensen, presidenta de las Mujeres Jóvenes de la Estaca Mission Viejo California.

  7.  

    7. En un artículo de The Wall Street Journal titulado “Why Do We Let Them Dress Like That?”, Wall Street Journal, número de marzo 19–20, 2011, sección C3, una cuidadosa madre judía defiende las normas de vestir y la modestia, y reconoce el ejemplo de la mujer mormona.

  8.  

    8. Véase “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.

  9.  

    9. Véase Putnam and Campbell, American Grace, págs. 244–245.

  10.  

    10. Véase Putnam and Campbell, American Grace, pág. 504.

  11.  

    11.  Véase Doctrina y Convenios 81:5; véase también Mosíah 4:26.

  12.  

    12.  Doctrina y Convenios 138:56.

  13.  

    13. Véase Manual 2: Administración de la Iglesia, 2011, 5.0.

  14.  

    14. Véase Manual 2: Administración de la Iglesia, 6.1

  15.  

    15. Véase Manual 2: Administración de la Iglesia, 4.5.

  16.  

    16. Véase Emily Matchar, “Why I can’t stop reading Mormon housewife blogs” (“Por qué no puedo dejar de leer los blogs de las amas de casa mormonas”), salon.com/life/feature/2011/01/15/feminist_obsessed_with_mormon_blogs. Esta persona, que se autodescribe como feminista y atea, reconoció ese respeto y dice que ella es adicta a leer los blogs de las amas de casa mormonas.

  17.  

    17. De conversaciones con el presidente Lehonitai Mateaki, de la Estaca Tonga Ha’akame (que fue después presidente de la Misión Papúa Nueva Guinea Port Moresby); y con la presidenta de la Sociedad de Socorro de estaca, Leinata Va’enuku.

  18.  

    18. Véase D’Vera Cohn and Richard Fry, “Women, Men, and the New Economics of Marriage,” Pew Research Center, Social and Demographic Trends, pewsocialtrends.org. En muchos países el número de nacimientos también ha disminuido considerablemente; a esta tendencia se le ha dado el nombre de “invierno demográfico”.

  19.  

    19. “A Troubling Marriage Trend”, (Una preocupante tendencia en el matrimonio), periódico Deseret News, 22 de noviembre de 2010, sección A14, citando un informe de msnbc.com.

  20.  

    20. Véase Simon Collins, “Put Family before Moneymaking Is Message from Festival”, (Ponga primero a la familia que al dinero), periódico New Zealand Herald, 1º de febrero de 2010, sección A2.

  21.  

    21. Véase Gordon B. Hinckley, “Las mujeres de la Iglesia”, Liahona, enero de 1997, pág. 75; véase también Spencer W. Kimball, “Our Sisters in the Church”, Ensign, noviembre de 1979, págs. 48–49.

  22.  

    22. “Sirvamos unidas”, Himnos, Nº 205.

  23.  

    23. Karen Lynn Davidson, Our Latter-Day Hymns: The Stories and The Messages, (“Nuestros himnos de los últimos días: Su origen y su mensaje”), rev. edición 2009, págs. 338–339.