Y un niño los pastoreará

Por el presidente Boyd K. Packer

Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles


El esposo y la esposa deben entender que su primer llamamiento, del cual nunca serán relevados, es del uno para con el otro y después para con sus hijos.

Hace años, durante una noche fría en una estación de trenes de Japón, escuché un golpecito en la ventanilla de mi coche-cama. Allí había un niño congelándose, con una camisa harapienta, un trapo sucio atado sobre la hinchada mandíbula y la cabeza cubierta de sarna; el niño sostenía una lata oxidada y una cuchara, el símbolo de un huérfano mendigo. Cuando intenté abrir la puerta para darle dinero, el tren arrancó.

Nunca olvidaré a aquel pequeño hambriento de pie en el frío sosteniendo una lata vacía; tampoco podré olvidar cuán incapaz me sentí cuando el tren se alejó poco a poco y él quedó de pie, en la plataforma.

Unos años después, en Cusco, una ciudad en lo alto de los Andes del Perú, el élder A. Theodore Tuttle y yo llevamos a cabo una reunión sacramental en un salón largo y estrecho que daba hacia la calle. Era de noche y, mientras el élder Tuttle discursaba, un pequeño, de unos seis años quizás, apareció por la puerta. Sólo llevaba puesta una camisa harapienta que le llegaba hasta las rodillas.

A nuestra izquierda se encontraba una pequeña mesa con un plato de pan para la Santa Cena. Este hambriento huérfano de la calle vio el pan y avanzó lentamente hacia él a lo largo de la pared. Cuando estaba casi por llegar a la mesa, una mujer en el pasillo lo vio, y con un firme movimiento de cabeza, lo expulsó hacia la noche. Yo gemí dentro de mí.

El pequeño niño volvió más tarde; avanzaba lentamente a lo largo de la pared; miraba el pan y me miraba a mí. Cuando estaba cerca del punto donde la mujer lo volvería a ver, extendí los brazos y vino corriendo hacia mí, y yo lo tuve en mi regazo.

Entonces, como algo simbólico, lo senté en la silla del élder Tuttle. Después de la última oración, el hambriento pequeño salió corriendo hacia la noche.

Al volver a casa, le conté mi experiencia al presidente Spencer W. Kimball. Él se conmovió profundamente y me dijo: “Usted estaba teniendo una nación en su regazo”. Más de una vez me dijo: “Esa experiencia tiene un significado aún mucho mayor del que usted pueda imaginarse”.

Al visitar los países de Latinoamérica unas cien veces, he buscado a ese niñito en los rostros de la gente. Ahora si sé lo que quiso decir el presidente Kimball.

Conocí a otro niño tiritando en las calles de Salt Lake City. Era tarde en otra noche de invierno. Estábamos saliendo de una cena de Navidad de un hotel y venían por la calle seis u ocho niños bulliciosos; todos deberían haber estado en casa para protegerse del frío.

Un niño no tenía abrigo; iba saltando muy rápidamente para evitar el frío y desapareció por una calle lateral, sin duda, a un apartamento pequeño y pobre con una cama que no tenía suficientes mantas para mantenerlo caliente.

Por la noche, cuando me cubrí con mis cobijas, ofrecí una oración por aquellos que no tenían una cama cálida a la que ir.

Yo estaba apostado en Osaka, Japón, cuando acabó la Segunda Guerra Mundial. La ciudad se encontraba en ruinas y las calles estaban llenas de bloques, escombros y cráteres de bombas. Aunque la mayoría de los árboles habían sido destruidos por las bombas, algunos aún estaban en pie con las ramas y los troncos destrozados, y tenían el valor de mostrar algunos retoños con hojas.

Una niña pequeña vestida en un kimono harapiento y colorido estaba muy ocupada recogiendo hojas de sicómoro para hacer un ramo. La pequeñita no parecía darse cuenta de la devastación que la rodeaba mientras pasaba por encima de los escombros para añadir hojas nuevas a su colección; había encontrado la única belleza que quedaba en su mundo. Tal vez debería decir que ella era la parte bella de su mundo. De alguna manera, pensar en ella aumenta mi fe; la niña personificaba la esperanza.

Mormón enseñó que “los niños pequeños viven en Cristo”1 y no tienen necesidad de arrepentirse.

Cerca del comienzo del siglo anterior, dos misioneros estaban trabajando en las montañas del sur de los Estados Unidos. Un día, desde la cima de una colina, vieron que varias personas se estaban reuniendo en un claro, más abajo. A menudo, los misioneros no tenían mucha gente a la que predicar, así que bajaron hacia el descampado.

Un niño se había ahogado e iba a haber un funeral. Sus padres habían llamado al ministro religioso para que “dijera unas palabras” de su hijo. Los misioneros se hicieron a un lado mientras el ministro viajante contemplaba al padre y a la madre desconsolados y empezó su sermón. Si los padres esperaban recibir consuelo de ese clérigo, se decepcionarían.

