¡Apresuremos el plan de juego del Señor!

Por el élder S. Gifford Nielsen

De los Setenta


Cada uno de nosotros debe desarrollar y llevar a cabo nuestro propio plan de juego personal para servir con entusiasmo junto a los misioneros de tiempo completo.

Hace varios años, tenía que hablar con la esposa de uno de los obispos de nuestra estaca, así que la llamé por teléfono a su casa. Su hijito contestó el teléfono y le dije: “Hola, ¿está tu mamá?”.

Él respondió: “Sí; voy por ella. ¿Quién habla?”.

Mi respuesta fue: “Dile que es el presidente Nielsen”.

Hubo una breve pausa y luego escuché una voz muy animada decir: “Mamá, ¡el presidente Hinckley está en el teléfono!”.

No me imagino lo que ella habrá pensado; seguramente habrá pensado mil cosas hasta llegar al teléfono. Me vino a la mente: “¿Le hago la broma?”. No lo hice, pero nos reímos bastante. Ahora que lo pienso, ella se debe haber decepcionado por hablar sólo conmigo.

¿Qué harían ustedes si el profeta del Señor los llamara? Bueno, ¡lo ha hecho! El presidente Thomas S. Monson, una vez más ha llamado a cada uno de nosotros esta mañana a una labor muy importante. Él dijo: “…Ahora es el momento en que los miembros y los misioneros se unan, que trabajen juntos, que trabajen en la viña del Señor para traer almas a Él” (“Fe en la obra de salvación”, transmisión de la reunión mundial de capacitación de líderes, junio de 2013, lds.org/broadcasts).

¿Hemos estado escuchando?

Por todo el mundo, las estacas, los distritos y las misiones adquieren un nuevo nivel de energía a medida que se cumple la declaración del Salvador a José Smith en 1832: “He aquí, apresuraré mi obra en su tiempo” (D. y C. 88:73).

Hermanos y hermanas, ¡ese tiempo es ahora! Lo siento y sé que ustedes también.

Quería poner mi entusiasmo y mi fe en Jesucristo en acción. Cuando jugaba fútbol americano, organizaba mis pensamientos en planes de juego. Al empezar un partido, si nuestro equipo se había preparado con las jugadas correctas, no cabía duda que tendríamos éxito. Sin embargo, hace poco hablé con el legendario entrenador de BYU, LaVell Edwards, sobre nuestros planes de juego, y él dijo: “No me importaba qué jugada pusieras en acción, ¡siempre y cuando anotáramos!”. Como uno de sus mariscales de campo, pensé que era mucho más complejo que eso; pero tal vez su filosofía sencilla es la razón por la que un estadio lleva su nombre.

Ya que todos estamos en el equipo del Señor, ¿tenemos cada uno nuestro propio plan de juego ganador? ¿Estamos listos para jugar? Si nosotros, como miembros, realmente amáramos a nuestra familia, amigos y colegas, ¿no desearíamos compartir con ellos nuestro testimonio del evangelio restaurado?

En el seminario para nuevos presidentes de misión llevado a cabo en junio, un número récord de 173 presidentes y sus esposas recibieron instrucciones antes de iniciar su servicio. Los 15 miembros de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce Apóstoles dirigieron la palabra a ese grupo especial.

El élder L. Tom Perry presentó los comentarios finales: “Ésta es la era más notable de la historia de la Iglesia. Esto es algo que puede considerarse en la jerarquía de los grandes acontecimientos que han ocurrido en el pasado, como la Primera Visión, el don del Libro de Mormón, la restauración del Evangelio, y todas las cosas que edifican ese cimiento para que sigamos adelante y enseñemos en el reino de nuestro Padre en los Cielos” (Discurso dado en un seminario para nuevos presidentes de misión el 26 de junio de 2013).

Nosotros tenemos que participar como nunca antes para estar a la altura del entusiasmo de nuestros líderes y de la dedicación de nuestros misioneros de tiempo completo. ¡Esta obra no va a seguir adelante como el Señor lo desea sin nosotros! Como dijo el presidente Henry B. Eyring: “Sea cual sea nuestra edad, capacidad, llamamiento eclesiástico o lugar donde nos encontremos, se nos llama a trabajar unidos para ayudarlo a Él en Su cosecha de almas” (“Somos uno”, Liahona, mayo de 2013, pág. 62).

Permítanme compartir con ustedes un plan de juego que tuve la impresión de implementar después de orar, de leer el capítulo 13 de Predicad Mi Evangelio, y de meditar en experiencias pasadas. Los invito a considerar estos puntos al pensar en su propio plan.

Primero: Oren pidiendo específicamente que cada día puedan hacer que alguien se acerque más al Salvador y a Su evangelio. Podrían hacerlo si consideran a todas las personas como hijos e hijas de Dios ayudándose mutuamente en su camino de regreso a casa. Piensen en cuántos amigos nuevos tendrían.

