Deseo compartir con ustedes esas verdades cuyo conocimiento es de mayor valor.

Las épocas de guerra o de incertidumbre nos hacen dirigir la atención hacia las cosas que realmente importan.

La Segunda Guerra Mundial fue una época de gran confusión espiritual para mí. Había dejado mi hogar en Brigham City, Utah, EE.UU. con tan sólo pedacitos de un testimonio, y sentía la necesidad de algo más. Prácticamente todos los estudiantes del último año de mi secundaria estaban camino a la zona de batalla en cuestión de semanas. Mientras estaba estacionado en la isla de Lejima, al norte de Okinawa, Japón, libraba una lucha contra la duda y la incertidumbre. Deseaba un testimonio personal del Evangelio. ¡Deseaba saber!

Durante una noche de insomnio dejé mi tienda y entré en un refugio construido con tanques de combustible de 190 litros llenos de arena y colocados en línea, uno sobre otro, formando un cercado. No tenía techo, así que me metí allí, miré al cielo estrellado y me arrodillé a orar.

Sucedió hacia la mitad de mi oración. No podría describirles lo que pasó aunque quisiera sinceramente; está más allá de mi capacidad de expresión, pero es tan real hoy como lo fue aquella noche, hace más de 65 años. Supe que era una señal muy íntima y muy personal. Al fin sabía por mí mismo. Yo sabía con certeza, porque me había sido concedido. Al cabo de un rato salí de aquel refugio y caminé, o más bien floté, de vuelta a mi cama. Pasé el resto de la noche lleno de gozo y asombro.

Lejos de pensar que yo era alguien especial, pensé que si tal cosa me había sucedido a mí, podía sucederle a cualquier persona. Todavía creo eso. En los años que han pasado he llegado a comprender que una experiencia así es, al mismo tiempo, una luz a seguir y una carga que asumir.

Deseo compartir con ustedes aquellas verdades cuyo conocimiento es de mayor valor, las cosas que he aprendido y experimentado en mis casi 90 años de vida y más de 50 años como Autoridad General. Mucho de lo que he llegado a saber entra en la categoría de las cosas que no se pueden enseñar, pero se pueden aprender.

Como la mayoría de las cosas de gran valor, el conocimiento que tiene un valor eterno se obtiene sólo mediante la oración personal y la meditación. Éstas, junto con el ayuno y el estudio de las Escrituras, traerán impresiones, revelaciones y los susurros del Santo Espíritu. Eso nos proporciona instrucción de lo alto a medida que aprendemos precepto por precepto.

Las revelaciones prometen que “cualquier principio de inteligencia que logremos en esta vida se levantará con nosotros en la resurrección” y que “conocimiento e inteligencia [se obtienen] por medio de… diligencia y obediencia” (D. y C. 130:18–19).

Una verdad eterna que he llegado a saber es que Dios vive. Él es nuestro Padre. Nosotros somos Sus hijos. “Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo” (Artículos de Fe 1:1).

De todos los demás títulos que pudo haber usado, Él escogió ser llamado “Padre”. El Salvador mandó: “De esta manera, pues, orad: Padre nuestro que estás en los cielos” (3 Nefi13:9; véase también Mateo 6:9). Su uso del nombre “Padre” es una lección para todos a medida que llegamos a comprender qué es lo que más importa en esta vida.

Ser padres es un privilegio sagrado y, si se es fiel, puede ser una bendición eterna. El propósito final de toda actividad en la Iglesia es que el hombre, su esposa y sus hijos puedan ser felices en el hogar.

A los que no están casados o no pueden tener hijos no se les priva de las bendiciones eternas que anhelan pero que, de momento, permanecen fuera de su alcance. No siempre sabemos ni cómo ni cuándo llegarán las bendiciones, pero la promesa de progreso eterno no será negada a ninguna persona fiel que haga y guarde convenios sagrados.

Sus anhelos secretos y sus lágrimas de súplica tocarán el corazón tanto del Padre como del Hijo. Ellos les darán una íntima certeza de que su vida será plena y de que no se perderán de ninguna bendición esencial.

Como siervo del Señor, y en el oficio al que he sido ordenado, a quienes se encuentran en esas circunstancias doy la promesa de que no habrá nada esencial para su salvación y exaltación que no les sea dado a su debido tiempo. Los brazos ahora vacíos se llenarán y los corazones ahora anhelantes y heridos por los sueños rotos serán sanados.

Otra verdad que he llegado a saber es que el Espíritu Santo es real. Él es el tercer miembro de la Trinidad. Su misión es testificar de la verdad y la rectitud. Se manifiesta de muchas maneras, incluyendo sentimientos de paz y seguridad. Él puede, además, brindar consuelo, guía y corrección cuando es necesario. La compañía del Espíritu Santo se mantiene a lo largo de nuestra vida al llevar una vida recta.

