Las enseñanzas de Jesús

Dallin H. Oaks

Del Quórum de los Doce Apóstoles


Jesucristo es el Unigénito y Amado Hijo de Dios… Él es nuestro Salvador del pecado y de la muerte. Éste es el conocimiento más importante sobre la tierra.

“¿Qué pensáis del Cristo?” (Mateo 22:42). Con esas palabras Jesús confundió a los fariseos de Su época. Con esas mismas palabras pregunto a mis compañeros Santos de los Últimos Días y a otros cristianos qué es lo que realmente creen sobre Jesucristo y qué es lo que debido a esa creencia.

La mayoría de mis citas de las Escrituras provienen de la Biblia, porque es más familiar para la mayoría de los cristianos. Mis interpretaciones, por supuesto, provienen de lo que las Escrituras modernas, en particular el Libro de Mormón, nos enseñan acerca del significado de los pasajes de la Biblia que son tan ambiguos que diferentes cristianos no se ponen de acuerdo en cuanto a su significado. Me dirijo a los creyentes como así también a otras personas. Como el élder Tad R Callister nos enseñó esta mañana, algunos que se denominan cristianos alaban a Jesús como un gran maestro, pero no afirman Su divinidad. Para dirigirme a ellos, he usado las palabras del mismo Jesús. Todos deberíamos considerar lo que Él mismo enseñó sobre quién es y para qué fue enviado a la tierra.

El Hijo Unigénito

Jesús enseñó que Él era el Hijo Unigénito. Él dijo:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.

“Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:16–17).

Dios el Padre afirmó esto. En la culminación de la sagrada experiencia en el Monte de la Transfiguración. Él declaró desde el cielo: “Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; a él oíd” (Mateo 17:5).

Jesús también enseñó que Su apariencia era la misma que la de Su Padre; les dijo a Sus apóstoles:

“Si me conocierais, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis y le habéis visto.

“Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre, y nos basta.

“Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos al Padre?” (Juan 14:7–9).

Más tarde el apóstol Pablo describió al Hijo como “la imagen misma [de la] sustancia de [Dios el Padre]” (Hebreos 1:3; véase también 2 Corintios 4:4).

El Creador

El apóstol Juan escribió que Jesús, a quien él llamaba “la Palabra”, “estaba en el principio con Dios. Todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho” (Juan 1:2–3). Por lo tanto, bajo el plan del Padre, Jesucristo fue el Creador de todas las cosas.

El Señor Dios de Israel

Durante Su ministerio a Su gente en Palestina, Jesús enseñó que Él era Jehová, el Señor Dios de Israel (véase Juan 8:58). Después, como el Señor resucitado, ministró a Su pueblo en el continente americano. Allí declaró:

“He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo.

“…soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra” (3 Nefi 11:10, 14).

Lo que Él hizo por nosotros

Hace muchos años en una conferencia de estaca, conocí a una mujer a quien se le había pedido que regresara a la Iglesia después de estar alejada por muchos años, pero ella no podía pensar en ningún motivo por el cual debería regresar. Para animarla, le dije: “Cuando considera todas las cosas que el Salvador ha hecho por nosotros, ¿no tiene muchas razones por las cuales volver a la Iglesia para adorarle y servirle?”. Me sorprendió su respuesta: “¿Qué ha hecho Él por mí?”. Para quienes no entienden lo que el Salvador ha hecho por nosotros, responderé esa pregunta con Sus propias palabras y con mi testimonio.

La Vida del mundo

La Biblia registra las enseñanzas de Jesús: “Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). Después, en el Nuevo Mundo, Él declaró: “soy la luz y la vida del mundo” (3 Nefi 11:11). Él es la vida del mundo porque es nuestro Creador y porque, por medio de Su Resurrección, se nos garantiza a todos que viviremos de nuevo. Y la vida que Él nos brinda no es solamente una vida mortal. Él enseñó: “Y yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Juan 10:28; véase también Juan 17:2).

