Confíen en el Señor

Por el élder M. Russell Ballard

Del Quórum de los Doce Apóstoles


Participen haciendo lo que puedan para compartir el gran mensaje de la restauración del evangelio de Jesucristo.

Hace poco mi esposa y yo regresamos de una asignación en cinco países de Europa. Allí tuvimos el privilegio de reunirnos con muchos de nuestros misioneros, quizá sus hijos e hijas. Desde que el presidente Thomas S. Monson anunció la reducción en la edad de servicio para nuestros hombres y mujeres jóvenes, he tenido el privilegio de conocer a unos 3.000 de ellos. Sus rostros irradian la Luz de Cristo y están ansiosos por hacer avanzar la obra: por encontrar y enseñar, bautizar y activar, fortalecer y edificar el reino de Dios. Sin embargo, cuando uno se reúne con ellos, rápidamente se da cuenta de que ellos no pueden realizar esta obra solos. Hoy quiero hablarles a todos los miembros de la Iglesia, porque existe la urgencia de que cada uno de nosotros contribuya a compartir el Evangelio.

Como se ha mencionado muchas veces, el profeta José Smith declaró que “después de todo lo que se ha dicho, el mayor y más importante deber es predicar el Evangelio” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 350).

En 1974, el presidente Spencer W. Kimball dijo: “Pero tal vez el mayor de los motivos para la obra misional es el de darle al mundo su oportunidad de oír y aceptar el Evangelio. Las Escrituras se encuentran repletas de mandatos y promesas, llamados y recompensas por enseñar el Evangelio. Uso deliberadamente la palabra mandato, porque parecería ser una directiva que se repite a menudo y de la cual nosotros, tanto en forma individual como colectiva, no podemos escapar” (véase “Cuando el mundo sea convertido”, Liahona, septiembre de 1984, pág. 6).

En julio de ese mismo año, mi esposa y yo partimos con nuestros hijos para presidir la Misión Canadá Toronto. Las palabras del presidente Kimball resonaban en mis oídos, especialmente cuando dijo: “Hermanos míos, me pregunto si realmente estamos haciendo todo el esfuerzo que se encuentra a nuestro alcance. ¿Estamos satisfechos con nosotros mismos con respecto a nuestra asignación de enseñar a todo el mundo? Hemos estado haciendo proselitismo durante 144 años. ¿Estamos preparados para alargar nuestro paso, para ampliar nuestra visión?” (véase “Cuando el mundo sea convertido”, Liahona, septiembre de 1984, pág. 3).

También nos pidió que apresuráramos el paso, trabajando juntos para edificar la Iglesia y el reino de Dios.

En junio de este año, el presidente Thomas S. Monson repitió el mismo mensaje a los miembros de la Iglesia. Él dijo: “…ahora es el momento de que los miembros y misioneros se unan… [y] trabajen en la viña del Señor para traer almas a Él. Él ha preparado los medios para que nosotros compartamos el Evangelio en una variedad de formas, y Él nos ayudará en nuestros esfuerzos si actuamos con fe para cumplir con Su obra” (“Fe en la obra de salvación”, discurso pronunciado en una transmisión especial el 23 de junio de 2013; lds.org/broadcasts).

Hermanos y hermanas, conviene reflexionar en las enseñanzas de los profetas desde la época de José Smith hasta ahora. Ellos han animado y pedido a los líderes y a los miembros de la Iglesia que estén anhelosamente consagrados a llevar el mensaje de la restauración del Evangelio a todos los hijos de nuestro Padre Celestial en todo el mundo.

Esta tarde mi mensaje es que el Señor está apresurando Su obra. En nuestros días eso sólo se puede lograr cuando todo miembro de la Iglesia comparta con amor las verdades del evangelio restaurado de Jesucristo. Debemos trabajar juntos en colaboración con los casi 80.000 misioneros que están prestando servicio ahora. La información tocante a esta gran obra, en especial las asignaciones para los líderes del consejo de estaca y de barrio, está claramente definida en el sitio web de LDS.org titulado “Apresurar la obra de salvación”.

