Paz personal: La recompensa a la rectitud

Por el élder Quentin L. Cook

Del Quórum de los Doce Apóstoles


A pesar de las pruebas de la vida, gracias a la expiación del Salvador y a Su gracia, una vida recta será recompensada con paz personal.

Experiencias recientes me han hecho reflexionar en la doctrina de la paz, y especialmente en la función de Jesucristo al ayudarnos a cada uno de nosotros a obtener una paz personal perdurable.

En los últimos meses, dos acontecimientos me conmovieron profundamente. Primero, me tocó hablar en el funeral de Emilie Parker, una preciosa niña de seis años que perdió la vida junto a otras 25 personas, entre ellas 19 niños pequeños, en un trágico tiroteo en Newtown, Connecticut. Acompañé a su familia en su pesar y me di cuenta de que muchos habían sido despojados de la paz. En sus padres, Robert y Alissa Parker, encontré fortaleza y fe.

Segundo, me reuní con miles de miembros fieles de la Iglesia en la ciudad de Abiyán, Costa de Marfil1. Ese país de habla francesa en África Occidental ha sufrido dificultades económicas, un golpe militar y dos guerras civiles recientes que terminaron en 2011. Aun así, sentí una paz especial ante la presencia de ellos.

A menudo ocurren cosas que nos quitan la paz y nos hacen sentir más vulnerables.

¿Quién puede olvidar los crueles ataques del 11 de septiembre de 2001 en varios lugares de los Estados Unidos? Dichos acontecimientos nos recuerdan cuán rápido se pueden destruir nuestros sentimientos de paz y de seguridad.

Nuestro hijo mayor y su esposa, que estaban esperando su primer hijo, vivían a tres cuadras de las Torres Gemelas en la ciudad de Nueva York cuando el primer avión se estrelló contra la Torre Norte. Subieron a la azotea de su edificio y se horrorizaron al observar lo que pensaban que era una especie de terrible accidente. Entonces, vieron el segundo avión estrellarse contra la Torre Sur; inmediatamente se dieron cuenta de que no se trataba de un accidente y pensaron que el bajo Manhattan estaba siendo atacado. Al desplomarse la Torre Sur, el edificio de ellos quedó envuelto en la nube de polvo que cubrió el sur de Manhattan.

Confundidos por lo que habían visto y preocupados de que hubiera otros ataques, se dirigieron a un área más segura y luego fueron al centro de estaca de Manhattan en el Lincoln Center. Al llegar, se encontraron con decenas de miembros del bajo Manhattan que habían tomado la misma decisión de reunirse en el centro de estaca. Nos llamaron para avisarnos dónde estaban. Me tranquilizó saber que estaban a salvo, pero no me sorprendió el lugar donde se encontraban. La revelación moderna enseña que las estacas de Sión son una defensa y “[un] refugio contra la tempestad y contra la ira, cuando sea derramada sin mezcla sobre toda la tierra”2.

No pudieron regresar a su apartamento por más de una semana y estaban desolados por la pérdida de vidas inocentes, pero ellos no sufrieron ningún daño permanente.

Al contemplar estos acontecimientos, me ha impresionado la diferencia doctrinal que hay entre la paz universal o mundial y la paz personal3.

Cuando nació el Salvador, una multitud de huestes celestiales alabaron a Dios y dijeron: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!”4.

Sin embargo, tristemente se sabe que aun durante este período de importancia eterna que siguió al nacimiento del Hijo de Dios, el rey Herodes mandó matar a niños inocentes en Belén5.

El albedrío es esencial en el plan de felicidad; permite el amor, el sacrificio, el crecimiento individual y la experiencia necesaria para el progreso eterno. Este albedrío también permite el dolor y el sufrimiento que experimentamos en esta vida mortal, incluso cuando es causado por cosas que no entendemos y por las devastadoras decisiones perversas de otras personas. Incluso la batalla en los cielos se libró por nuestro albedrío moral, el cual es indispensable para comprender el ministerio terrenal del Salvador.

Como se indica en el capítulo 10 de Mateo, el Salvador instruye a los Doce y aclara que Su misión no logrará la paz universal en esta vida terrenal. A los apóstoles se les dijo que dejaran bendiciones de paz en las casas dignas que visitasen; sin embargo se les advirtió que andarían “en medio de lobos… [y] aborrecidos por todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, éste será salvo”6. En el versículo 34 se hace una importante declaración: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra”7. Es claro que la paz universal no existía en la tierra durante el ministerio terrenal de Cristo ni tampoco existe ahora.

En la introducción que el Señor hace al libro de Doctrina y Convenios, se enseñan varios principios muy importantes. En cuanto a los que no se arrepienten, se enseña que Su Espíritu (el Espíritu de Cristo), el cual se da a toda persona que viene al mundo8, “no luchará siempre con el hombre”9; y también que “la paz será quitada de la tierra”10. Los profetas han declarado que la paz ciertamente ha sido quitada de la tierra11. Lucifer aún no ha sido atado y ejerce poder en este dominio12.

