Vendar sus heridas

Por el presidente Henry B. Eyring

Primer Consejero de la Primera Presidencia


Ruego que podamos prepararnos para prestar cualquier servicio del sacerdocio que el Señor ponga ante nosotros en nuestra trayectoria terrenal.

Todos somos bendecidos con la responsabilidad de cuidar a los demás. Poseer el sacerdocio de Dios es ser considerado responsable ante Dios de la vida eterna de Sus hijos. Eso es real, es maravilloso y, en ocasiones, puede resultar abrumador.

Hay presidentes de quórum de élderes escuchando esta noche que saben lo que quiero decir. Esto es lo que le sucedió a uno de ustedes. Probablemente le haya sucedido a muchos de ustedes, y más de una vez; puede que los detalles varíen, pero la situación es la misma.

Un élder que ustedes no conocen bien les pide ayuda. Acababa de enterarse de que tenía que mudarse ese día, con su esposa y su bebé, del apartamento donde viven a otro cercano.

Él y su esposa pidieron a un amigo si les podría prestar una camioneta para trasladar sus cosas, y el amigo se la prestó. El joven padre comenzó a cargar en la camioneta todo lo que poseían, pero en los primeros minutos, se lesionó la espalda. El amigo que le prestó la camioneta estaba ocupado y no los podía ayudar. El joven padre se sintió desesperado; pensó en usted, su presidente de quórum de élderes.

Cuando le pidió ayuda, ya eran las primeras horas de la tarde. Esa tarde había una reunión en la capilla; usted le había prometido a su esposa que la ayudaría con unos proyectos de familia ese día; y sus hijos le habían pedido que hiciera algo con ellos, pero no había tenido tiempo.

También sabía que los miembros de su quórum, en particular los más fieles, a los que por lo general recurría para pedir ayuda, probablemente estaban en la misma situación que usted.

El Señor sabía que tendría días como esos cuando lo llamó a este llamamiento; así que le dio a conocer una historia para darle ánimo. Es una parábola para poseedores del sacerdocio sobrecargados; a veces la llamamos la historia del buen samaritano, pero en realidad es la historia de un gran poseedor del sacerdocio en estos tan agitados últimos días.

La historia es perfectamente apropiada para un siervo del sacerdocio al que se le exige demasiado. Recuerde que usted es el samaritano y no el sacerdote ni el levita que pasaron al lado del hombre herido.

Quizás no haya pensado en esa historia cuando enfrentó desafíos de ese tipo, pero es mi oración que lo haga cuando vengan tales días, pues de seguro vendrán.

No se nos dice en las Escrituras la razón por la cual el samaritano viajaba por el camino de Jerusalén a Jericó. Seguramente no estaba de paseo a solas, pues debe haber sabido que había ladrones esperando a los incautos. Era un viaje importante, y como era costumbre, llevaba con él una bestia de carga, así como aceite y vino.

En palabras del Señor, el samaritano, cuando vio al hombre herido, se detuvo porque “fue movido a misericordia”.

Más que tan sólo ser movido a misericordia, él actuó. Recuerden siempre los detalles de la historia:

“…y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole sobre su propia cabalgadura, le llevó al mesón y cuidó de él.

“Y otro día, al partir, sacó dos denarios y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamelo; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando vuelva”1.

Usted, y los poseedores del sacerdocio a los que ha sido llamado a dirigir, pueden tener la seguridad de por lo menos tres cosas: En primer lugar, el Señor les dará, si lo piden, los sentimientos de compasión que Él siente por los que tienen necesidades. En segundo lugar, Él pondrá en su camino a otras personas, como el mesonero, para unirse a ustedes en su servicio. Y en tercer lugar, el Señor, al igual que el buen samaritano, recompensará con creces a todos los que se unan para dar ayuda a los necesitados.

Ustedes, los presidentes de quórum, probablemente hayan actuado en base a esas promesas más de una vez. Han pedido a los miembros del sacerdocio del Señor que ayudaran, con la confianza de que responderían con compasión; no tuvieron miedo de pedir a los que habían respondido más a menudo en el pasado, porque sabían que sienten compasión con facilidad. Les han pedido, sabiendo que en el pasado ellos han sentido la generosidad del Señor cuando decidieron ayudar. Les han pedido a algunos que ya están bastante cargados, pues saben que cuanto mayor sea el sacrificio, mayor será el galardón que recibirán del Señor. Aquellos que han ayudado en el pasado han sentido la rebosante gratitud del Salvador.

