La oportunidad de toda una vida

W. Christopher Waddell

De los Setenta


Por medio de tu dedicado servicio y sacrificio voluntario, tu misión se convertirá en tierra santa para ti.

Un hito en la vida de un misionero es su entrevista final o “última” con el presidente de misión. Parte fundamental de la entrevista será el análisis de lo que parece ser una vida de experiencias inolvidables y lecciones clave que se han adquirido en tan sólo de 18 a 24 meses.

Si bien muchas de esas experiencias y lecciones pueden ser comunes y corrientes en el servicio misional, cada misión es única, con desafíos y oportunidades que nos exigen y prueban de acuerdo con nuestra personalidad y necesidades particulares.

Mucho antes de dejar nuestro hogar terrenal para servir en una misión de tiempo completo, dejamos a nuestros padres celestiales para cumplir con nuestra misión mortal. Tenemos un Padre Celestial, que nos conoce: sabe nuestras fortalezas y debilidades, nuestras facultades y potencial. Él sabe qué presidente de misión y compañeros, y qué miembros e investigadores necesitamos para llegar a ser el misionero, el esposo, el padre y el poseedor del sacerdocio que somos capaces de llegar a ser.

Profetas, videntes y reveladores asignan a los misioneros bajo la dirección y la influencia del Espíritu Santo. Presidentes de misión inspirados dirigen las transferencias cada seis semanas y rápidamente aprenden que el Señor sabe exactamente donde quiere que sirva cada misionero.

Hace unos años, el élder Javier Misiego, de Madrid, España, estaba cumpliendo una misión de tiempo completo en Arizona. En esa época, su llamamiento misional a los Estados Unidos parecía un tanto inusual, ya que la mayoría de los jóvenes de España eran llamados a servir en su propio país.

Al término de una charla fogonera de estaca, donde él y su compañero habían sido invitados a participar, se le acercó al élder Misiego un miembro menos activo de la Iglesia, a quién lo había llevado un amigo. Era la primera vez que ese hombre había estado dentro de una capilla en años y él le preguntó al élder Misiego si conocía a José Misiego, de Madrid. Cuando el élder Misiego respondió que el nombre de su padre era José Misiego, el hombre emocionado hizo algunas preguntas más para confirmar que ése era el José Misiego. Cuando se determinó que estaban hablando del mismo hombre, este miembro menos activo comenzó a llorar. “Su padre fue la única persona que bauticé durante toda mi misión”, explicó y describió cómo su misión, según su parecer, había sido un fracaso. Atribuyó sus años de inactividad a algunos sentimientos de ineptitud y preocupación, creyendo que, de alguna manera, había decepcionado al Señor.

El élder Misiego luego describió lo que este supuesto fracaso del misionero significó para su familia. Le dijo que su padre, bautizado como un adulto soltero, se había casado en el templo, que el élder Misiego era el cuarto de seis hijos, que los tres varones y su hermana habían servido misiones de tiempo completo, que todos estaban activos en la Iglesia y que todos los que estaban casados se habían sellado en el templo.

El ex misionero menos activo comenzó a sollozar. Gracias a sus esfuerzos, ahora sabía que había bendecido muchas vidas, y el Señor había enviado a un élder desde Madrid, España, a una charla fogonera en Arizona para hacerle saber que él no había sido un fracaso. El Señor sabe donde quiere que sirva cada misionero.

De la manera que el Señor decida bendecirnos en el transcurso de una misión, las bendiciones del servicio misional no están diseñadas para terminar cuando somos relevados por nuestro presidente de estaca. Su misión es un campo de entrenamiento para toda la vida. Las experiencias, lecciones y testimonio obtenidos por medio de un servicio fiel están destinados a proporcionar una base centrada en el Evangelio que persistirá durante la vida mortal y en las eternidades. Sin embargo, para que las bendiciones continúen después de la misión, hay condiciones que se deben cumplir. En Doctrinas y Convenios leemos: “Porque todos los que quieran recibir una bendición de mi mano han de obedecer la ley que fue decretada para tal bendición, así como sus condiciones” (D. y C. 132:5). Este principio se enseña en el relato de Éxodo.