Él los reprendió severamente por no haber bautizado al niño; lo habían pospuesto por una u otra razón, y ahora era demasiado tarde y les dijo sin rodeos que su niño había ido al infierno y que eso era culpa de ellos; ellos eran los culpables del tormento sin fin del pequeño.

Después de que concluyó el sermón y se cubrió la tumba, los élderes se acercaron a los afligidos padres. “Somos siervos del Señor”, le dijeron a la madre, “y hemos venido con un mensaje para ustedes”. Mientras los sollozantes padres escuchaban, los dos élderes leyeron de las revelaciones y compartieron su testimonio de la restauración de las llaves para la redención tanto de los vivos como de los muertos.

Siento cierta compasión por ese predicador; puesto que estaba haciendo lo mejor que podía con la luz y el conocimiento que tenía; pero hay algo más que tendría que haber sido capaz de ofrecer, eso es la plenitud del Evangelio.

Los élderes vinieron como consoladores, como maestros, como siervos del Señor, como ministros autorizados del evangelio de Jesucristo.

Estos niños de los cuales he hablado representan a todos los hijos de nuestro Padre Celestial. “…herencia de Jehová son los hijos… Bienaventurado el hombre que ha llenado su aljaba de ellos”2.

La creación de la vida es una gran responsabilidad para una pareja casada; ser una madre o un padre digno y responsable es el desafío de la vida mortal. Ni el hombre ni la mujer pueden tener hijos solos. La intención era que los niños tuvieran dos padres, tanto un padre como una madre. Este modelo o proceso no se puede reemplazar con ningún otro.

Hace mucho tiempo, una mujer me dijo entre lágrimas que cuando era estudiante universitaria había cometido un grave error con su novio. Él había hecho todos los preparativos para el aborto. A su debido tiempo, se graduaron, se casaron y tuvieron varios hijos. Ella me contó cuánto le atormentaba ver a su familia ahora, a sus hermosos hijos, y ver ahora en su mente ese lugar vacío donde faltaba aquel niño.

Si ese matrimonio entendiera la Expiación y la aplicara, sabría que esas experiencias y el dolor relacionado con ellas se pueden borrar. No hay dolor que dure para siempre. No es fácil, pero la vida nunca se concibió para que fuera fácil ni justa. El arrepentimiento y la esperanza duradera que se reciben con el perdón siempre valdrán el esfuerzo.

Otra pareja joven me contó entre lágrimas que acababan de regresar de un consultorio médico, donde se les dijo que no podrían tener hijos. Estaban desconsolados por la noticia; pero se sorprendieron cuando les dije que en realidad eran muy afortunados y se preguntaron por qué diría tal cosa. Les dije que su estado era infinitamente mejor que el de otras parejas que podían ser padres, pero que habían rechazado y evadido de modo egoísta esa responsabilidad.

Les dije: “Al menos, ustedes quieren hijos y ese deseo pesa mucho a su favor en su vida terrenal y en la venidera, porque les dará estabilidad espiritual y emocional. En última instancia, su situación será mucho mejor porque quisieron hijos y no pudieron tenerlos, en comparación con aquellos que podían, pero que no tuvieron hijos”.

Aún así, hay otras parejas que permanecen sin casarse y, por lo tanto, sin hijos. Algunos, debido a circunstancias ajenas a su voluntad, están criando a sus hijos como madres solas o padres solos. Esos son estados temporales. En el plan eterno de las cosas, no siempre el anhelo y el deseo justos se harán realidad en la vida mortal.

“Si solamente en esta vida tenemos esperanza en Cristo, somos los más dignos de lástima de todos los hombres”3.

El fin supremo de toda actividad en la Iglesia es ver al esposo, a su esposa y a sus hijos felices en el hogar, protegidos por los principios y las leyes del Evangelio, sellados con seguridad en los convenios del sacerdocio eterno. El esposo y la esposa deben entender que su primer llamamiento, del cual nunca serán relevados, es del uno para con el otro y después para con sus hijos.

Uno de los grandes descubrimientos de la paternidad es que aprendemos mucho más de nuestros hijos, sobre lo que realmente importa, que lo que aprendimos de nuestros padres. Llegamos a reconocer la verdad de la profecía de Isaías de que “un niño los pastoreará”4.

En Jerusalén, “llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos,

“y dijo: De cierto os digo que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

“Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos”5.

“Y Jesús dijo: Dejad a los niños venir a mí y no les impidáis hacerlo, porque de los tales es el reino de los cielos.

“Y habiendo puesto las manos sobre ellos, partió de allí”6.

Leemos en el Libro de Mormón de la visita de Jesucristo al Nuevo Mundo. Él sanó y bendijo a las personas y les mandó que llevasen a los niños pequeños a Él.