Tal vez hayan sentido la inspiración de no pedirle a alguien que ayude a cargar y descargar la camioneta. Como líderes, conocen bien a los miembros del quórum y a sus familias; y El Señor los conoce perfectamente.

Él sabe cuál es la esposa que estaba casi al punto de la desesperación debido a que su esposo no podía encontrar tiempo para hacer lo que ella necesitaba a fin de atender a sus necesidades. Él sabe cuáles son los hijos que serían bendecidos al ver a su padre ir una vez más a ayudar a otros; o si los hijos necesitan sentir que son lo suficientemente importantes para su padre como para que él pase tiempo con ellos ese día. Pero también sabe quién necesita la invitación de prestar servicio aunque tal vez no parezca un candidato probable ni dispuesto.

Ustedes no pueden conocer perfectamente a todos los miembros de su quórum, pero Dios sí los conoce. De modo que, como lo han hecho en muchas ocasiones, oraron para saber a quién llamar para pedir que ayude a servir a los demás. El Señor sabe quién será bendecido al pedirle que ayude y qué familia será bendecida si no se le pide. Ésa es la revelación que pueden esperar recibir como líderes del sacerdocio.

Fui testigo de ello cuando era jovencito. Era el primer asistente de un quórum de presbíteros. El obispo me llamó un día a mi casa; me dijo que quería que fuera con él a visitar a una viuda muy necesitada.

Mientras lo esperaba para que me recogiera en casa, me sentí preocupado. Yo sabía que el obispo tenía consejeros fuertes y sabios. Uno era un juez famoso; el otro tenía una gran empresa y más tarde llegó a ser Autoridad General. El obispo también llegó a prestar servicio como Autoridad General. ¿Por qué estaba el obispo diciéndole a un presbítero sin experiencia: “Necesito tu ayuda”?

Bueno, ahora sé lo que podría haberme respondido: “El Señor necesita bendecirte”. En casa de la viuda, lo vi decirle a la mujer que no recibiría ayuda de la Iglesia hasta que no llenara el formulario de presupuesto que él le había dejado antes. De camino a casa se rió de mi sorpresa y me dijo: “Hal, cuando ella tome control de sus gastos, podrá ayudar a los demás”.

En otra ocasión, mi obispo me llevó a la casa de unos padres alcohólicos que enviaron a dos asustadas niñitas a recibirnos a la puerta. Después de que él conversara con las dos niñas pequeñas, nos marchamos y él me dijo: “No podemos cambiar la tragedia en su vida aún, pero pueden sentir que el Señor las ama”.

Otra tarde me llevó a la casa de un hombre que no había ido a la Iglesia por años. El obispo le dijo lo mucho que lo amaba y cuánto lo necesitaba el barrio. No pareció tener mucho efecto en el hombre; pero esa vez, y cada vez que el obispo me llevó con él, tuvo un gran efecto en mí.

No hay forma de que yo pueda averiguar si el obispo oró para saber qué presbítero sería bendecido por esas visitas. Él podría haber llevado a otros presbíteros muchas veces, pero el Señor sabía que algún día yo sería un obispo invitando a las personas, cuya fe se había enfriado, a que volvieran a la calidez del Evangelio. El Señor sabía que algún día yo tendría la responsabilidad del sacerdocio de velar por cientos, e incluso miles, de los hijos de nuestro Padre Celestial que se hallaban en necesidades temporales desesperadas.

Ustedes, jóvenes, no pueden saber los actos de servicio del sacerdocio que el Señor está preparando para ustedes, pero el mayor desafío para todo poseedor del sacerdocio es dar ayuda espiritual. Todos tenemos esa responsabilidad; viene al ser miembro de un quórum; viene al ser miembro de una familia. Si la fe de algún miembro de su quórum o de su familia es desafiada por Satanás, sentirán compasión. Al igual que el servicio y la misericordia que dio el samaritano, ustedes también los ministrarán con el bálsamo sanador para sus heridas en los momentos que ellos lo necesiten.

