El guardar convenios nos protege, nos prepara y nos inviste con poder


Somos mujeres de todas las edades que hacen convenios y que caminan por el sendero de la mortalidad de regreso a Su presencia.

Oh, hermanas, las amamos. Mientras visitaba México, hace poco, capté un destello de la hermandad que todas sentimos esta tarde. Imaginen esta escena: Acabábamos de terminar la reunión de la Primaria un domingo por la mañana y los niños, las maestras y yo estábamos saliendo al pasillo lleno de gente. En ese momento, se abrió la puerta de la clase de las Mujeres Jóvenes y vi a las jovencitas y a sus líderes; todas nos acercamos para abrazarnos. Con los niños que se aferraban a mi falda y las mujeres que me rodeaban, quería expresar lo que sentía en ese momento.

No hablo español, así que acudieron a mi mente sólo palabras en inglés; miré todos sus rostros y dije en inglés: “Somos hijas de un Padre Celestial que nos ama y nosotras lo amamos a Él”. De inmediato, todas empezaron a recitar esas palabras en español. Allí estábamos, en un pasillo abarrotado, recitando juntas el lema de las Mujeres Jóvenes: “Seremos testigos de Dios en todo tiempo, en todas las cosas y en todo lugar”.

Esta tarde estamos reunidas por todo el mundo como Sus discípulas, con el deseo de defender y de sostener el reino de Dios. Somos hijas de nuestro Padre Celestial; somos mujeres de todas las edades que hacen convenios y que caminan por el sendero de la mortalidad de regreso a Su presencia. El guardar convenios nos protege, nos prepara y nos inviste con poder.

Esta tarde, hay entre nosotras niñas en edad de Primaria; algunas de ustedes hace poco tomaron el primer paso hacia el sendero de la vida eterna con la ordenanza del bautismo.

Miren a su alrededor; el futuro es brillante al ver a mujeres que también han hecho convenios y están listas para mostrarles el camino a lo largo del sendero que yace por delante.

Las niñas de 8, 9, 10 u 11 años que estén en el Centro de Conferencias, en su casa, o en alguna capilla en el mundo, ¿podrían ponerse de pie? Bienvenidas a la reunión general de mujeres. Por favor sigan de pie porque queremos invitarlas a participar esta noche. Voy a tararear una canción de la Primaria; tan pronto como la reconozcan, ¿pueden comenzar a cantarla conmigo? Pero, tienen que cantar fuerte para que todos las oigan.

Hazme en la luz de su amor caminar.
Muéstrame cómo a mi Padre orar.
Quiero vivir como dijo Jesús.
Dime cómo andar en la luz.

Sigan de pie mientras todas las que sean mayores de 12 años cantan la segunda estrofa.

Padre, las gracias queremos rendir,
Pues nos enseñas la senda a seguir.
A ti loores cantamos, oh Dios.
Juntos vamos a andar en la luz1.

Estuvo hermoso; pueden sentarse, gracias.

Como mujeres de todas las edades, caminamos en Su luz. Nuestra marcha por el sendero es personal y está bien alumbrada con el amor del Salvador.

Entramos por la puerta del sendero de la vida eterna con la ordenanza y el convenio del bautismo, y después recibimos el don del Espíritu Santo. El élder Robert D. Hales nos pregunta: “¿Comprendemos nosotros y nuestros hijos que cuando nos bautizamos cambiamos para siempre?”.

Explicó, además, que “cuando comprendemos nuestro convenio bautismal y el don del Espíritu Santo, éste cambiará nuestra vida y establecerá nuestra total lealtad al reino de Dios. Al enfrentarnos a tentaciones, si prestamos atención, el Espíritu Santo nos traerá a la memoria que hemos prometido recordar a nuestro Salvador y obedecer los mandamientos de Dios”2.

Cada semana, al tomar los emblemas de la Santa Cena, renovamos nuestro convenio bautismal. El élder David A. Bednar dijo: “Al estar en las aguas del bautismo, tornamos nuestra vista hacia el templo; al tomar la Santa Cena, tornamos nuestra vista hacia el templo; nos comprometemos a recordar siempre al Salvador y a guardar Sus mandamientos como preparación para participar en las sagradas ordenanzas del templo”3.

Las ordenanzas del templo conducen a las bendiciones más sublimes disponibles mediante la expiación de Jesucristo; son las ordenanzas necesarias para nuestra exaltación en el reino celestial. Al esforzarnos por guardar nuestros convenios, nuestros sentimientos de ineptitud e imperfección empiezan a desaparecer, mientras que las ordenanzas y los convenios del templo cobran vida. Toda persona está invitada a andar por el sendero hacia la vida eterna.