La Luz del mundo

Jesús también enseñó: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas” (Juan 8:12). Además declaró: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida” (Juan 14:6). Él es el camino y Él es la luz porque Sus enseñanzas iluminan nuestro camino en la vida mortal y nos muestran el camino de regreso a nuestro Padre.

Él hace la voluntad del Padre

Jesús siempre honró y siguió al Padre. Incluso cuando era niño Él declaró a Sus padres terrenales: “¿No sabíais que en los asuntos de mi Padre me es necesario estar?” (Lucas 2:49). “Porque he descendido del cielo”. Después enseñó: “no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38; véase también Juan 5:19). Y el Salvador enseñó: “Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6; véase también Mateo11:27).

Regresamos al Padre al hacer Su voluntad. Jesús enseñó: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21). Él explicó:

“Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios y en tu nombre hicimos muchos milagros?

“Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:22–23).

¿Quién entonces entrará en el reino de los cielos? No solamente quienes hacen obras maravillosas en nombre del Señor, Jesús enseñó que sólo “el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”.

El gran Ejemplo

Jesús nos mostró como hacer esto. Una y otra vez Él nos invitó a seguirlo: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen” (Juan 10:27).

El poder del sacerdocio

Él dio el poder del sacerdocio a Sus apóstoles (véase Mateo 10:1) y a otras personas. A Pedro, el apóstol de mayor antigüedad, le dijo: “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos, y todo lo que ates en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desates en la tierra será desatado en los cielos” (Mateo 16:19; véase también Mateo 18:18).

Lucas registró que “el Señor designó… otros setenta, a quienes envió de dos en dos delante de sí a toda ciudad y lugar a donde él había de ir” (Lucas 10:1). Después, esos Setenta le dijeron gozosamente a Jesús: “Aun los demonios se nos sujetan en tu nombre” (Lucas 10:17). Yo soy testigo de ese poder del sacerdocio.

Guía por medio del Espíritu Santo

Cerca del final de Su ministerio terrenal, Jesús enseñó a Sus apóstoles: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho” (Juan 14:26), y “él os guiará a toda la verdad” (Juan 16:13).

Guía por medio de Sus mandamientos

Él también nos guía por medio de Sus mandamientos; por consiguiente, mandó a los nefitas a que no tuvieran más disputas concernientes a los puntos de doctrina, porque, dijo:

“Aquel que tiene el espíritu de contención no es mío, sino es del diablo, que es el padre de la contención, y él irrita los corazones de los hombres, para que contiendan con ira unos con otros.

He aquí, ésta no es mi doctrina, agitar con ira el corazón de los hombres, el uno contra el otro; antes bien mi doctrina es ésta, que se acaben tales cosas” (3 Nefi 11:29–30).

Centrarse en la vida eterna

Él también nos desafía a que nos centremos en Él y no en las cosas del mundo. En Su gran sermón sobre el pan de vida, Jesús explicó el contraste entre el alimento mortal y el eterno. “Trabajad, no por la comida que perece”, Él dijo, “sino por la comida que permanece para vida eterna, la cual el Hijo del Hombre os dará” (Juan 6:27). El Salvador enseñó que Él era el Pan de Vida, la fuente del alimento eterno. Refiriéndose al alimento mortal que el mundo ofrecía, incluso el maná que Jehová había enviado para alimentar a los hijos de Israel en el desierto, Jesús enseñó que quienes dependieron de ese pan habían muerto (véase Juan 6:49). En contraste, el alimento que Él ofrecía era “el pan vivo que ha descendido del cielo” y Jesús enseñó: “…si alguno come de este pan, vivirá para siempre” (Juan 6:51).

Algunos de Sus discípulos dijeron: “Dura es esta palabra” y desde entonces muchos de Sus seguidores “volvieron atrás y ya no andaban con él” (Juan 6:60, 66). Aparentemente no aceptaron Sus enseñanzas anteriores que debían “[buscar] primeramente el reino de Dios” (Mateo 6:33). Incluso hoy, algunas personas que profesan la cristiandad se encuentran más atraídas por las cosas del mundo, las cosas que mantienen la vida en la tierra pero que no alimentan para vida eterna. Para algunos, Su “Dura… palabra” aún es una razón para no seguir a Cristo.