Al servir como misioneros de tiempo completo, irán a miles de personas con grandes necesidades espirituales. Muchos, hasta que les enseñen, ni siquiera sabrán que tienen heridas espirituales que, si no se tratan, traerán consigo la miseria sin fin. Irán en la obra del Señor a rescatarlos. Sólo el Señor puede sanar las heridas espirituales de ellos al aceptar las ordenanzas que conducen a la vida eterna.

Como miembros de un quórum, como maestros orientadores y como misioneros, no pueden ayudar a las personas a reparar daños espirituales, a menos que la fe de ustedes sea firme. Eso significa mucho más que leer las Escrituras con regularidad y orar en cuanto a ellas. La oración del momento y las rápidas lecturas de las Escrituras no son suficiente preparación. La confirmación de lo que necesitan está en este consejo de la sección 84 de Doctrina y Convenios: “Ni os preocupéis de antemano por lo que habéis de decir; mas atesorad constantemente en vuestras mentes las palabras de vida, y os será dado en la hora precisa la porción que le será medida a cada hombre”2.

Esa promesa sólo se puede reclamar si “atesoramos” las palabras de vida y lo hacemos continuamente. El “atesorar” ese pasaje de las Escrituras ha significado para mí una cuestión de sentir algo acerca de las palabras. Por ejemplo, cuando he ido a tratar de ayudar a alguien que flaqueaba en su fe sobre el divino llamamiento del profeta José Smith, he revivido ciertos sentimientos.

No son sólo las palabras del Libro de Mormón, es el sentimiento de confirmación de la verdad que recibo cada vez que leo aunque sea unas pocas líneas del Libro de Mormón. No puedo prometer que ese sentimiento vendrá a toda persona que tenga dudas sobre el profeta José Smith o el Libro de Mormón. Yo sé que José Smith es el Profeta de la Restauración; sé que el Libro de Mormón es la palabra de Dios, porque lo he atesorado.

Sé por experiencia propia que se puede obtener la certeza de la verdad mediante el Espíritu, porque yo la he recibido. Ustedes y yo debemos tener esa seguridad antes de que el Señor nos ponga en el camino de un viajero que amamos y que ha sido herido por los enemigos de la verdad.

Existe otra preparación que debemos hacer. Es una característica humana el que nos hagamos insensibles ante los dolores de los demás. Ésa es una de las razones por la que el Salvador habló tanto de Su expiación; y de tomar sobre Sí los dolores y los sufrimientos de todos los hijos de nuestro Padre Celestial con el fin de saber cómo socorrerlos.

Incluso los mejores poseedores terrenales del sacerdocio de nuestro Padre Celestial no alcanzan ese nivel de compasión fácilmente. Nuestra tendencia humana es ser impacientes con la persona que no puede ver la verdad que es tan clara para nosotros. Debemos tener cuidado de que nuestra impaciencia no se interprete como condenación o rechazo.

Al prepararnos para dar socorro en nombre del Señor en calidad de Sus siervos en el sacerdocio, hay un pasaje de las Escrituras que nos guía. Contiene un don que necesitaremos para nuestra trayectoria, dondequiera que el Señor nos envíe. El buen samaritano tenía ese don. Nosotros lo necesitaremos y el Señor nos ha dicho cómo lo podemos adquirir:

“Por tanto, amados hermanos míos, si no tenéis caridad, no sois nada, porque la caridad nunca deja de ser. Allegaos, pues, a la caridad, que es mayor que todo, porque todas las cosas han de perecer;

“pero la caridad es el amor puro de Cristo, y permanece para siempre; y a quien la posea en el postrer día, le irá bien.

“Por consiguiente, amados hermanos míos, pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones, que seáis llenos de este amor que él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo; para que lleguéis a ser hijos de Dios; para que cuando él aparezca, seamos semejantes a él, porque lo veremos tal como es; para que tengamos esta esperanza; para que seamos purificados así como él es puro”3.

Ruego que podamos prepararnos para prestar cualquier servicio del sacerdocio que el Señor ponga ante nosotros en nuestra trayectoria terrenal. En el nombre de Jesucristo. Amén.