Oportunidades para hacer el bien

Henry B. Eyring

Primer Consejero de la Primera Presidencia


La manera del Señor para ayudar a quienes tienen necesidades temporales requiere gente que por amor se haya consagrado a sí misma, y lo que posee, a Dios y a Su obra.

Mis queridos hermanos y hermanas, el propósito de mi mensaje es honrar y celebrar lo que el Señor ha hecho y hace para servir a los pobres y a los necesitados entre Sus hijos sobre la tierra. Él ama a Sus hijos que tienen necesidades y también a aquellos que desean ayudar. Él ha creado formas de bendecir tanto a los que necesitan ayuda como a los que la darán.

Nuestro Padre Celestial escucha las oraciones de Sus hijos en toda la tierra pidiendo comida para alimentarse, ropa para cubrir sus cuerpos y la dignidad que viene de poder proveer de lo necesario para sí mismos. Esos ruegos han llegado a Él desde que colocó al hombre y a la mujer sobre la tierra.

Ustedes escuchan de esas necesidades en donde viven y en todo el mundo. Con frecuencia su corazón se conmueve con sentimientos de compasión. Cuando hallan a alguien que no encuentra empleo, sienten ese deseo de ayudar. Lo sienten cuando entran a la casa de una viuda y ven que no tiene comida; lo sienten cuando ven fotografías de niños llorando sentados en las ruinas de sus casas destruidas por terremotos o incendios.

Ya que el Señor escucha sus clamores y siente la profunda compasión de ustedes hacia ellos, desde un principio, Él ha proporcionado maneras para que Sus discípulos ayuden. Ha invitado a Sus hijos a que consagren su tiempo, sus medios y a sí mismos a unirse a Él para servir a los demás.

Su manera de ayudar a veces se ha llamado vivir la ley de consagración. En otro período Su manera se llamó la orden unida; y en nuestra época se llama el programa de bienestar de la Iglesia.

Los nombres y los detalles de cómo funciona se cambian para satisfacer las necesidades y las condiciones de la gente; pero siempre, la manera del Señor para ayudar a quienes tienen necesidades temporales requiere gente que por amor se haya consagrado a sí misma, y lo que posee, a Dios y a Su obra.

Él nos ha invitado y mandado a participar en Su obra de elevar a quienes tienen necesidades. Hacemos convenio de hacerlo en las aguas del bautismo y en los sagrados templos de Dios. Renovamos el convenio los domingos cuando participamos de la Santa Cena.

Hoy, mi objetivo es describir algunas de las oportunidades que Él nos ha proporcionado para ayudar a los necesitados. No puedo hablar de todas ellas en el poco tiempo que tenemos; mi esperanza es renovar y fortalecer su compromiso de actuar.

Hay un himno sobre la invitación del Señor a participar en esta obra que he cantado desde que era niño. En mi niñez prestaba más atención a la tonada alegre que al poder de las palabras. Oro para que hoy sientan la letra en su corazón. Escuchemos las palabras otra vez:

¿En el mundo acaso he hecho hoy
a alguno favor o bien?
¿Le he hecho sentir que es bueno vivir?
¿He dado a él sostén?
¿He hecho ligera la carga de él
porque un alivio le di?
¿O acaso al pobre logré ayudar?
¿Mis bienes con él compartí?
¡Alerta! Y haz algo más
que soñar de celeste mansión.
Por el bien que hacemos paz siempre tendremos,
y gozo y gran bendición1.

El Señor nos envía llamados de atención a todos con regularidad. A veces puede ser un sentimiento repentino de compasión por alguien que tiene necesidades. Un padre puede haberlo sentido cuando vio a un niño caerse y rasparse la rodilla. Una madre quizás lo sintió cuando escuchó el grito aterrado de su hijo durante la noche. Un hijo o una hija tal vez haya tenido compasión por alguien que parecía estar triste o tener miedo en la escuela.

Todos nosotros hemos sentido compasión por otras personas que ni siquiera conocemos. Por ejemplo, al oír las noticias de las olas arremetiendo el Pacífico luego del terremoto en Japón, ustedes se preocuparon por quienes podrían estar heridos.

