Si alguno tiene falta de sabiduría


Dios revelará la verdad a quienes la busquen tal y como consta en las Escrituras.

El otro día, mi nieto de 10 años estaba estudiando en internet acerca del cerebro humano, pues quiere ser cirujano; no es difícil darse cuenta de que es mucho más inteligente que yo.

En casa nos gusta usar internet; utilizamos las redes sociales, el correo electrónico y otros medios para comunicarnos con parientes y amigos. Mis hijos hacen muchas de sus tareas escolares por internet.

Cualquiera que sea la pregunta, si necesitamos información, la buscamos en línea y obtenemos abundante material en cuestión de segundos; es maravilloso.

Internet nos brinda muchas oportunidades de aprendizaje. Sin embargo, Satanás quiere que seamos desdichados y distorsiona el propósito real de las cosas; él se vale de esta gran herramienta para promover la duda y el temor, y para destruir la fe y la esperanza.

Con todo lo que hay disponible en internet, debemos considerar cautelosamente hacia dónde enfocar nuestros esfuerzos. Satanás puede mantenernos ocupados, distraídos y enviciados al seleccionar información, mucha de la cual puede ser pura basura.

Uno no debe deambular entre la basura.

Presten atención a la guía que se nos brinda en las Escrituras: “…a todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que sepa discernir el bien del mal; por tanto, os muestro la manera de juzgar; porque toda cosa que invita a hacer lo bueno, y persuade a creer en Cristo, es enviada por el poder y el don de Cristo, por lo que sabréis… que es de Dios”1.

De manera real, encaramos el mismo dilema al que se enfrentó José Smith en su juventud: con demasiada frecuencia carecemos de sabiduría.

En el reino de Dios se aprecia y alienta la búsqueda de la verdad, lo que de ningún modo se reprime ni teme. El Señor mismo aconseja encarecidamente a los miembros de la Iglesia que busquen conocimiento2. Él dijo: “…buscad diligentemente … sí, buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe” 3. Sin embargo, ¿cómo podemos reconocer la verdad en un mundo que es cada vez más desafiante en sus ataques a las cosas de Dios?

Las Escrituras nos enseñan lo siguiente:

Primero, podemos conocer la verdad al observar los frutos.

El Señor dijo durante Su gran Sermón del Monte:

“Así, todo buen árbol da buenos frutos, mas el árbol malo da malos frutos …

“Así que, por sus frutos los conoceréis”4.

El profeta Mormón enseñó este mismo principio cuando dijo: “Por sus obras los conoceréis; porque si sus obras son buenas, ellos también son buenos”5.

Invitamos a todos a estudiar los frutos y las obras de esta Iglesia.

Aquéllos que estén interesados en la verdad, reconocerán la diferencia que marcan la Iglesia y sus miembros en las comunidades donde están establecidos. También notarán la mejora en la vida de quienes siguen sus enseñanzas. Quienes examinen esos frutos descubrirán que los frutos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días son deliciosos y deseables.

Segundo, podemos hallar la verdad al experimentar nosotros mismos con la palabra.

El profeta Alma enseñó:

“Compararemos, pues, la palabra a una semilla… si dais lugar para que sea sembrada una semilla en vuestro corazón, he aquí, si es una semilla verdadera… y no la echáis fuera por vuestra incredulidad… he aquí, empezará a hincharse en vuestro pecho; y… empezaréis a decir dentro de vosotros: Debe ser que ésta es una semilla buena… porque empieza a ensanchar mi alma; sí, empieza a iluminar mi entendimiento; sí, empieza a ser deliciosa para mí …

“Y, he aquí, ¿no fortalecerá esto vuestra fe? Sí, fortalecerá vuestra fe …

“porque toda semilla produce según su propia especie”6.

¡Qué invitación admirable de un profeta del Señor! Se compara a un experimento científico, pues se nos invita a poner a prueba la palabra, se nos dan los parámetros y se nos dice cuál será el resultado de la prueba, si seguimos las instrucciones.

Así, las Escrituras nos enseñan que podemos saber la verdad al observar los frutos, es decir, al experimentar personalmente con ella, al hacer lugar para la palabra en nuestro corazón y al cultivarla, al igual que una semilla.