Después de recibir su mandato de parte del Señor, Moisés regresó a Egipto para sacar a los hijos de Israel de la cautividad. Una plaga tras otra no le permitían la libertad, lo que les condujo a la décima y última plaga: “Pues yo pasaré por la tierra de Egipto, esta noche, y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto” (Éxodo 12:12).

Para la protección en contra del “heridor” (versículo 23), el Señor instruyó a Su pueblo a ofrecer un sacrificio, un cordero “sin defecto” (versículo 5) y recoger la sangre del sacrificio. Luego tenían que “tomar la sangre” y ponerla en la entrada de cada casa “…en los dos postes y en el dintel” (versículo 7) con esta promesa: “y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad” (versículo 13).

“Los hijos de Israel fueron e hicieron puntualmente así, como Jehová había mandado” (versículo 28). Ellos ofrecieron el sacrificio, recogieron la sangre y la pusieron en sus hogares. “Y aconteció que a la medianoche Jehová hirió a todo primogénito en la tierra de Egipto” (versículo 29). Moisés y su pueblo, según la promesa del Señor, fueron protegidos.

La sangre que utilizaron los israelitas, simbólica de la futura expiación del Salvador, fue producto del sacrificio que ellos habían ofrecido. No obstante, el sacrificio y la sangre por sí solos no hubieran sido suficientes para obtener la bendición prometida. Si no hubieran colocado la sangre en el dintel de la puerta, el sacrificio habría sido en vano.

El presidente Monson ha enseñado: “La obra misional es difícil. Agota las energías, excede nuestra capacidad, exige nuestro mejor esfuerzo… Ningún otro trabajo demanda horas más largas, mayor dedicación ni más sacrificio y oración ferviente” (“…Haced discípulos a todas las naciones”, Liahona, julio de 1995, pág. 55).

Como resultado de ese sacrificio, regresamos de nuestras misiones con nuestros propios dones. El don de la fe; el don de testimonio; el don de la comprensión de la función del Espíritu; el don del estudio diario del Evangelio. El don de haber servido a nuestro Salvador. Dones cuidadosamente empaquetados en Escrituras desgastadas, en libros de Predicad Mi Evangelio raídos, en diarios misionales y en corazones agradecidos. Sin embargo, al igual que los hijos de Israel, las continuas bendiciones relacionadas con el servicio misional exigen la aplicación después del sacrificio.

Hace unos años, mientras la hermana Waddell y yo presidíamos la Misión de España Barcelona, quise extender una última asignación a cada misionero durante su entrevista final. Se les pidió que durante el regreso a casa tomasen tiempo para considerar las lecciones y los dones que les había proveído un generoso Padre Celestial. Se les pidió que hicieran una lista con espíritu de oración y que consideraran cuál sería la mejor manera de aplicar esas lecciones en sus vidas después de la misión: lecciones que podrían influenciar en cada faceta de la vida de ellos, la educación y elección de la carrera, el matrimonio e hijos, el futuro servicio en la Iglesia y, lo más importante, en qué clase de persona se convertirían y como continuarían desarrollándose como discípulos de Jesucristo.

No hay ningún ex misionero para quien sea demasiado tarde considerar las lecciones obtenidas por medio de un servicio fiel y aplicarlas con más diligencia. Al hacerlo, sentiremos la influencia del Espíritu más plenamente en nuestra vida, nuestra familia se fortalecerá y nos acercaremos más a nuestro Salvador y al Padre Celestial. En una conferencia general anterior, el élder L. Tom Perry extendió esta invitación: “Hago un llamado a ustedes, ex misioneros, para que redediquen su vida, para que renueven su deseo y espíritu del servicio misional. Les llamo para que tengan la apariencia de un siervo, para que sean un siervo y para que actúen como un siervo de nuestro Padre Celestial… Deseo prometerles que hay grandes bendiciones reservadas para ustedes si continúan adelante con el celo que una vez poseyeron como misioneros de tiempo completo” (véase “El ex misionero”, Liahona, enero de 2002, págs. 88-89).