Como resultado de preguntar a los miembros, sabemos que la mayoría de los miembros activos de la Iglesia desean que las bendiciones del Evangelio formen parte de la vida de sus seres queridos, incluso aquellos que nunca han conocido. También sabemos que muchos miembros titubean en hacer la obra misional y en compartir el Evangelio por dos razones básicas.

  • La primera es el temor. Muchos miembros ni siquiera oran pidiendo oportunidades para compartir el Evangelio, por el temor a recibir inspiración divina de hacer algo que no sienten que son capaces de hacer.

  • La segunda razón es un malentendido de lo que es la obra misional.

Sabemos que cuando alguien se levanta a dar un discurso en la reunión sacramental y dice: “Hoy hablaré acerca de la obra misional”, o quizás incluso cuando el élder Ballard se levanta en la conferencia general y dice lo mismo, algunos de los que escuchan tal vez piensen: “No, ¿otra vez?, esto ya lo hemos oído”.

Ahora bien, sabemos que a nadie le agrada sentirse culpable. Tal vez piensen que quizás les pidan hacer cosas poco realistas en su asociación con amigos o vecinos. Con la ayuda del Señor, permítanme eliminar cualquier temor que ustedes o cualquiera de nuestros misioneros de tiempo completo tengan de compartir el Evangelio con los demás.

Tomen la decisión de hacer lo que Jesucristo nos ha pedido. El Salvador dijo:

“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.

“Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.

“¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra?

“¿Y si le pide un pez, le dará una serpiente?

“Pues si vosotros… sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le piden?” (Mateo 7:7–11).

Hermanos y hermanas, la confianza y la fe remplazarán el temor cuando los miembros y los misioneros de tiempo completo se arrodillen en oración y pidan al Señor que los bendiga con oportunidades misionales. Entonces, debemos demostrar nuestra fe y estar pendientes de oportunidades de presentar el evangelio de Jesucristo a los hijos de nuestro Padre Celestial, y con toda seguridad las oportunidades llegarán. Esas oportunidades nunca requerirán que respondamos de manera forzada ni artificiosa, sino que nuestros actos fluirán como resultado natural de nuestro amor por nuestros hermanos y hermanas. Simplemente sean positivos, y las personas con las que hablen sentirán su amor; y nunca olvidarán ese sentimiento aun cuando el momento no sea el indicado para que acepten el Evangelio. Eso también puede cambiar en el futuro cuando cambien las circunstancias de las personas.

Es imposible fracasar cuando nos esforzamos al máximo y estamos en la obra del Señor. Si bien el desenlace será el resultado de ejercer el albedrío, nuestra responsabilidad es la de compartir.

Confíen en el Señor. Él es el Buen Pastor. Él conoce a Sus ovejas y Sus ovejas conocen la voz de Él; y hoy, la voz del Buen Pastor es la de ustedes y la mía. Y si no nos esforzamos, se pasará por alto a muchos de los que escucharían el mensaje de la Restauración. En términos sencillos, es un asunto de fe y acción de nuestra parte. Los principios son bastante sencillos: oren, tanto individualmente como en familia, pidiendo oportunidades misionales. El Señor ha dicho en Doctrina y Convenios que muchas personas no han encontrado la verdad sólo “porque no saben dónde hallarla” (D. y C. 123:12).

No es necesario ser una persona extrovertida ni un maestro elocuente ni persuasivo. Si tienen amor y esperanza perdurables, el Señor ha prometido: “…alzad vuestra voz a este pueblo; expresad los pensamientos que pondré en vuestro corazón… [y] no seréis confundidos delante de los hombres:

“[Y] os será dado en la hora… lo que habéis de decir” (D. y C. 100:5–6).

