Cosas pequeñas y sencillas

Por el élder Arnulfo Valenzuela

De los Setenta


Tendamos una mano a los demás con fe y amor

Hace solamente unas semanas, estuve en el Centro de Capacitación Misional de la Cuidad de México para compartir un mensaje con los misioneros. Mi esposa y yo llegamos algunas horas antes de comenzar la reunión que tendríamos esa tarde. Al recorrer las calles y jardines del CCM pudimos observar a cientos de misioneros y ver en sus rostros la felicidad que irradiaban por estar allí, preparándose para aprender el idioma y su objetivo como misioneros.

Al ver esta escena tan maravillosa comprendí las palabras de Alma cuando le mandó a su hijo Helamán que tomara los anales que le habían sido confiados y llevara una historia de ese pueblo, y que conservara todas esas cosas sagradas, porque irían a toda nación, tribu, lengua y pueblo.

Entonces Alma le dijo:

“Ahora bien, tal vez pienses que esto es locura de mi parte; mas he aquí, te digo que por medio de cosas pequeñas y sencillas se realizan grandes cosas; y en muchos casos, los pequeños medios confunden a los sabios.

“Y el Señor se vale de medios para realizar sus grandes y eternos designios; y por medios muy pequeños el Señor confunde a los sabios y realiza la salvación de muchas almas” (Alma 37: 6–7).

La candidez y sencillez de nuestros amados misioneros son un testimonio de los medios que el Señor utiliza para testificar al mundo que Jesús es el Cristo, para invitar a las personas a venir a Cristo al ayudarlas a que reciban el Evangelio restaurando mediante la fe en Jesucristo y Su expiación, el arrepentimiento, el bautismo, la recepción del don del Espíritu Santo y el perseverar hasta el fin (Predicad Mi Evangelio: Una guía para el servicio misional, 2004, pág. 1).

Como miembros de la Iglesia, nosotros también podemos, por medio de cosas sencillas, convencer a muchos del error de sus caminos y traerlos al conocimiento de su Dios para la salvación de sus almas (Alma 37:8).

En una ocasión, acompañé a un presidente de estaca y a un obispo cuando fueron a visitar a un miembro de su estaca que se encontraba menos activo. Al llegar a su casa y enseñarle de una manera muy sencilla acerca del día de reposo, y expresarle nuestro amor, el hermano dijo: sólo necesitaba que alguien viniera y me diera un abrazo. Me levanté y le dije: aquí estoy para darle un abrazo. Al día siguiente, que era domingo, él y su familia estaban en la reunión sacramental.

Durante una visita como maestras visitantes que hicieron mi esposa y su compañera a Martha, ella les dijo que ya no quería que regresaran a visitarla ya que había tomado la decisión de no volver a la Iglesia. Una de las maestras visitantes le pidió que le permitiera cantar un himno por última vez, a lo que ella asintió. Al cantar, poco a poco se fue inundando el cuarto con el Espíritu y todas comenzaron a llorar; a Martha se le enterneció el corazón y tuvo la certeza que la Iglesia era verdadera. Martha agradeció la visita de las maestras visitantes, les pidió que regresaran y a partir de ese día las recibía con mucho gozo.

Ella comenzó a ir a la Iglesia con su hijita. Por años su esposo no fue a la Iglesia, pero ella siguió teniendo esperanza hasta que un día el Señor tocó el corazón de su esposo y regresó a la Iglesia. Años más tarde, su otra hija también regresó. Un tiempo después, esta familia empezó a gozar de las bendiciones del Evangelio; asistieron al templo y aceptaron llamamientos en la Iglesia. Ella sirvió fielmente como presidenta de la Sociedad de Socorro de nuestro barrio y su esposo también prestó servicio en llamamientos de la estaca. Un himno, algo tan sencillo, tocó el corazón de Martha.

Naamán, era general del ejército del rey de Siria, un hombre valiente en extremo, pero leproso (véase 2 Reyes 5:1). Al no encontrar alivio con el rey de Israel, se fue a ver a Eliseo, el profeta de Israel, quien envió a su mensajero para que le dijera:

“Ve y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurará y serás limpio.

“Y Naamán se fue enojado, diciendo: He aquí yo decía para mí: Ciertamente él saldrá y, estando de pie, invocará el nombre de Jehová su Dios, y alzará su mano y, moviéndola sobre la parte enferma, sanará la lepra.

“Pero sus criados se acercaron a él, y le hablaron, diciendo: Padre mío, si el profeta te mandara alguna cosa, ¿no la harías? ¡Cuánto más si sólo te ha dicho: Lávate, y serás limpio!

“Él entonces descendió y se sumergió siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del hombre de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio” (2 Reyes 5:10–11, 13–14).

Nuestro profeta, el presidente Thomas S. Monson, nos ha invitado a todos a ir y rescatar a nuestros hermanos. Él dijo: “…el mundo tiene necesidad de su ayuda. Hay pies que estabilizar, manos que aferrar, mentes que animar, corazones que inspirar y almas que salvar. Las bendiciones de la eternidad les aguardan” (“Al rescate”, Liahona, julio de 2001, pág. 57).

Testifico que muchos de ellos están allí esperando, listos para que hombres y mujeres valientes les extendamos la mano y los ayudemos a ser rescatados por medio de una acción sencilla. Personalmente, he pasado muchas horas con miembros menos activos y he confirmado que hay personas a las cuales el Señor les ha ablandado el corazón de modo que, al recibir nuevamente el testimonio de nosotros y una muestra de amor, regresan a la Iglesia sin vacilar.

Tendamos una mano a los demás con fe y amor. Recordemos la promesa del Señor:

“Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo y me traéis aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi padre!

“Y ahora, si vuestro gozo será grande con una alma que me hayáis traído al reino de mi Padre, ¡cuán grande no será vuestro gozo si me trajereis muchas almas!” (D. y C. 18: 15–16).

Les doy mi testimonio del amor que el Señor tiene por todos Sus hijos. Yo sé que Él vive, y que Él es nuestro Redentor. En el nombre de Jesucristo. Amén.