Las cargas particulares de nuestra vida personal nos ayudan a confiar en los méritos, la misericordia y la gracia del Santo Mesías.

Tengo un querido amigo que, en los primeros años de su matrimonio, estaba convencido de que él y su familia necesitaban una camioneta de tracción 4x4, mientras que su esposa estaba segura de que él no la necesitaba, sino que simplemente quería el nuevo vehículo. En una conversación, bromeando, este hombre y su esposa comenzaron a considerar las ventajas y desventajas de dicha compra.

“Querida, necesitamos una camioneta con sistema de tracción 4x4”.

Ella le preguntó: “¿Por qué piensas que necesitas una camioneta nueva?”.

Él le respondió con lo que consideró ser la respuesta perfecta: “¿Qué tal si necesitamos leche para nuestros hijos durante una terrible tormenta, y la única forma de llegar a la tienda es en una camioneta?”.

Su esposa le respondió con una sonrisa: “Si compramos una camioneta nueva, no tendremos dinero para comprar leche. Entonces, ¿para qué preocuparse de cómo llegar a la tienda en una emergencia?”.

Con el transcurso del tiempo, siguieron analizándolo y finalmente decidieron adquirir la camioneta. Al poco tiempo de haber comprado el nuevo vehículo, mi amigo quería demostrar la utilidad de la camioneta y justificar sus razones para comprarla, por lo que decidió que cortaría y transportaría una carga de leña para su casa. Era otoño y ya había caído nieve en las montañas donde planeaba encontrar la madera. Al conducir montaña arriba, la nieve se hacía cada vez más profunda. Mi amigo reconoció que las condiciones resbaladizas de la carretera representaban un riesgo, pero con gran confianza en la nueva camioneta, siguió adelante.

Tristemente, mi amigo avanzó demasiado por la nevada carretera. Al desviar la camioneta hacia un lado de la carretera, donde había decidido cortar la leña, se quedó atascado. Las cuatro ruedas de la camioneta nueva patinaban en la nieve. Reconoció de inmediato que no sabía cómo salir de esa situación peligrosa, y se sintió avergonzado y preocupado.

Mi amigo decidió: “Bueno, no me voy a quedar aquí sentado”. Salió del vehículo y empezó a cortar leña. Llenó completamente la parte trasera de la camioneta con la pesada carga y luego decidió que intentaría salir de la nieve una vez más. Al poner la camioneta en marcha y empezar a acelerar, comenzó a avanzar lentamente. Poco a poco, la camioneta salió de la nieve y quedó nuevamente en la carretera. Finalmente era libre para volver a casa, ahora como un hombre feliz y humilde.

Nuestra carga personal

Ruego la ayuda del Espíritu Santo al hacer hincapié en lecciones cruciales que se pueden aprender de la historia de mi amigo, la camioneta y la leña. Fue la carga. Fue la carga de leña lo que le dio la tracción necesaria para salir de la nieve, para colocarse de nuevo en la carretera y para seguir adelante. Fue la carga lo que le permitió regresar a casa con su familia.

Cada uno de nosotros también lleva una carga. Nuestra carga personal está compuesta de exigencias y oportunidades, obligaciones y privilegios, aflicciones y bendiciones, opciones y limitaciones. Dos preguntas orientadoras nos pueden resultar útiles al evaluar nuestra carga periódicamente y con espíritu de oración: “¿Produce la carga que llevo la tracción espiritual que me permitirá seguir adelante con fe en Cristo por el sendero estrecho y angosto y que evitará que me quede atascado? ¿Crea la carga que llevo la suficiente tracción espiritual para que finalmente pueda regresar a vivir con el Padre Celestial?”.

A veces, quizás pensemos erróneamente que la felicidad consiste en no tener cargas; pero llevar una carga es un elemento necesario y esencial del plan de felicidad. Debido a que nuestra carga personal tiene que generar tracción espiritual, debemos tener cuidado de no acarrear en la vida tantas cosas agradables pero innecesarias que nos distraigan y desvíen de las cosas que verdaderamente tienen mayor importancia.

El poder fortalecedor de la Expiación

El Salvador dijo:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.

“Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11:28–30).

Un yugo es una viga de madera que generalmente se utiliza entre un par de bueyes o de otros animales, y que les permite tirar de una carga juntos. El yugo coloca a los animales lado a lado, a fin de que puedan moverse juntos para lograr una tarea.

