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Octubre 2016 | Levantaos en fortaleza, hermanas de Sion

Levantaos en fortaleza, hermanas de Sion

Octubre 2016 Conferencia general

Para estar convertidas a guardar los convenios, necesitamos estudiar las doctrinas esenciales del Evangelio y tener un testimonio inquebrantable de su veracidad.

Qué gozo es estar reunidas en este Centro de Conferencias con las niñas, las mujeres jóvenes y las mujeres de la Iglesia. También estamos muy al tanto de que hay miles de grupos de hermanas reunidas en todo el mundo, mirando esta reunión y agradezco la oportunidad y los medios que nos permiten reunirnos en unidad y propósito esta noche.

En octubre de 2006, el presidente Gordon B. Hinckley dio un discurso titulado “Levantaos, hombres de Dios”, por un himno escrito en 19111. Fue un llamado a la acción a los hombres de la Iglesia para levantarse y mejorar. Ese discurso ha resonado en mi mente al orar para saber qué compartir con ustedes.

Hermanas, vivimos en “tiempos peligrosos”2. Las condiciones de nuestros días no deben ser una sorpresa para nosotras. Han sido predichas desde hace miles de años como advertencia y amonestación para que podamos estar preparadas. El octavo capítulo de Mormón da una descripción desconcertantemente precisa sobre las condiciones de nuestros días. En este capítulo, Moroni dice que ha visto nuestros días y estos incluyen guerras y rumores de guerra, grandes contaminaciones, asesinatos, robos y personas que nos dicen que no existe lo bueno o lo malo a los ojos de Dios. Él describe a un pueblo lleno de orgullo, atrapado en el vestir ropa cara y que se burla de la religión. Se le muestra un pueblo que está tan obsesionado con las cosas mundanas que permite que “el necesitado, y el desnudo, y el enfermo, y el afligido pasen a [su] lado”3 , sin hacerles caso.

Moroni hace una pregunta para reflexionar, a nosotros que estamos viviendo esta época. Él dice: “¿Por qué os avergonzáis de tomar sobre vosotros el nombre de Cristo?”4. Esta acusación describe correctamente la condición cada vez más secular de nuestro mundo.

En José Smith—Mateo, se indica que en los últimos días aun los mismos “escogidos conforme al convenio”5 serán engañados. Aquellos del convenio incluyen a las niñas, mujeres jóvenes y hermanas de la Iglesia que han sido bautizadas y han hecho convenios con su Padre Celestial. Incluso nosotras estamos en riesgo de ser engañadas por falsas enseñanzas.

Hermanas, no creo que las condiciones vayan a mejorar en el futuro. Si las tendencias actuales son una indicación, necesitamos estar preparadas para las tormentas que nos esperan. Sería fácil darnos por vencidas con desesperación, pero como pueblo del convenio, nunca tenemos por qué desesperar. Como dijo el élder Gary E. Stevenson: “La generosa compensación del Padre Celestial de vivir en tiempos peligrosos es que también vivimos en la dispensación del cumplimiento de los tiempos”6. Me encanta el consuelo de esa declaración.

Hace un año el presidente Russell M. Nelson nos dijo: “Los ataques contra la Iglesia, su doctrina y nuestra manera de vivir van a aumentar. Debido a ello, necesitamos mujeres que tengan un entendimiento sólido de la doctrina de Cristo, y que lo usen para enseñar y ayudar a criar a una generación resistente al pecado. Necesitamos mujeres que puedan detectar el engaño en todas sus formas; mujeres que sepan cómo acceder al poder que Dios pone a disposición de los que guardan sus convenios, y mujeres que expresen sus creencias con confianza y caridad. Necesitamos mujeres que tengan la valentía y la visión de nuestra madre Eva”7.

Este mensaje me asegura que a pesar de las condiciones de nuestros días, tenemos muchas razones para regocijarnos y ser optimistas. Creo con todo mi corazón que nosotras las hermanas tenemos la fortaleza y la fe innatas que nos permitirán satisfacer los desafíos de vivir en los últimos días. La hermana Sheri Dew ha escrito: “Creo que en el momento que aprendamos a desencadenar la influencia completa de las mujeres convertidas y que guardan los convenios, el reino de Dios cambiará de la noche a la mañana”8.

