“Conforme a los principios de la rectitud”

Por el élder Larry Y. Wilson

De los Setenta


Los padres sabios preparan a sus hijos para que puedan conducirse sin la guía paterna. Les brindan oportunidades de crecimiento a sus hijos a medida que éstos adquieren la madurez espiritual para ejercer su albedrío de manera apropiada.

Más o menos un mes después de casarnos, mi esposa y yo estábamos haciendo un viaje largo en automóvil. Ella iba manejando y yo trataba de relajarme. Digo que trataba porque la autopista por la que viajábamos tenía la reputación de tener muchos controles de velocidad, y creo que en aquellos días mi esposa tal vez tenía una leve tendencia de acelerar demasiado; así que le dije: “Vas muy rápido; baja la velocidad”.

Mi flamante esposa pensó: “Vaya, llevo unos diez años manejando y, salvo mi instructor de manejo, nunca nadie me ha dicho cómo manejar”. Así que contestó: “¿Qué te da el derecho de decirme cómo manejar?”.

En realidad, su pregunta me tomó desprevenido; entonces, haciendo lo mejor para asumir mis nuevas responsabilidades de hombre casado dije: “No lo sé, porque soy tu marido y poseo el sacerdocio”.

Hermanos, una breve sugerencia: Si se encuentran en una situación similar, ésa no es la respuesta correcta; y me siento feliz de informarles que fue la primera y la última vez que cometí ese error.

Doctrina y Convenios explica que el derecho de emplear el sacerdocio en el hogar o en cualquier otra parte está directamente relacionado con la rectitud de nuestra vida: “… los poderes del cielo […] no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud”1. Después dice que perdemos esos poderes cuando “[ejercemos] mando, dominio o compulsión sobre las almas de los [demás], en cualquier grado de injusticia”2.

En este pasaje de las Escrituras se dice que debemos guiar “conforme a los principios de la rectitud”. Esos principios se aplican a todos los líderes de la Iglesia como también a todos los padres y las madres en sus hogares3. Cuando ejercemos mando sobre otra persona de forma indebida, perdemos el derecho al Espíritu del Señor y a cualquier autoridad que tengamos de Dios4. Tal vez pensemos que esos métodos son para el bien de la persona sobre la que “ejercemos mando”, pero procedemos de forma injusta cada vez que tratamos de obligar a obrar con rectitud a alguien que puede y debe ejercer su propio albedrío moral. Cuando haya necesidad de establecer límites firmes para otra persona, esos límites siempre deben ponerse con afectuosa paciencia y de una manera que enseñe principios eternos.

Sencillamente no podemos forzar a los demás a hacer lo correcto. En las Escrituras queda claro que ésa no es la manera de Dios. La compulsión produce resentimiento; demuestra desconfianza y hace que las personas se sientan incompetentes. Las oportunidades de aprendizaje se pierden cuando las personas que ejercen control dan por sentado con altivez que tiene todas las respuestas correctas para los demás. En las Escrituras se dice que “la naturaleza y disposición de casi todos los hombres” es practicar este “injusto dominio”5, así que debemos ser conscientes de que es una trampa en la que se puede caer fácilmente. Puede que las mujeres también ejerzan injusto dominio, aun cuando las Escrituras asocian el problema especialmente con los hombres.

El injusto dominio con frecuencia va acompañado de la crítica constante y de no demostrar ni aprobación ni amor. Las personas sobre quienes se ejerce sienten que nunca pueden agradar a tales líderes o padres y que lo que hacen siempre es insuficiente. Los padres sabios deben sopesar cuándo los hijos están listos para comenzar a ejercer su propio albedrío en un aspecto particular de su vida. Pero si los padres se aferran a todo el poder de decisión, considerándolo su “derecho”, limitan de forma severa el crecimiento y desarrollo de sus hijos.

Nuestros hijos están en el hogar por un tiempo limitado. Si esperamos a que se vayan a vivir a otra parte para entregarles las riendas de su albedrío moral, habremos esperado demasiado. No van a desarrollar de repente la facultad de tomar decisiones prudentes si nunca han tenido la libertad de tomar alguna decisión importante mientras vivían en nuestra casa. Los hijos en esas circunstancias a menudo se rebelan contra tal compulsión o quedan traumatizados con la incapacidad de tomar decisiones por su propia cuenta.

Los padres sabios preparan a sus hijos para que éstos puedan manejarse sin depender de ellos. Les brindan oportunidades de crecimiento a medida que los hijos adquieren la madurez espiritual para ejercer su albedrío de manera apropiada; y, sí, eso quiere decir que a veces los hijos se equivocarán y aprenderán de sus errores.

Nuestra familia vivió una experiencia que nos enseñó algo en cuanto a ayudar a nuestros hijos a desarrollar su capacidad de tomar decisiones. Cuando estaba creciendo, nuestra hija Mary era una buena jugadora de fútbol. Un año, su equipo llegó a la final del campeonato y, ¡vaya sorpresa! el partido se iba a jugar un día domingo. Como adolescente, a Mary se le había enseñado por años que el día de reposo era un día de descanso y de renovación espiritual, no de esparcimiento. Aun así, sentía la presión de sus entrenadores y compañeras para que jugara, al igual que el deseo de no defraudar al equipo.

