Un inefable don de Dios

Por el élder Craig C. Christensen

De la Presidencia de los Setenta


El Espíritu Santo trabaja en perfecta armonía con nuestro Padre Celestial y con Jesucristo, y cumple muchas funciones importantes y responsabilidades definidas.

En 1994, el presidente Howard W. Hunter invitó a todos los miembros de la Iglesia a “establecer el templo… como el símbolo supremo de [nuestra condición] de miembros”1. Poco después, ese mismo año, se terminó de construir el Templo de Bountiful, Utah. Al igual que muchos, estábamos ansiosos por llevar a nuestra joven familia al programa de puertas abiertas previo a la dedicación. Trabajamos diligentemente a fin de preparar a nuestros hijos para entrar en el templo, orando con fervor para que tuvieran una experiencia espiritual y que el templo se convirtiera en el centro de sus vidas.

Al caminar con reverencia por el templo, yo admiraba su magnífica arquitectura, los elegantes acabados, la luz que se filtraba por las ventanas altísimas y muchos cuadros inspiradores. Cada aspecto de ese sagrado edificio era verdaderamente exquisito.

Al entrar en el cuarto celestial, de repente me di cuenta de que nuestro hijo menor, Ben, de seis años, estaba agarrado a mi pierna. Parecía ansioso y puede que hasta algo preocupado.

“¿Qué sucede, hijo?”, le susurré.

“Papá”, me respondió, “¿qué está pasando aquí? Nunca me había sentido así”.

Reconociendo que tal vez aquélla fuera la primera vez que nuestro hijo menor había sentido la influencia del Espíritu Santo con tanto poder, me arrodillé a su lado y, mientras los demás visitantes pasaban de largo, dedicamos varios minutos, uno al lado del otro, a aprender juntos acerca del Espíritu Santo. Me maravilló la facilidad con la que analizamos los sagrados sentimientos de Ben. Mientras conversábamos, se hizo evidente que lo que a Ben le resultaba más inspirador no era tanto lo que veía sino lo que sentía; no era la belleza física que nos rodeaba, sino la voz apacible del Espíritu de Dios dentro de su corazón. Compartí con él lo que yo había aprendido de mis propias experiencias, incluso el que su asombro infantil reavivara en mí un profundo agradecimiento por ese inefable don de Dios: el don del Espíritu Santo2.

¿Quién es el Espíritu Santo?

El Espíritu Santo es el tercer miembro de la Trinidad y, como tal, al igual que Dios el Padre y Jesucristo, conoce nuestros pensamientos y las intenciones de nuestro corazón3. El Espíritu Santo nos ama y desea que seamos felices. Dado que Él conoce los retos que enfrentamos, puede guiarnos y enseñarnos todas las cosas que debemos hacer para regresar a nuestro Padre Celestial y vivir nuevamente con Él4.

A diferencia de nuestro Padre Celestial y de Jesucristo, quienes poseen cuerpos glorificados de carne y huesos, el Espíritu Santo es un personaje de espíritu que se comunica con nuestro espíritu a través de sentimientos e impresiones5. Como un ser de espíritu, tiene la responsabilidad única de ser un agente por medio del cual se recibe revelación personal. En las Escrituras suele referirse al Espíritu Santo como el Santo Espíritu, el Espíritu del Señor, el Santo Espíritu de la promesa o, simplemente, el Espíritu6.

¿Cuál es la misión del Espíritu Santo?

El Espíritu Santo trabaja en perfecta armonía con nuestro Padre Celestial y con Jesucristo, y cumple muchas funciones importantes y responsabilidades definidas. El propósito principal del Espíritu Santo es dar testimonio del Padre y de Su Hijo Jesucristo7, y enseñarnos la verdad de todas las cosas8. Un testimonio firme del Espíritu Santo transmite muchísima más certeza que un testimonio de otra índole. El presidente Joseph Fielding Smith enseñó que “el Espíritu de Dios hablándole al espíritu del hombre tiene el poder de impartir la verdad con mayor efecto y entendimiento que cuando la verdad es impartida por medio del contacto personal, aun con seres celestiales”9.

Al Espíritu Santo también se le conoce como el Consolador10. En momentos de tribulación o desesperación, o simplemente cuando necesitamos saber que Dios está cerca, el Espíritu Santo puede levantarnos el ánimo, brindarnos esperanza y enseñarnos “las cosas apacibles del reino”11, permitiéndonos sentir “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento”12.