Será necesario un esfuerzo conjunto el estar convertidas y guardar nuestros convenios. Para hacerlo, necesitamos ser niñas y mujeres que estudian las doctrinas esenciales del Evangelio y tienen un testimonio inquebrantable de su veracidad. Hay tres áreas que creo que son la base para testimonios fuertes y que considero que son esenciales para nuestra comprensión.

Primero, debemos reconocer el aspecto central de Dios nuestro Padre Eterno y Su Hijo Jesucristo en nuestra fe y salvación. Jesucristo es nuestro Salvador y Redentor. Necesitamos estudiar y entender Su Expiación y cómo aplicarla cada día; el arrepentimiento es una de las más grandes bendiciones que cada una de nosotras tiene para permanecer en la senda. Necesitamos ver a Jesucristo como nuestro modelo principal y el ejemplo de quién necesitamos llegar a ser. Necesitamos enseñar continuamente a nuestras familias y clases sobre el gran plan de salvación de nuestro Padre, el cual incluye la doctrina de Cristo.

Segundo, necesitamos entender la necesidad de la restauración de la doctrina, la organización y las llaves de autoridad en estos, los últimos días. Necesitamos tener un testimonio de que el profeta José Smith fue divinamente elegido y designado por el Señor para sacar a luz esta restauración y reconocer que él organizó a las mujeres de la Iglesia según la organización que existía en la Iglesia de Cristo antiguamente9.

Y tercero, necesitamos estudiar y entender las ordenanzas y los convenios del templo. El templo tiene un lugar en el centro mismo de nuestras creencias más sagradas y el Señor nos pide que asistamos, meditemos, estudiemos y encontremos significado personal y aplicación individual. Llegaremos a entender que mediante las ordenanzas del templo, el poder de la divinidad se manifiesta en nuestra vida10 y que, gracias a las ordenanzas del templo, podemos estar armados con el poder de Dios y Su nombre estará sobre nosotros, Su gloria nos rodeará y Sus ángeles nos guardarán11. Me pregunto si estamos recurriendo completamente al poder de esas promesas.

Hermanas, incluso las más jóvenes de esta audiencia pueden levantarse en fe y desempeñar una función importante en la edificación del reino de Dios. Los niños empiezan a obtener su propio testimonio al leer o escuchar las Escrituras, orando diariamente y participando de la Santa Cena de una manera significativa. Todos los niños y las mujeres jóvenes pueden alentar a que se haga la noche de hogar y ser participantes plenos. Pueden ser los primeros en arrodillarse cuando su familia se reúna para la oración familiar. Incluso si sus hogares no son tanto como ideales, su ejemplo personal de vivir el Evangelio con fidelidad puede ser una influencia en la vida de sus familias y amigos.

Las mujeres jóvenes de la Iglesia necesitan verse a sí mismas como participantes esenciales en la obra de salvación dirigida por el sacerdocio y no solo como espectadoras y seguidoras. Ustedes tienen llamamientos y son apartadas por quienes poseen las llaves del sacerdocio para funcionar como líderes con poder y autoridad en esta obra. Cuando magnifican sus llamamientos en las presidencias de clase y se preparan espiritualmente, deliberan en consejo juntas, extienden una mano para ministrar a sus compañeras de clase y se enseñan unas a otras el Evangelio, están tomando su lugar en esta obra y tanto ustedes como sus iguales serán bendecidas.

Todas las mujeres necesitan verse a sí mismas como participantes esenciales en la obra del sacerdocio. Las mujeres de esta Iglesia son presidentas, consejeras, maestras, miembros de consejos, hermanas y madres, y el reino de Dios no puede funcionar a menos que nos levantemos y cumplamos nuestros deberes con fe. A veces simplemente necesitamos tener una mayor visión de lo que es posible.