El justo deseo de las buenas personas en todas partes siempre ha sido y será que haya paz en el mundo. Nunca debemos darnos por vencidos en alcanzar esta meta. Sin embargo, el presidente Joseph F. Smith enseñó: “Jamás habrá ese espíritu de paz y amor… hasta que los seres humanos reciban la verdad de Dios y [Su] mensaje… y reconozcan Su poder y autoridad, que son divinos”13.

Aunque esperamos y rogamos con fervor que haya paz universal, es en forma individual y como familia que logramos el tipo de paz que se promete como recompensa a la rectitud. Esa paz es el don prometido mediante la misión y el sacrificio expiatorio del Salvador.

Este principio se declara brevemente en Doctrina y Convenios: “Aprended, más bien, que el que hiciere obras justas recibirá su galardón, sí, la paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero”14.

El presidente John Taylor enseñó que la paz no sólo es deseable, sino que “es el don de Dios”15.

La paz a la que me refiero no es sólo una tranquilidad temporal; es una profunda felicidad y satisfacción espiritual perdurables16.

El presidente Heber J. Grant describió la paz del Salvador de esta manera: “Su paz calmará nuestro sufrimiento, sanará nuestros corazones quebrantados, quitará los sentimientos de odio que alberguemos en nuestro interior y creará en nosotros un amor por nuestros semejantes que nos llenará el alma de serenidad y felicidad”17. Al reunirme con los padres de Emilie Parker, vi que la paz del Salvador alivió el sufrimiento de ellos y está ayudándolos a curar su corazón herido. Es digno de notar que, inmediatamente después del tiroteo, el hermano Parker dijo que perdonaba al autor del delito. Tal como dijo el presidente Grant, la paz del Salvador puede “[quitar] los sentimientos de odio”. El juzgar corresponde al Señor.

Durante el periodo de guerra civil en su país, los santos de Costa de Marfil hallaron paz al centrarse en vivir el evangelio de Jesucristo, poniendo especial énfasis en la historia familiar y en la obra del templo por sus antepasados18.

Todos anhelamos la paz. La paz no es simplemente seguridad o que no haya guerra, violencia, conflictos ni contención. La paz viene del conocimiento de que el Salvador sabe quiénes somos, sabe que tenemos fe en Él, que lo amamos y guardamos Sus mandamientos, aun y especialmente durante las devastadoras pruebas y tragedias de la vida. La respuesta del Señor al profeta José Smith en la cárcel de Liberty trae solaz al corazón:

“Hijo mío, paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento;

“y entonces, si lo sobrellevas bien, Dios te exaltará”19.

Recuerden que “Dios no es Dios de confusión, sino de paz”20. Para quienes rechazan a Dios no hay paz. Todos participamos en los concilios de los cielos que nos aseguraron el albedrío moral, sabiendo que habría dolor en la tierra e incluso tragedias atroces por causa del abuso del mismo. Entendimos que eso podría causar que nos enojáramos o que estuviéramos confundidos, indefensos y vulnerables; pero también sabíamos que la expiación del Salvador vencería y compensaría toda injusticia de la vida terrenal y nos brindaría paz. El élder Marion D. Hanks tenía una cita de Ugo Betti enmarcada en la pared: “Creer en Dios significa saber que todas Sus leyes son justas y que al final nos esperan hermosas sorpresas”21.

¿Cuáles son las fuentes de paz? Muchos buscan la paz en formas mundanas, lo cual nunca dio resultado ni lo dará. La paz no se halla al obtener gran riqueza, poder ni prominencia22. La paz no se halla al buscar placer, diversión ni esparcimiento. Ninguna de estas cosas, aunque se obtengan en abundancia, trae felicidad ni paz duradera.

El preciado himno de Emma Lou Thayne hace las preguntas adecuadas: “¿Dónde hallo el solaz, dónde el alivio cuando mi llanto nadie puede calmar?”23. La respuesta es el Salvador, que es la fuente y el autor de la paz. Él es el “Príncipe de paz”24.

