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Octubre 2015 | Sean un ejemplo y una luz

Sean un ejemplo y una luz

Octubre 2015 Conferencia general

Al seguir el ejemplo del Salvador, tendremos la oportunidad de ser una luz en la vida de otras personas.

Hermanos y hermanas, ¡qué bueno es estar con ustedes nuevamente! Como saben, desde que estuvimos reunidos en abril, nos ha entristecido el fallecimiento de tres de nuestros amados apóstoles: el presidente Boyd K. Packer, el élder L. Tom Perry y el élder Richard G. Scott. Ellos han regresado a su hogar celestial y los extrañamos. Cuán agradecidos estamos por su ejemplo de amor semejante al de Cristo y por las enseñanzas inspiradas que nos han dejado a todos nosotros.

Les extendemos una sincera bienvenida a nuestros nuevos apóstoles, el élder Ronald A. Rasband, el élder Gary E. Stevenson y el élder Dale G. Renlund. Ellos son hombres dedicados a la obra del Señor y están bien preparados para los llamamientos importantes a los que han sido llamados.

Hace poco, al leer y meditar las Escrituras, dos pasajes en particular se me han grabado en la mente y ambos son muy conocidos. El primero es del Sermón del Monte: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”1. El segundo es uno que me vino a la mente mientras reflexionaba en el significado del primero. Es de la epístola del apóstol Pablo a Timoteo: “… sé ejemplo de los creyentes en palabra, en conducta, en amor, en espíritu, en fe y en pureza”2.

Creo que el segundo pasaje explica en gran medida la forma en la que logramos el primero. Llegamos a ser ejemplo de los creyentes al vivir el evangelio de Jesucristo en palabra, en conducta, en amor, en espíritu, en fe y en pureza. Al hacerlo de esa manera, nuestra luz alumbrará para que otras personas la vean.

Cada uno de nosotros vino a la tierra habiendo recibido la luz de Cristo. Al seguir el ejemplo del Salvador y vivir como Él vivió y enseñó, esa luz arderá en nosotros e iluminará el camino para los demás.

El apóstol Pablo enumera los seis atributos de un creyente, atributos que permitirán que nuestra luz brille. Analicemos cada uno de ellos.

Menciono los dos primeros atributos juntos, ser un ejemplo en palabra y en conducta. Las palabras que usamos pueden elevar e inspirar o pueden herir o degradar. En el mundo de hoy, hay una abundancia de lenguaje vulgar que parece que nos rodeara casi a cada paso que damos. Es difícil evitar escuchar los nombres de la Deidad que se usan en forma casual y sin pensar. Los comentarios groseros parecen haberse convertido en un ingrediente básico de la televisión, las películas, los libros y la música; se intercambian libremente comentarios difamatorios y lenguaje colérico. Dirijámonos a los demás con amor y respeto, usando siempre un lenguaje puro y evitando decir palabras o comentarios que hieran u ofendan. Ruego que sigamos el ejemplo del Salvador, quien habló de tolerancia y amabilidad durante todo Su ministerio.

El siguiente atributo que mencionó Pablo es la caridad, que ha sido definida como el amor puro de Cristo3. Estoy seguro que en nuestra esfera de influencia hay aquellos que están solos, enfermos y aquellos que se sienten desanimados. Tenemos la oportunidad de ayudarlos y de levantarles el ánimo. El Salvador trajo esperanza al desesperanzado, fortaleza al débil; sanó al enfermo; hizo que el paralítico caminara, que el ciego viera y que el sordo oyera, e incluso revivió a los muertos. Durante todo Su ministerio Él tendió la mano mostrando caridad a cualquier persona en necesidad. Al emular Su ejemplo, bendeciremos la vida de los demás, y la nuestra.

El siguiente, debemos ser un ejemplo en espíritu. Para mí eso significa esforzarnos por tener amabilidad, gratitud, perdón y buena voluntad. Esas cualidades nos brindarán un espíritu que tocará la vida de aquellos que nos rodean. A través de los años, he tenido la oportunidad de relacionarme con innumerables personas que poseen ese espíritu. Tenemos un sentimiento especial al estar con ellas, un sentimiento que hace que deseemos relacionarnos con ellas y seguir su ejemplo; ellas irradian la luz de Cristo y nos ayudan a sentir Su amor.

Para ilustrar que otras personas reconocen la luz que proviene de un espíritu amoroso y puro, les compartiré una experiencia de hace muchos años.

En esa época, los líderes de la Iglesia se reunieron con funcionarios en Jerusalén para concertar un contrato de arrendamiento para el terreno en el que se construiría el Centro de Jerusalén de la Iglesia. A fin de obtener los permisos necesarios, la Iglesia tuvo que aceptar que los miembros que ocuparían el centro no harían proselitismo. Después de firmarse el contrato, uno de los funcionarios israelitas, que estaba bien familiarizado con la Iglesia y sus miembros, comentó que él sabía que la Iglesia cumpliría el acuerdo de no proselitismo; “pero”, dijo él, refiriéndose a los alumnos que asistirían allí: “¿qué [vamos] a hacer con la luz que ilumina sus ojos?”4. Ruego que esa luz especial brille siempre en nosotros, y que otras personas puedan reconocerla y apreciarla.