Hace unos cuantos años, en una cena que congregó a toda nuestra familia, mi padre se puso a jugar con muchos de sus nietos. De repente y sin previo aviso, sufrió un colapso y falleció. Ese suceso inesperado pudo haber sido devastador, en especial para sus nietos, provocando preguntas que hubieran sido difíciles de responder. Sin embargo, al reunir a los niños a nuestro alrededor, y tras orar y leer las palabras de los profetas del Libro de Mormón acerca del propósito de la vida, el Espíritu Santo consoló a cada uno de nosotros en forma personal. De maneras que resultan difíciles de explicar, las respuestas que buscamos llegaron claramente a nuestro corazón. Aquel día sentimos una paz que sobrepasó nuestro entendimiento, pero el testimonio del Espíritu Santo fue cierto, innegable y verdadero.

El Espíritu Santo es un maestro y un revelador13. Cuando estudiamos y meditamos las verdades del Evangelio, y oramos al respecto, el Espíritu Santo ilumina la mente y vivifica el entendimiento14. Él hace que la verdad quede escrita de manera indeleble en nuestra alma y surta un poderoso cambio en nuestro corazón. Al compartir estas verdades con nuestra familia, con otros miembros de la Iglesia y con nuestros amigos y vecinos, el Espíritu Santo también es su maestro, pues lleva el mensaje del Evangelio “al corazón de los hijos de los hombres”15.

El Espíritu Santo nos inspira a prestar servicio a nuestro prójimo. Personalmente, los ejemplos más vívidos de dar oído a las impresiones del Espíritu Santo al servir a los demás proceden de la vida y el ministerio del presidente Thomas S. Monson, quien ha dicho: “En lo referente al cumplimiento de nuestras responsabilidades, he aprendido que cuando damos oído a una impresión del Espíritu y la obedecemos sin demora, nuestro Padre Celestial guiará nuestros pasos y bendecirá nuestra vida, así como la vida de otras personas. No conozco una experiencia más dulce ni un sentimiento más preciado que el de hacer caso a una impresión sólo para descubrir que el Señor ha contestado la oración de otra persona por mi intermedio”16.

Comparto otra tierna experiencia. Mientras el presidente Monson servía como obispo, supo que una miembro de su barrio, Mary Watson, estaba internada en un hospital. Al ir a visitarla, se enteró de que ella se hallaba en una habitación grande acompañada de otros pacientes. Al acercarse a la hermana Watson se percató de que la paciente de la cama de al lado se cubrió la cabeza.

Cuando el presidente Monson concluyó su visita a la hermana Watson y le hubo dado una bendición del sacerdocio, le estrechó la mano, se despidió y se preparó para salir. Entonces sucedió algo sencillo pero asombroso. Cito a continuación el propio recuerdo del presidente Monson sobre esa experiencia:

“No pude retirarme de su lado; fue como si una mano invisible reposara sobre mi hombro, y sentí dentro de mi alma que estaba escuchando estas palabras: ‘Ve a la cama de al lado, en la que la pequeña anciana se cubrió el rostro cuando llegaste’. Y así lo hice…

“Me acerqué a la cama de la otra paciente, con gentileza le di unas palmaditas en el hombro y con cuidado descorrí la sábana que le cubría la cara. ¡Qué sorpresa! También ella era miembro de mi barrio. No sabía que estuviera en el hospital. Se llamaba Kathleen McKee. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, exclamó con lágrimas: ‘Ah, obispo, cuando entró por esa puerta, pensé que había venido a verme y bendecirme como respuesta a mis oraciones. Me sentí gozosa al pensar que sabía que estaba aquí; pero cuando se detuvo ante la otra cama, me entristecí y me di cuenta de que no había venido a verme a mí’.

“Le respondí: ‘No se preocupe [hermana McKee]. Lo importante es que nuestro Padre Celestial lo sabía y que usted había orado en silencio por una bendición del sacerdocio. Él fue quien me inspiró a interrumpir su descanso’”17.

¿Cómo nos habla el Espíritu Santo?

Todos tenemos experiencias con el Espíritu Santo, aun cuando puede que no siempre las reconozcamos. Cuando pensamientos inspirados llegan a nuestra mente, sabemos que son verdaderos por las impresiones espirituales que tocan nuestro corazón. El presidente Boyd K. Packer enseñó: “El Espíritu Santo se comunica con una voz que se siente más de lo que se oye… Aunque decimos que ‘escuchamos’ los susurros del Espíritu, por lo general describimos una inspiración espiritual diciendo: ‘Tuve una impresión…’”18. Es por medio de estos sagrados sentimientos del Espíritu Santo que llegamos a saber lo que Dios desea que hagamos, pues esto, como se declara en las Escrituras, “es el espíritu de revelación”19.