Consideren la invitación particular e individual que hace el Señor de “llevad mi yugo sobre vosotros”. El hacer y guardar convenios sagrados nos ata al Señor Jesucristo y al yugo junto con Él. En esencia, el Salvador nos está invitando a depender de Él y a tirar de la carga junto con Él, aunque nuestros mejores esfuerzos no sean iguales a los de Él, ni se puedan comparar. Cuando confiamos en Él y tiramos de la carga junto con Él durante la jornada de la vida terrenal, realmente Su yugo es fácil y ligera Su carga.

No estamos solos ni es necesario que lo estemos nunca. Podemos seguir adelante en nuestra vida diaria con la ayuda del cielo. Mediante la expiación del Salvador podemos “recibir de [Él] la fuerza” (“Señor, yo te seguiré”, Himnos, Nº 138) y capacidad superior a la nuestra. Tal como declaró el Señor: “Continuad, pues, vuestro viaje, y regocíjense vuestros corazones, porque he aquí, estoy con vosotros hasta el fin” (D. y C. 100:12).

Consideren el ejemplo del Libro de Mormón cuando Amulón persiguió a Alma y a su pueblo. La voz del Señor vino a esos discípulos en sus aflicciones: “Alzad vuestras cabezas y animaos, pues sé del convenio que habéis hecho conmigo; y yo haré convenio con mi pueblo y lo libraré del cautiverio” (Mosíah 24:13).

Noten la importancia crucial que tienen los convenios para la promesa de la liberación. Los convenios recibidos y honrados con integridad, y las ordenanzas efectuadas mediante la debida autoridad del sacerdocio, son necesarios para recibir todas las bendiciones que brinda la expiación de Jesucristo. Es mediante las ordenanzas del sacerdocio que el poder de la divinidad se manifiesta a los hombres en la carne, incluso las bendiciones de la Expiación (véase D. y C. 84:20–21).

Recuerden las palabras del Salvador: “Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11:30), mientras consideramos el siguiente versículo del relato de Alma y su pueblo.

“Y también aliviaré las cargas que pongan sobre vuestros hombros, de manera que no podréis sentirlas sobre vuestras espaldas” (Mosíah 24:14).

Muchos de nosotros suponemos que ese pasaje sugiere que la carga se eliminará repentina y permanentemente. Sin embargo, el siguiente versículo describe la forma en que se alivió la carga.

“Y aconteció que las cargas que se imponían sobre Alma y sus hermanos fueron aliviadas; sí, el Señor los fortaleció de modo que pudieron soportar sus cargas con facilidad, y se sometieron alegre y pacientemente a toda la voluntad del Señor” (Mosíah 24:15; cursiva agregada).

Al pueblo no le fueron quitados inmediatamente los desafíos y las dificultades; pero Alma y sus seguidores fueron fortalecidos, y su mayor capacidad hizo que sus cargas fueran más ligeras. Esas buenas personas fueron facultadas, mediante la Expiación, para actuar como agentes (véase D. y C. 58:26–29) e influir en sus circunstancias. Y “con la fuerza del Señor” (Palabras de Mormón 1:14; Mosíah 9:17; 10:10; Alma 20:4), Alma y su pueblo fueron guiados a un lugar seguro en la tierra de Zarahemla.

La expiación de Jesucristo no sólo vence los efectos de la caída de Adán y hace posible la remisión de nuestros pecados y transgresiones personales, sino que también nos permite hacer el bien y mejorar de maneras que superan nuestra propia capacidad mortal. La mayoría de nosotros sabemos que, cuando hacemos las cosas mal y necesitamos ayuda para vencer los efectos del pecado en nuestra vida, el Salvador hace posible que lleguemos a ser limpios mediante Su poder redentor. Pero, ¿entendemos también que la Expiación es para los hombres y las mujeres fieles que son obedientes, dignos y diligentes y que se están esforzando para llegar a ser mejores y servir más fielmente? Me pregunto si quizás no reconocemos plenamente ese aspecto fortalecedor de la Expiación en nuestra vida y, erróneamente, creemos que debemos llevar nuestras cargas solos, con nuestra pura determinación, fuerza de voluntad, disciplina y capacidad obviamente limitada.

Una cosa es saber que Jesucristo vino a la tierra para morir por nosotros; pero también tenemos que entender que el Señor, mediante Su expiación y por medio del poder del Espíritu Santo, desea vivificarnos; no sólo guiarnos, sino también fortalecernos y sanarnos.