Sin embargo, hay una tercera manera de saber la verdad y es por medio de la revelación personal.

En la sección 8 de Doctrina y Convenios se enseña que la revelación es conocimiento: “…conocimiento de cuantas cosas [pidamos] con fe, con un corazón sincero, creyendo que [recibiremos]”7.

Además, el Señor nos dice cómo recibiremos esa revelación: “…hablaré a tu mente y a tu corazón por medio del Espíritu Santo que vendrá sobre ti y morará en tu corazón”8.

Por tanto, se nos enseña que la revelación puede obtenerse al pedir con fe, con un corazón sincero y creyendo que recibiremos.

Fíjense que el Señor lo dejó bien claro cuando advirtió: “Recuerda que sin fe no puedes hacer nada; por tanto, pide con fe”9. La fe requiere esfuerzo, tal como estudiarlo en la mente y luego preguntar, por medio de la oración, si está bien.

El Señor dijo:

“…si [estuviere bien], haré que tu pecho arda dentro de ti; por tanto, sentirás que está bien.

“Mas si no estuviere bien, no sentirás tal cosa, sino que te sobrevendrá un estupor de pensamiento que te hará olvidar lo que está mal”10.

La fe sin obras es muerta11. Así pues, “[pidan] con fe, no dudando nada”12.

Tengo un amigo que no es de nuestra fe y que me dijo que no es una persona espiritual. No estudia las Escrituras ni ora porque dice que no entiende las palabras de Dios, ni está seguro de que Él exista. Esa actitud explica su falta de espiritualidad y lo conducirá a lo opuesto de la revelación, tal y como explicó Alma, que dijo: “Y, por tanto, el que endurece su corazón recibe la menor porción de la palabra”.

Pero añadió: “…y al que no endurece su corazón le es dada la mayor parte de la palabra, hasta que le es concedido conocer los misterios de Dios al grado de conocerlos por completo”13.

Alma y los hijos de Mosíah ejemplifican el principio de que la fe requiere obras. En el Libro de Mormón leemos:

“…habían escudriñado diligentemente las Escrituras para conocer la palabra de Dios.

“Mas esto no es todo; se habían dedicado a mucha oración y ayuno; por tanto, tenían el espíritu de profecía y el espíritu de revelación”14.

Pedir con un corazón sincero es igualmente importante en este proceso. Si buscamos la verdad con sinceridad, haremos todo lo que esté a nuestro alcance para encontrarla, lo cual incluye leer las Escrituras, ir a las reuniones de la Iglesia y esforzarnos por guardar los mandamientos de Dios. También significa estar dispuestos a hacer la voluntad de Dios cuando la sepamos.

Lo que hizo José Smith cuando estaba buscando sabiduría es un ejemplo perfecto de lo que significa tener un corazón sincero. Él dijo que quería saber cuál de las iglesias era la verdadera, a fin de “saber a cuál debía [unirse]”15. Aun antes de orar, ya estaba preparado para actuar según la respuesta que recibiese.

Debemos pedir con fe y con un corazón sincero. Pero eso no es todo, también debemos creer que recibiremos revelación. Debemos confiar en el Señor y tener esperanza en Sus promesas. Recuerden lo que está escrito: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada”16. ¡Qué promesa tan maravillosa!

Los invito a todos a buscar la verdad mediante cualquiera de estos métodos, pero, en especial, a través de la revelación personal de Dios. Él revelará la verdad a quienes la busquen tal y como consta en las Escrituras. Requiere más esfuerzo que una búsqueda en internet, pero vale la pena.

Testifico que ésta es la Iglesia verdadera de Jesucristo. He visto sus frutos en las comunidades y en las vidas de miles de personas, incluso familiares; por tanto, sé que es verdad. También he puesto a prueba la palabra en mi vida durante muchos años y he sentido sus efectos en mi alma; por tanto, sé que es verdad. Pero lo más importante es que he aprendido de su veracidad por mí mismo mediante revelación por medio del poder del Espíritu Santo; por tanto, sé que es verdad. Invito a todos ustedes a hacer lo mismo. En el nombre de Jesucristo. Amén.