Ser un ejemplo de fe significa que confiamos en el Señor y en Su palabra. Significa que poseemos y que fomentamos las creencias que guiarán nuestros pensamientos y nuestras acciones. Nuestra fe en el Señor Jesucristo y en nuestro Padre Celestial influirá en todo lo que hagamos. En medio de la confusión de nuestra época, de los conflictos de conciencia y de la agitación del diario vivir, la fe duradera llega a ser un ancla para nuestra vida. Recuerden que la fe y la duda no pueden existir en la misma mente al mismo tiempo, porque una hará desvanecer a la otra. Repito lo que se ha dicho reiteradamente, que a fin de obtener y mantener la fe que necesitamos, es esencial que leamos, estudiemos y meditemos las Escrituras; la comunicación con nuestro Padre Celestial mediante la oración es fundamental. No podemos permitirnos descuidar estas cosas porque el adversario y sus huestes están buscando sin cesar el punto débil de nuestra armadura, una falla en nuestra fidelidad. El Señor dijo: “Escudriñad diligentemente, orad siempre, sed creyentes, y todas las cosas obrarán juntamente para vuestro bien”5.

Por último, debemos ser puros, lo que significa que somos limpios en cuerpo, mente y espíritu. Sabemos que nuestro cuerpo es un templo y que debe tratarse con reverencia y respeto. Nuestra mente debe estar llena de pensamientos que eleven y ennoblezcan y libre de aquello que corrompe. A fin de tener el Espíritu Santo como nuestro compañero constante, debemos ser dignos. Hermanos y hermanas, la pureza nos brindará serenidad mental y nos hará merecedores de recibir las promesas del Salvador. Él dijo: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios”6.

Al demostrar que somos ejemplos en palabra, en conducta, en amor, en espíritu, en fe y en pureza, seremos dignos de ser la luz del mundo.

Permítanme decirles a todos, y de manera especial a ustedes, jóvenes, que conforme el mundo se aleja más y más de los principios y las pautas que nos dio un amoroso Padre Celestial, sobresaldremos de la multitud porque somos diferentes. Sobresaldremos porque vestimos con modestia; seremos diferentes porque no usaremos lenguaje vulgar y porque no participaremos de substancias que sean dañinas para nuestro cuerpo. Seremos diferentes porque evitaremos los chistes inapropiados y los comentarios degradantes. Seremos diferentes al decidir no llenar nuestra mente con opciones de multimedia que son viles y degradantes y que harán que el Espíritu deje nuestro hogar y nuestra vida. Sin duda sobresaldremos al tomar decisiones en cuanto a la moral, decisiones que se adhieran a los principios y las normas del Evangelio. Aquellas cosas que nos diferencian de gran parte del mundo también nos proporcionan esa luz y ese espíritu que alumbrará a un mundo cada vez más sombrío.

A menudo es difícil ser diferente y estar solo en medio de la multitud. Es natural sentir temor de lo que otras personas podrían pensar o decir, pero son de gran consuelo las palabras del salmo: “Jehová es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?”7. Al hacer de Cristo el centro de nuestra vida, el valor que nace de nuestras convicciones reemplazará al temor.

La vida no es perfecta para ninguno de nosotros, y a veces es posible que los desafíos y las dificultades que afrontemos lleguen a abrumarnos, haciendo que nuestra luz se debilite. Sin embargo, con la ayuda de nuestro Padre Celestial, unida al apoyo de otras personas, podemos recuperar esa luz que iluminará nuestro propio sendero otra vez y proporcionar la luz que otras personas puedan necesitar.

A fin de ilustrarlo, les comparto las conmovedoras palabras de uno de mis poemas favoritos que leí por primera vez hace muchos años:

Una noche a un extraño vi,

con su lámpara apagada;

Me detuve y permití

que con la mía la encendiera.

Surgió luego una tormenta

que el orbe entero sacudió;

Antes de calmarse,

el viento mi lámpara extinguió.

Regresó al cabo el extraño

con su lámpara brillante,

y con su llama preciosa

la mía prendió al instante8.

Mis hermanos y hermanas, estamos rodeados de oportunidades para brillar cada día, en cualquier situación en la que nos encontremos. Al seguir el ejemplo del Salvador, tendremos la oportunidad de ser una luz en la vida de otras personas, ya sean nuestros parientes y amigos, nuestros compañeros de trabajo, personas apenas conocidas o totalmente desconocidas.

A cada uno de ustedes le digo que son hijos e hijas de nuestro Padre Celestial. Han venido de Su presencia a vivir en esta tierra por un tiempo, para reflejar el amor y las enseñanzas del Salvador y para permitir con valor que su luz alumbre. Cuando ese tiempo en la tierra haya concluido, si han hecho su parte, tendrán la gloriosa bendición de volver a vivir con Él para siempre.

Qué tranquilizadoras son las palabras del Salvador: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”9. De Él testifico. Él es nuestro Salvador y Redentor, nuestro Abogado ante el Padre. Él es nuestro Ejemplo y nuestra fortaleza. Él es “… la luz que brilla en las tinieblas”10. Que cada uno de nosotros al sonido de mi voz nos comprometamos a seguirlo, y de ese modo llegar a ser la luz que alumbra al mundo; es mi ruego en Su santo nombre, a saber, Jesucristo el Señor. Amén.

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