Ahora, a los jóvenes que aún tienen que servir en una misión de tiempo completo, comparto el consejo del presidente Monson de octubre del año pasado: “Repito lo que los profetas han enseñado por mucho tiempo: que todo joven digno y capaz debe prepararse para servir en una misión. El servicio misional es un deber del sacerdocio, una obligación que el Señor espera de nosotros a quienes se nos ha dado tanto” (“Al encontrarnos reunidos de nuevo”, Liahona, noviembre 2010, pág. 5).

Al igual que con los misioneros del pasado y presente, el Señor te conoce y tiene una experiencia misional preparada para ti. Él conoce a tu presidente de misión y a su maravillosa esposa, quien te amará como si fueras uno de sus propios hijos y buscará inspiración y guía a tu favor. Él conoce a cada uno de tus compañeros y lo que aprenderás de ellos. Él conoce cada área en la que trabajarás, a los miembros que conocerás, a la gente que enseñarás y las vidas en las que impactarás por la eternidad.

Por medio de tu dedicado servicio y sacrificio voluntario, tu misión se convertirá en tierra santa para ti. Serás testigo del milagro de la conversión a medida que el Espíritu obre por tu intermedio para conmover los corazones de aquellos a quienes enseñes.

Al prepararse para prestar servicio hay mucho por hacer. Para llegar a ser un siervo eficaz del Señor, se necesitará algo más que ser apartado, colocarse una placa con el nombre o entrar en un centro de capacitación misional. Es un proceso que comienza mucho antes de que te llamen “élder”.

Llega a tu misión con tu propio testimonio del Libro de Mormón, que se obtiene por medio del estudio y la oración. “El Libro de Mormón es una evidencia potente de la divinidad de Cristo. También es una prueba de la Restauración a través del profeta José Smith. Como misionero, debes primero tener un testimonio personal de que el Libro de Mormón es verdadero. Ese testimonio del Espíritu Santo debe ser el foco principal de tu enseñanza” (véase Predicad Mi Evangelio: Una guía para el servicio misional, 2004, págs. 103, 108).

Llega a tu misión siendo digno de la compañía del Espíritu Santo. En las palabras del presidente Ezra Taft Benson: “El Espíritu es el elemento más importante en esta obra. Cuando el Espíritu magnifica su llamamiento, usted puede realizar milagros para el Señor en el campo misional. Si no cuenta con el Espíritu, nunca tendrá éxito, sin importar cuánto talento y habilidad tenga” (en Predicad Mi Evangelio, pág. 176).

Llega a tu misión listo para trabajar. “Tu éxito como misionero dependerá principalmente de tu dedicación para encontrar, enseñar, bautizar y confirmar”. Se espera que trabajes con “eficacia todos los días y hagas tu mejor esfuerzo para traer almas a Cristo”(véase Predicad Mi Evangelio, pág. 10).

Repito la invitación que dio el élder M. Russell Ballard a un grupo anterior de jóvenes que se preparaban para servir: “Acudimos nosotros a ustedes, mis jóvenes hermanos del Sacerdocio Aarónico. Los necesitamos. Al igual que los 2.000 jóvenes guerreros de Helamán, ustedes también son hijos espirituales de Dios, y pueden ser investidos con poder para edificar y defender Su reino. Necesitamos que hagan convenios sagrados, así como ellos lo hicieron. Necesitamos que sean meticulosamente obedientes y fieles, tal como ellos lo fueron” (“La generación más grandiosa de misioneros”, Liahona, noviembre de 2002, pág. 47).

Al aceptar esta invitación, aprenderás una gran lección, así como el élder Misiego y todos los que hayan servido, regresado y dedicado de manera fiel. Aprenderás que las palabras de nuestro profeta, el presidente Thomas S. Monson, son verdaderas: “La oportunidad misional es de ustedes, para toda la vida. Las bendiciones de la eternidad les aguardan. Tienen el privilegio de no ser espectadores sino participantes en el escenario del servicio del sacerdocio” (Liahona, julio 1995, pág. 55). Y testifico que esto es verdad en el nombre de Jesucristo. Amén.