Tengan cuidado en cuanto a ustedes mismos

Por el élder Anthony D. Perkins

De los Setenta


[Manténganse] en el camino del sacerdocio profundizando su conversión y fortaleciendo a su familia… Eviten la tragedia prestando atención a las señales espirituales de “Precaución” que Dios y los profetas han puesto en nuestro camino.

Cuando era joven, nuestra familia viajaba en auto por las Montañas Rocosas de Estados Unidos para visitar a los abuelos. La vía comenzaba en planicies de artemisa, ascendía por empinadas laderas cubiertas de pinos, y finalmente terminaba en alamedas y en la cima de prados desde donde podíamos ver casi hasta el infinito.

Pero ese hermoso camino no era perfectamente seguro. La mayoría se había construido en la ladera de montañas empinadas. Para proteger a los viajeros, los constructores colocaron vallas de contención y carteles que decían: “Cuidado: Zona de derrumbes”. Notamos que había buena razón para esas advertencias, pues había piedras y rocas esparcidas a lo largo del lecho del río mucho más abajo del camino. En ocasiones, veíamos autos aplastados al fondo del cañón, la trágica evidencia de conductores que no habían prestado atención.

El juramento y convenio del sacerdocio

Hermanos, cada uno de ustedes ha entrado, o pronto entrará, en el juramento y convenio del Sacerdocio de Melquisedec1. Ese convenio abarca una gloriosa jornada que comienza con la recepción de los sacerdocios menor y mayor, progresa cuando magnificamos nuestros llamamientos, y asciende continuamente hacia el panorama más grande de Dios hasta que recibimos “todo lo que [el] Padre tiene”2.

El sabio diseñador de ese camino celestial ha colocado señales de precaución para nuestro viaje. El juramento y convenio del sacerdocio contiene esta advertencia que lleva a un examen de conciencia: “Y ahora os doy el mandamiento de tener cuidado, en cuanto a vosotros mismos”3.

¿Por qué nos mandaría Dios que tuviéramos cuidado? Él sabe que Satanás es un ser real4 que procura arrastrar nuestra alma al abismo de miseria5. Dios también sabe que dentro de los poseedores del sacerdocio hay un “hombre natural”6 al acecho que es “propenso a andar errante”7. Por tanto, los profetas nos invitan a “despojarnos del viejo hombre”8 y ser “de Cristo… revestidos”9 mediante la fe, el arrepentimiento, las ordenanzas de salvación y el vivir el Evangelio a diario.

Evitar la tragedia

Al ascender por el camino del sacerdocio, cualquier joven u hombre puede ser abatido si no tiene cuidado. ¿Han quedado sorprendidos y desconsolados por la caída inesperada de un joven ejemplar, un reciente ex misionero, un respetado líder del sacerdocio o un familiar querido?

El relato del Antiguo Testamento de David es un ejemplo trágico del poder del sacerdocio desperdiciado. A pesar de que derrotó a Goliat cuando era joven y vivió rectamente por décadas10, este profeta y rey aún era espiritualmente vulnerable. En ese momento crucial cuando vio desde la terraza a la hermosa Betsabé bañándose, no había ningún socorrista moral cerca que le gritara: “¡Cuidado, David, no seas insensato!”. El no tener cuidado en cuanto a sí mismo11 y el no actuar según las impresiones del Espíritu12 lo llevaron a perder su familia eterna13.

Hermanos, si aun el poderoso David pudo ser apartado del camino a la exaltación, ¿cómo podemos evitar un destino similar?

Las dos vallas de contención de la profunda conversión personal y de las relaciones familiares fuertes nos ayudan a mantenernos en el camino celestial.

Sabiendo esto, Satanás desprende rocas que abaten la conversión y que fracturan a la familia para cruzarse en nuestro camino del sacerdocio. Afortunadamente, Jesucristo y Sus profetas han puesto señales de “precaución” por el camino que constantemente nos advierten del orgullo que abate la conversión14 y de los pecados que fracturan a la familia, tales como el enojo, la avaricia y la lujuria.

