Miren hacia adelante y crean

Por el élder Edward Dube

De los Setenta


A la vista del Señor, no es tanto lo que hayamos hecho o dónde hemos estado, sino mucho más a dónde estamos dispuestos a ir.

Cuando era niño y trabajaba en los campos con mi madre, ella me enseñó una de las lecciones más importantes de la vida. Era ya avanzada la mañana, el sol estaba bien alto y habíamos estado usando la azada por lo que yo pensaba había sido mucho tiempo. Me detuve a mirar hacia atrás para ver lo que habíamos logrado y le dije a mi madre: “¡Mira todo lo que hemos hecho!”. Mi madre no respondió. Pensando que no me había escuchado, repetí lo que había dicho un poco más fuerte. Tampoco respondió. Alzando más la voz, se lo volví a decir. Finalmente, ella se volvió hacia mí y dijo: “Edward, nunca mires hacia atrás, mira hacia adelante, lo que todavía tenemos por hacer”.

Mis queridos hermanos y hermanas, el convenio que hicimos con el Señor cuando nos bautizamos, de “ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que [estemos]” (Mosíah 18:9), es un compromiso para toda la vida. El presidente Dieter F. Uchtdorf aconsejó: “Las personas que han entrado en las aguas del bautismo y recibido el don del Espíritu Santo han iniciado el sendero del discipulado y han recibido el mandato de seguir de manera firme y fiel los pasos de nuestro Salvador” (“Santos en todas las épocas”, Liahona, septiembre de 2013, pág. 5). El Señor, por medio de Sus siervos, nos llama a prestar servicio en diversos llamamientos, los cuales aceptamos con un compromiso total. Cuando se extiende el relevo y se nos llama a una asignación diferente, lo aceptamos gozosos sabiendo, como lo hicieron nuestros antepasados, que “en el servicio al Señor, no interesa dónde sirvamos sino cómo lo hagamos” (J. Reuben Clark Jr., en Conference Report, abril de 1951, pág. 154).

Por lo tanto, cuando se releva a un presidente de estaca o a un obispo, él acepta con gozo su relevo, y cuando se le extiende un llamamiento para servir en cualquier forma que el Señor, por medio de Sus siervos, “juzgue conveniente” (Mosíah 3:19), no se siente disminuido por causa de su experiencia previa, ni mira hacia atrás y piensa que ha prestado suficiente servicio. Él “no [se cansa] de hacer lo bueno” porque sabe que está “poniendo los cimientos de una gran obra” con una clara visión de que tales esfuerzos bendicen las vidas por la eternidad. Por lo tanto, “de las cosas pequeñas proceden las grandes” (D. y C. 64: 33).

Todos deberíamos “estar anhelosamente consagrados a una causa buena, y hacer muchas cosas de [nuestra] propia voluntad y efectuar mucha justicia” (D. y C. 58:27).

El élder Jeffrey R. Holland, del Quórum de los Doce Apóstoles, aconsejó: “El pasado es para aprender pero no para vivir en él. Miramos hacia atrás con el deseo de reclamar las brasas de las experiencias radiantes pero no las cenizas. Y una vez que hayamos aprendido lo que tengamos que aprender y que guardemos con nosotros lo mejor de lo que hayamos experimentado, entonces miremos adelante y recordemos que la fe siempre señala hacia el futuro” (“Lo mejor aún está por venir”, Liahona, enero de 2010, pág. 18).

Aunque la lección de mi madre de mirar hacia adelante se refería a las visibles malas hierbas del campo, era mucho menos en comparación a lo que pasaron los primeros santos. El élder Joseph B. Wirthlin describe muy bien esta experiencia: “En 1846, más de diez mil miembros dejaron la próspera ciudad [de Nauvoo] que habían edificado a orillas del río Misisipí. Con fe en sus proféticos líderes, esos primeros miembros de la Iglesia abandonaron su ‘bella ciudad’ y se aventuraron a la desértica frontera americana. No sabían exactamente hacia dónde iban, ni cuántas millas tenían que recorrer, ni cuán largo sería el viaje, ni siquiera lo que les deparaba el destino. Pero sí sabían que los guiaban el Señor y Sus siervos” (“La fe de nuestros padres”, Liahona, julio de 1996, pág. 34).

