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Octubre 2016 | “Permaneced en mi amor”

“Permaneced en mi amor”

Octubre 2016 Conferencia general

El amor de Dios es infinito y perdurará para siempre, pero lo que signifique para cada uno de nosotros dependerá de cómo respondamos a Su amor.

La Biblia nos dice que “Dios es amor”1. Él es la personificación perfecta del amor, y nosotros dependemos en gran medida de la constancia y del alcance universal de ese amor. Como lo ha expresado el presidente Thomas S. Monson: “El amor de Dios está allí ya sea que sientan que merezcan amor o no; simplemente siempre está allí”2.

Se puede hablar del amor divino y describirlo de varias maneras. Uno de los términos que oímos a menudo hoy en día es que el amor de Dios es “incondicional”. Si bien en un sentido eso es verdad, el término “incondicional” no aparece en ninguna parte de las Escrituras. En cambio, en las Escrituras se describe Su amor como “grande y maravilloso amor”3, “perfecto amor”4, “amor que redime”5 y “amor eterno”6. Esas expresiones son mejores porque la palabra incondicional puede transmitir ideas incorrectas acerca del amor divino, tales como, que Dios tolera y excusa todo porque Su amor es incondicional, o que Dios no exige nada de nosotros porque Su amor es incondicional, o que todos son salvos en el reino celestial de Dios porque Su amor es incondicional. El amor de Dios es infinito y perdurará para siempre, pero lo que signifique para cada uno de nosotros dependerá de cómo respondamos a Su amor.

Jesús dijo:

“Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor.

“Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”7.

“Permanecer” en el amor del Salvador significa recibir Su gracia y ser perfeccionados por ella8. Para recibir Su gracia, debemos tener fe en Jesucristo y guardar Sus mandamientos, que incluye arrepentirnos de nuestros pecados, bautizarnos para la remisión de pecados, recibir el Espíritu Santo y permanecer en la senda de la obediencia9.

Dios siempre nos amará, pero Él no puede salvarnos en nuestros pecados10. Recuerden las palabras de Amulek a Zeezrom de que el Salvador no salvaría a Su pueblo en sus pecados, sino de sus pecados11, debido a que con el pecado somos impuros y que “ninguna cosa impura puede heredar el reino del cielo”12 ni morar en la presencia de Dios. “Y [Cristo] ha recibido poder, que le ha sido dado del Padre, para redimir a los hombres de sus pecados por motivo del arrepentimiento; por tanto, ha enviado a sus ángeles para declarar las nuevas de las condiciones del arrepentimiento, el cual conduce al poder del Redentor, para la salvación de sus almas”13.

Del Libro de Mormón aprendemos que el propósito del sufrimiento de Cristo, que es la manifestación suprema de Su amor, era “poner en efecto las entrañas de misericordia, que sobrepujan a la justicia y proveen a los hombres la manera de tener fe para arrepentimiento.

“Y así la misericordia satisface las exigencias de la justicia, y ciñe a los hombres con brazos de seguridad; mientras que aquel que no ejerce la fe para arrepentimiento queda expuesto a las exigencias de toda la ley de la justicia; por lo tanto, únicamente para aquel que tiene fe para arrepentimiento se realizará el gran y eterno plan de la redención”14.

El arrepentimiento, pues, es el don que Él nos concede, por el cual pagó un altísimo precio.

Algunas personas argumentarán que Dios bendice a todos por igual, citando, por ejemplo, la declaración de Jesús en el Sermón del Monte: “[Dios] hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos”15. Efectivamente, Dios hace llover sobre todos Sus hijos todas las bendiciones que Él puede dar, todas las bendiciones que el amor, la ley y la justicia permitan dar. Y Él nos manda que seamos igual de generosos:

“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen;

“para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos”16.

Sin embargo, las bendiciones más grandes de Dios se basan en la obediencia. El presidente Russell M. Nelson explicó: “El resplandeciente ramillete del amor de Dios, incluso la vida eterna, incluye bendiciones para las que debemos llenar ciertos requisitos, y no es algo a lo que tenemos derecho siendo indignos. Los pecadores no pueden someter la voluntad de Él a la de ellos y obligarle a que les bendiga estando en pecado [véase Alma 11:37]. Si desean disfrutar de cada flor de Su hermoso ramo, deben arrepentirse”17.