Hace mucho tiempo, Moisés aconsejó: “…cuídate de no olvidarte de Jehová”15. En nuestro mundo acelerado y saturado de diversión, los hombres todavía son prontos a “[olvidarse] del Señor… para cometer iniquidad y dejarse llevar por el maligno”16.

Profundizar la conversión y fortalecer a la familia

Para permanecer a salvo en el camino del sacerdocio entre el alud de rocas de la tentación, recuerdo seis principios fundamentales que profundizan la conversión y fortalecen a la familia.

Primero, el orar siempre abre la puerta a la ayuda divina para “[vencer] a Satanás”17. Cada vez que Jesús advierte a los poseedores del sacerdocio que se cuiden, “porque Satanás desea [zarandearlos]”, señala la oración como la acción para contrarrestar la tentación18. El presidente Thomas S. Monson enseñó: “Si alguno de nosotros ha sido lento en prestar atención al consejo de orar siempre, no hay mejor momento para empezar que ahora mismo… Una persona jamás se eleva a mayor altura que cuando está arrodillada orando”19.

Segundo, el estudio de las Escrituras antiguas y modernas nos conecta con Dios. El Señor advirtió a los miembros de la Iglesia que “[tuvieran] cuidado de cómo… estiman [a los profetas], no sea que los menosprecien, y con ello incurran en la condenación, y tropiecen y caigan”20. Para evitar esa solemne condenación, debemos leer con diligencia las Escrituras, así como las revistas y los sitios web de la Iglesia que nos permitan “recibir palabras de consejo en una forma íntima y personal por medio del profeta escogido [del Señor]”21.

Tercero, el participar dignamente en las ordenanzas nos prepara para tomar “al Santo Espíritu por guía”22. Cuando el Salvador advirtió: “…cuidaos a fin de que no os engañen”, prometió que no lo seremos si “[buscamos] diligentemente los mejores dones” del Espíritu23. El participar dignamente de la Santa Cena cada semana habilita a los miembros para que “siempre puedan tener su Espíritu consigo”24. Al adorar en el templo, podemos “[recibir] la plenitud del Espíritu Santo”25.

Cuarto, demostrar amor genuino es la esencia de la conversión personal y de las relaciones familiares. El rey Benjamín indicó: “Mas cuidaos… no sea que surjan contenciones entre vosotros”26. Nunca olviden que Satanás es el “padre de la contención”27 y que procura que los miembros de la familia “contiendan y riñan”28. Hermanos, si maltratamos emocional, verbal o físicamente a algún miembro de nuestra familia, o amedrentamos a cualquier persona, entonces perdemos el poder del sacerdocio29. Escojan controlar el enojo. Los miembros de la familia deben escuchar de nuestra boca bendiciones, no maldiciones. Debemos influenciar a los demás sólo con persuasión, longanimidad, benignidad, mansedumbre, amor sincero, bondad y caridad30.

Quinto, obedecer la ley del diezmo es un elemento esencial de la fe y de la unidad familiar. Debido a que Satanás utiliza la avaricia y la búsqueda de posesiones para desviar a las familias del camino celestial, Jesús aconsejó: “…guardaos de toda avaricia”31. La avaricia se restringe cuando administramos bien nuestro ingreso, pagamos un diezmo íntegro y una ofrenda de ayuno generosa, presupuestamos los gastos necesarios, evitamos las deudas innecesarias, ahorramos para necesidades futuras y llegamos a ser autosuficientes en lo temporal. La promesa que Dios nos hace es: “…buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”32.