Miles de ustedes tuvieron sentimientos de compasión al saber de las inundaciones en Queensland, Australia. Los informes periodísticos eran sólo cantidades aproximadas de aquellos con necesidades; pero muchos de ustedes sintieron el dolor de la gente. Mil quinientos o más voluntarios miembros de la Iglesia en Australia respondieron al llamado de alerta y fueron a ayudar y a dar consuelo.

Transformaron sus sentimientos de compasión en una decisión de actuar de acuerdo con sus convenios. He visto las bendiciones que vienen a la persona necesitada que recibe ayuda y a la persona que aprovecha la oportunidad de brindarla.

Los padres sabios ven en toda necesidad de los demás una forma de traer bendiciones a la vida de sus hijos e hijas. Recientemente tres niños trajeron a nuestra puerta recipientes con una cena deliciosa. Sus padres sabían que necesitábamos ayuda y ellos incluyeron a sus hijos en la oportunidad de prestarnos servicio.

Los padres bendijeron a nuestra familia con su servicio generoso; por su elección de permitir que sus hijos participaran en la ofrenda, extendieron las bendiciones a sus futuros nietos. Las sonrisas de los niños cuando se iban de casa me dieron la seguridad de que ello sucederá; les dirán a sus hijos del gozo que sintieron al prestar amablemente servicio para el Señor. Recuerdo ese sentimiento de satisfacción en mi niñez cuando sacaba la maleza del jardín de un vecino a pedido de mi padre. Cuando se me invita a dar, recuerdo y creo en la letra de “Dulce tu obra es, Señor”2.

Sé que la letra se escribió para describir el gozo que viene de adorar al Señor en el día de reposo; pero esos niños con los alimentos frente a nuestra puerta sintieron la alegría de hacer la obra del Señor un día de semana; y sus padres vieron la oportunidad de hacer el bien y extender el gozo a través de las generaciones.

La forma en que el Señor cuida de los necesitados proporciona otra oportunidad para que los padres bendigan a sus hijos. Lo vi un domingo en la capilla; un niño pequeño le alcanzó al obispo el sobre de donaciones de su familia al entrar en la capilla antes de la reunión sacramental.

Yo conocía a la familia y al niño. La familia acababa de enterarse de que alguien del barrio estaba pasando necesidades. El padre del niño había dicho algo así al niño cuando puso una ofrenda de ayuno más generosa que lo usual en el sobre: “Hoy ayunamos y oramos por los necesitados. Por favor dale este sobre al obispo de parte nuestra. Sé que lo usará para aquellos que tienen mayor necesidad que nosotros”.

En vez de sentir dolor de estómago por el hambre, ese niño recordará ese día con un cálido sentimiento. Yo pude darme cuenta por su sonrisa, y por la forma en que sostenía el sobre fuertemente, que él sentía la confianza de su padre cuando le pidió que llevara la ofrenda de la familia para los pobres. Recordará ese día cuando sea diácono y tal vez para siempre.

Vi la misma felicidad en los rostros de las personas que ayudaron en nombre del Señor en Idaho años atrás. Una importante represa de Idaho se rompió el sábado 5 de junio de 1976. Once personas murieron; miles tuvieron que dejar sus casas en pocas horas. Algunas de las viviendas fueron arrastradas por el agua y cientos de ellas necesitaban arreglos fuera del alcance de los dueños para que se pudiese volver a vivir en ellas.

Quienes escucharon de la tragedia sintieron compasión y algunos el llamado de hacer algo para bien. Los vecinos, obispos, presidentas de la Sociedad de Socorro, líderes de los quórumes, maestros orientadores y maestras visitantes dejaron sus hogares y trabajos para limpiar las casas inundadas de otras personas.

Una pareja regresó a Rexburg de unas vacaciones justo después de la inundación. No fueron a ver su propia casa; en lugar de ello buscaron a su obispo para preguntarle dónde podían ayudar. Él los dirigió a una familia que necesitaba socorro.

Después de unos días fueron a ver la casa de ellos; ya no estaba, el agua la había arrastrado. Ellos simplemente volvieron al obispo y le preguntaron: “¿Qué más quiere que hagamos ahora?”.

