Un paso más cerca del Salvador

Por Russell T. Osguthorpe

Presidente General de la Escuela Dominical


La conversión es la meta de todo aprendizaje y toda enseñanza del Evangelio. La conversión no es un evento de una sola vez. Se trata de un esfuerzo de toda la vida por llegar a ser más como el Salvador.

Este verano apareció en la revista Liahona un breve artículo que yo había escrito. Mi hijo me dijo por correo electrónico: “Papá, tal vez podrías avisarnos cuando publiques un artículo”. Yo le respondí: “Quería ver si estás leyendo las revistas de la Iglesia”. Volvió a escribirme diciendo que su hija de diez años había “pasado la prueba, pues recogió la revista Liahona del buzón de correo, entró en casa y la leyó. Entonces vino a nuestro cuarto y nos mostró tu artículo”.

Mi nieta leyó la revista Liahona porque quería aprender. Actuó por sí misma mediante el ejercicio de su albedrío. La Primera Presidencia acaba de aprobar nuevos recursos de aprendizaje para los jóvenes que servirán de apoyo al deseo innato de los jóvenes por aprender, vivir y compartir el Evangelio. Estos nuevos recursos están disponibles para verse en internet. A partir de enero empezaremos a usarlos en las clases.

Cuando el Salvador enseñaba, el albedrío de quien aprendía era esencial. No sólo nos mostró qué enseñar, sino cómo hacerlo. Él se centraba en las necesidades del que aprendía, ayudaba a las personas a descubrir la verdad por sí mismas1 y siempre prestaba atención a sus preguntas2.

Estos nuevos recursos de aprendizaje nos ayudarán a todos a aprender y a enseñar a la manera del Salvador tanto en el hogar como en el salón de clase3. Al hacerlo, estaremos respondiendo a Su invitación de “ven, sígueme”4, tal como el élder Robert D. Hales hermosamente enseñó. Durante la elaboración de estos nuevos recursos, vi a líderes y maestros de las organizaciones auxiliares y de seminario deliberar en consejo con padres y madres a fin de cubrir las necesidades de los alumnos. He visto a jovencitas en sus clases, a jóvenes en los quórumes del Sacerdocio Aarónico y a los jóvenes en la Escuela Dominical aprender a utilizar el albedrío y a actuar por sí mismos.

Una maestra de la Escuela Dominical de los jóvenes se preguntaba cómo ayudar a dos jóvenes con autismo a actuar por sí mismos. Al invitar a los participantes de la clase a compartir lo que estaban aprendiendo, temía que dichos jóvenes rechazaran su invitación; mas no lo hicieron. Uno de ellos se puso de pie para enseñar lo que había aprendido y luego invitó al otro joven con autismo a ayudarle. Cuando el primero empezó a tener dificultades, su compañero permaneció a su lado susurrándole al oído para que sintiera que lo había logrado. Ambos enseñaron ese día; enseñaron lo que enseñó el Salvador, pero también enseñaron como Él enseñó. Cuando el Salvador enseñaba, lo hacía con amor por la persona a la que instruía, tal como aquel joven hizo con su amigo5.

Cuando aprendemos y enseñamos Su palabra a Su manera, aceptamos la invitación “ven, sígueme”. Lo seguimos un paso a la vez, y con cada paso nos acercamos más a Él, cambiamos. El Señor sabía que el crecimiento espiritual no se produce de repente, sino de manera gradual. Cada vez que aceptamos Su invitación y escogemos seguirlo, progresamos por el camino de la plena conversión.

La conversión es la meta de todo aprendizaje y toda enseñanza del Evangelio. La conversión no es un evento de una sola vez. Se trata de un esfuerzo de toda la vida por llegar a ser más como el Salvador. El élder Dallin H. Oaks nos ha recordado que no basta con “saber”. “‘Convertirnos’… requiere que hagamos y que lleguemos a ser6. Así pues, aprender para convertirse es un proceso continuo de conocer, hacer y llegar a ser. Del mismo modo, la enseñanza dirigida a la conversión requiere de doctrina clave, invitaciones a actuar y bendiciones prometidas7. Cuando impartimos doctrina verdadera, ayudamos al alumno a conocer. Cuando invitamos a las personas a actuar, las ayudamos a hacer o a vivir la doctrina. Cuando se reciben las bendiciones que el Señor ha prometido, cambiamos y, al igual que Alma, nos convertimos en nuevas criaturas8.