¿Cómo permanecemos cerca del Salvador? El humillarnos ante Dios, orar siempre, arrepentirnos de nuestros pecados, entrar en las aguas del bautismo con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, y convertirnos en verdaderos discípulos de Jesucristo son profundos ejemplos de la rectitud que se recompensa con paz perdurable25. Después de que el rey Benjamín hubo pronunciado su conmovedor mensaje sobre la expiación de Cristo, la multitud cayó a tierra. “El Espíritu del Señor descendió sobre ellos, y fueron llenos de gozo, habiendo recibido la remisión de sus pecados, y teniendo paz de conciencia a causa de la gran fe que tenían en Jesucristo”26. El arrepentimiento y el vivir rectamente permiten que tengamos paz de conciencia, que es crucial para estar contentos27. Cuando ha habido una transgresión grave, se requiere una confesión para que haya paz28. Quizá nada se compare a la paz que recibe el alma destrozada por el pecado al depositar sus cargas en el Señor y reclamar las bendiciones de la Expiación. Como lo expresa otro himno favorito de la Iglesia: “Mis faltas a Sus pies pondré, y gozo me dará”29.

Mi corazón se regocija al ver que, en nuestra época, decenas de miles de jóvenes, jovencitas y misioneros mayores han aceptado el llamado para ser emisarios de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Están llevando el Evangelio de paz restaurado al mundo, una persona y una familia a la vez; una obra de rectitud para llevar esa paz a los hijos del Padre Celestial.

La Iglesia es un refugio donde los seguidores de Cristo logran tener paz. Algunos jóvenes del mundo dicen ser espirituales, pero no religiosos. Sentir que uno es espiritual es un buen primer paso; sin embargo, es en la Iglesia donde se nos hermana, se nos enseña y se nos nutre con la buena palabra de Dios. Más importante aún, es la autoridad del sacerdocio en la Iglesia que proporciona las sagradas ordenanzas y los convenios que unen a las familias y nos hacen dignos de regresar a Dios el Padre y a Jesucristo en el reino celestial. Esas ordenanzas traen paz porque son convenios con el Señor.

Es en los templos donde se llevan a cabo muchas de esas sagradas ordenanzas y también son una fuente de refugio del mundo. Quienes visitan los jardines del templo o participan de los programas de puertas abiertas de los templos también sienten esa paz. Una experiencia que se destaca en mi memoria es el programa de puertas abiertas y la dedicación del Templo de Fiyi. Había agitación política y como resultado los rebeldes quemaron y saquearon el centro de Suva, ocuparon los edificios del Parlamento y tomaron como rehenes a los legisladores. En el país se impuso la ley marcial. Los militares dieron permiso limitado a la Iglesia para congregar personas en el programa de puertas abiertas y a un grupo muy pequeño para la dedicación. No se invitó a los miembros en general a asistir por razones de seguridad. Fue la única dedicación de un templo, desde el Templo de Nauvoo original, que se llevó a cabo en circunstancias tan difíciles.

Una de las invitadas al programa de puertas abiertas fue una encantadora mujer hindú, de linaje indio, miembro del Parlamento, que inicialmente había sido tomada como rehén, pero que habían liberado por ser mujer.

En el salón celestial, libre de la conmoción del mundo, se deshizo en lágrimas al expresar los sentimientos de paz que la inundaban. Sentía que el Espíritu Santo la consolaba y le testificaba de la naturaleza sagrada del templo.

El Salvador es la fuente de la paz verdadera. A pesar de las pruebas de la vida, gracias a la expiación del Salvador y a Su gracia, una vida recta será recompensada con paz personal. En el entorno íntimo donde tuvo lugar la Pascua de Resurrección, el Salvador prometió a Sus apóstoles que serían bendecidos con el “Consolador, el Espíritu Santo”, y luego pronunció estas trascendentales palabras: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da”30. Después, momentos antes de Su oración intercesora, dijo: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción. Pero confiad; yo he vencido al mundo”31.

Eliza R. Snow expresó este concepto maravillosamente al escribir:

Alzad con gozo el corazón;
cantad a Dios con fe y fervor.
Reposo hallaréis en Él,
por más que reine el error”32.

De esto testifico; en el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. Se llevaron a cabo dos conferencias en Abiyán el domingo 10 de febrero de 2013; asistieron 9.693 personas, de las cuales 619 aún no eran miembros de la Iglesia. La cantidad total de miembros de la Iglesia en Costa de Marfil es aproximadamente 19.000.

  2.  

    2. Doctrina y Convenios 115:6.

  3.  

    3. La palabra paz tiene diferentes significados. En los clásicos griegos se refiere al cese, la suspensión o la ausencia de hostilidades entre fuerzas rivales. En hebreo la palabra tiene un significado más amplio y a veces es simplemente una forma de saludar. La paz también es un “estado de la existencia que el hombre recibe sólo bajo los términos y condiciones establecidos por Dios” (Howard W. Hunter, “Where Is Peace?”, en Conference Report, octubre de 1966, págs. 14–17.

  4.  

    4. Lucas 2:14; cursiva agregada.

  5.  

    5. Véase Mateo 2:16; véase también Ross Douthat, “The Loss of the Innocents”, New York Times, 16 de diciembre de 2012, pág. 12.

  6.  

    6. Mateo 10:16, 22.

  7.  