Sexto, vivir plenamente la ley de castidad produce confianza para estar “en la presencia de Dios” con el Espíritu Santo como nuestro “compañero constante”33. Satanás está atacando la virtud y el matrimonio con una avalancha de obscenidad. Cuando el Señor advirtió a los adúlteros: “cuídense… y arrepiéntanse cuanto antes”, Su definición se extendía más allá del acto físico del adulterio a los pensamientos lujuriosos que lo preceden34. Los profetas y apóstoles modernos han hablado con frecuencia y claramente sobre la plaga de la pornografía. El presidente Gordon B. Hinckley enseñó: “[La pornografía] es como una furiosa tempestad que destruye a personas y a familias, y que aniquila totalmente lo que una vez fue sano y hermoso… ha llegado la hora de que cualquiera de nosotros que se ocupe en tales prácticas se retire del fango”35. Si se ven tentados a violar la ley de castidad en cualquier forma, sigan el ejemplo de José de Egipto que “…huyó y salió afuera”36.

Estos seis principios fundamentales ayudan a los poseedores del sacerdocio a continuar ascendiendo por el camino celestial con seguridad entre las vallas de contención espirituales de la conversión personal y las relaciones familiares. Jóvenes, el obedecer estos principios los preparará para los convenios del templo, el servicio misional de tiempo completo y el matrimonio eterno. Esposos y padres, el vivir estos principios los habilitará para presidir su hogar en rectitud y servir como el líder espiritual de su familia, con su esposa como compañera en igualdad37. El camino del sacerdocio es un trayecto lleno de gozo.

Mantenerse en el camino del sacerdocio

Volviendo a mis experiencias de joven, recuerdo una ocasión en la que cruzamos las Montañas Rocosas. Después de pasar por una señal de “Cuidado: Zona de derrumbes”, mi padre observó que caían piedritas en el pavimento enfrente de nosotros. Rápidamente aminoró la marcha hasta casi detenerse cuando una roca del tamaño de una pelota de baloncesto nos pasó zumbando. Papá esperó a que el derrumbe cesara antes de continuar. La atención constante y la acción inmediata de mi padre aseguraron que nuestra familia llegara a salvo a su destino final.

Hermanos, Satanás procura “destruir las almas de los hombres”38. Si su alma se está alejando hacia la orilla de un precipicio espiritual, deténganse ahora antes de que caigan y corrijan su rumbo39. Si sienten que su alma yace destrozada al fondo del cañón en vez de estar elevada en el camino del sacerdocio porque han hecho caso omiso a las señales de “Precaución” y han pecado, les testifico que mediante el arrepentimiento sincero y el poder del sacrificio expiatorio de Jesucristo, pueden ser elevados y restaurados al camino celestial de Dios40.

Jesús enseñó: “Guardaos de… la hipocresía”41. Si no son dignos de ejercer el sacerdocio, por favor reúnanse con su obispo, quien puede ayudarlos a arrepentirse. Tengan ánimo, pues aun cuando el Salvador afirme: “…tened cuidado… y absteneos de pecar”42, también promete: “…yo, el Señor, os perdono… id y no pequéis más”43.

Invito a cada joven y hombre a que se mantenga en el camino del sacerdocio profundizando su conversión y fortaleciendo a su familia. Las oraciones, las Escrituras y las ordenanzas profundizan la conversión; el amor, el diezmo y la castidad fortalecen a la familia. Eviten la tragedia prestando atención a las señales espirituales de “Precaución” que Dios y los profetas han puesto en nuestro camino. Esfuércense por seguir el ejemplo perfecto de Jesucristo, quien “sufrió tentaciones pero no hizo caso de ellas”44.

Les prometo que si los hombres guardan el convenio del sacerdocio de “tener cuidado, en cuanto a [ellos] mismos”45, nosotros y nuestras familias estaremos seguros de llegar a salvo y con gozo a nuestro destino exaltado en el reino celestial. De ello testifico en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

Show References

  1.  

    1. Véase D. y C. 84:33–44.

  2.  

    2.  D. y C. 84:38.

  3.  

    3.  D. y C. 84:43.

  4.  

    4. Véase José Smith—Historia 1:16; véase también Moisés 1:12–22.

  5.  

    5. Véase Helamán 5:12; véanse también 2 Nefi 1:13; Helamán 7:16.

  6.  

    6.  Mosíah 3:19; véase también 1 Corintios 2:14.

  7.  