El Salvador socorre a Su pueblo

Alma explica cómo y por qué el Salvador nos puede facultar:

“Y él saldrá, sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases; y esto para que se cumpla la palabra que dice: Tomará sobre sí los dolores y las enfermedades de su pueblo.

Y tomará sobre sí la muerte, para soltar las ligaduras de la muerte que sujetan a su pueblo; y sus enfermedades tomará él sobre sí, para que sus entrañas sean llenas de misericordia, según la carne, a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos” (Alma 7:11–12).

Por lo tanto, el Salvador ha sufrido no sólo por nuestros pecados e iniquidades, sino también por nuestras angustias y dolores físicos, nuestras debilidades y faltas, temores y frustraciones, desilusiones y desánimo, pesares y remordimientos, desesperanza y desesperación, por las injusticias y desigualdades que experimentamos, y las angustias emocionales que nos acosan.

No hay dolor físico, no hay herida espiritual, no hay angustia de alma, pena, enfermedad ni debilidad que ustedes y yo afrontemos en la vida terrenal que el Salvador no haya experimentado primero. En un momento de debilidad quizá clamemos: “Nadie sabe lo que se siente; nadie entiende”. Pero el Hijo de Dios sabe y entiende perfectamente, ya que Él ha sentido y llevado las cargas de cada uno; y gracias a Su infinito y eterno sacrificio (véase Alma 34:14), tiene perfecta empatía y nos puede extender Su brazo de misericordia. Él puede tendernos la mano, conmovernos, socorrernos, sanarnos y fortalecernos para ser más de lo que podríamos ser y hacer lo que no podríamos si nos valiésemos únicamente de nuestro propio poder. En efecto, Su yugo es fácil y ligera Su carga.

Una invitación, una promesa y un testimonio

Los invito a estudiar, orar, meditar y esforzarse para aprender más en cuanto a la expiación del Salvador a medida que evalúen su carga personal. Hay muchas cosas sobre la Expiación que simplemente no podemos comprender con nuestra mente mortal; pero hay muchos aspectos de la Expiación que podemos y debemos entender.

A mi amigo, la carga de leña le brindó la tracción que le salvó la vida. La camioneta vacía no podía moverse en la nieve, aun cuando estaba equipada con un sistema de tracción 4x4. Se necesitaba una carga pesada para producir tracción.

Fue la carga. Fue la carga la que proporcionó la tracción que permitió que mi amigo se desatascara, que pudiera volver al camino, seguir adelante y regresar con su familia.

Las cargas particulares de nuestra vida personal nos ayudan a confiar en los méritos, la misericordia y la gracia del Santo Mesías (véase 2 Nefi 2:8). Testifico y prometo que el Salvador nos ayudará a soportar nuestras cargas con facilidad (véase Mosíah 24:15). Al atarnos a Él por medio de convenios sagrados y recibir el poder habilitador de Su expiación en nuestra vida, procuraremos cada vez más comprender y vivir de acuerdo con Su voluntad. Además, oraremos por la fuerza para aprender de nuestras circunstancias, o para cambiar o aceptarlas, en vez de orar incesantemente para que Dios las cambie según nuestra voluntad. Llegaremos a ser agentes que actúan, en vez de objetos sobre los que se actúa (véase 2 Nefi 2:14). Seremos bendecidos con tracción espiritual.

Que cada uno de nosotros haga las cosas mejor y llegue a ser mejor por medio de la expiación del Salvador. Hoy es 6 de abril. Sabemos, gracias a la revelación, que hoy es el día correcto y exacto del nacimiento del Salvador. El 6 de abril también es el día en el que se organizó La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. (Véanse D. y C. 20:1; Harold B. Lee, “Fortaleced las estacas de Sión”, Discursos de Conferencias Generales, 1973–1975, pág. 15, http://bibliotecasud.blogspot.com; Spencer W. Kimball, “¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?”, Discursos de Conferencias Generales, 1973–1975 pág. 238, http://bibliotecasud.blogspot.com; Spencer W. Kimball, “Remarks and Dedication of the Fayette, New York, Buildings”, Ensign, mayo de 1980, pág. 54; Discursos del presidente Gordon B. Hinckley, Volumen 1: 1995–1999, 2004, pág. 504). En este día de reposo especial y sagrado, declaro mi testimonio de que Jesús el Cristo es nuestro Redentor. Él vive y nos limpiará, sanará, guiará, protegerá y fortalecerá. De ello testifico con gozo; en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.