Miren hacia arriba

Por el élder Adrián Ochoa

De los Setenta


Éste es el momento de mirar hacia arriba, a la Fuente de verdad, y asegurarnos de que nuestro testimonio sea fuerte.

Tenía ocho años cuando dos primos y yo tuvimos que ir a un pueblo cercano a comprar provisiones para 15 días. Al pensar ahora en ello, me asombra la gran confianza que mi abuela, mi tía y mi tío tenían en nosotros. El cielo matutino era brillante y radiante mientras cabalgábamos en nuestra pequeña caravana de tres caballos.

En medio de la pradera, se nos ocurrió la brillante idea de desmontar y jugar a las canicas; así que lo hicimos, por un largo rato. Estábamos tan concentrados en el juego, que no vimos las “señales de los tiempos” sobre nuestras cabezas mientras unos nubarrones negros ocultaban el cielo. Para cuando nos dimos cuenta de lo que estaba sucediendo, ni siquiera tuvimos tiempo de montar en los caballos. La fuerte lluvia y el granizo nos golpeaban con tal fuerza que sólo pudimos pensar en desensillar los caballos y cubrirnos bajo las pequeñas mantas de las sillas de montar.

Proseguimos nuestro camino sin caballos, mojados y con frío, procurando avanzar lo más rápido posible. A medida que nos acercábamos a nuestro destino, vimos que la ancha calle que entraba en la ciudad se había inundado y se asemejaba a un río que venía en nuestra dirección. Nuestra única opción consistió en despojarnos de las mantas con las que nos cubríamos y trepar por la cerca de alambre de púas que rodeaba el pueblo. Ya era tarde por la noche cuando, cansados, adoloridos y empapados, buscamos refugio en la primera casa que vimos al entrar en el poblado. Aquella buena y joven familia nos secó, nos alimentó con unos deliciosos burritos y luego nos ofreció un cuarto sólo para nosotros donde dormir. A los pocos minutos vimos que el piso del cuarto era de tierra, así que se nos ocurrió otra brillante idea. Dibujamos un círculo en el suelo y retomamos la partida de canicas hasta que quedamos dormidos en el suelo.

Éramos niños y sólo pensábamos en nosotros mismos. Nunca pensamos en nuestros seres queridos que nos buscaban desesperados allá en nuestro hogar. De haberlo hecho, jamás habríamos retrasado el viaje con una actividad tan banal. Y si hubiéramos sido más sabios, habríamos mirado al cielo, habríamos visto las nubes formándose y habríamos acelerado el paso para adelantarnos a la tormenta. Ahora que tengo algo más de experiencia, siempre me recuerdo a mí mismo: “No te olvides de mirar hacia arriba”.

Aquella experiencia con mis primos me enseñó a prestar atención a las señales de nuestros tiempos. Vivimos en los días atribulados y peligrosos que describió Pablo: “Habrá hombres amadores de sí mismos… desobedientes a sus padres, ingratos, impíos… calumniadores, sin dominio propio… amadores de los deleites más que de Dios” (2 Timoteo 3:2–4).

Refiriéndose a estos tiempos, el élder Dallin H. Oaks declaró: “Tenemos que hacer preparativos tanto temporales como espirituales… y la preparación que es más probable que descuidemos es la menos visible y la más difícil: la espiritual” (“La preparación para la Segunda Venida”, Liahona, mayo de 2004, pág. 9). En otras palabras, no descuidemos el mirar hacia arriba.

Dada la urgente necesidad de preparación espiritual en una época tan peligrosa, deseo alzar la voz de amonestación acerca de una marcada “señal de los tiempos”. Mi vida profesional me puso en la primera línea de la tecnología, por lo que reconozco su valía, en especial en el ámbito de la comunicación. Tenemos muchísima información a nuestro alcance. No obstante, el internet también está lleno de cosas inmundas y engañosas. La tecnología ha acrecentado nuestra libertad de expresión, pero también concede a un bloguero poco preparado, cierta falsa credibilidad basada en el número de visitas de su publicación. Es por eso que, ahora más que nunca, debemos recordar este principio eterno: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:20).

En particular, los insto a que no vean imágenes obscenas ni presten atención a los falsos acusadores de Cristo y del profeta José Smith. Ambos hechos crean el mismo efecto: perdemos el Espíritu Santo, así como Su poder protector y Su sostén, y el vicio y la infelicidad pasan a ocupar su lugar.

