Fortaleza personal por medio de la expiación de Jesucristo

Por el élder Richard G. Scott

Del Quórum de los Doce Apóstoles


Mediante la expiación de Jesucristo, cada uno de nosotros puede ser purificado y aligerado del peso de nuestra rebelión.

Recientemente, tuve la bendición de reunirme con un grupo extraordinario de jóvenes de Idaho. Una jovencita ejemplar me preguntó qué pensaba yo que fuese lo más importante que ellos debían hacer en este momento de su vida. Yo les sugerí que aprendieran a reconocer el poder de la expiación de Jesucristo en la vida. Hoy hablaré de uno de los aspectos de ese poder: la fortaleza personal que podemos recibir mediante la expiación de Jesucristo.

En el Libro de Mormón leemos que Ammón y sus hermanos enseñaron el evangelio de Jesucristo a “un pueblo salvaje, empedernido y feroz”1. Muchos de ellos se convirtieron y escogieron dejar atrás su comportamiento pecaminoso; tan completa fue su conversión, que enterraron sus armas e hicieron convenio con el Señor de que no las volverían a usar2.

Tiempo después, muchos de sus hermanos que no se había convertido los atacaron y empezaron a matarlos. El pueblo, que ahora era fiel, prefirió morir por la espada que poner en peligro su vida espiritual tomando las armas para defenderse. Su buen ejemplo ayudó a que más gente se convirtiera y abandonara las armas de su rebelión3.

Por medio de Ammón el Señor los guió a refugiarse entre los nefitas y se los conoció como el pueblo de Ammón4. Los nefitas los protegieron por muchos años pero, con el tiempo, el ejército nefita comenzó a debilitarse y necesitó urgentemente de refuerzos5.

El pueblo de Ammón se encontraba en un momento crítico de su vida espiritual. Habían sido fieles a su convenio de no tomar las armas nuevamente; pero también comprendían que los padres son responsables de proporcionar protección a su familia6. Esa necesidad parecía ser lo bastante importante como para tomar en consideración el quebrantar su convenio7.

Helamán, su prudente líder del sacerdocio, sabía que no hay justificación para quebrantar un convenio con el Señor, por lo que les ofreció una alternativa inspirada. Les recordó que sus hijos nunca habían sido culpables del mismo pecado y por consiguiente no había sido necesario que hicieran el mismo convenio8. Aunque los hijos eran muy jóvenes, eran físicamente fuertes y, más importante aún, eran íntegros y puros; también fueron fortalecidos por la fe de sus madres9. Bajo la dirección de su líder y profeta, aquellos jóvenes tomaron el lugar de sus padres en defensa de sus familias y hogares10.

Los acontecimientos que rodearon esa importante decisión demuestran cómo la expiación de Jesucristo brinda fortaleza personal a los hijos de Dios. Piensen en los tiernos sentimientos de esos padres. ¿Cómo se habrán sentido al saber que sus acciones rebeldes del pasado les impedían proteger a sus esposas e hijos en ese momento de necesidad? Al conocer personalmente las atrocidades que sus hijos afrontaban, deben de haber llorado en secreto. ¡Se supone que son los padres, no los hijos, quienes deben proteger a su familia!11. Su dolor debió ser muy grande.

¿Por qué ese líder inspirado temió que al considerar tomar las armas “perderían sus almas”?12. El Señor declaró: “He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más”13. Esos padres fieles hacía mucho que se habían arrepentido de sus pecados y habían sido purificados mediante la expiación de Jesucristo; ¿por qué entonces se les aconsejó no defender a sus familias?

Una verdad fundamental es que somos limpiados mediante la expiación de Jesucristo; podemos llegar a ser íntegros y puros. Sin embargo, en ocasiones, nuestras malas decisiones traen consecuencias a largo plazo. Uno de los pasos esenciales para completar el arrepentimiento es enfrentar las consecuencias a corto y a largo plazo de nuestros pecados del pasado. Las decisiones pasadas de esos padres ammonitas los habían expuesto a los apetitos de la carne, los cuales podían volver a ser un punto vulnerable que Satanás trataría de aprovechar.

Satanás procurará utilizar nuestro recuerdo de cualquier culpa pasada para atraparnos. Debemos estar siempre vigilantes para evitar sus engaños. Ése fue el caso de los fieles padres ammonitas. Aun después de años de vivir fieles, era imprescindible que se protegieran espiritualmente de cualquier atracción que pudiese causar el recuerdo de sus pecados anteriores.

Entre una batalla y otra, el capitán Moroni dirigió la fortificación de las ciudades menos protegidas. “E hizo que levantaran un parapeto de maderos sobre el borde interior del foso; y echaron la tierra del foso contra el parapeto de vigas… hasta que hubieron cercado la ciudad… con una fuerte muralla de vigas y tierra de una altura extraordinaria”14. El capitán Moroni comprendía la importancia de fortificar esos puntos débiles para que fuesen fuertes15.

Aquellos padres eran iguales: necesitaban fortificaciones más amplias y más altas entre sus vidas fieles y su comportamiento pecaminoso del pasado. Sus hijos, que habían sido bendecidos con tradiciones rectas, no eran tan vulnerables a las mismas tentaciones. Ellos pudieron defender a sus familias fielmente, sin comprometer su bienestar espiritual.

