Hagamos lo correcto, en el momento oportuno y sin demorar

José L. Alonso

De los Setenta


El Salvador… nos da un gran ejemplo de no esperar para dar alivio a los que han perdido el sentido de la felicidad y el gozo.

En nuestros días, muchas personas están viviendo en medio de la tristeza y de gran confusión. No encuentran respuestas a sus preguntas ni logran cubrir sus necesidades. Algunos han perdido el sentido de la felicidad y el gozo. Los profetas han declarado que la verdadera felicidad se halla al seguir el ejemplo y las enseñanzas de Cristo. Él es nuestro Salvador, Él es nuestro maestro, Él es el ejemplo perfecto.

La Suya fue una vida de servicio. Cuando servimos a nuestro prójimo, ayudamos a quienes están necesitados. En el proceso, podemos encontrar soluciones a nuestras propias dificultades. Al emular al Salvador, mostramos nuestro amor a nuestro Padre Celestial y a Su Hijo Jesucristo, y llegamos a ser más como Ellos.

El rey Benjamín habló del valor del servicio, diciendo “que cuando [nos hallamos] al servicio de [nuestros] semejantes, sólo [estamos] al servicio de [nuestro] Dios”1. Cada uno de nosotros tiene oportunidades para dar servicio y mostrar amor.

El presidente Thomas S. Monson nos ha pedido que vayamos “al rescate” y sirvamos a los demás. Él dijo: “Descubriremos que aquellos a quienes servimos, que a través de nuestra labor han sentido la influencia del amor del Salvador, por alguna razón no pueden explicar el cambio que se efectúa en sus vidas. Tienen el deseo de servir con más fidelidad, caminar con más humildad y vivir más como el Salvador. Después de recibir su visita espiritual y vislumbrar las promesas de la eternidad, hacen eco a las palabras del hombre ciego a quien Jesús le restauró la vista, que dijo: ‘una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo’”2.

Cada día tenemos la oportunidad de prestar ayuda y servicio haciendo lo correcto, en el momento oportuno y sin demorar. Piensen en tanta gente que está pasando por un momento difícil buscando trabajo o que está enferma, que piensa que lo ha perdido todo. ¿Qué pueden hacer ustedes para ayudar? Imaginen que un vecino, parado en medio de la lluvia con el auto averiado, los llama para pedirles ayuda. ¿Qué es lo correcto que deberíamos hacer por él? ¿Cuándo es el momento oportuno para hacerlo?

Recuerdo una ocasión en que fuimos como familia al centro de la Ciudad de México para comprar ropa a nuestros dos hijos. Ellos eran pequeños. El mayor apenas había cumplido dos años de edad y el menor tenía un año. Las calles estaban llenas de gente. Mientras hacíamos las compras, llevando a los pequeños de la mano, nos detuvimos por un momento a ver algo y, sin darnos cuenta, ¡perdimos a nuestro hijo mayor! No supimos cómo ocurrió, pero ya no estaba con nosotros. Sin demorarnos ni un minuto, corrimos a buscarlo. Lo buscamos y lo llamamos en voz alta. Sentimos una gran angustia al pensar que podríamos perderlo para siempre y rogamos mentalmente a nuestro Padre Celestial que nos ayudara a encontrarlo.

Después de un rato, lo encontramos; allí estaba, mirando inocentemente unos juguetes frente a la vitrina de un negocio. Mi esposa y yo lo abrazamos y lo besamos, y nos comprometimos a cuidar de nuestros hijos diligentemente para que nunca más perdiéramos a ninguno de ellos. Aprendimos que para ir al rescate de nuestro hijo, no era necesaria ninguna reunión de planeamiento. Simplemente actuamos y fuimos en busca del que se había perdido. También aprendimos que nuestro hijo no se había dado cuenta de que estaba perdido.

Hermanos y hermanas, es posible que haya muchos a quienes, por alguna razón, hemos perdido de vista y no saben que están perdidos. Si demoramos, podríamos perderlos para siempre.

Para muchos de los que requieren nuestra ayuda, no es necesario crear nuevos programas ni realizar acciones que sean complicadas o costosas. Ellos sólo requieren de nuestra determinación de servir, para hacer lo correcto, en el momento oportuno y sin demorar.

Cuando el Salvador se le apareció a la gente del Libro de Mormón, nos dio un gran ejemplo en cuanto a no esperar para brindar alivio y ayudar a quienes han perdido el sentido de la felicidad y el gozo. Habiendo enseñado a Su pueblo, se dio cuenta de que no podían comprender todas Sus palabras. Los invitó a ir a sus casas y a meditar las cosas que Él les había dicho. Les dijo que oraran al Padre y se prepararan para volver al día siguiente, cuando Él regresaría para enseñarles3.

Al finalizar, dirigió Su vista hacia la multitud y vio que lloraban, porque ellos deseaban que Él permaneciera con ellos.

“Y les dijo: He aquí, mis entrañas rebosan de compasión por vosotros.

“¿Tenéis enfermos entre vosotros? Traedlos aquí. ¿Tenéis cojos o ciegos, o lisiados, o mutilados, o leprosos, o atrofiados, o sordos, o quienes estén afligidos de manera alguna? Traedlos aquí y yo los sanaré, porque tengo compasión de vosotros; mis entrañas rebosan de misericordia”4.

Y le llevaron los enfermos y los sanó. La multitud se postró a Sus pies y lo adoraron, y le besaron Sus pies “al grado de que le bañaron [Sus] pies con sus lágrimas”; y después mandó que le llevasen a sus niños pequeños, y los bendijo uno por uno5. Ése es el modelo que nos dio el Salvador. Su amor es para todos, y Él nunca pierde de vista a ninguno.

Sé que Nuestro Padre Celestial es amoroso, comprensivo y paciente, y que Su Hijo Jesucristo nos ama del mismo modo. Ambos nos brindan ayuda mediante Sus Profetas. He aprendido que hay gran seguridad al seguir a los profetas. “El rescate” aún continúa. El presidente Monson dijo: “El Señor espera nuestro razonamiento, nuestra acción, nuestro trabajo, nuestros testimonios, nuestra devoción”6.

Tenemos una responsabilidad y una gran oportunidad. Hay muchos que podrán volver a experimentar el dulce sabor de la felicidad y del gozo al participar de la actividad de la Iglesia. Esa felicidad proviene del recibir las ordenanzas, y de hacer convenios sagrados y cumplirlos. El Señor necesita que los ayudemos. Hagamos lo correcto, en el momento oportuno y sin demorar.

Testifico que Dios vive y que es nuestro Padre. Jesucristo vive y ha dado Su vida para que podamos regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial. Yo sé que Él es nuestro Salvador; sé que la infinita bondad de Ellos se manifiesta continuamente. Doy testimonio de que el presidente Thomas S. Monson es Su profeta y que ésta es la única Iglesia verdadera sobre la faz de la tierra. Sé que el profeta José Smith es el profeta de la Restauración. Testifico que el Libro de Mormón es la palabra de Dios, que nos da guía y modelos a seguir para parecernos más a Dios y a Su Amado Hijo; y lo declaro en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Mostrar referencias

  1.  

    1.  Mosíah 2:17.

  2.  

    2. Thomas S. Monson, “Al rescate”, Liahona, julio de 2001, pág. 57.

  3.  

    3. Véase 3 Nefi 17:1–3.

  4.  

    4.  3 Nefi 17:6–7; véase también el vers. 5.

  5.  

    5. Véase 3 Nefi 17:9–12, 21.

  6.  

    6. Thomas S. Monson, Liahona, julio de 2011, pág. 57.