Ellos sabían lo que era mirar hacia adelante y creer. Una década y media antes, algunos de esos miembros estuvieron presentes cuando se recibió una revelación:

“Porque de cierto os digo, bienaventurado es el que guarda mis mandamientos, sea en vida o muerte; y el que es fiel en la tribulación tendrá mayor galardón en el reino de los cielos.

“Por lo pronto no podéis ver con vuestros ojos naturales el designio de vuestro Dios concerniente a las cosas que vendrán más adelante, ni la gloria que seguirá después de mucha tribulación” (D. y C. 58:2–3).

Nosotros también podemos mirar hacia adelante y creer. Podemos aceptar la invitación de nuestro Señor, que con los brazos abiertos nos invita:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.

“Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11:28–30).

Nuestro querido profeta, el presidente Thomas S. Monson; sus consejeros; y el Quórum de los Doce Apóstoles han extendido una invitación a todos nosotros de que participemos en la obra de salvación. Los nuevos conversos, jóvenes, jóvenes adultos, quienes se han jubilado de sus profesiones y los misioneros de tiempo completo deben compartir el yugo en forma equilibrada para apresurar la obra de salvación.

El presidente Boyd K. Packer, Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles, una vez asistió a una competencia de yuntas de bueyes, de la que extrajo una analogía. Refiriéndose a la experiencia dijo: “Un trineo de madera se cargaba con bloques de cemento: cuatro mil quinientos kilogramos, cinco toneladas… El propósito era que los bueyes movieran el trineo unos 90 centímetros… Me llamó la atención una yunta de animales pintos muy grandes, de color gris azulado… los grandes bueyes azules de tiempos pasados”.

Hablando de los resultados de la competencia, él dijo: “Las yuntas fueron eliminadas una por una… ¡Los grandes bueyes azules ni siquiera clasificaron! Una yunta de bueyes pequeños y de diferentes razas y tamaño, lograron mover el trineo las tres veces”.

Entonces me dieron una explicación sorprendente del resultado: “Los bueyes azules eran más grandes, más fuertes y más semejantes en tamaño en comparación con la otra yunta; pero los bueyes pequeños efectuaron un mejor trabajo de equipo y coordinación. Tiraron del yugo al mismo tiempo. Ambos animales tiraron hacia adelante exactamente al mismo tiempo y la fuerza movió la carga” (“No os unáis en yugo desigual”, La enseñanza en Seminario, manual para el maestro, 2004, pág. 31).

Al mirar hacia adelante y creer, necesitamos ese mismo trabajo en equipo para apresurar la obra de salvación al invitar a los demás a venir a Cristo. En nuestra capacidad individual, debemos seguir el consejo del presidente Dieter F. Uchtdorf: “…permanezcan juntos, levanten e impulsen desde donde estén” (“Impulsen desde donde estén”, Liahona, noviembre de 2008, pág. 53). Podemos hacer uso de nuestro pleno potencial, tal como lo observó el élder L. Tom Perry, del Quórum de los Doce Apóstoles: “Al viajar por toda la Iglesia me maravilla todo lo positivo que está ocurriendo. No obstante, todavía pienso que nos falta mucho para alcanzar nuestro potencial. Percibo que no siempre trabajamos juntos, que todavía nos interesa demasiado alcanzar nuestro propio éxito y honores personales, y demostramos muy poco interés en la meta común de edificar el reino de Dios” (“Edifiquemos el reino de Dios”, Liahona, julio de 1987, pág. 34).

Que podamos todos estar unidos en un objetivo común de “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39).

Nuestro Salvador Jesucristo, que ve desde el principio hasta el fin, sabía muy bien el camino que lo llevaría a Getsemaní y al Gólgota cuando proclamó: “Ninguno que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el reino de Dios” (Lucas 9:62). A la vista del Señor, no es tanto lo que hayamos hecho o dónde hemos estado, sino mucho más a dónde estamos dispuestos a ir.

El profeta José Smith nos enseñó los principios rectores: “Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y de los profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente apéndices de eso” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 51).

Les testifico que al seguir el ejemplo de nuestro Salvador Jesucristo y levantar la mano para sostener a nuestro amado profeta, el presidente Thomas S. Monson, encontraremos paz, consuelo, gozo y “[comeremos] de la abundancia de la tierra… en estos postreros días” (D. y C. 64: 34). En el nombre de Jesucristo. Amén.