Pueden ser un gran ejemplo, uno común y corriente, o un ejemplo malo. Pueden pensar que a ustedes no les importa, pero al Señor sí le importa.

Todos tenemos héroes, en particular cuando somos jóvenes. Nací y crecí en Princeton, Nueva Jersey, en los Estados Unidos. Los equipos de deportes más famosos cerca de donde vivíamos tenían su sede en la Ciudad de Nueva York. Allí, en esos tiempos antiguos, había tres equipos de béisbol profesionales: los Dodgers de Brooklyn, los Gigantes de Nueva York y los Yankees de Nueva York. Filadelfia estaba más cerca de nuestra casa, y era la sede de los equipos de béisbol de los Athletics y los Phillies. Había muchos posibles héroes para mí en esos equipos.

Joe DiMaggio, quien jugó para los Yankees de Nueva York, se convirtió en mi héroe de béisbol. Cuando mis hermanos y mis amigos jugaban al béisbol en los terrenos de la escuela al lado de nuestra casa, yo intentaba batear de la manera en que pensaba que Joe DiMaggio lo hacía. Eso era antes, cuando no había televisión (en la prehistoria), así que sólo tenía fotos de periódicos para copiar su manera de batear.

Cuando era joven, mi padre me llevó al estadio de los Yankees. Ésa fue la única vez que vi jugar a Joe DiMaggio. En mi mente es como si estuviera allí; puedo verlo batear y veo la pelota de béisbol blanca volando hacia las gradas en el medio campo.

Nunca jugué al béisbol tan bien como mi héroe de la niñez; pero las pocas veces que le pegué bien a la pelota, copié su poderoso swing tanto como pude.

Cuando elegimos héroes, comenzamos a copiar, consciente o inconscientemente, lo que más admiramos de ellos.

Afortunadamente, mis padres sabios pusieron a grandes héroes en mi camino cuando era niño. Mi padre me llevó al estadio Yankee sólo una vez para ver a mi jugador de béisbol, pero cada domingo me permitió ver a un hombre del sacerdocio que se convirtió en un héroe. Ese héroe moldeó mi vida. Mi padre era el presidente de una pequeña rama que se reunía en nuestro hogar. Por cierto, si bajábamos al primer piso el domingo por la mañana, ya estaban en la capilla. Nunca asistieron más de 30 personas a nuestra rama.

Había un joven que llevaba a su madre a nuestra casa para las reuniones, pero él nunca entraba. No era miembro. Fue mi padre quien logró que entrara al acercarse a donde él había estacionado su auto e invitarlo a nuestro hogar. El joven se bautizó y llegó a ser mi primer y único líder del Sacerdocio Aarónico; se convirtió en mi héroe del sacerdocio. Aún recuerdo la estatuilla de madera que me dio como premio después de haber completado un proyecto de cortar leña para una viuda. He intentado ser como él cada vez que elogio en forma justificada a un siervo de Dios.

Elegí a otro héroe en nuestra pequeña rama de la Iglesia. Era un infante de marina de los Estados Unidos que venía a las reuniones con su uniforme verde de infante de marina. Era la época de la guerra, así que tan solo por eso era mi héroe. La infantería de marina lo había enviado a la Universidad de Princeton para continuar su educación académica. Pero más allá de admirar su uniforme militar, lo veía jugar en el estadio Palmer como capitán del equipo de fútbol americano de la Universidad de Princeton. Lo vi jugar en el equipo de básquetbol de la universidad y también lo vi jugar como el receptor estrella de su equipo de béisbol.

Y lo que es más, vino a mi casa durante la semana a mostrarme cómo tirar una pelota de básquetbol tanto con mi mano derecha como izquierda. Me dijo que necesitaría esa habilidad porque algún día jugaría básquetbol en buenos equipos. No me di cuenta en ese momento, pero por años él fue, para mí, un ejemplo de un verdadero hombre del sacerdocio.