Mis queridos hermanos y hermanas, si alguna vez se cruzan con algo que les haga dudar de su testimonio del Evangelio, les suplico que miren hacia arriba. Dirijan la vista a la Fuente de toda sabiduría y verdad. Nutran su fe y testimonio con la palabra de Dios. En el mundo hay quienes procuran minar la fe de ustedes mezclando mentiras con verdades a medias. Es por eso que es absolutamente vital que permanezcan dignos del Espíritu de manera constante. El compañerismo del Espíritu Santo no es una simple conveniencia grata: es esencial para su supervivencia espiritual. Si atesoran las palabras de Cristo y dan oído a las impresiones del Espíritu, no serán engañados (véase José Smith—Mateo 1:37). Debemos hacer estas cosas.

Jesucristo, que era perfecto, y José Smith, que admitió que no lo era, murieron a manos de falsos acusadores que no quisieron aceptar el testimonio de ellos. ¿Cómo podemos saber que su testimonio es verdadero, que Jesucristo es el Hijo de Dios y que José Smith es un profeta verdadero?

“Por sus frutos los conoceréis”. ¿Puede un fruto bueno crecer en un árbol malo? Sé por mí mismo que mi Redentor ha perdonado mis pecados y me ha liberado de mi propio yugo, llevándome a un estado de felicidad que no sabía que existiera. Sé por mí mismo que José Smith fue un profeta porque he puesto en práctica la sencilla promesa del Libro de Mormón: “…preguntéis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo… y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad… por el poder del Espíritu Santo” (Moroni 10:4). O dicho con sencillez: miren hacia arriba.

Tal vez haya quienes sugieran que ustedes deben tener evidencia física a fin de creer en la resurrección de Cristo o en la veracidad de Su evangelio restaurado. A ellos les cito las palabras que Alma le declaró a Korihor, quien trataba de convencer a la gente de que no creyera: “Ya has tenido bastantes señales; ¿quieres tentar a tu Dios? ¿Dirás: Muéstrame una señal, cuando tienes el testimonio de todos estos tus hermanos, y también de todos los santos profetas? Las Escrituras están delante de ti” (Alma 30:44).

Ustedes y yo somos evidencia viviente de la redención del Salvador. Somos evidencia viviente del ministerio del Profeta José y de la fidelidad de los primeros santos que permanecieron fuertes en su testimonio. La Iglesia de Jesucristo se ha extendido por todo el mundo y está creciendo como nunca, recibida, como en la época de Cristo, por personas humildes que no necesitan ver ni tocar para creer.

Nadie sabe cuándo volverá el Señor, pero los tiempos peligrosos se ciernen ya sobre nosotros. Éste es el momento de mirar hacia arriba, a la Fuente de verdad, y asegurarnos de que nuestro testimonio sea fuerte.

Volviendo a mi relato, mis primos y yo nos despertamos a una mañana con un sol radiante y un cielo hermoso. Un hombre tocó la puerta buscando a tres niños perdidos. Nos puso sobre los caballos y emprendimos el camino de regreso a casa por la misma pradera. Jamás olvidaré lo que vimos durante el trayecto de vuelta a casa: una multitud de personas que había estado buscándonos durante toda la noche con sus tractores y vehículos atorados en el lodo. Allí habían encontrado una silla de montar y uno de los caballos; y nada más vernos de regreso a casa pude percibir su alivio y su amor. En la entrada del pueblo, mucha gente nos estaba esperando, y delante de todos ellos estaban mi amorosa abuela, mi tío y mi tía. Nos abrazaron y lloraron, rebosantes de alegría por haber encontrado a sus niños perdidos. Qué gran recordatorio es para mí de que nuestro amoroso Padre Celestial está al tanto de nosotros y aguarda ansioso nuestro regreso a casa.

Hay señales de tormentas que se forman a nuestro alrededor. Miremos hacia arriba y preparémonos. La seguridad reside en un testimonio fuerte. Apreciemos y fortalezcamos nuestro testimonio a diario.

Sé que podemos vivir como familias por la eternidad, que nuestro amoroso Padre Celestial nos está esperando a nosotros, Sus hijos, con los brazos abiertos. Sé que Jesucristo, nuestro Rescatador, vive. Al igual que Pedro, ni carne ni sangre me lo ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos (véase Mateo 16:15–19). En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.