El divino don del arrepentimiento

D. Todd Christofferson

Del Quórum de los Doce Apóstoles


Sólo mediante el arrepentimiento obtenemos acceso a la gracia expiatoria de Jesucristo.

El Libro de Mormón contiene el relato de un hombre llamado Nehor. Es fácil entender por qué Mormón, al compendiar mil años de registros nefitas, pensara que era importante incluir algo acerca de este hombre y la influencia perdurable de su doctrina. Mormón estaba tratando de advertirnos, sabiendo que esa filosofía volvería a surgir en nuestros días.

Nehor aparece en escena unos noventa años antes del nacimiento de Cristo. Él enseñó “que todo el género humano se salvaría en el postrer día… porque el Señor había creado a todos los hombres, y también los había redimido a todos; y al fin todos los hombres tendrían vida eterna” (Alma 1:4).

Unos 15 años después, Korihor vino entre los nefitas predicando y amplió la doctrina de Nehor. El Libro de Mormón registra que “era un anticristo, porque empezó a predicar al pueblo contra las profecías… concernientes a la venida de Cristo” (Alma 30:6). Korihor predicaba “que no se podía hacer ninguna expiación por los pecados de los hombres, sino que en esta vida a cada uno le tocaba de acuerdo con su habilidad; por tanto, todo hombre prosperaba según su genio, todo hombre conquistaba según su fuerza; y no era ningún crimen el que un hombre hiciese cosa cualquiera” (Alma 30:17). Esos falsos profetas y sus seguidores “no creían en el arrepentimiento de sus pecados” (Alma 15:15).

Al igual que en los días de Nehor y Korihor, vivimos en una época no muy lejana al advenimiento de Jesucristo; en nuestro caso, el tiempo de preparación para Su segunda venida. Y de manera similar, el mensaje del arrepentimiento con frecuencia no es bien recibido. Algunos profesan que si hay un Dios, Él no nos impone exigencias reales (véase Alma 18:5). Otros sostienen que un Dios amoroso perdona todo pecado en base a una simple confesión; o que si realmente hay un castigo por pecar, “Dios nos dará algunos azotes, y al fin nos salvaremos en el reino de Dios” (2 Nefi 28:8). Otras personas, al igual que Korihor, niegan la existencia misma de Cristo y del pecado. Su doctrina es que los valores, las normas e incluso la verdad son relativos; por tanto, lo que sea que uno considere correcto para sí mismo, los demás no pueden juzgarlo erróneo ni pecaminoso.

En la superficie, esas filosofías parecen atractivas porque nos autorizan a satisfacer cualquier apetito o deseo sin preocuparnos por las consecuencias. Al usar las enseñanzas de Nehor y Korihor, podemos racionalizar y justificar cualquier cosa. Cuando los profetas predican el arrepentimiento, parecen “arruinar la fiesta”; pero en realidad, el llamado profético se debería recibir con gozo. Sin el arrepentimiento no hay verdadero progreso ni mejoramiento en la vida. Pretender que no hay pecado no disminuye la carga y sufrimiento que produce. En sí mismo, sufrir a causa del pecado no cambia nada para mejor. Únicamente el arrepentimiento conduce a las soleadas elevaciones de una vida mejor; y, por supuesto, sólo mediante el arrepentimiento obtenemos acceso a la gracia expiatoria de Jesucristo y a la salvación. El arrepentimiento es un don divino y deberíamos sonreír al hablar de él, puesto que nos conduce a la libertad, la confianza y la paz; en lugar de interrumpir la celebración, el don del arrepentimiento es la causa de la verdadera celebración.

El arrepentimiento existe como una opción únicamente debido a la expiación de Jesucristo. Es Su sacrificio infinito que “[provee] a los hombres la manera de tener fe para arrepentimiento” (Alma 34:15). El arrepentimiento es la condición necesaria, y la gracia de Cristo es el poder por el que “la misericordia satisface las exigencias de la justicia (Alma 34:16). Nosotros testificamos que:

“…sabemos que la justificación por la gracia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es justa y verdadera;

“y también sabemos que la santificación por la gracia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es justa y verdadera, para con todos los que aman y sirven a Dios con toda su alma, mente y fuerza” (D. y C. 20:30–31).

El arrepentimiento es un tema extenso, pero hoy quisiera mencionar sólo cinco aspectos de este principio fundamental del Evangelio que espero sean de ayuda.

Primero: La invitación al arrepentimiento es una expresión de amor. Cuando el Salvador “comenzó… a predicar y a decir: ¡Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado!” (Mateo 4:17), era un mensaje de amor, invitando a todo el que estuviera dispuesto, a calificar para unirse a Él “y [gozar] de las palabras de vida eterna en este mundo, y la vida eterna en el mundo venidero” (Moisés 6:59). Si no invitamos a otras personas a cambiar o si no nos exigimos a nosotros mismos el arrepentimiento, no cumplimos un deber fundamental que tenemos el uno hacia el otro y hacia nosotros mismos. Un padre condescendiente, un amigo indulgente, un líder de la Iglesia temeroso están más preocupados por sí mismos que por el bienestar y la felicidad de aquellos a quienes podrían ayudar. Sí, el llamado al arrepentimiento a veces se considera intolerante u ofensivo, e incluso puede resentirse, pero cuando es inducido por el Espíritu, en realidad es un acto de genuino interés (véase D. y C. 121:43–44).