Dondequiera que vivan, ustedes han visto el milagro de la compasión convertido en actos desinteresados. Puede que no haya sido a causa de un desastre natural. Yo lo he visto en un quórum del sacerdocio donde un hermano se puso de pie para describir las necesidades de un hombre o una mujer en busca de una oportunidad de trabajo para mantenerse a sí mismo o a sí misma y a su familia. Sentí compasión en el salón, pero algunos sugirieron nombres de quienes tal vez le darían trabajo a la persona que lo necesitaba.

Lo que sucedió en ese quórum del sacerdocio y lo que sucedió en las casas inundadas de Idaho es una manifestación de la manera en que el Señor ayuda a los que tienen grandes necesidades para que lleguen a ser autosuficientes. Sentimos compasión y sabemos cómo actuar para ayudar a la manera del Señor.

Este año celebramos el aniversario número 75 del programa de bienestar de la Iglesia. El programa se estableció para satisfacer las necesidades de quienes habían perdido el trabajo, granjas y aun sus casas, durante lo que llegó a conocerse como la Gran Depresión.

En nuestra época, los hijos de nuestro Padre Celestial otra vez tienen grandes necesidades temporales, como ha sucedido y como sucederá en todas las épocas. Los principios básicos del programa de bienestar de la Iglesia no son sólo para una época ni para un lugar; son para todas las épocas y todo lugar.

Esos principios son espirituales y eternos. Por esa razón, el comprenderlos y arraigarlos en nuestro corazón hará posible que veamos y aprovechemos las oportunidades de ayudar, toda vez y en todo lugar en que el Señor nos invite a hacerlo.

Éstos son algunos principios que me han guiado cuando he querido ayudar a la manera del Señor y cuando otros me han ayudado.

Primero: Toda la gente es más feliz y tiene mayor autoestima cuando pueden proveer de lo necesario para ellos mismos y para su familia, y luego tender una mano para ayudar a otros. He estado agradecido por aquellos que me han ayudado a satisfacer mis necesidades; he estado aun más agradecido a lo largo de los años por aquellos que me han ayudado a ser autosuficiente; y todavía más agradecido por aquellos que me han mostrado cómo usar mi excedente para ayudar a los demás.

He aprendido que la manera de tener un excedente es gastar menos de lo que gano. Con ese excedente he podido aprender que verdaderamente es mejor dar que recibir. Eso es en parte porque cuando damos ayuda a la manera del Señor, Él nos bendice.

El presidente Marion G. Romney dijo de la obra de bienestar: “Nunca seremos pobres por dar a esta obra”. Y luego citó a su presidente de misión, Melvin J. Ballard, que dijo: “Una persona no [puede] darle al Señor una migaja de pan sin que Él le [devuelva]… toda una hogaza”3.

He visto que es verdad en mi propia vida. Cuando soy generoso con los hijos del Padre Celestial que tienen necesidades, Él es generoso conmigo.

Un segundo principio del Evangelio que ha sido una guía para mí en la obra de bienestar es el poder y la bendición de la unidad. Cuando juntamos las manos para servir a las personas en necesidad, el Señor une nuestros corazones. El presidente J. Reuben Clark, Jr. lo dijo de la siguiente manera: “Tal vez el dar ha… traído el mayor sentimiento de hermandad común cuando los hombres de todas las profesiones y ocupaciones han trabajado lado a lado en un huerto de bienestar o en algún otro proyecto”4.

Ese mayor sentimiento de hermandad es una realidad tanto para el que recibe como para el que da. Hasta el día de hoy, existe un vínculo entre un hombre con quien trabajé lado a lado para sacar lodo de su casa inundada en Rexburg y yo; y él siente más dignidad personal por haber hecho todo lo posible por sí mismo y por su familia. Si hubiésemos trabajado independientemente, los dos hubiésemos perdido una bendición espiritual.

Eso conduce al tercer principio de acción en la obra de bienestar para mí: Hagan participar a su familia en la obra para que aprendan a cuidar uno del otro como cuidan de los demás. Sus hijos e hijas que trabajen con ustedes para servir a otros con necesidades, estarán más dispuestos a ayudarse mutuamente cuando lo necesiten.

El cuarto valioso principio de bienestar de la Iglesia lo aprendí cuando era obispo. Fue cuando seguí el mandamiento de las Escrituras de buscar a los pobres. Es el deber del obispo encontrar y proveer ayuda a quienes aún la necesiten después de que ellos y su familia hayan hecho todo lo posible. Aprendí que el Señor envía al Espíritu Santo para que sea posible “[buscar] y [hallar]”5 al velar por los pobres, al igual que lo hace cuando buscamos la verdad; pero también he aprendido a hacer participar a la presidenta de la Sociedad de Socorro en la búsqueda. Ella podría recibir la revelación antes que ustedes.

