Asidos constantemente

Por el élder Kevin S. Hamilton

De los Setenta


Ruego que continuamente podamos asirnos a la barra de hierro que conduce a la presencia de nuestro Padre Celestial.

Mi padre podía recordar el día, y hasta la hora, en que su familia (su padre, su madre y cuatro hijos) dejó la Iglesia, muchos de ellos para no regresar jamás en esta vida. Él tenía 13 años y era diácono. En aquel entonces, las familias asistían a la Escuela Dominical por la mañana y a la reunión sacramental por la tarde. En un bello día de primavera, tras regresar de los servicios dominicales matutinos de adoración y de comer juntos al mediodía, su madre se volvió a su padre y simplemente le preguntó: “Querido, ¿crees que debemos ir a la reunión sacramental esta tarde o deberíamos llevar a la familia de paseo por el campo?”.

A mi padre nunca se le había ocurrido la idea de que hubiera otra opción que ir a la reunión sacramental, así que él y sus tres hermanos adolescentes se irguieron en sus asientos y prestaron mucha atención. Es probable que el paseo por el campo esa tarde de domingo haya sido una actividad familiar agradable, pero aquella pequeña decisión se convirtió en el comienzo de un nuevo rumbo que, en última instancia, alejó a su familia de la Iglesia y de su seguridad, protección y bendiciones, y la condujo por un sendero diferente.

A modo de lección para quienes en la actualidad puedan verse tentados a escoger un sendero diferente, Lehi, un profeta del Libro de Mormón, compartió con su familia una visión en la que “[vio] innumerables concursos de gentes, muchas de las cuales se estaban apremiando a fin de llegar al sendero que conducía al árbol al lado del cual [se] hallaba.

“Y… emprendieron la marcha por el sendero que conducía al árbol.

“Y… surgió un vapor de tinieblas… tanto así que los que habían entrado en el sendero se apartaron del camino, de manera que se desviaron y se perdieron”1.

Luego Lehi vio un segundo grupo de personas que “se adelantaban, y llegaron y se asieron del extremo de la barra de hierro, y avanzaron a través del vapor de tinieblas, asidos a la barra de hierro, hasta que llegaron y participaron del fruto del árbol”. Lamentablemente, “después de haber comido del fruto del árbol, miraron en derredor de ellos, como si se hallasen avergonzados” a causa de los que estaban en el “edificio grande y espacioso” y que “se hallaban en actitud de estar burlándose y señalando con el dedo a los que habían llegado… y estaban comiendo [del fruto]”. Entonces, estas personas “cayeron en senderos prohibidos y se perdieron”2. Fueron incapaces, o quizás no quisieron, perseverar hasta el fin.

Sin embargo, hubo un tercer grupo que no sólo llegó hasta el árbol de la vida, sino que después no se perdió. De éstos, las Escrituras nos dicen que “siguieron hacia adelante, asidos constantemente a la barra de hierro, hasta que llegaron, y se postraron, y comieron del fruto del árbol”3. Para este grupo, la barra de hierro representaba la única seguridad y protección que podían hallar, y se asieron constantemente a ella, negándose a soltarla aun a cambio de algo tan sencillo como un paseo dominical por el campo.

El élder David A. Bednar enseñó acerca de este grupo: “La frase clave de este versículo es ‘asidos constantemente’ a la barra de hierro… Quizás [este tercer grupo de personas] haya leído y estudiado y escudriñado constantemente las palabras de Cristo… Ustedes y yo debemos esforzarnos por ser parte de ese grupo”4.

Aquellos que somos miembros de la Iglesia de Dios en la actualidad hemos hecho convenio de seguir a Jesucristo y obedecer los mandamientos de Dios. Al bautizarnos, hicimos convenio de ser testigos del Salvador5, de socorrer al débil y al necesitado6, de guardar los mandamientos de Dios y de arrepentirnos cuantas veces sea necesario, pues el apóstol Pablo enseñó: “Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”7.