Me llena de asombro la fortaleza de las niñas, las jovencitas y las mujeres que he conocido alrededor del mundo, cuyos pies están firmemente asentados en este sendero. Permítanme darles algunos ejemplos de jovencitas y mujeres del convenio que he conocido.

Luana tenía once años cuando visité a su familia en Buenos Aires, Argentina. Luana no podía hablar a causa de un hecho traumático ocurrido en su niñez. No había hablado por años; permanecía sentada en silencio mientras todos conversábamos. Yo tenía la esperanza de escuchar al menos un susurro de ella. Me miraba fijamente, como si no fuera necesario decir palabras para saber lo que llevaba en el corazón. Tras decir una oración, nos disponíamos a salir cuando Luana me dio un dibujo que había hecho de Jesucristo en el Jardín de Getsemaní. Entonces reconocí su testimonio claramente; cuando se bautizó, Luana había hecho el convenio de ser testigo de Dios “en todo tiempo, en todas las cosas y en todo lugar”4; ella comprendía la expiación de Jesucristo, como lo atestiguaba su dibujo. ¿Había llegado a saber que mediante el poder fortalecedor y habilitador de la Expiación podría ser sanada y volver a hablar? Desde aquél día hace tres años, Luana ha progresado en su esfuerzo por hablar; ahora participa en las Mujeres Jóvenes con sus amigas. Fiel al convenio que hizo al bautizarse, sigue compartiendo su testimonio del Salvador.

En todo el mundo los jóvenes se sienten atraídos a los templos. En Lima, Perú, conocí a un padre y a tres de sus hijas en la entrada del templo. Vi la luz de sus semblantes; dos de las hijas tenían serias discapacidades y estaban en sillas de ruedas; la tercera hija, mientras atendía las necesidades de sus hermanas, explicó que tenía dos hermanas más en casa, y que ellas también estaban en sillas de ruedas, lo cual les impedía viajar las catorce horas para ir al templo. El templo era algo tan importante para ese padre y sus hijas, que cuatro de ellos habían ido al templo ese día: dos para simplemente observar a la que podía ser bautizada por los muertos y efectuar esa sagrada ordenanza. Al igual que Nefi, ellos “se [deleitaban] en los convenios [del] Señor”5.

Una hermana soltera que conozco, valora la ordenanza semanal de la Santa Cena y su sagrada promesa de “que siempre [pueda] tener su Espíritu consigo”6. Esa compañía constante es una promesa que suaviza las olas de su soledad, le brinda fortaleza para dedicarse a mejorar sus talentos y adquirir el deseo de servir al Señor. Ha descubierto gran alegría al demostrar amor a todos los niños que son parte de su vida; y cuando procura encontrar serenidad, la encontrarán en el templo.

Por último, una anciana de noventa y tantos años ha visto crecer a sus hijos y nietos, y ha visto a sus bisnietos venir a este mundo. Al igual que muchas de nosotras, su vida ha estado llena de pesares, aflicciones y gozo indescriptible. Confiesa que si volviese a escribir la historia de su vida, optaría por no incluir algunos de los capítulos ya vividos; no obstante, con una sonrisa, dice: “¡Simplemente tengo que vivir un poco más para ver cómo resultan las cosas!”. Ella continúa aferrándose a los convenios a lo largo del sendero.

Nefi enseñó:

“…después de haber entrado en esta estrecha y angosta senda, quisiera preguntar si ya quedó hecho todo. He aquí, os digo que no…

“Por tanto, debéis seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres. Por tanto, si marcháis adelante, deleitándoos en la palabra de Cristo, y perseveráis hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Tendréis la vida eterna”7.

Cada una de nosotras se encuentra en ese sendero. Esta noche cantamos sobre caminar el sendero en la luz. Individualmente, somos fuertes; junto con Dios, somos invencibles.

El Señor le dijo a Emma Smith: “…eleva tu corazón y regocíjate, y adhiérete a los convenios que has hecho”8.

Nos regocijamos en el hecho de que al guardar nuestros convenios podemos sentir el amor de nuestro Padre Celestial y de nuestro Salvador Jesucristo. Testifico que Ellos viven. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. “Hazme andar en la luz”, Himnos, Nº 198; o Canciones para los niños, pág. 70.

  2.  

    2. Robert D. Hales, “El convenio del bautismo: Estar en el reino y ser del reino”, Liahona, enero de 2001, pág. 7.

  3.  

    3. David A. Bednar, “Honorablemente [retener] un nombre y una posición”, Liahona, mayo de 2009, pág. 98.

  4.  

    4.  Mosíah 18:9.

  5.  

    5.  2 Nefi 11:5.

  6.  

    6.  Doctrina y Convenios 20:77.

  7.  

    7.  2 Nefi 31:19–20.

  8.  

    8.  Doctrina y Convenios 25:13.