Los nuevos recursos de aprendizaje para los jóvenes tienen una meta central: ayudar a los jóvenes a convertirse al evangelio de Jesucristo. Hace poco vi a un joven descubrir esta verdad por sí mismo en una clase de la Escuela Dominical. Cuando me percaté de que estaba teniendo dificultades para relacionar la Expiación a su propia vida, le pregunté si alguna vez había sentido el perdón, a lo que él respondió: “Sí, como aquella vez cuando le rompí la nariz a un muchacho jugando al fútbol. Me sentí mal y me preguntaba qué necesitaba hacer para sentirme mejor. Fui a su casa y le pedí disculpas; pero sabía que tenía que hacer algo más; así que oré y sentí que mi Padre Celestial también me había perdonado. Ése es el significado que la Expiación tiene para mí”.

Cuando compartió su experiencia con la clase, leyó Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito”; y luego testificó del poder de la Expiación. Esta doctrina había dejado de ser un concepto abstracto para ese joven; llegó a ser parte de su vida porque formuló su propia pregunta y luego ejerció su albedrío para actuar9.

Aquel joven se estaba convirtiendo cada vez más, al igual que sus compañeros de clase. Se centraron en una doctrina clave a través del estudio de las Escrituras; relacionaron esas palabras sagradas con sus propias vidas y luego testificaron de las bendiciones que habían recibido como resultado de haber vivido la doctrina. Al enseñar el evangelio de Jesucristo, nos centramos en las Escrituras y en las palabras de los profetas modernos. Acudimos a los textos sagrados para contribuir a fortalecer la fe, edificar testimonios y ayudar a los demás a convertirse plenamente. Los nuevos recursos de aprendizaje para los jóvenes ayudarán a todo aquel que los use a entender y vivir la palabra de Dios.

Mientras enseñaba a los santos en Costa Rica, sostuve en alto un ejemplar de La enseñanza: El llamamiento más importante y pregunté: “¿Cuántos de ustedes tienen una copia de este manual?”. Casi todos levantaron la mano. Con una sonrisa, añadí: “Apuesto a que lo leen todos los días”. Para mi sorpresa, una hermana de la primera fila levantó la mano, indicando que ella sí lo hacía. Le pedí que subiera al podio y se explicase. Éstas fueron sus palabras: “Leo el Libro de Mormón cada mañana y luego leo un poco en La enseñanza: El llamamiento más importante para así poder enseñar a mis hijos lo que aprendí de la mejor manera posible”.

Ella deseaba aprender y enseñar la palabra del Señor a la manera del Señor, así que estudió Su palabra en las Escrituras y luego estudió cómo enseñarla para que los hijos de ella se convirtieran plenamente. No creo que adquirió su patrón de aprendizaje y enseñanza del Evangelio de golpe. Ella tomó la decisión de hacer algo, y cuanto más hacía lo que sabía que debía hacer, más la fortalecía el Señor para seguir en Su camino.

En ocasiones, el camino de la conversión puede ser largo y difícil. Mi cuñado estuvo inactivo en la Iglesia durante 50 años, y no fue sino hasta después de los 60 que empezó a aceptar la invitación del Salvador para regresar. Muchos lo ayudaron en el camino; un maestro orientador le mandó una postal todos los meses durante 22 años; pero fue mi cuñado el que tuvo que decidir regresar. Tuvo que ejercer su albedrío; tuvo que tomar el primer paso y luego otro, y otro más. Actualmente, él y su esposa han sido sellados y él presta servicio en un obispado.

Recientemente le mostramos los videos creados para ayudar a los líderes y a los maestros a implementar los nuevos recursos de aprendizaje y, tras verlos, mi cuñado se recostó en la silla y comentó, un tanto emocionado: “Tal vez si yo hubiera tenido esto cuando era joven, no me hubiese inactivado”.