Cada uno de ustedes será un ejemplo de un hombre del sacerdocio, ya sea que lo quieran o no. Ustedes se convirtieron en una vela encendida cuando aceptaron el sacerdocio. El Señor los puso en el candelero para iluminar el camino de toda persona que los rodea, en especial para los de su quórum del sacerdocio. Pueden ser un gran ejemplo, uno común y corriente, o un ejemplo malo. Pueden pensar que a ustedes no les importa, pero al Señor sí le importa. Él lo dijo de esta manera:

“Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.

“Ni se enciende una vela y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”1.

He sido bendecido con ejemplos de grandes poseedores del sacerdocio en los quórumes en los que tuve la suerte de prestar servicio. Ustedes pueden hacer lo que ellos han hecho por mí al ser un ejemplo que los demás sigan.

He observado tres características comunes de los poseedores del sacerdocio que eran mis héroes. Una es el modelo de la oración, la segunda es el hábito del servicio y la tercera es la firme decisión de ser honrado.

Todos oramos, pero el poseedor del sacerdocio que ustedes desean ser ora con frecuencia y con verdadera intención. En la noche, ustedes se arrodillarán y agradecerán a Dios las bendiciones del día. Le darán las gracias por sus padres, sus maestros y los grandes ejemplos a seguir. Describirán en sus oraciones específicamente quién ha bendecido su vida y cómo durante ese día. Eso tomará más de unos minutos y tendrán que pensar. Los sorprenderá y los cambiará.

Al orar para recibir perdón, sin darse cuenta empezarán a perdonar a los demás. Al agradecer a Dios por Su bondad, pensarán en los nombres de otras personas que necesitan de su bondad. De nuevo, la experiencia los va a sorprender cada día y, con el tiempo, los cambiará.

Una forma en la que cambiarán debido a esa oración ferviente es que verdaderamente sentirán que son hijos de Dios, se los prometo. Cuando sepan que son hijos de Dios, también sabrán que Él espera mucho de ustedes. Porque son Sus hijos, Él esperará que sigan Sus enseñanzas y las enseñanzas de Su querido Hijo Jesucristo. Él esperará que sean generosos y bondadosos hacia los demás. Él se decepcionará si son orgullosos y egocéntricos. Él los bendecirá para que tengan el deseo de poner el interés de los demás sobre el suyo propio.

Algunos de ustedes ya son un ejemplo del servicio desinteresado en el sacerdocio. En templos por todo el mundo, los poseedores del sacerdocio llegan antes del amanecer y muchos prestan servicio incluso hasta después del anochecer. No hay reconocimiento ni alabanzas públicas en este mundo por ese sacrificio de tiempo y esfuerzo. Yo he ido con jóvenes a servir a aquellos del mundo de los espíritus, que no pueden reclamar las bendiciones del templo por ellos mismos.

Al ver la felicidad más que la fatiga en los rostros de aquellos quienes sirven allí temprano y tarde, sé que hay grandes recompensas en esta vida por ese tipo de servicio desinteresado del sacerdocio, pero eso es sólo una muestra del gozo que compartirán con aquellos a quienes han servido en el mundo de los espíritus.

He visto esa misma felicidad en los rostros de quienes hablan a los demás sobre las bendiciones que provienen de pertenecer al reino de Dios. Conozco a un presidente de rama que casi todos los días lleva gente a los misioneros para que les enseñen. Hace sólo unos meses, él no era miembro de la Iglesia; ahora hay misioneros enseñando y una rama que crece en números y fortaleza debido a él. Pero más que eso, él es una luz para otras personas que abrirán su boca y por lo tanto apresurarán el recogimiento del Señor de los hijos del Padre Celestial.

Al orar y servir a los demás, su conocimiento de que son hijos de Dios y sus sentimientos acerca de Él aumentarán. Comprenderán mejor que Él se entristece si son deshonestos; tendrán más determinación de cumplir sus promesas a Dios y a los demás. Serán más conscientes de no tomar algo que no les pertenece; serán más honrados con sus empleadores; tendrán más determinación de llegar a tiempo y completar cada tarea que el Señor les asigne y que han aceptado realizar.