Cada semana tenemos la oportunidad de asistir a la reunión sacramental, donde podemos renovar estos convenios participando del pan y del agua en la ordenanza de la Santa Cena. Este acto sencillo nos permite renovar una vez más nuestra promesa de seguir a Jesucristo y arrepentirnos cada vez que estemos destituidos. A cambio, Dios nos promete Su Espíritu a modo de guía y protección.

Nuestros misioneros se valen de Predicad Mi Evangelio para enseñar que la revelación y el testimonio se reciben cuando asistimos a las reuniones dominicales de la Iglesia: “Al asistir a los servicios de la Iglesia y adorar juntos, nos fortalecemos unos a otros, somos renovados por nuestra asociación con amigos y familiares y nuestra fe se fortalece al estudiar las Escrituras y al aprender más acerca del Evangelio restaurado”8.

Uno podría preguntarse: ¿por qué tenemos tres reuniones independientes los domingos y cuál es la necesidad de cada una? Brevemente echémosle un vistazo a estas tres reuniones:

  • La reunión sacramental nos brinda la oportunidad de participar en la ordenanza de la Santa Cena. Renovamos nuestros convenios, recibimos una mayor porción del Espíritu y tenemos la bendición adicional de ser instruidos y edificados por el Espíritu Santo.

  • La Escuela Dominical nos permite “[enseñarnos] el uno al otro la doctrina del reino”9 para que podamos edificarnos y regocijarnos juntamente10. Entender las doctrinas del Evangelio restaurado brinda gran poder y paz personal.

  • Las reuniones del sacerdocio son una ocasión para que los hombres y los jóvenes “[aprendan] su deber”11 y sean “más perfectamente instruidos”12. La reunión de la Sociedad de Socorro brinda a las mujeres de la Iglesia la oportunidad de “aumentar su fe… fortalecer a [sus] familias y… hogares, y ayudar a los necesitados”13.

Del mismo modo, las jovencitas y los niños tienen sus propias reuniones y clases donde se les enseña el Evangelio y se les prepara para las responsabilidades importantes que tendrán. En cada una de estas reuniones únicas, y a la vez conectadas, aprendemos la doctrina, sentimos el Espíritu y nos servimos unos a otros. Aunque puede que haya excepciones por motivo de la distancia, el costo de los viajes o problemas de salud, deberíamos esforzarnos por asistir a todas nuestras reuniones dominicales. Les prometo que las tres horas de reuniones de adoración les traerán bendiciones de gran gozo y paz.

Nuestra familia se ha comprometido a asistir siempre a todas las reuniones dominicales. Hemos descubierto que el hacerlo fortalece nuestra fe y profundiza nuestro entendimiento del Evangelio. Hemos aprendido que nos sentimos bien con la decisión de asistir a las reuniones de la Iglesia, en especial cuando volvemos a casa y seguimos guardando el día de reposo; incluso asistimos a todas las reuniones dominicales cuando estamos de vacaciones o de viaje. Una de nuestras hijas nos escribió recientemente para decirnos que había ido a las reuniones en una ciudad que estaba visitando, y añadió: “Sí, papá, asistí a las tres reuniones dominicales”. Sabemos que fue bendecida por su correcta decisión.

Cada uno de nosotros tenemos muchas decisiones que tomar en cuanto a cómo guardar el día de reposo. Siempre habrá alguna actividad “buena” que podamos y debamos sacrificar a favor de la mejor opción que es asistir a las reuniones de la Iglesia. De hecho, ésta es una de las maneras que el adversario emplea para [engañar nuestras] almas y [conducirnos] astutamente al infierno14. Él se vale de actividades “buenas” para reemplazar a otras que son “mejores” e incluso “excelentes”15.