    7. Mateo 10:34.

  8.  

    8. Véase Doctrina y Convenios 84:46.

  9.  

    9. Doctrina y Convenios 1:33.

  10.  

    10. Doctrina y Convenios 1:35.

  11.  

    11. El presidente Woodruff hizo esta declaración en 1894 y nuevamente en 1896. Véase The Discourses of Wilford Woodruff, ed. por G. Homer Durham, 1946, págs. 251–252; véase también Marion G. Romney, en Conference Report, abril de 1967, págs. 79–82.

  12.  

    12. Véase Joseph Fielding Smith, The Predicted Judgments, Brigham Young University Speeches of the Year, 21 de marzo de 1967, págs. 5–6. Sin embargo, como dijo el élder Neal A. Maxwell: “Podemos tener paz interior aun cuando la paz ha sido quitada de la tierra… y ‘todas las cosas [estén] en conmoción’” (“He aquí, el enemigo se ha combinado”, Liahona, julio de 1993, pág. 89).

  13.  

    13. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith, 1998, págs. 428–429.

  14.  

    14. Doctrina y Convenios 59:23.

  15.  

    15. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: John Taylor, 2001, pág. 169.

  16.  

    16. Desde la época de los antiguos griegos hasta nuestros días, estas palabras —felicidad y satisfacción— se han analizado, diseccionado y estudiado, no sólo en lo referente a su significado, sino también en cuanto a la guía que dan a nuestra vida. Véase David Malouf, The Happy Life: The Search for Contentment in the Modern World, 2011. Véase además un análisis del libro de Malouf, en R. Jay Magill Jr., “How to Live Well”, Wall Street Journal, 26–27 de enero de 2013, C6.

  17.  

    17. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Heber J. Grant, 2002, pág. 244.

  18.  

    18. “Tres de las cinco estacas de Costa de Marfil se encuentran entre las veinticinco estacas de la Iglesia con porcentaje más alto de adultos que envían nombres de familiares para las ordenanzas del templo”; la Estaca Cocody Costa de Marfil tiene el porcentaje más alto. (R. Scott Lloyd, “Elder Cook ‘Impressed with Exceptional Spirit’ in Ivory Coast”, Church News, 5 de marzo de 2013). Teniendo en cuenta la guerra civil y el hecho de que el templo más cercano está a 12 horas de viaje en autobús, en Accra, Ghana, ésta es una prueba de fe maravillosa y ha tenido como resultado la paz personal y familiar.

  19.  

    19. Doctrina y Convenios 121:7–8. El presidente Harold B. Lee enseñó: “Por consiguiente, debemos ser refinados; debemos ser probados a fin de poner de manifiesto la fortaleza y el poder que hay en nosotros” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Harold B. Lee, 2000, pág. 230).

  20.  

    20. 1 Corintios 14:33.

  21.  

    21. En Marion D. Hanks, “Un Dios amoroso y comunicativo”, Liahona, enero de 1993, pág. 72.

  22.  

    22. Véase Jeffrey R. Holland, For Times of Trouble, 2012, pág. 79. El élder Jeffrey R. Holland enseña: “Quizá la verdadera pobreza destruya más el espíritu humano que cualquier otra condición, con la excepción del pecado mismo”. Pero el uso justo del dinero puede aumentar la paz.

  23.  

    23. “¿Dónde hallo el solaz?”, Himnos, Nº 69.

  24.  

    24. Isaías 9:6.

  25.  

    25. John Greenleaf Whittier expresó esto con palabras sencillas: “Estad atentos a cómo vivís. No hagáis de día lo que la paz de noche os quitaría” (“Conduct [From the Mahabharata]”, en Ambleside Online Poems of John Greenleaf Whittier), 2011.

  26.  

    26. Mosíah 4:3; cursiva agregada; véase también Marion G. Romney, en Conference Report, abril de 1967, págs. 79–82.

  27.  

    27. La conciencia es una brújula moral que apunta en dirección a la paz. Al menos dos son las causas de que se active: la Luz de Cristo, un glorioso don de nuestro Padre Celestial (véase Doctrina y Convenios 88:6–13; 93:2; 93:2) y el don del Espíritu Santo (véase Doctrina y Convenios 39:6).

  28.  

    28. “Se requieren dos clases de perdón para que la paz llegue al transgresor: la primera, de las autoridades correspondientes de la Iglesia del Señor; y la segunda, del Señor mismo. [Véase Mosíah 26:29.]” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Spencer W. Kimball, 2006, pág. 45).

  29.  

    29. “Cuán dulce la ley de Dios”, Himnos, Nº 66.

  30.  

    30. Juan 14:26–27.

  31.  

    31. Juan 16:33.

  32.  

    32. “Aunque colmados de pesar”, Himnos, Nº 63.