El don del Espíritu Santo se confiere mediante una ordenanza del Evangelio. Una persona con autoridad pone sus manos sobre la cabeza de un nuevo miembro de la Iglesia y dice las palabras: “Recibe el Espíritu Santo”.

Esta ordenanza por sí sola no nos transforma de manera evidente, pero si escuchamos y seguimos las impresiones, recibiremos la bendición del Espíritu Santo. Cada hijo e hija de nuestro Padre Celestial puede llegar a conocer la realidad de la promesa de Moroni: “…por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5; cursiva agregada).

Una verdad divina que he obtenido en mi vida es mi testimonio del Señor Jesucristo.

Ante todo y sosteniendo todo lo que hacemos, afianzado de principio a fin en las revelaciones, está el nombre del Señor, que es la autoridad por la cual actuamos en la Iglesia. Cada oración ofrecida, aún por los pequeñitos, se termina en el nombre de Jesucristo. Cada bendición, cada ordenanza, cada ordenación, cada acto oficial se efectúa en el nombre de Jesucristo. Es Su Iglesia y lleva Su nombre: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (véase D. y C. 115:4).

Hubo un gran acontecimiento en el Libro de Mormón cuando los nefitas “pedían al Padre en [el nombre del Señor]”. El Señor apareció y preguntó:

“¿Qué queréis que os dé?

“Y ellos le dijeron: Señor, deseamos que nos digas el nombre por el cual hemos de llamar esta iglesia; porque hay disputas entre el pueblo concernientes a este asunto.

“Y el Señor les dijo: De cierto, de cierto os digo: ¿Por qué es que este pueblo ha de murmurar y disputar a causa de esto?

“¿No han leído las Escrituras que dicen que debéis tomar sobre vosotros el nombre de Cristo, que es mi nombre? Porque por este nombre seréis llamados en el postrer día;

“y el que tome sobre sí mi nombre, y persevere hasta el fin, éste se salvará…

“Por tanto, cualquier cosa que hagáis, la haréis en mi nombre, de modo que daréis mi nombre a la iglesia; y en mi nombre pediréis al Padre que bendiga a la iglesia por mi causa” (3 Nefi 27:2–7).

Es Su nombre, Jesucristo, “porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12).

En la Iglesia sabemos quién es Él: Jesucristo, el Hijo de Dios. Él es el Unigénito del Padre. Él es Aquél que fue asesinado y Aquél que vive de nuevo. Él es nuestro Abogado ante el Padre. “…recordad que es sobre la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios, donde [debemos] establecer [nuestro] fundamento…” (Helamán 5:12). Él es el ancla que nos sujeta y nos protege a nosotros y a nuestra familia a través de las tormentas de la vida.

Cada domingo por todo el mundo, allí donde congregaciones de cualquier nacionalidad o idioma se reúnen, la Santa Cena se bendice con las mismas palabras. Tomamos sobre nosotros el nombre de Cristo y prometemos recordarle siempre. Eso está grabado en nosotros.

El profeta Nefi declaró: “Y hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:26).

Cada uno de nosotros debe obtener su propio testimonio personal del Señor Jesucristo. Y después compartimos ese testimonio con nuestra familia y con los demás.

En este proceso, recordemos que hay un adversario que busca personalmente frustrar la obra del Señor. Debemos escoger a quién seguir. Nuestra protección es tan sencilla como decidir individualmente seguir al Salvador, asegurándonos de permanecer fielmente a Su lado.

En el Nuevo Testamento, Juan registra que hubo algunos que fueron incapaces de comprometerse con el Salvador y Sus enseñanzas, y “desde entonces, muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con él.

“Dijo entonces Jesús a los doce: ¿También vosotros queréis iros?

“Y le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

“Y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Juan 6:66–69).

Pedro había aprendido lo que todo seguidor del Salvador puede aprender: para estar fielmente comprometido con Jesucristo, lo aceptamos como nuestro Redentor y hacemos todo lo que podemos por vivir Sus enseñanzas.

Después de todos los años que he vivido, enseñado y servido, después de millones de kilómetros recorridos por el mundo, con todo lo que he experimentado, hay una gran verdad que desearía compartir. Se trata de mi testimonio del Salvador Jesucristo.

José Smith y Sidney Rigdon registraron lo siguiente tras una sagrada experiencia:

“Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!

“Porque los vimos…” (D. y C. 76:22–23).

Sus palabras son mis palabras.

Yo creo y yo estoy seguro de que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y que Él vive. Él es el Unigénito del Padre, y “por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y C. 76:24).

Expreso mi testimonio de que el Salvador vive. Yo conozco al Señor. Soy Su testigo. Sé de Su gran sacrificio y Su eterno amor por todos los hijos del Padre Celestial. Comparto mi testimonio especial con toda humildad, pero con absoluta certeza; en el nombre de Jesucristo. Amén.