Segundo: El arrepentirse significa esforzarse para cambiar. Sería una burla al sufrimiento del Salvador por nosotros en el Jardín de Getsemaní y en la cruz esperar que Él nos transformase en seres angelicales sin ningún esfuerzo de nuestra parte. Más bien, buscamos Su gracia para complementar y premiar nuestro máximo y diligente esfuerzo (véase 2 Nefi 25:23). Tal vez deberíamos rogar por el tiempo y la oportunidad de trabajar, luchar y superar, del mismo modo que oramos por misericordia. Con seguridad el Señor se complace con aquel que desea presentarse ante el juicio dignamente, quien con resolución trabaja día a día para reemplazar la debilidad con la fortaleza. El verdadero arrepentimiento, el verdadero cambio quizás requiera repetidos esfuerzos, pero hay algo refinador y santo en ello. El perdón y la sanación divinos fluyen naturalmente a esa alma, pues “la virtud ama a la virtud; la luz se allega a la luz; [y] la misericordia tiene compasión de la misericordia y reclama lo suyo” (D. y C. 88:40).

Mediante el arrepentimiento podemos mejorar de forma constante nuestra habilidad para vivir la ley celestial, pues reconocemos que “el que no es capaz de obedecer la ley de un reino celestial, no puede soportar una gloria celestial” (D. y C. 88:22).

Tercero: Arrepentirse significa no sólo abandonar el pecado, sino comprometerse a obedecer. En el Diccionario Bíblico en inglés dice: “El arrepentimiento significa entregar el corazón y la voluntad a Dios, [así como] renunciar al pecado al que, por naturaleza, tenemos inclinación”1. Uno de los muchos ejemplos de esta enseñanza del Libro de Mormón se encuentra en las palabras de Alma a uno de sus hijos:

“Por tanto, hijo mío, te mando, en el temor de Dios, que te abstengas de tus iniquidades;

“que te vuelvas al Señor con toda tu mente, poder y fuerza” (Alma 39:12–13; véase también Mosíah 7:33; 3 Nefi 20:26; Mormón 9:6).

Para que nuestra entrega al Señor sea total, debe incluir nada menor que un convenio de obediencia a Él. A menudo hablamos de este convenio como el convenio bautismal, puesto que se ratifica al ser bautizados en el agua (véase Mosíah 18:10). El mismo bautismo del Salvador, que dio el ejemplo, confirmó Su convenio de obediencia hacia el Padre: “Mas no obstante que era santo, él muestra a los hijos de los hombres que, según la carne, él se humilla ante el Padre, y testifica al Padre que le sería obediente al observar sus mandamientos” (2 Nefi 31:7). Sin este convenio, el arrepentimiento queda incompleto y no se obtiene la remisión de los pecados2. En las memorables palabras del profesor Noel Reynolds: “La decisión de arrepentirse es decidir cerrar las puertas en todas direcciones [con la determinación] de seguir para siempre sólo un camino, el único camino que conduce a la vida eterna”3.

Cuarto: El arrepentimiento requiere un serio propósito y el deseo de perseverar aun en medio del dolor. Tratar de crear una lista de pasos específicos para el arrepentimiento puede ser útil para algunos, pero también puede conducir a cumplir esos pasos de forma mecánica para eliminarlos de la lista, sin que haya verdadero sentimiento ni se produzca un cambio; el arrepentimiento sincero no es superficial. El Señor especifica dos requisitos fundamentales: “Por esto sabréis si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y los abandonará” (D. y C. 58:43).

Confesar y abandonar son conceptos poderosos. Son mucho más que un “tienes razón, lo siento” superficial. Confesar es un reconocimiento profundo, y a veces angustiante, del error y la ofensa a Dios y a la persona. A menudo, dolor, pesar y lágrimas amargas acompañan la confesión, en especial cuando los actos cometidos le causan dolor a alguien, o aún peor, han conducido a otras personas a cometer un pecado. Es esa angustia profunda, el ver las cosas como realmente son, lo que conduce a alguien como Alma a exclamar: “¡Oh Jesús, Hijo de Dios, ten misericordia de mí que estoy en la hiel de amargura, y ceñido con las eternas cadenas de la muerte!” (Alma 36:18).

Con fe en el misericordioso Redentor y en Su poder, lo que puede ser desconsuelo se convierte en esperanza. El corazón y los deseos de la persona cambian y el pecado, que antes era atractivo, es cada vez más abominable; una resolución de abandonar y renunciar al pecado y de rectificar, en la medida de lo posible, el daño que se ha causado, nace en ese nuevo corazón. Esa resolución pronto llega a ser un convenio de obediencia a Dios. Al hacer este convenio, el Espíritu Santo, el mensajero de la gracia divina, traerá alivio y perdón. y se sentirá el impulso de declarar, una vez más como Alma: “Y ¡oh qué gozo, y qué luz tan maravillosa fue la que vi! Sí, mi alma se llenó de un gozo tan profundo como lo había sido mi dolor” (Alma 36:20).