En Predicad Mi Evangelio se nos recuerda a todos que “no ocurre nada en la obra misional sino hasta que se encuentre a una persona para enseñar. Cada día hable con cuantas personas le sea posible. Es natural ser un poco temeroso de hablar con la gente, pero puede pedir en oración la fe y las fuerzas para ser más valiente a la hora de abrir la boca para proclamar el Evangelio restaurado” (Predicad Mi Evangelio, 2004, pág. 169). Ustedes que son misioneros de tiempo completo, si quieren enseñar más, deben hablar con más personas cada día. Es lo que el Señor siempre ha enviado a los misioneros a hacer.

El Señor nos conoce y sabe que tenemos desafíos. Soy consciente de que algunos en la Iglesia quizás se sientan muy cargados, pero ruego que ninguno sienta jamás que es una carga el tratar a otros en forma normal y amable para compartir el Evangelio. Al contrario, ¡es un privilegio! No hay mayor gozo en la vida que estar anhelosamente consagrados al servicio del Señor.

La clave es que sean inspirados por Dios, que le pidan dirección, y después vayan y hagan lo que el Espíritu les indique. Cuando los miembros consideran que la obra de salvación es sólo responsabilidad de ellos, los puede abrumar; pero cuando la ven como una invitación a seguir al Señor y llevarle almas para que los misioneros y misioneras de tiempo completo les enseñen, eso los inspira, los estimula y los edifica.

No les pedimos a todos que hagan todo. Simplemente pedimos que todos los miembros oren, sabiendo que si todo miembro, sea joven o anciano, contacta a “una” sola persona antes de la Navidad, millones sentirían el amor del Señor Jesucristo. Qué regalo tan maravilloso para el Salvador.

Hace dos semanas recibí una carta de una familia de miembros misioneros de mucho éxito, la familia Munn, de Florida. Ellos escribieron:

“Estimado élder Ballard: Treinta minutos después de la transmisión mundial sobre apresurar la obra de salvación, tuvimos nuestro propio consejo misional familiar. Nos entusiasmó saber que nuestros nietos adolescentes querían participar. Nos da gusto informarle que desde esa reunión de consejo, hemos expandido nuestro grupo de enseñanza en un 200 por ciento.

“Nuestros nietos han llevado amigos a la Iglesia, hemos disfrutado de reuniones sacramentales con algunos de nuestros amigos menos activos y algunos de los nuevos contactos se han comprometido a recibir las lecciones misionales. Una de nuestras hermanas menos activas no sólo regresó a la Iglesia, sino que ha traído consigo a nuevos investigadores.

“Nadie ha rechazado la invitación de recibir las lecciones misionales. ¡Es una época tan emocionante para ser miembro de esta Iglesia!” (carta personal, 15 de agosto de 2013).

Hagan caso a los susurros del Espíritu. Supliquen al Señor en potente oración. Participen haciendo lo que puedan para compartir el gran mensaje de la restauración del evangelio de Jesucristo.

Cito a otro miembro misionero de éxito, a Clayton Christensen: “Cada vez que, en sentido figurado, toman a alguien de la mano y le presentan a Jesucristo, sentirán la profundidad del amor del Salvador por ustedes y por la persona cuya mano tomaron” (The Power of Everyday Missionaries: The What and How of Sharing the Gospel, 2013, pág. 1).

Que Dios los bendiga, hermanos y hermanas, para que encuentren el gran gozo de recibir milagros por medio de la fe. Tal como se nos enseña en Moroni, capítulo 7:

“Y Cristo ha dicho: Si tenéis fe en mí, tendréis poder para hacer cualquier cosa que me sea conveniente…

“…porque es por la fe que se obran milagros; y es por la fe que aparecen ángeles y ejercen su ministerio a favor de los hombres; por tanto, si han cesado estas cosas, ¡ay de los hijos de los hombres, porque es a causa de la incredulidad, y todo es inútil!” (Moroni 7:33, 37).

Por experiencia personal, puedo testificarles que el Señor escuchará sus oraciones y tendrán muchas oportunidades ahora y en los años por venir para presentar el evangelio de Jesucristo a los preciados hijos de nuestro Padre Celestial. Ruego que todos experimentemos el gran gozo que proviene del servicio misional. En el nombre de Jesucristo. Amén.