    7. “Come, Thou Fount of Every Blessing”, Hymns, 1948, Nº 70.

  8.  

    8. Véase Colosenses 3:8–10; véase también Efesios 4:22–24.

  9.  

    9.  Gálatas 3:27; véase también Romanos 13:14.

  10.  

    10. Véase 1 Samuel 13:14; 17:45–47 .

  11.  

    11. Véase 2 Samuel 11:1–17.

  12.  

    12. “…no cometerán un error grave sin que primeramente reciban una advertencia mediante los susurros del Espíritu” (Boyd K. Packer, “Consejo a los jóvenes”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 17) .

  13.  

    13. Véase D. y C. 132:39; véase también Guía para el Estudio de las Escrituras, “David”.

  14.  

    14. Véase D. y C. 23:1; 25:14; 38:39; véase también Ezra Taft Benson, “Cuidaos del orgullo”, Liahona, julio de 1989, págs. 4–8.

  15.  

    15.  Deuteronomio 6:12; véase también Deuteronomio 8:11–19.

  16.  

    16.  Alma 46:8.

  17.  

    17.  D. y C. 10:5.

  18.  

    18. Véase D. y C. 52:12–15; véanse también Lucas 22:31–32; Alma 37:15–17; 3 Nefi 18:18–19.

  19.  

    19. Thomas S. Monson, “Acerquémonos a Él en oración y fe”, Liahona, marzo de 2009, pág. 4.

  20.  

    20.  D. y C. 90:5; véase también D. y C. 41:1, 12.

  21.  

    21. Véase Gordon B. Hinckley, “La certeza… ¿enemiga de la religión?”, Liahona, febrero de 1982, pág. 5.

  22.  

    22.  D. y C. 45:57.

  23.  

    23.  D. y C. 46:8; véanse también Efesios 4:14; D. y C. 52:14–16; Colosenses 2:8.

  24.  

    24.  Moroni 4:3; D. y C. 20:77; véase también 3 Nefi 18:1–11.

  25.  

    25.  D. y C. 109:15.

  26.  

    26.  Mosíah 2:32.

  27.  

    27. Véase 3 Nefi 11:29–30.

  28.  

    28.  Mosíah 4:14.

  29.  

    29. Véase D. y C. 121:36–37; véase también D. y C. 63:61–63.

  30.  

    30. Véase D. y C. 121:41–45.

  31.  

    31.  Lucas 12:15; véase también D. y C. 38:39.

  32.  

    32.  Mateo 6:33; 3 Nefi 13:33.

  33.  

    33.  D. y C. 121:45–46; véanse también D. y C. 67:11; Moisés 1:11.

  34.  

    34. Véase D. y C. 63:14–16; véanse también Mateo 5:27–28; 3 Nefi 12:27–30.

  35.  

    35. Gordon B. Hinckley, “Un mal trágico entre nosotros”, Liahona, noviembre de 2004, págs. 59–62; véanse también Dallin H. Oaks, “La pornografía”, Liahona, mayo de 2005, 87–90; Jeffrey R. Holland, “No hay lugar para el enemigo de mi alma”, Liahona, mayo de 2010, 44–46.

  36.  

    36.  Génesis 39:12.

  37.  

    37. Véase Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 2.3.

  38.  

    38.  D. y C. 10:27; véase también 1 Pedro 5:8.

  39.  

    39. Véanse D. y C. 3:9–10; 1 Corintios 10:12–13; 2 Pedro 3:17.

  40.  

    40. Véanse Alma 13:27–29; D. y C. 109:21.

  41.  

    41.  Lucas 12:1; véase también D. y C. 50:6–9.

  42.  

    42.  D. y C. 82:2.

  43.  

    43.  D. y C. 82:1 , 7.

  44.  

    44.  D. y C. 20:22; véase también Hebreos 2:17–18; 4:14–16.

  45.  

    45.  D. y C. 84:43; véanse también Deuteronomio 4:9; Mosíah 4:29–30.