Mantener sagrado

Por el élder Paul B. Pieper

De los Setenta


Las cosas sagradas se deben tratar con más cuidado, con más respeto, y se deben considerar con profunda reverencia.

Unos 1.500 años antes de Cristo, se llevó a un pastor a una zarza ardiente en las laderas del monte Horeb. Ese encuentro divino inició la transformación de Moisés de ser un pastor a ser un profeta, y de su trabajo de pastoreo de ovejas al recogimiento de Israel. Mil trescientos años más tarde, el testimonio de un profeta condenado cautivó a un privilegiado joven sacerdote de la corte del rey. Ese encuentro dio inicio a la evolución de Alma de ser un siervo común a ser un siervo de Dios. Casi 2000 años después, un joven de 14 años entró al bosque en búsqueda de una respuesta a una pregunta sincera. El encuentro de José Smith en la arboleda lo puso en el camino para llegar a ser un profeta y hacia una restauración.

Los encuentros con lo divino cambiaron completamente las vidas de Moisés, Alma y de José Smith. Estas experiencias los fortalecieron para permanecer fieles al Señor y a Su obra durante toda la vida a pesar de la abrumadora oposición y de los posteriores desafíos difíciles.

Nuestras experiencias con lo divino puede que no sean tan directas o dramáticas, ni nuestros desafíos tan desalentadores. Sin embargo, al igual que con los profetas, nuestra fortaleza para perseverar fielmente depende de que reconozcamos, recordemos y mantengamos sagrado aquello que recibimos de lo alto.

Hoy en día, la autoridad, las llaves y las ordenanzas han sido restauradas sobre la tierra. Hay también Escrituras y testigos especiales. Aquellos que buscan a Dios pueden recibir el bautismo para la remisión de los pecados y la confirmación “por la imposición de manos… para que reciban el bautismo de fuego y del Espíritu Santo” (D. y C. 20:41). Con estos preciados dones restaurados, nuestros encuentros divinos mayormente incluirán al tercer miembro de la Trinidad, el Espíritu Santo.

Con voz apacible el Espíritu me habla,
Me guía, me salva.
(“Con voz apacible”, (Liahona, abril de 2006, pág. A13)
Deja que el Espíritu
te enseñe la verdad,
testifique de Jesús
y te guíe en santidad.
(“Deja que el Espíritu te enseñe”, Himnos, Nº 77)

A medida que buscamos respuestas de Dios, sentimos la voz suave y apacible susurrar a nuestros espíritus. Estos sentimientos, estas impresiones, son tan naturales y tan sutiles que podemos pasarlos por alto o atribuirlos a la razón o la intuición. Estos mensajes personales testifican del amor personal de Dios y de Su preocupación por cada uno de Sus hijos y de las misiones terrenales de ellos. El reflexionar y registrar a diario las impresiones que vienen del Espíritu sirven el doble propósito de (1) ayudarnos a reconocer nuestros encuentros personales con lo divino y (2) preservarlos para nosotros y para nuestra posteridad. Registrarlos es también una aceptación y un reconocimiento formal de nuestra gratitud a Dios, porque “en nada ofende el hombre a Dios, ni contra ninguno está encendida su ira, sino contra aquellos que no confiesan su mano en todas las cosas” (D. y C. 59:21).

En cuanto a lo que recibimos a través del Espíritu, el Señor dijo: “Recordad que lo que viene de arriba es sagrado” (D. y C. 63:64). Su declaración es más que un recordatorio, también es una definición y una explicación. La luz y el conocimiento del cielo son sagrados, y lo son porque el cielo es su fuente.

Sagrado significa digno de veneración y respeto. Al designar algo como sagrado, el Señor indica que es de mayor valor y prioridad que otras cosas. Las cosas sagradas se deben tratar con más cuidado, con más respeto, y se deben considerar con profunda reverencia. Lo sagrado se cataloga en lo alto de la jerarquía de los valores celestiales.

Lo que es sagrado para Dios se vuelve sagrado para nosotros sólo a través del uso del albedrío. Cada uno debe elegir aceptar y mantener sagrado aquello que Dios ha definido como sagrado. Él envía luz y conocimiento desde el cielo; nos invita a recibirlos y tratarlos como algo sagrado.

Sin embargo, “es preciso que haya una oposición en todas las cosas” (2 Nefi 2:11). Lo opuesto de sagrado es lo profano o seglar, lo que es temporal o mundano. Lo mundano compite constantemente con lo sagrado por nuestra atención y prioridades. El conocimiento de lo terrenal es esencial para nuestra vida temporal y cotidiana. El Señor nos manda que busquemos conocimiento y sabiduría, estudiemos y aprendamos de los mejores libros y nos familiaricemos con los idiomas, lenguas y pueblos (véase D. y C. 88:118; 90:15). Por lo tanto, la opción para poner lo sagrado sobre lo seglar es una opción de relativa prioridad y no de exclusividad; “bueno es ser instruido, si [hacemos] caso de los consejos de Dios” (2 Nefi 9:29; cursiva agregada).