Asirse constantemente a la barra de hierro implica asistir a todas las reuniones dominicales: la reunión sacramental, la Escuela Dominical y las reuniones del sacerdocio o de la Sociedad de Socorro. Los niños y los jóvenes asisten a sus respectivas reuniones de la Primaria, de los Hombres Jóvenes y de las Mujeres Jóvenes. Nunca debemos seleccionar ni escoger a qué reuniones asistir. Sencillamente, nos asimos a la palabra de Dios al adorar y asistir a todas las reuniones dominicales que se nos ofrecen.

Asirse constantemente a la barra implica esforzarse por guardar todos los mandamientos de Dios, tener a diario nuestra oración personal y familiar, y estudiar las Escrituras cada día.

Asirse constantemente forma parte de la doctrina de Cristo, tal y como se enseña en el Libro de Mormón. Ejercemos fe en Jesucristo, nos arrepentimos de nuestros pecados y cambiamos nuestro corazón; entonces Lo seguimos a las aguas del bautismo y recibimos el don del Espíritu Santo, el cual sirve de guía y consolador. Después, como enseñó Nefi, marchamos “adelante, [deleitándonos] en la palabra de Cristo” hasta el fin de nuestra vida16.

Mis hermanos y hermanas, somos un pueblo de convenios; hacemos y observamos convenios voluntariamente, y la bendición que se nos promete es que recibiremos “todo lo que [el] Padre tiene”17. Al asirnos continuamente a la barra mediante la observancia de nuestros convenios, seremos fortalecidos para resistir la tentación y los peligros del mundo. Seremos capaces de navegar por esta vida mortal con todos sus retos hasta que, finalmente, lleguemos al árbol “cuyo fruto es el más precioso y el más apetecible de todos los frutos”18.

Mi padre fue afortunado por casarse con una buena mujer que lo alentó a regresar a la Iglesia de su juventud y comenzar de nuevo a progresar en el camino. Sus vidas fieles han bendecido a todos sus hijos, a toda una generación de nietos y a la generación actual de bisnietos.

Así como la sencilla decisión de asistir o no a una de las reuniones de adoración del día de reposo marcó una importantísima diferencia en la vida de la familia de mis abuelos, nuestras decisiones diarias afectarán nuestra vida de manera significativa. Una decisión aparentemente pequeña como el asistir o no a la reunión sacramental puede tener consecuencias a muy largo plazo, incluso eternas.

Ruego que escojamos ser diligentes y obtengamos las grandes bendiciones y protecciones que se reciben al congregarnos juntos y observar los convenios. Ruego que continuamente podamos asirnos a la barra de hierro que conduce a la presencia de nuestro Padre Celestial; es mi oración, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. 1 Nefi 8:21–23.

  2.  

    2. 1 Nefi 8:24–28.

  3.  

    3. 1 Nefi 8:30; cursiva agregada.

  4.  

    4. David A. Bednar, “Una reserva de agua viva” (Charla fogonera del Sistema Educativo de la Iglesia, 4 de febrero de 2007, pág. 7); speeches.byu.edu.

  5.  

    5. Véase Mosíah 18:9.

  6.  

    6. Véase Doctrina y Convenios 81:5.

  7.  

    7. Romanos 3:23.

  8.  

    8. Predicad Mi Evangelio: Una guía para el servicio misional, pág. 76.

  9.  

    9. Doctrina y Convenios 88:77.

  10.  

    10. Véase Doctrina y Convenios 50:22.

  11.  

    11. Doctrina y Convenios 107:99.

  12.  

    12. Doctrina y Convenios 88:78.

  13.  

    13. Manual 2: Administración de la Iglesia, 9.1.1.

  14.  

    14. 2 Nefi 28:21.

  15.  

    15. Véase Dallin H. Oaks, “Bueno, mejor, excelente”, Liahona, noviembre de 2007, págs. 104–108.

  16.  

    16. 2 Nefi 31:20.

  17.  

    17. Doctrina y Convenios 84:38.

  18.  

    18. 1 Nefi 15:36.