Además de declarar sin culpa y sin mancha a quien se arrepienta, con la promesa de ser “enaltecido en el postrer día”18, hay un segundo aspecto fundamental que viene por permanecer en el amor de Dios. El permanecer en Su amor nos facultará para alcanzar nuestro pleno potencial, para llegar a ser aun como Él es19. Como ha declarado el presidente Dieter F. Uchtdorf: “La gracia de Dios no nos restaura simplemente a nuestro estado de inocencia anterior… Su propósito es mucho más sublime: Él quiere que Sus hijos e hijas lleguen a ser como Él”20.

En este sentido, permanecer en el amor de Dios significa someterse plenamente a Su voluntad; significa aceptar Su corrección cuando sea necesario, “porque el Señor al que ama, disciplina”21; significa amarnos y servirnos los unos a los otros, como Jesús nos ha amado y servido22; significa aprender a “obedecer la ley de un reino celestial” a fin de que podamos “soportar una gloria celestial”23. Para que nuestro Padre Celestial pueda hacer de nosotros lo que podemos llegar a ser, Él nos suplica que nos sometamos “al influjo del Santo Espíritu, y [nos despojemos] del hombre natural, y [nos hagamos santos] por la expiación de Cristo el Señor, y [nos volvamos] como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente infligir sobre él, tal como un niño se somete a su padre”24.

El élder Dallin H. Oaks hizo la siguiente observación: “El juicio final no es simplemente una evaluación de la suma total de las obras buenas y malas, o sea, lo que hemos hecho. Es un reconocimiento del efecto final que tienen nuestros hechos y pensamientos, o sea, lo que hemos llegado a ser25.

La historia de Helen Keller es una especie de parábola que da a entender la forma en que el amor divino puede transformar un alma que está dispuesta. Helen nació en el estado de Alabama, Estados Unidos, en 1880. Cuando apenas tenía 19 meses, contrajo una enfermedad que no estaba diagnosticada, quedándose sorda y ciega. Ella era extremadamente inteligente y sentía frustración cuando trataba de entender y buscarle sentido a las cosas a su alrededor. Cuando Helen percibió los movimientos de los labios de los miembros de su familia y comprendió que usaban la boca para hablar, “se enfureció porque no podía seguir la conversación”26. Para cuando Helen tenía seis años, la necesidad que tenía de comunicarse y su frustración se intensificaron a tal grado que sufría “arrebatos de ira cada día, y en ocasiones, a cada hora”27.

Los padres de Helen contrataron a una maestra para su hija, una mujer llamada Anne Sullivan. Así como tenemos en Jesucristo a Alguien que comprende nuestras flaquezas28, Anne Sullivan había sufrido sus propias duras adversidades, por lo que entendía las dolencias de Helen. A los cinco años de edad, Anne había contraído una enfermedad que le ocasionó dolorosas cicatrices en las córneas, dejándola casi ciega. Su madre murió cuando Anne tenía ocho años; su padre la abandonó a ella y a su hermano menor, Jimmie, por lo que se les envió a la “casa de los pobres”, donde las condiciones era tan deplorables que Jimmie murió tan solo tres meses después. Por causa de su tenaz empeño, Anne logró ingresar en el Instituto Perkins para personas ciegas y de visión reducida, donde se destacó y logró su formación. Tras una operación quirúrgica, mejoró su visión de modo que podía leer textos impresos. Cuando el padre de Helen Keller se puso en contacto con el Instituto Perkins en busca de una persona que fuese maestra de su hija, seleccionaron a Anne29.

Al principio no fue una experiencia agradable. “Helen golpeaba, pellizcaba y pateaba a su maestra y hasta le quebró un diente. Finalmente, [Anne] tomó el control de la situación al mudarse junto con [Helen] a una pequeña cabaña en la finca de los Keller. Teniendo paciencia y una constancia firme, finalmente se ganó el corazón y la confianza de la niña”30. De la misma manera, cuando en lugar de resistirnos llegamos a confiar en nuestro divino Maestro, Él puede trabajar con nosotros para iluminarnos y elevarnos a una nueva realidad31.