Nos preguntó qué debía hacer. Mi esposa y yo fácilmente podríamos haber tomado la decisión por ella; no obstante, tras considerarlo en oración, decidimos que en este caso nuestra hija estaba lista para asumir la responsabilidad espiritual de su propia decisión. Leímos algunos pasajes de las Escrituras con ella y la alentamos a que orara y lo pensara.

Después de unos días, anunció su decisión: iba a jugar el partido el domingo. ¿Qué debíamos hacer ahora? Después de conversarlo más y de recibir tranquilidad del Espíritu, hicimos lo prometido y le permitimos que fuera a jugar como había decidido. Cuando terminó el partido, Mary lentamente se acercó a su mamá que la esperaba. “Ay, mami”, dijo, “qué mal me sentí. No quiero sentirme así nunca más. Nunca volveré a jugar otro partido en el día de reposo”. Y nunca más lo hizo.

En ese momento Mary había asimilado el principio de santificar el día de reposo. Si le hubiésemos prohibido jugar el partido, la hubiéramos privado de una preciosa y poderosa experiencia de aprendizaje con el Espíritu.

Como pueden ver, ayudar a que los hijos ejerzan su albedrío adecuadamente requiere enseñarles a orar y a recibir respuestas a esas oraciones. También debe haber instrucción en cuanto al valor y el propósito de la obediencia, así como en cuanto a otros principios esenciales del Evangelio6.

Al criar a nuestros hijos, decidimos que nuestra meta más importante era ayudarlos a establecer su propia conexión con los cielos. Sabíamos que, en última instancia, ellos tendrían que depender del Señor, no de nosotros. Brigham Young dijo: “Si fuera a establecer una distinción entre todos los deberes que se requieren de los hijos de los hombres… señalaría en primer y principal orden la responsabilidad de buscar al Señor nuestro Dios hasta lograr que se abran las vías de comunicación entre los cielos y la tierra, entre Dios y nuestra propia alma”7.

Mary había recibido respuesta a sus oraciones en otras situaciones anteriores, así que confiamos en que nuestra hija estaba estableciendo esa manera de comunicación con el cielo en su vida. De ese modo, aprendió algo positivo de su experiencia y estaba preparada para tomar mejores decisiones en el futuro. Sin un vínculo con el Espíritu, tanto los hijos como los padres podrían justificar todo tipo de malas decisiones en razón de ejercer el albedrío. La promesa de las Escrituras es que “aquellos que son prudentes… y han tomado al Santo Espíritu por guía… no [son] engañados”8.

Un efecto secundario adicional y trágico del injusto dominio puede ser el perder la confianza en el amor de Dios. He conocido a algunas personas que se vieron sometidas a padres o líderes exigentes y controladores, y se les hacía muy difícil sentir ese amor del Padre Celestial que podría apoyarlas y motivarlas en el sendero de la rectitud.

Si vamos a ayudar a quienes estén bajo nuestra responsabilidad a crear ese importantísimo vínculo con los cielos, tenemos que ser el tipo de padre o líder que se describe en la sección 121 de Doctrina y Convenios. Tenemos que actuar sólo “por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero”9. El presidente Henry B. Eyring ha expresado: “De toda la ayuda que podamos ofrecer a [los] jóvenes, la más grande será el hacerles sentir que confiamos en que están en el sendero de regreso a Dios y que pueden lograrlo”10.

Al reflexionar sobre los principios que deben guiarnos en la Iglesia y en el hogar, termino con un ejemplo de la biografía del presidente Thomas S. Monson. Ann Dibb, la hija del presidente y la hermana Monson, dice que hasta el día de hoy, al entrar por la puerta de la casa en la que se crió, su padre dice: “Oh, mira quién llegó; qué alegría y ¿no es hermosa?”. Y ella continúa: “Mis padres siempre me hacen algún cumplido, no importa cómo luzca o lo que haya estado haciendo… Cuando voy a visitar a mis padres, sé que me aman, me halagan, me hacen sentir bienvenida; estoy en mi hogar”11.

Hermanos y hermanas, tal es la manera del Señor. Aunque hayan sido maltratados en el pasado, yo sé que el Señor quiere que acudan a Él12. Todos son amados. Todos son bienvenidos. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Mostrar referencias

  1.  

    1.  Doctrina y Convenios 121:36.

  2.  

    2.  Doctrina y Convenios 121:37; cursiva agregada.

  3.  

    3. Véase Neal A. Maxwell, “Y se despoje del hombre natural”, Liahona, enero de 1991, págs. 16–19.

  4.  

    4. Véase Doctrina y Convenios 121:37.

  5.  

    5.  Doctrina y Convenios 121:39.

  6.  

    6. Véase Doctrina y Convenios 68:25–29.

  7.  

    7.  Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: Brigham Young, 1997, págs. 48–49.

  8.  

    8.  Doctrina y Convenios 45:57.

  9.  

    9.  Doctrina y Convenios 121:41.

  10.  

    10. Henry B. Eyring, “Ayúdenlos en el camino de regreso al hogar”, Liahona, mayo de 2010, pág. 22.

  11.  

    11. Véase Heidi S. Swinton, To the Rescue: The Biography of Thomas S. Monson, 2010, pág. 372.

  12.  

    12. Véase Mateo 11:28.