La hermana Maldonado con la hermana Oscarson

Recientemente conocí a una hermana en México que entiende lo que significa magnificar su llamamiento con fe. Marfissa Maldonado fue llamada a enseñar una clase de Escuela Dominical de jóvenes hace tres años. Tenía 7 alumnos asistiendo cuando fue llamada; ahora tiene 20 que asisten con regularidad. Asombrada, le pregunté qué había hecho para provocar tal incremento en el número de alumnos. Modestamente dijo: “Oh, no fui solo yo. Todos los miembros de la clase ayudaron”. Juntos, vieron los nombres de los menos activos en la lista de asistencia y comenzaron a ir juntos y a invitarlos a regresar a la Iglesia. También tuvieron un bautismo gracias a sus esfuerzos.

Clase de la Escuela Dominical en México

La hermana Maldonado estableció un sitio de red social para los miembros de su clase llamado “Soy un hijo de Dios” y ella publica pensamientos inspiradores y Escrituras varias veces a la semana. Con regularidad textea a sus alumnos asignaciones y les brinda ánimo. Ella siente que es importante comunicarse de las formas que ellos mejor se relacionan, y está funcionando. Me dijo sencillamente: “Amo a mis alumnos”. Pude sentir ese amor cuando me contaba de sus esfuerzos; y su ejemplo me recordó lo que una persona de fe y acción puede lograr en esta obra con la ayuda del Señor.

Nuestros jóvenes están siendo expuestos a preguntas difíciles diariamente y muchos de nosotros tenemos seres queridos que están luchando para encontrar respuestas. La buena noticia es que hay respuestas a las preguntas que se formulan. Escuchen los mensajes recientes de nuestros líderes. Se nos está instando a estudiar y entender el plan de felicidad de nuestro Padre Celestial. Se nos han recordado los principios en la proclamación para la familia12. Se nos alienta a enseñar y usar estos recursos como la vara medidora para mantenernos en la senda estrecha y angosta.

Hace casi un año, me reuní con una madre de niños pequeños que decidió tomar un enfoque proactivo para “inmunizar” a sus hijos contra las muchas influencias negativas a las que estaban siendo expuestos en internet y en la escuela. Ella elige cada semana un tema, por lo general uno que ha generado mucha conversación en línea e inicia conversaciones significativas durante la semana, cuando sus hijos pueden hacer preguntas y ella puede asegurarse que obtienen una perspectiva objetiva y justa en temas por lo general difíciles. Ella está haciendo de su hogar un lugar seguro para plantear preguntas y tener instrucción significativa del Evangelio.

Me preocupa que vivamos en tal ambiente para evitar ofensas que algunas veces evitemos por completo enseñar los principios correctos. Fallamos en enseñar a nuestras mujeres jóvenes que el prepararse para ser madres es de suma importancia, porque no queremos ofender a quienes no están casadas, a quienes no pueden tener hijos o que lo vean como elecciones futuras bochornosas. Por otro lado, también podemos fallar en hacer hincapié en la importancia de la educación, porque no queremos enviar el mensaje de que eso es más importante que el matrimonio. Evitamos declarar que nuestro Padre Celestial define el matrimonio como el de un hombre y una mujer, porque no queremos ofender a quienes experimentan atracción hacia personas del mismo sexo; y podemos encontrar que es incómodo hablar sobre problemas de género o de sana sexualidad.

Ciertamente hermanas, necesitamos tener tacto, pero también usemos el sentido común y nuestro entendimiento del plan de salvación, para ser audaces y francas cuando se trate de enseñar a nuestros hijos y a los jóvenes los principios esenciales del Evangelio que deben entender para navegar por el mundo en el cual viven. Si no enseñamos a nuestros hijos y jóvenes la doctrina verdadera —y la enseñamos claramente— el mundo les enseñará las mentiras de Satanás.

Amo el evangelio de Jesucristo y estoy eternamente agradecida por la dirección, el poder y la ayuda diaria que recibo como hija del convenio de Dios. Testifico que el Señor nos ha bendecido, como mujeres que vivimos en estos tiempos peligrosos, con todo el poder, los dones y la fortaleza que son necesarios a fin de ayudar a preparar el mundo para la Segunda Venida del Señor Jesucristo. Oro para que todas veamos nuestro verdadero potencial y nos levantemos para llegar a ser las mujeres de fe y valor que nuestro Padre Celestial necesita que seamos. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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