La lucha por la prioridad entre lo sagrado y lo seglar en cada corazón humano se puede ilustrar mediante la experiencia de Moisés en la zarza ardiente. Allí, Moisés recibió de Jehová su llamamiento sagrado para librar a los hijos de Israel del cautiverio. Sin embargo, en un principio, su conocimiento terrenal del poder de Egipto y del faraón lo hicieron dudar. Finalmente, Moisés ejerció fe en la palabra del Señor, sometiendo su conocimiento terrenal y confiando en lo sagrado. Esa confianza le proporcionó el poder de superar las pruebas temporales y guiar a Israel fuera de Egipto.

Después de escaparse de los ejércitos de Noé sólo para llegar a ser esclavo en las manos de Amulón, Alma podría haber dudado del testimonio espiritual que había recibido cuando escuchó a Abinadí. No obstante, confió en lo sagrado y se le dio la fortaleza para soportar y escapar de sus pruebas temporales.

José Smith se enfrentó a un dilema parecido al comienzo de la traducción del Libro de Mormón. El sabía de la naturaleza sagrada de las planchas y de la traducción. Sin embargo, Martin Harris lo convenció para que diera prioridad a los asuntos mundanos de la amistad y las finanzas, en contra de las instrucciones sagradas. Como resultado, la traducción del manuscrito se perdió. El Señor castigó a José por entregar “aquello que [es] sagrado, a la maldad” (D. y C. 10:9) y por un tiempo lo privó de las planchas y del don de traducir. Cuando las prioridades de José fueron debidamente restablecidas, las cosas sagradas se le restauraron y la obra continuó.

El Libro de Mormón ofrece otros ejemplos de la lucha por dar prioridad a lo sagrado. Habla acerca de creyentes cuya fe los llevó hasta el árbol de la vida para participar de su fruto sagrado, el amor de Dios. Luego, la burla de aquellos en el edificio grande y espacioso hizo que los creyentes cambiaran su enfoque de lo sagrado a lo mundano (véase 1 Nefi 8:11, 24–28). Poco después, los Nefitas escogieron el orgullo y negaron el espíritu de profecía y revelación, “burlándose de lo que era sagrado” (Helamán 4:12). Incluso, algunos de los testigos oculares de las señales y los milagros relacionados con el nacimiento del Señor decidieron rechazar sagradas manifestaciones del cielo y aceptar las explicaciones seglares (véase 3 Nefi 2:1–3).

Hoy la lucha continúa. Las voces terrenales crecen en volumen y en intensidad. Esas voces constantemente instan a los creyentes a abandonar las creencias que el mundo considera irracionales y tontas. Porque “vemos por espejo, oscuramente” (1 Corintios 13:12) y “no [sabemos] el significado de todas las cosas” (1 Nefi 11:17), a veces, tal vez nos sintamos vulnerables y en necesidad de mayor confirmación espiritual. El Señor le dijo a Oliver Cowdery:

“Si deseas más testimonio, piensa en la noche en que me imploraste en tu corazón, a fin de saber tocante a la verdad de estas cosas.

“¿No hablé paz a tu mente en cuanto al asunto? ¿Qué mayor testimonio puedes tener que de Dios?” (D. y C. 6:22–23).

El Señor le recordó a Oliver, y a nosotros, que confiáramos en los sagrados testimonios personales que recibimos cuando nuestra fe es puesta a prueba. Al igual que antes para Moisés, Alma y José, estos divinos encuentros sirven de anclas espirituales para mantenernos seguros y en el curso de las pruebas de la vida.

Lo sagrado no puede ser abandonado selectivamente. Aquellos que deciden abandonar aún una sola cosa sagrada, tendrán sus mentes ofuscadas (véase D. y C. 84:54), y a menos que se arrepientan, se les quitará la luz que tienen (véase D. y C. 1:33). Sin el ancla de lo sagrado se encontrarán moralmente a la deriva en el mar de lo seglar. Por el contrario, aquellos que consideran las cosas sagradas como sagradas, reciben promesas: “Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más y más resplandeciente hasta el día perfecto” (D. y C. 50:24).

Que el Señor nos bendiga para siempre reconocer, recordar y mantener sagrado aquello que hemos recibido de lo alto. Testifico que a medida que lo hagamos, tendremos el poder para soportar las pruebas y superar los desafíos de nuestros días. En el nombre de Jesucristo. Amén.