Más que preguntarse si sus maestros orientadores vendrán, los niños de las familias a quienes se les ha asignado visitar esperarán con ansia su visita. Mis hijos han tenido esa bendición. Mientras crecían, tuvieron héroes del sacerdocio que los ayudaron a establecer su propio curso para servir al Señor. Ese bendito ejemplo ahora está pasando a la tercera generación.

Mi mensaje también es de agradecimiento.

Les agradezco sus oraciones. Les agradezco que se arrodillen reconociendo que no tienen todas las respuestas. Ustedes oran al Dios del Cielo para expresar su gratitud e invocar Sus bendiciones en la vida y para su familia. Les agradezco su servicio y las veces que no sintieron la necesidad de recibir reconocimiento por su servicio.

Hemos aceptado la advertencia del Señor de que si buscamos crédito en este mundo por nuestro servicio, renunciaremos a bendiciones mayores. Recordarán estas palabras:

“Mirad que no deis vuestra limosna delante de los hombres para ser vistos por ellos; de otra manera, no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.

“Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa.

“Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha,

“para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público”2.

Quienes han sido mis ejemplos de grandes poseedores del sacerdocio no reconocen fácilmente que poseen cualidades heroicas. De hecho, al parecer se les dificulta ver esas cosas que yo tanto admiro en ellos. Mencioné que mi padre fue un presidente fiel de una pequeña rama de la Iglesia en Nueva Jersey. Posteriormente, fue miembro de la mesa directiva general de la Escuela Dominical para la Iglesia. Sin embargo, hoy soy cauto en hablar modestamente sobre su servicio en el sacerdocio, porque él era modesto.

Lo mismo es cierto en cuanto al infante de marina que fue mi héroe de la infancia. Él nunca me habló de su servicio en el sacerdocio o de sus logros; simplemente prestó servicio. Supe de su fidelidad por medio de otras personas. Incluso no sé si él veía en sí mismo las características que yo admiraba de él.

Por lo tanto, mi consejo para ustedes que quieren bendecir a otras personas con su sacerdocio se refiere a su vida, la cual es privada para todos, excepto para Dios.

Oren a Dios; agradézcanle todo lo bueno en su vida. Pídanle saber a qué personas Él ha puesto en su camino para que ustedes les presten servicio. Supliquen que Él los ayude a prestar ese servicio. Oren para que puedan perdonar y ser perdonados; luego sírvanlos, ámenlos y perdónenlos.

Sobre todo, recuerden que de todo el servicio que dan, ninguno es más grande que ayudar a las personas a escoger llegar a ser dignos de obtener la vida eterna. Dios ha dado esa instrucción preponderante sobre cómo usar nuestro sacerdocio. Él es el ejemplo perfecto de ello. Éste es el ejemplo que vemos, en pequeña porción, en los mejores de Sus siervos mortales:

“Y Dios el Señor habló a Moisés, diciendo: Los cielos son muchos, y son innumerables para el hombre; pero para mí están contados, porque son míos.

“Y así como dejará de existir una tierra con sus cielos, así aparecerá otra; y no tienen fin mis obras, ni tampoco mis palabras.

“Porque, he aquí, ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”3.

Debemos ayudar en esa obra. Cada uno de nosotros puede marcar la diferencia. Hemos sido preparados para nuestro tiempo y lugar en los últimos días de esa obra sagrada. Cada uno de nosotros ha sido bendecido con ejemplos de quienes han hecho de esa obra el propósito más importante de su tiempo aquí en la tierra.

Ruego que podamos ayudarnos mutuamente a estar a la altura de esa oportunidad.

Dios el Padre vive y contestará sus oraciones pidiendo la ayuda que necesitan para servirle bien. Jesucristo es el Señor resucitado. Ésta es Su Iglesia. El sacerdocio que poseen es el poder de actuar en Su nombre en Su obra para servir a los hijos de Dios. Al dar todo su corazón a esta obra, Él los magnificará. Lo prometo en el nombre de Jesucristo. Amén.