¿Qué significa recibir el don del Espíritu Santo?

Al enseñar a nuestro hijo Ben, de seis años, me pareció importante distinguir entre lo que él estaba sintiendo, que era la influencia del Espíritu Santo, y el don del Espíritu Santo, el cual recibiría después de su bautismo. Antes del bautismo, todos aquellos que buscan la verdad de manera honrada y sincera pueden sentir la influencia del Espíritu Santo de cuando en cuando. Sin embargo, la oportunidad de recibir la compañía constante del Espíritu Santo y la plenitud de las bendiciones asociadas a ello sólo están disponibles para los miembros dignos que han sido bautizados y que reciben el don del Espíritu Santo mediante la imposición de manos por parte de aquellos que poseen la autoridad del sacerdocio de Dios.

Mediante el don del Espíritu Santo recibimos capacidad y dones espirituales adicionales, mayor revelación y protección, guía y dirección firmes, y las bendiciones prometidas de la santificación y la exaltación en el reino celestial. Todas estas bendiciones se reciben como resultado de nuestro deseo personal de recibirlas, y vienen cuando nuestra vida está en armonía con la voluntad de Dios y procuramos Su guía constante.

Al reflexionar en mi experiencia con Ben en el Templo de Bountiful, Utah, tengo muchos sentimientos e impresiones dulces. Un recuerdo claro es el que, mientras yo me hallaba absorto en la grandeza de lo que veía, un pequeño que estaba a mi lado estaba reconociendo los poderosos sentimientos de su corazón. Mediante un gentil recordatorio, se me invitó no sólo a detenerme y arrodillarme, sino también a dar oído al llamado del Señor de llegar a ser como un niño pequeño: humilde, manso y presto para escuchar la voz quieta y apacible de Su Espíritu.

Testifico de la realidad viviente y de la misión divina del Espíritu Santo, y de que mediante el poder del Espíritu Santo podemos saber la verdad de todas las cosas. Testifico que el don del Espíritu Santo es el don preciado e inefable de nuestro Padre Celestial para todos los que acudan a Su Hijo, se bauticen en Su nombre y reciban el Espíritu Santo por medio de la confirmación en Su Iglesia. De estas sagradas verdades doy testimonio personal en el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. Howard W. Hunter, en Jay M. Todd, “President Howard W. Hunter: Fourteenth President of the Church”, Ensign, julio de 1994, pág. 5; véase también Howard W. Hunter, “El símbolo supremo de ser miembros de la Iglesia”, Liahona, noviembre de 1994, pág. 3.

  2.  

    2. Véase D. y C. 121:26.

  3.  

    3. Véase Alma 12:7; 18:16–18; D. y C. 6:15–16.

  4.  

    4. Véase 2 Nefi 32:5.

  5.  

    5. Véase D. y C. 130:22.

  6.  

    6. Véase Lucas 4:1, 18; 11:13; Juan 1:33; Efesios 1:13; D. y C. 88:3.

  7.  

    7.  2 Nefi 31:18; 3 Nefi 28:11; D. y C. 20:27.

  8.  

    8. Véase Moroni 10:5.

  9.  

    9. Véase Joseph Fielding Smith, Doctrina de Salvación, comp. Bruce R. McConkie, 3 Tomos, 1954–1956, Tomo 1, pág. 44.

  10.  

    10. Véase Juan 14:26; D. y C. 35:19.

  11.  

    11.  D. y C. 36:2.

  12.  

    12.  Filipenses 4:7.

  13.  

    13. Véase Lucas 12:12; 1 Corintios 2:13; D. y C. 50:13–22; Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, pág. 138.

  14.  

    14. Véase D. y C. 11:13.

  15.  

    15.  2 Nefi 33:1.

  16.  

    16. Thomas S. Monson, “Paz, cálmense”, Liahona, noviembre de 2002, pág. 55.

  17.  

    17. Véase Thomas S. Monson, “Cristo junto al estanque de Betesda”, Liahona, enero de 1997, págs. 18–19.

  18.  

    18. Boyd K. Packer, “Revelación personal: El don, la prueba y la promesa”, Liahona, junio de 1997, pág. 10.

  19.  

    19.  D. y C. 8:3; véase también el versículo 2.