La Expiación

La culminación del ministerio terrenal del Salvador fue Su expiación por los pecados del mundo. Juan el bautista profetizó esto cuando dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Más tarde, Jesús enseñó que “el Hijo del Hombre… vino… para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:28). En la Última Cena, Jesús explicó, según el relato en Mateo, que el vino que bendijo era “mi sangre del nuevo convenio, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mateo 26:28).

Al aparecer ante los nefitas, el Señor resucitado los invitó a acercarse para que sintieran la herida de Su costado y las marcas de los clavos en Sus manos y en Sus pies. Él hizo esto, explicó: “a fin de que sepáis que soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra, y que he sido muerto por los pecados del mundo” (3 Nefi 11:14). Y, el relato continúa, la multitud cayó “a los pies de Jesús, y lo adoraron” (versículo 17). Por ello, todo el mundo finalmente lo adorará.

Jesús enseñó más verdades preciosas sobre Su expiación. El Libro de Mormón, el cual brinda más detalles sobre las enseñanzas del Salvador y da la mejor explicación en cuanto a Su misión, contiene esta enseñanza:

“Y mi Padre me envió para que fuese levantado sobre la cruz… [para que] pudiese atraer a mí mismo a todos los hombres

“…para ser juzgados por sus obras.

“Y… cualquiera que se arrepienta y se bautice en mi nombre, será lleno; y si persevera hasta el fin, he aquí, yo lo tendré por inocente ante mi Padre el día en que me presente para juzgar al mundo…

“Y nada impuro puede entrar en reino [del Padre]; por tanto, nada entra en su reposo, sino aquellos que han lavado sus vestidos en mi sangre, mediante su fe, y el arrepentimiento de todos sus pecados y su fidelidad hasta el fin” (3 Nefi 27:14–16, 19).

Y por lo tanto, entendemos que la expiación de Jesucristo nos da la oportunidad de superar la muerte espiritual que viene como resultado del pecado y, al efectuar y guardar convenios sagrados, obtener las bendiciones de la vida eterna.

Desafío y testimonio

Jesús presentó el reto: “¿Qué pensáis del Cristo?”(Mateo 22:42). El apóstol Pablo desafió a los corintios: “Examinaos a vosotros mismos, para ver si estáis en la fe” (2 Corintios 13:5). Todos deberíamos responder a estos desafíos por nosotros mismos. ¿Dónde depositamos nuestra lealtad suprema? ¿Somos como los cristianos de la memorable descripción del élder Neal A. Maxwell que se mudaron a Sión pero aún intentan mantener una segunda vivienda en Babilonia?1.

No hay término medio. Somos seguidores de Jesucristo; somos ciudadanos de Su Iglesia y de Su evangelio y no deberíamos usar un visado para visitar Babilonia o actuar como uno de sus ciudadanos. Debemos honrar Su nombre, guardar Sus mandamientos y “no [buscar] las cosas de este mundo, mas [buscar] primeramente edificar el reino de Dios, y establecer su justicia” (Mateo 6:33, nota a; de la Traducción de José Smith, Mateo 6:38).

Jesucristo es el Unigénito y Amado Hijo de Dios; Él es nuestro Creador; Él es la Luz del Mundo; Él es nuestro Salvador del pecado y de la muerte. Éste es el conocimiento más importante sobre la tierra y pueden saberlo por ustedes mismos, como yo lo sé por mí mismo. El Espíritu Santo, quien testifica del Padre y del Hijo y nos conduce a la verdad, me ha revelado estas verdades, y Él se las revelará a ustedes. El medio es el deseo y la obediencia. En cuanto al deseo, Jesús enseñó: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Mateo 7:7). Referente a la obediencia enseñó: “El que quiera hacer la voluntad de él conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mí mismo” (Juan 7:17). Testifico de la verdad de estas cosas en el nombre de Jesucristo. Amén.

Mostrar las referencias

  1.  

    1. Véase Neal A. Maxwell, A Wonderful Flood of Light, 1990, pág. 47.