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Octubre 2015 | “Si me amáis, guardad mis mandamientos”

“Si me amáis, guardad mis mandamientos”

Octubre 2015 Conferencia general

Los mandamientos de Dios son una manifestación de Su amor por nosotros, y la obediencia a Sus mandamientos es una expresión de nuestro amor por Él.

Cuando nuestra hija mayor, Jennifer, llevó a su tercera hija del hospital a su hogar, fui a su casa para ayudar. Después de que su hija mayor se fue a la escuela, decidimos que lo que más necesitaba Jennifer era descansar, así que, la mejor ayuda que podía darle era llevarme a su segunda hija, Chloe, a mi casa para que su mamá y la bebé pudieran tener un poco de tranquilidad.

Abroché a Chloe en su silla en el auto, me coloqué mi cinturón de seguridad y salí de la entrada del garaje. Sin embargo, antes que llegáramos al final de la calle, Chloe había desabrochado el cinturón de la silla y estaba de pie, mirando sobre mi hombro y ¡hablándome! Detuve el auto al lado del camino, salí y la abroché a su silla.

Seguí conduciendo, pero después de una corta distancia, ella se había salido de su silla de nuevo. Repetí los mismos pasos, pero esta vez, antes de que pudiera subirme al auto y colocarme el cinturón, ¡Chloe ya estaba de pie!

Me encontraba sentada en el auto, estacionada a un lado de la calle, teniendo una lucha de poder con una niña de tres años y ¡ella estaba ganando!

Utilicé todas las ideas que se me ocurrieron para convencerla de que mantenerse abrochada a su silla era una buena idea. ¡Ella no estaba convencida! Finalmente decidí probar el enfoque de si haces algo por mí, entonces haré algo por ti.

Dije: “Chloe, si permaneces abrochada a tu silla, entonces, tan pronto como lleguemos a la casa de la abuela, podemos jugar con plastilina”.

No hubo respuesta.

“Chloe, si permaneces abrochada a tu silla, entonces podemos hacer pan cuando lleguemos a la casa de la abuela”.

No hubo respuesta.

Probé de nuevo. “Chloe, si permaneces abrochada a tu silla, ¡entonces podemos detenernos en la tienda para comprar un dulce!”.

Después de tres intentos, me di cuenta de que era inútil. Ella estaba decidida y nada que le ofreciera hacer sería suficiente para convencerla de permanecer abrochada a su silla.

No podíamos pasar el día sentadas a un lado de la calle, pero quería ser obediente a la ley y no era seguro conducir con Chloe de pie. Ofrecí una oración en silencio y escuché que el Espíritu susurró: “Enséñale”.

Me volteé hacia ella y me desabroché mi cinturón de seguridad, estirándolo para que ella pudiera verlo. Le dije: “Chloe, me pongo el cinturón de seguridad porque me protegerá; pero tú no tienes puesto tu cinturón y no estarás segura. Me sentiré muy triste si te lastimas”.

Ella me miró; casi podía ver su mente dar vueltas mientras esperaba ansiosamente su respuesta. Finalmente sus grandes ojos azules brillaron y dijo: “Abuela, ¡quieres que me ponga mi cinturón de seguridad porque me amas!”.

El Espíritu inundó el auto mientras le expresaba mi amor. No quería perder ese sentimiento, pero sabía que era mi oportunidad, así que salí y la abroché a su silla. Entonces le pregunté: “Chloe, ¿te quedarás en tu silla por favor?”; ¡y ella lo hizo todo el camino a la tienda para comprar un dulce! Y se quedó abrochada todo el camino de la tienda a mi casa, donde hicimos pan y jugamos con plastilina, porque ¡Chloe no lo olvidó!

Cuando seguí manejando por la calle ese día, vino una Escritura a mi mente: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”1. Tenemos reglas para enseñar, guiar y proteger a los niños. ¿Por qué? Por el gran amor que tenemos por ellos; pero hasta que Chloe entendió que mi deseo de que ella permaneciera abrochada a su silla era porque la amaba, no estuvo dispuesta a someterse a lo que consideraba una restricción. Sentía que su cinturón de seguridad restringía su libertad.

Al igual que Chloe, podemos escoger ver los mandamientos como restricciones. Quizás sintamos, en ocasiones, que las leyes de Dios restringen nuestra libertad personal, nos quitan nuestro albedrío y limitan nuestro crecimiento; pero al buscar mayor entendimiento, cuando permitamos que nuestro Padre nos enseñe, comenzaremos a ver que Sus leyes son una manifestación de Su amor por nosotros, y la obediencia a Sus leyes es una expresión de nuestro amor por Él.

Si se encuentran estacionados a un lado del camino, en sentido figurado, ¿puedo sugerirles algunos principios que, si se siguen, los ayudarán a regresar con seguridad al camino de fe y obediencia?2.