Segundo: Todos los días oren, por nombre, por los misioneros que prestan servicio en su área y por los investigadores que ellos tengan. La única manera de hacerlo es saludarlos, mirar su placa, llamarlos por su nombre y preguntarles a quiénes están enseñando. El élder Russell M. Nelson recientemente expresó: “Hasta que no se conoce el nombre y el rostro de una persona, el Señor no puede ayudarlos a conocer su corazón”.

En una ocasión asistí al bautismo de una hermana maravillosa que compartió su testimonio. Siempre recordaré lo que dijo: “Nunca ha habido tantas personas orando por mí ni he sentido tanto amor. Sé que esta obra es verdadera”.

Tercero: Inviten a un amigo a una actividad dentro o fuera de su hogar. Dondequiera que vayan y hagan lo que hagan, mediten en quién disfrutaría de la ocasión y escuchen la guía del Espíritu.

El Salvador me ha enseñado una lección sutil en mi aprendizaje personal del Evangelio que, creo yo, se aplica muy bien al “apresuramiento”. Cuando yo siento emociones intensas por algo, se muestra en mi forma de escribir, y a menudo encierro frases entre signos de admiración, los cuales, por definición, expresan “admiración… o… [denotan] énfasis” (Diccionario de la Real Academia Española, 22a. edición, “admiración”).

Me sentí intrigado cuando empecé a notar pasajes de las Escrituras sobre “el recogimiento” que estaban entre signos de admiración, como la súplica sincera de Alma: “¡Oh, si fuera yo un ángel y se me concediera el deseo de mi corazón, para salir y hablar con la trompeta de Dios, con una voz que estremeciera la tierra, y proclamar el arrepentimiento a todo pueblo!” (Alma 29:1).

El estudio indica que hay 65 pasajes que muestran una fuerte emoción sobre la obra misional, incluso estos pasajes:

“¡Cuán grande es su gozo por el alma que se arrepiente!…

“Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo y me traéis aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!

“Y ahora, si vuestro gozo será grande con un alma que hayáis traído al reino de mi Padre, ¡cuán grande no será vuestro gozo si me trajereis muchas almas!” (D. y C. 18:13, 15–16).

Mi nuevo entendimiento de esos pasajes singulares desempeñó un papel importante en mi primera asignación como Setenta de Área. Estaba un poco nervioso por ser el compañero de un apóstol, el élder Quentin L. Cook, en una conferencia de estaca. Cuando entré a la oficina del presidente de estaca para la reunión inicial de ese fin de semana, vi un par de zapatos gastados, recubiertos en bronce, en un gabinete detrás del escritorio, junto con un pasaje de las Escrituras entre signos de admiración. Cuando lo leí, sentí que el Señor estaba al tanto de mi estudio, había contestado mis oraciones y sabía exactamente lo que necesitaba para calmar mi corazón ansioso.

Le pedí al presidente de estaca que me contara la historia de los zapatos.

Él dijo:

“Éstos son los zapatos de un joven converso a la Iglesia. Su situación familiar era difícil, pero él estaba decidido a servir en una misión exitosa; y lo hizo en Guatemala. A su regreso, me reuní con él para extenderle un relevo honorable y vi que sus zapatos estaban gastados. Ese joven había dado todo al Señor, sin contar con el apoyo de su familia.

“Él se percató de que yo miraba fijamente sus zapatos y me preguntó: ‘Presidente, ¿hay algún problema?’

“Respondí: ‘No, élder, ¡todo está muy bien! Pero, ¿me regalaría esos zapatos?’”.

El presidente de estaca continuó: “¡Mi respeto y amor por ese ex misionero era abismal! Yo quería preservar la memoria de esa experiencia, así que hice bañar los zapatos en bronce. Es un recordatorio para mí cada vez que entro a esta oficina del empeño que todos debemos poner independientemente de nuestras circunstancias. El versículo que los acompañaba era de Isaías: ‘¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas, del que publica la paz; del que trae nuevas del bien, del que publica salvación; del que dice a Sión: Tu Dios reina!’ (Isaías 52:7)”.

Mis queridos hermanos y hermanas, la esposa del obispo tal vez se haya preguntado por qué la llamaba el profeta. Testifico que ella y nosotros no tenemos por qué preguntarnos más. ¡SIGNO DE ADMIRACIÓN!

Sé que cada uno de nosotros debe desarrollar y llevar a cabo nuestro propio plan de juego personal para servir con entusiasmo junto a los misioneros de tiempo completo. ¡SIGNO DE ADMIRACIÓN!

Sumo mi testimonio al del profeta Joseph Smith: “Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!” (D. y C. 76:22). En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.