Mormón registra: “…trajeron a sus niños pequeñitos, y los colocaron en el suelo alrededor de él, y Jesús estuvo en medio; y la multitud cedió el paso hasta que todos le fueron traídos”7.

Entonces mandó a la gente que se arrodillara. Con los niños a Su alrededor, el Salvador se arrodilló y ofreció una oración a nuestro Padre Celestial. Después de la oración, el Salvador lloró “…y tomó a sus niños pequeños, uno por uno, y los bendijo, y rogó al Padre por ellos.

“Y cuando hubo hecho esto, lloró de nuevo”8.

Comprendo los sentimientos expresados por el Salvador hacia los niños. Hay mucho que aprender del seguir Su ejemplo al procurar orar, bendecir y enseñar a esos “pequeñitos”9.

Yo era el décimo en una familia de 11 hijos. Hasta donde yo sé, ni mi padre ni mi madre sirvieron en un llamamiento prominente en la Iglesia.

Nuestros padres sirvieron fielmente en su llamamiento más importante, el ser padres. Nuestro padre dirigió nuestro hogar en rectitud, nunca con enojo ni con miedo; y el poderoso ejemplo de nuestro padre fue magnificado por el tierno consejo de nuestra madre. El Evangelio es una poderosa influencia en la vida de cada uno de nosotros en la familia Packer y en la generación siguiente y en la generación siguiente y en la siguiente, hasta donde hemos visto.

Espero ser juzgado como un buen hombre como lo fue mi padre. Antes de escuchar las palabras “bien hecho” de mi Padre Celestial, espero escucharlas primero de mi padre terrenal.

Muchas veces me he preguntado por qué fui llamado como Apóstol y luego Presidente del Quórum de los Doce, a pesar de haber venido de un hogar donde el padre podría ser catalogado como menos activo. Yo no soy el único miembro de los Doce que se ajusta a esa descripción.

Finalmente, pude ver y entender que quizás esa circunstancia sea la razón por la que me llamaron. Y he logrado entender por qué en todo lo que hacemos en la Iglesia como líderes debemos proporcionar la forma para que los padres y los hijos pasen tiempo juntos en familia. Los líderes del sacerdocio deben esmerarse para que la Iglesia sea de beneficio para la familia.

Hay muchas cosas sobre el vivir el evangelio de Jesucristo que no se pueden medir por lo que se calcula o se anota en los registros de asistencia. Nos ocupamos de los edificios, los presupuestos, los programas y los procedimientos. Al hacerlo, es posible pasar por alto la esencia misma del evangelio de Jesucristo.

Con demasiada frecuencia alguien viene a mí y dice: “Presidente Packer, ¿no sería bueno … ?”.

Normalmente lo detengo y digo: “No”, porque sospecho que lo que sigue será una nueva actividad o programa que agregará una carga de tiempo y de recursos económicos a la familia.

El tiempo de la familia es sagrado y se debe proteger y respetar. Instamos a nuestros miembros a demostrar devoción a sus familias.

Cuando nos casamos, mi esposa y yo decidimos que aceptaríamos a los niños que nacerían, junto con las responsabilidades que acarrearan su nacimiento y crecimiento. A su debido tiempo, ellos han formado su propia familia.

Dos veces en nuestro matrimonio, al momento de nacer dos de nuestros pequeños, un médico nos dijo: “Creo que éste no sobrevivirá”.

En ambas ocasiones, nuestra reacción fue que daríamos nuestra vida si nuestro hijito pudiera mantener la suya. Al extender ese ofrecimiento, nos dimos cuenta de que esa misma devoción se parece a la que nuestro Padre Celestial siente por cada uno de nosotros. ¡Qué concepto tan celestial!

Ahora bien, en el ocaso de nuestras vidas, mi esposa y yo entendemos y damos testimonio de que nuestra familia puede ser eterna. Al obedecer los mandamientos y vivir plenamente el Evangelio, seremos protegidos y bendecidos. Con nuestros hijos y nietos, y bisnietos, nuestro ruego es que cada integrante de nuestra creciente familia tenga la misma devoción hacia esos preciosos pequeñitos.

Padres y madres, la próxima vez que sostengan a un bebé recién nacido en sus brazos, tendrán una perspectiva interior de los misterios y propósitos de la vida; entenderán mejor por qué la Iglesia es como es y por qué la familia es la organización básica en el tiempo de esta vida y en la eternidad. Doy testimonio de que el Evangelio de Jesucristo es verdadero, que el plan de redención, al que se le ha llamado el plan de felicidad, es un plan para las familias. Ruego que las familias de la Iglesia sean bendecidas, los padres y los hijos, para que esta obra siga adelante como es la intención del Padre. Testifico de esto, en el nombre de Jesucristo. Amén.