Para ayudar a Helen a aprender palabras, Anne deletreaba con su dedo en la palma de la mano de Helen los nombres de objetos familiares. “[Helen] disfrutaba con este ‘juego de dedos’ pero no lo entendía, hasta el momento famoso en que Anne le deletreó la palabra ‘a-g-u-a’ mientras vertía agua en la mano [de Helen]. [Helen] escribió posteriormente:

“‘De pronto, sentí la sutil percepción como de algo que había permanecido en el olvido… y de alguna manera me fue revelado el misterio del lenguaje. Supe que “a-g-u-a” significaba ese algo maravilloso y fresco que fluía sobre mi mano. Esa palabra viviente despertó mi alma, le dio luz, esperanza, gozo y ¡la liberó!… Todo tenía un nombre, y cada nombre engendraba un nuevo pensamiento. Mientras regresábamos a casa, cada objeto que yo tocaba parecía temblar de vitalidad’”32.

Helen Keller and Anne Sullivan

Al llegar a la edad adulta, Helen Keller fue conocida por su amor por la lengua, su habilidad como escritora y su elocuencia como oradora.

Una película, que representa la vida de Helen Keller, muestra que sus padres se dan por satisfechos con la labor de Anne Sullivan, tras haber domesticado a su hija salvaje al grado de que Helen ya podía sentarse educadamente a cenar, comer con normalidad y doblar su servilleta al final de la comida. Pero Anne sabía que Helen era capaz de mucho, mucho más, y que tenía mucho que aportar33. Asimismo, tal vez nosotros también nos sintamos bastante contentos con lo que hemos hecho en nuestra vida, y que sencillamente somos lo que somos, mientras que nuestro Salvador comprende el potencial glorioso que nosotros apenas “vemos por espejo, oscuramente”34. Cada uno de nosotros puede experimentar el éxtasis del potencial divino que se despliega en nosotros, al igual que el gozo que sintió Helen Keller cuando las palabras cobraron vida, comunicándole luz a su alma y liberándola. Cada uno de nosotros puede amar y servir a Dios, y tener el poder de bendecir a nuestros semejantes. “Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para aquellos que le aman”35.

Consideremos el costo del preciado amor de Dios. Jesús reveló que para expiar nuestros pecados y redimirnos de la muerte, tanto física como espiritual, Sus sufrimientos causaron que Él, aun “Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar”36. Su agonía en Getsemaní y en la cruz fue más de lo que podría soportar cualquier ser mortal37. No obstante, por causa de Su amor por Su Padre y por nosotros, Él perseveró y, como resultado, nos puede ofrecer tanto la inmortalidad como la vida eterna.

Olive press

Resulta conmovedor el simbolismo de que “la sangre le [brotó] de cada poro”38 mientras el Salvador padecía en Getsemaní, el lugar de la prensa o lagar de olivos. Para producir aceite de oliva en los tiempos del Salvador, se hacía rodar una gran piedra sobre las aceitunas para triturarlas. La “pulpa” resultante se colocaba en unas cestas suaves, tejidas holgadamente, que se apilaban unas sobre otras; su peso exprimía el primer aceite, que era el más valioso; luego se aplicaba mayor presión, colocando una viga grande o un tronco encima de las cestas apiladas, para exprimir más aceite; finalmente, para exprimir hasta las últimas gotas, se ponían piedras en un extremo de la viga para crear la máxima presión39; y sí, el aceite es rojo como la sangre cuando empieza a salir.

Olive press with olive oil

Medito en el relato de Mateo de cuando el Salvador entró en Getsemaní aquella noche abrumadora y “comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera… 

“Y yéndose un poco más adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú”40.

Entonces, como me imagino que la aflicción se tornó aún más grande, Él rogó por segunda vez pidiendo alivio y, finalmente, quizás en el punto culminante de su sufrimiento, una tercera vez. Él soportó la agonía hasta que la justicia fue satisfecha hasta la última gota41. Lo hizo para redimirnos a ustedes y a mí.

¡Qué preciado don es el amor divino! Lleno de ese amor, el Salvador pregunta: “¿No os volveréis a mí ahora, y os arrepentiréis de vuestros pecados, y os convertiréis para que yo os sane?”42. Con ternura, Él nos tranquiliza: “He aquí, mi brazo de misericordia se extiende hacia vosotros; y a cualquiera que venga, yo lo recibiré; y benditos son los que vienen a mí”43.

¿No has de amarlo a Él, quien primero te amó a ti?44 Entonces, guarda Sus mandamientos45. ¿No serás amigos de Él, quien dio Su vida por Sus amigos?46 Entonces, guarda Sus mandamientos47. ¿No permanecerás en Su amor y recibirás todo lo que Él amorosamente te ofrece? Entonces, guarda Sus mandamientos48. Ruego que sintamos y permanezcamos plenamente en Su amor, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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