Algunos de ustedes necesitarán esa inspiración en los meses por delante. Para conmemorar el aniversario número 75 del programa de bienestar de la Iglesia, se invitará a los miembros alrededor del mundo a que participen de un día de servicio. Los líderes y los miembros buscarán revelación al planear cualesquiera que sean los proyectos.

Les daré tres sugerencias en cuanto a planificar el proyecto de servicio.

Primero: prepárese usted y a quienes dirige espiritualmente. Únicamente si se ablandan los corazones mediante la expiación del Salvador podrán ver claramente el objetivo del proyecto como una bendición tanto espiritual como temporal en la vida de los hijos del Padre Celestial.

Mi segunda sugerencia es que elijan servir a personas dentro del reino o en la comunidad cuyas necesidades conmoverán a quienes presten servicio. Las personas a quienes presten servicio sentirán su amor. Eso quizás los hará sentir aun más felices, como lo promete la canción, que el satisfacer sólo sus necesidades temporales.

Mi última sugerencia es que planeen aprovechar el poder de los vínculos que existen en las familias, los quórumes, las organizaciones auxiliares y entre la gente que conozcan en sus comunidades. El sentimiento de unidad multiplicará la buena influencia del servicio que den; y el sentimiento de unidad en las familias, la Iglesia y la comunidad crecerá y será un legado que durará hasta mucho después de que se termine el proyecto.

Ahora tengo la oportunidad de decirles cuánto los aprecio. A causa del amoroso servicio que han dado en el nombre del Señor, he recibido el agradecimiento de la gente a quien han ayudado por todo el mundo.

Ustedes encontraron la manera de elevarlos al ayudar a la manera del Señor. Ustedes, y otros humildes discípulos del Salvador como ustedes, han echado su pan sobre las aguas al prestar servicio, y las personas a quienes ayudaron han tratado de darme una hogaza de gratitud a cambio.

Personas que han trabajado con ustedes expresan el mismo agradecimiento. Recuerdo una ocasión que estaba junto al presidente Ezra Taft Benson. Habíamos estado hablando acerca del servicio de bienestar en la Iglesia del Señor. Me sorprendió con su juvenil energía cuando dijo, frotándose las manos: “Me encanta este trabajo, ¡y es trabajo!”.

En nombre del Maestro, les agradezco su labor al servir a los hijos de nuestro Padre Celestial. Él los conoce y ve el esfuerzo, diligencia y sacrificio de ustedes. Ruego que Él les otorgue la bendición de ver los frutos de su labor en la felicidad de aquellos a quienes han ayudado y con quienes han ayudado por el Señor.

Sé que Dios el Padre vive y que escucha nuestras oraciones. Sé que Jesús es el Cristo. Ustedes y las personas a quienes prestan servicio pueden ser purificados y fortalecidos al servirle y guardar Sus mandamientos. Ustedes pueden saber, como yo sé, por el poder del Espíritu Santo, que José Smith fue el profeta de Dios que restauró la Iglesia verdadera y viviente, que es ésta. Les testifico que el presidente Thomas S. Monson es el profeta viviente de Dios. Él es un gran ejemplo de lo que el Señor hizo: [andar] haciendo bienes. Oro para que aprovechemos las oportunidades que nos lleguen para “[levantar] las manos caídas y [fortalecer] las rodillas debilitadas”6. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

Mostrar referencias

  1.  

    1. “¿En el mundo he hecho bien?”, Himnos, Nº 141.

  2.  

    2. “Dulce Tu obra es, Señor”. Himnos, Nº 84.

  3.  

    3. Véase Marion G. Romney, “Las bendiciones del ayuno”, Liahona, diciembre de 1982, pág. 2.

  4.  

    4. J. Reuben Clark Jr., en Conference Report, octubre de 1943, pág. 13.

  5.  

    5. Véase Mateo 7:7–8; Lucas 11:9–10; 3 Nefi 14:7–8.

  6.  

    6.  Doctrina y Convenios 81:5.