Hace unas cuantas semanas conocí a un joven que estaba pasando por dificultades. Le pregunté si era miembro de la Iglesia y me dijo que era ateo, aunque había conocido la Iglesia de pequeño. Cuando le hablé de mi llamamiento en la Escuela Dominical y de que iba a hablar en la conferencia general, me dijo: “Si va a discursar, miraré esa sesión”. Espero que esté viéndola. Sé que si lo está haciendo, ha aprendido algo. El Centro de Conferencias es un lugar único para el aprendizaje y la enseñanza que conduce a la conversión.

Aprendemos a la manera del Señor cuando vivimos los principios que nos enseñan aquéllos a quienes sostenemos como profetas, videntes y reveladores10. Damos un paso más cerca de Él. Al término de esta conferencia, invito a todo aquel que oiga mi voz a dar ese paso. Al igual que los nefitas de la antigüedad, podemos regresar a nuestras “casas, y [meditar] las cosas que… [se han] dicho, y [pedir] al Padre en el nombre de [Cristo] que [podamos] entender”11.

Queremos que todo joven entienda; queremos que aprendan, enseñen y vivan el evangelio de Jesucristo a diario. Esto es lo que el Señor desea para todos Sus hijos. Ya sea que usted sea un niño, un joven o un adulto, lo invito a venir y seguirlo a Él en Sus pasos. Les testifico que el Señor nos fortalecerá con cada paso que demos; Él nos ayudará durante el resto del camino. Entonces, cuando se presenten los obstáculos, seguiremos adelante. Seguiremos adelante cuando aparezcan las dudas. Nunca volveremos hacia atrás; nunca nos desviaremos.

Testifico que Dios el Padre y Su Hijo, Jesucristo, viven. Testifico que el Salvador sigue diciéndonos, tal como lo hizo en la antigüedad, que vayamos a Él. Todos podemos aceptar Su invitación. Todos podemos aprender, enseñar y vivir Su palabra a Su manera al dar un paso que nos acerque más a Él. Al hacerlo, nos habremos convertido de verdad. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Mostrar las referencias

  1.  

    1. Véase Juan 3:1–7. En este pasaje, el Salvador responde a la pregunta de Nicodemo. Él enseñó adecuándose a las necesidades de Nicodemo, le permitió ejercer su albedrío para aprender y lo ayudó a descubrir la respuesta por sí mismo.

  2.  

    2. Véase Juan 3:4; José Smith—Historia 1:18.

  3.  

    3. Véase “Enseñar a la manera del Salvador”, lds.org/youth/learn/guidebook/teaching.

  4.  

    4. Véase Lucas 18:18–22.

  5.  

    5. Véase 1 Juan 4:19.

  6.  

    6. Dallin H. Oaks, “El desafío de lo que debemos llegar a ser”, Liahona, enero de 2001, pág. 41: “Testificar es saber y declarar. El Evangelio nos invita a ‘convertirnos’, lo cual requiere que hagamos y que lleguemos a ser. Si alguno de nosotros se basa únicamente en el conocimiento y en el testimonio del Evangelio, estamos en la misma posición de los bienaventurados pero inconclusos apóstoles a quienes Jesús dio el desafío de que se ‘convirtieran’. Todos conocemos a alguien que tiene un fuerte testimonio pero que no actúa como si estuviese convertido”.

  7.  

    7. Véase Abraham 2:11.

  8.  

    8. Véase Mosíah 27:24–26; 2 Corintios 5:17.

  9.  

    9. Véase David A. Bednar, “Velando… con toda perseverancia”, Liahona, mayo de 2010, pág. 43: “¿Estamos ustedes y yo ayudando a nuestros hijos a ser agentes que actúan y que buscan conocimiento tanto por el estudio como por la fe, o hemos capacitado a nuestros hijos a que esperen para que se les enseñe y se actúe sobre ellos? Como padres, ¿estamos dando de comer principalmente a nuestros hijos el equivalente de pescado espiritual, o estamos constantemente ayudándolos a actuar, a aprender por sí mismos y a permanecer firmes e inmutables? ¿Estamos ayudando a nuestros hijos a estar anhelosamente consagrados en pedir, buscar y llamar?”.

  10.  

    10. Véase Dennis B. Neuenschwander, “Profetas, videntes y reveladores vivientes”, Liahona, enero de 2001, págs. 49–51.

  11.  

    11.  3 Nefi 17:3.