Primero: Confíen en Dios. Confíen en Su plan eterno para ustedes. Cada uno de nosotros es “un amado hijo o hija procreado como espíritu por padres celestiales”. Su amor por nosotros es evidente en los mandamientos. Los mandamientos son instrucciones vitales para enseñarnos, guiarnos y protegernos al “ganar experiencia terrenal”3.

En el “mundo premortal” utilizamos nuestro albedrío para aceptar el plan de Dios4 y aprendimos que la obediencia a la ley eterna de Dios era vital para nuestro éxito en Su plan. Las Escrituras enseñan: “Hay una ley, irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendiciones se basan”5. Si obedecemos la ley, recibimos las bendiciones.

Aun con todos los errores, oposición y aprendizaje que acompañan a nuestra experiencia terrenal, Dios nunca olvida nuestro potencial eterno, incluso cuando nosotros lo hacemos. Podemos confiar en Él “porque Dios quiere que Sus hijos regresen a Él”6 y ha proporcionado una vía por medio de la expiación de Su Hijo, Jesucristo. La Expiación “es la esencia del Plan de Salvación”7.

Segundo: Confíen en Jesús. La expresión más grande de obediencia y amor puro es la expiación de Jesucristo. Él dio Su vida por nosotros al someterse a la voluntad de Su Padre. Él dijo: “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”8.

Jesús enseñó:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente.

“Éste es el primero y grande mandamiento.

Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”9.

Cada domingo tenemos la oportunidad de meditar y recordar el amor puro de nuestro Salvador cuando participamos de los emblemas de Su expiación infinita. Durante la Santa Cena, observo cuando las manos y los brazos se extienden para pasar el pan y el agua. Al extender mi brazo y participar, hago convenio de que estoy dispuesta a tomar sobre mí Su nombre, a recordarle siempre y a guardar Sus mandamientos; y Él promete “que siempre [podremos] tener su Espíritu [con nosotros]”10.

Tercero: Confíen en los susurros del Espíritu. ¿Recuerdan que durante mi experiencia con Chloe el Espíritu me susurró una Escritura? Está en Juan 14:15: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”; y le siguen estos importantes versículos:

“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre:

“El Espíritu de verdad, al que el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y estará en vosotros”11.

Cada miembro digno que ha sido confirmado en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tiene derecho a la compañía del Espíritu Santo. El ayuno, la oración, el estudio de las Escrituras y la obediencia aumentan significativamente nuestra habilidad de escuchar y sentir los susurros del Espíritu.

Cuando su mente se llene de duda y confusión, el Padre y el Hijo les enviarán el Espíritu Santo para advertirles y guiarlos a salvo a través de los peligros de esta jornada terrenal. Les ayudará a recordar, los consolará y los llenará “de esperanza y de amor perfecto”12.

Cuarto: Confíen en el consejo de los profetas vivientes. Nuestro Padre ha proporcionado una manera para que escuchemos Su palabra y conozcamos Su ley por medio de Sus profetas. El Señor declaró: “mi palabra… toda será cumplida, sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo”13.

Recientemente, los profetas vivientes nos han aconsejado que “[nos acordemos] del día del reposo para santificarlo”14 y vivamos la ley del ayuno. La obediencia a este consejo profético proporciona una manera para que seamos obedientes al mandamiento de Dios de amarlo a Él y a nuestro prójimo al aumentar nuestra fe en Jesucristo y extender nuestra mano para amar y cuidar a otras personas15.

Hay seguridad en seguir la palabra del Señor por medio de Sus profetas. Dios llamó al presidente Thomas S. Monson, a los consejeros en la Primera Presidencia y los miembros del Cuórum de los Doce Apóstoles como profetas, videntes y reveladores. En este mundo de temor, distracción, adversidad e ira crecientes, podemos observarlos para ver cómo los discípulos de Jesucristo, llenos de caridad, actúan, hablan y reaccionan frente a temas que podrían causar contención. Ellos testifican de Jesucristo y responden con caridad, el amor puro de Cristo, de quien son testigos.

Después de mi experiencia con Chloe, escudriñé las Escrituras para encontrar versículos que mencionaran los mandamientos y el amor. Encontré muchos. Sus mandamientos son una manifestación de Su amor por nosotros, y la obediencia a Sus mandamientos es una expresión de nuestro amor por Él.

Testifico que si confiamos en Dios, nuestro Padre Eterno; confiamos en Su Hijo Jesucristo y ejercemos fe en Su expiación; confiamos en los susurros del Espíritu y confiamos en el consejo de los profetas vivientes; hallaremos el rumbo desde el lado del camino y continuaremos con seguridad, no solo perseverando, sino sintiendo gozo en nuestro viaje a casa. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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