Las buenas nuevas para todo aquel que desee librarse de las consecuencias de las malas decisiones del pasado es que el Señor ve las debilidades en forma diferente a como ve la rebelión. Si bien el Señor advierte que las rebeliones de las que no se arrepientan recibirán un castigo16, cuando habla de debilidades, siempre lo hace con misericordia17.

Sin duda, se puede tener cierta consideración hacia los padres ammonitas, pues sus padres les habían enseñado falsas tradiciones; sin embargo, todos los hijos del Padre Celestial vienen a la tierra con la Luz de Cristo. Independientemente de la causa de sus hechos pecaminosos, la consecuencia fue que adquirieron una vulnerabilidad espiritual que Satanás trataría de explotar.

Afortunadamente, se les enseñó el Evangelio, se arrepintieron y, mediante la expiación de Jesucristo, llegaron a ser espiritualmente más fuertes que las tentaciones de Satanás. Es probable que no hayan sentido la tentación de regresar a su cruel pasado, pero, al seguir a su líder y profeta, no le dieron a Satanás la oportunidad de “[engañar] sus almas, y [conducirlos] astutamente al infierno”18. La expiación del Salvador no sólo los limpió del pecado, sino que, en virtud de su obediencia al consejo de su líder del sacerdocio, Él pudo protegerlos de su debilidad y fortalecerlos. Su humilde e imperecedero compromiso de abandonar sus pecados protegió más a sus familias que cualquier otra cosa que pudieran hacer en el campo de batalla. Su sumisión no los privó de las bendiciones, sino que los fortaleció y bendijo a muchas generaciones futuras.

El final del relato demuestra cómo la misericordia del Señor hace posible que “las cosas débiles sean fuertes”19. Esos padres fieles enviaron a sus hijos bajo el cuidado de Helamán y, a pesar de que pelearon en fieras batallas donde todos resultaron heridos de alguna manera, ninguno pereció20. Esos jóvenes fueron una fuente esencial de fortaleza para el debilitado ejército nefita y cuando regresaron eran más fieles y más fuertes espiritualmente. Sus familias fueron bendecidas, protegidas y fortalecidas21. En la actualidad, un sinnúmero de estudiantes del Libro de Mormón han sido fortalecidos gracias al ejemplo de esos hijos puros y justos.

Hay momentos en la vida de cada uno de nosotros en los que hemos tomado malas decisiones; todos necesitamos desesperadamente el poder redentor de la expiación de Jesucristo. Cada uno debe arrepentirse de cualquier rebelión, “porque yo, el Señor, no puedo considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia”22. No puede hacerlo porque sabe lo que necesitamos para llegar a ser como Él.

Muchos de nosotros hemos permitido que las debilidades se arraiguen en nuestro carácter; pero mediante la expiación de Jesucristo podemos, como los ammonitas, edificar fortificaciones espirituales entre nosotros y cualquier error del pasado que Satanás trate de explotar. La protección espiritual que rodeaba a los padres ammonitas los bendijo y fortaleció a ellos, a sus familias, a su país y a las generaciones futuras. Lo mismo puede suceder con nosotros.

De modo que, ¿cómo podemos edificar esas fortificaciones eternas?. El primer paso debe ser el arrepentimiento sincero y completo. Mediante la expiación de Jesucristo, cada uno de nosotros puede ser purificado y aligerado del peso de nuestra rebelión. Recuerda, el arrepentimiento no es un castigo; es el sendero de esperanza que lleva a un glorioso futuro.

El Padre Celestial nos ha proporcionado el medio para edificar fortificaciones entre nuestra vulnerabilidad y nuestra fidelidad. Toma en cuenta lo siguiente:

  • Efectúa convenios y recibe tus ordenanzas personales. Después, de forma estable y constante, efectúa las ordenanzas del templo por tus antepasados.

  • Comparte el Evangelio con familiares y amigos que no sean miembros o que estén menos activos. El compartir esas verdades traerá más entusiasmo a tu vida.

  • Sirve fielmente en todos tus llamamientos de la Iglesia, en especial las asignaciones de maestro orientador y maestra visitante. No te limites a una visita mensual de 15 minutos; más bien, acércate a cada miembro de la familia y conócelos personalmente. Sé un verdadero amigo. Mediante actos bondadosos demuéstrales cuánto te preocupas por ellos.

  • Pero lo más importante es que prestes servicio a los miembros de tu familia. Haz que el desarrollo espiritual de tu esposa e hijos sea de alta prioridad para ti. Mantente alerta para saber cómo puedes ayudarlos y bríndales liberalmente tu tiempo y atención.

En todas esas sugerencias hay un tema en común: llena tu vida con el servicio a los demás. Al perderte en el servicio a los hijos del Padre Celestial23, las tentaciones de Satanás no tendrán poder sobre ti.

Debido a que el Padre Celestial te ama profundamente, la expiación de Jesucristo hace posible esa fortaleza. ¿No es maravilloso? Muchos de ustedes han sentido el peso de las malas decisiones y cada uno puede sentir el poder vivificante del perdón, la misericordia y la fortaleza del Señor. Yo la he sentido y testifico que está a disposición de cada uno de ustedes. En el nombre de Jesucristo. Amén.