Cualquier dolor que implique el arrepentimiento siempre será mucho menos que el sufrimiento que se requiere para satisfacer la justicia por una transgresión que no se haya resuelto. El Salvador dijo muy poco acerca de lo que sufrió para satisfacer las demandas de la justicia y expiar nuestros pecados, pero sí hizo esta reveladora declaración:

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;

“mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;

“padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa…” (D. y C. 19:16–18).

Quinto: Sea cual sea el costo del arrepentimiento, se consume en el gozo del perdón. En un discurso de una conferencia general titulado “La luminosa mañana del perdón”, el presidente Boyd K. Packer estableció esta analogía:

“En abril de 1847, Brigham Young guió a la primera compañía de pioneros que partió de Winter Quarters. Al mismo tiempo, dos mil seiscientos kilómetros hacia el oeste, los patéticos sobrevivientes del grupo de Donner poco a poco iban bajando por las laderas de las montañas de la Sierra Nevada hacia el valle de Sacramento.

“Habían pasado el crudo invierno atrapados en los ventisqueros al pie de la cima. Es casi imposible de creer que alguien haya sobrevivido los días, las semanas y los meses que pasaron expuestos al hambre y a un sufrimiento indescriptible.

“Entre ellos se encontraba John Breen, que tenía quince años y que en la noche del 24 de abril llegó a la hacienda de los Johnson. Años más tarde, él mismo escribió:

“‘Hacía mucho que había anochecido cuando llegamos a la hacienda de los Johnson, así que, la primera vez que la vi fue en las horas tempranas de la mañana. Era un bonito día, el suelo estaba cubierto de césped verde, los pájaros cantaban en las ramas de los árboles y nuestro viaje había concluido. Me parecía mentira que estuviera vivo.

“‘La vista de esa mañana permanece grabada en mi mente. Me he olvidado de la mayor parte de lo que sucedió, pero aquel campamento junto a la hacienda de los Johnson jamás se borrará de mi memoria’”.

El presidente Packer dijo: “Al principio me sentí sumamente desconcertado por su declaración de haber ‘olvidado la mayor parte de lo que sucedió’. ¿Cómo podía haber olvidado los largos meses de intenso sufrimiento? ¿Cómo era posible que una mañana luminosa reemplazara aquel brutal y tenebroso invierno?

“Después de reflexionarlo más, decidí que en realidad no era tan asombroso; he visto algo semejante sucederle a gente que conozco. He visto a alguien que ha pasado un largo invierno de remordimiento y hambre espiritual despertar a la mañana del perdón. “Al llegar la mañana, aprendieron lo siguiente:

“‘He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más’” (D. y C. 58:42)4.

Con agradecimiento reconozco y testifico que los incomprensibles sufrimiento, muerte y resurrección de nuestro Señor “…[llevan] a efecto la condición del arrepentimiento” (Helamán 14:18). El divino don del arrepentimiento es la clave de la felicidad aquí y en el mundo venidero. Citando las palabras del Salvador y con gran humildad y amor, invito a todos a “[arrepentirse], porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 4:17). Sé que al aceptar esta invitación, encontrarán gozo tanto ahora como por la eternidad. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. Diccionario bíblico en inglés, “Repentance” (arrepentimiento).

  2.  

    2. En el Libro de Mormón se habla repetidamente de “ser bautizado para arrepentimiento” (véase Mosíah 26:22; Alma 5:62; 6:2; 7:14; 8:10; 9:27; 48:19; 49:30; Helamán 3:24; 5:17, 19; 3 Nefi 1:23; 7:24–26; Moroni 8:11). Juan el Bautista utilizó las mismas palabras (véase Mateo 3:11), y Pablo habló del “bautismo de arrepentimiento” (Hechos 19:4). La frase también aparece en Doctrina y Convenios (véase D. y C. 35:5; 107:20). “Bautismo de o para arrepentimiento” simplemente se refiere al hecho de que el bautismo junto con su convenio de obediencia es la piedra de coronamiento del arrepentimiento. Con un arrepentimiento total, incluyendo el bautismo, se es digno de recibir la imposición de manos para que se le confiera el don del Espíritu Santo; y es por medio del Espíritu Santo que uno recibe el bautismo del Espíritu (véase Juan 3:5) y el perdón de los pecados: “Porque la puerta por la cual debéis entrar es el arrepentimiento y el bautismo en el agua; y entonces viene una remisión de vuestros pecados por fuego y por el Espíritu Santo” (2 Nefi 31:17).

  3.  

    3. Noel B. Reynolds, “The True Points of My Doctrine,” Journal of Book of Mormon Studies, tomo V, Nº 2, otoño de 1996, pág. 35; cursiva agregada.

  4.  

    4. Véase Boyd K. Packer, “La luminosa mañana del perdón”, Liahona, enero de 1996, págs. 20–21.