“Ni os jactéis de vuestra fe y obras poderosas”

Marvin J Ashton


“Dejemos a los demás que adviertan nuestro adelanto … La jactancia disminuye la credibilidad y muchas veces aleja a los amigos, a los compañeros de trabajo, a familiares y aún a los que nos observen desde la distancia.”

Cuando yo era niño, me gustaba que me contaran del rey Arturo, de Inglaterra. En la historia del rey Arturo, la reina Ginebra dice a Lanzarote, el mas valiente de los Caballeros de la Mesa Redonda: “Quisiera que no te anunciarás ante el mundo mientras no hayas probado tus méritos. Por tanto, no proclames tu nombre, sino espera a que el mundo lo proclame”.

Cuanto mas eficaz es también en nuestra época dejar que el mundo vea nuestras buenas obras en lugar de hablar nosotros extensamente sobre lo que hemos realizado y señalar logros notables.

Debemos recordar evitar las consecuencias dañinas que se desprenden del dar la impresión de estar jactándonos del aumento de nuestro numero y de nuestro progreso. Cuanto mejor es dejar que los demás midan nuestro adelanto en vez de que nos interpreten mal si recitamos de continuo nuestros porcentajes, progreso o rasgos notables de nuestros familiares.

Jactarse es glorificarse uno mismo, hablar con envanecimiento y presunción, y hablar sobre todo de las propias obras. Jactarse es hablar con orgullo y enorgullecerse y hacer alarde de lo que se posee.

En muchos casos, las personas jactanciosas tienen hambre de llamar la atención y quizá no se den cuenta de las consecuencias que derivan de su modo de exponer las cosas.

Ammón nos da excelentes pautas para poner nuestros triunfos en su debida perspectiva:

“Y aconteció que cuando Ammón hubo dicho estas palabras, lo reprendió su hermano Aarón, diciendo: Ammón, temo que tu gozo te conduzca a la jactancia.

“Pero Ammón le dijo: No me vanaglorio en mi propia fuerza ni en mi propia sabiduría, mas he aquí, mi gozo es completo; si, mi corazón rebosa de alegría, y me regocijaré en mi Dios.

“Sí, yo se que nada soy; en cuanto a mi fuerza, soy débil; por tanto, no me jactaré de mi mismo, sino que me jactaré de mi Dios, porque con su poder puedo hacer todas las cosas; si, he aquí que hemos obrado muchos grandes milagros en esta tierra, por los cuales alabaremos su nombre para siempre jamas.” (Alma 26:10-12.)

En nuestras conversaciones y proceder, tendremos mayor eficacia si evitamos el degradante efecto de lo que podría clasificarse como jactancia. Con prudencia, dejemos a los demás que adviertan nuestro adelanto en lugar de presentar la apariencia de hacer ostentación ante el mundo. La jactancia disminuye la credibilidad y muchas veces aleja a los amigos, a los compañeros de trabajo, a familiares y aun a los que nos observen desde la distancia.

Nos sentimos humildemente agradecidos por cl mayor numero de conversos y por los muchos misioneros que se encuentran en el campo misional, así como por la evidencia de mayor dedicación que hay en la Iglesia.

Recordaremos la respuesta que dio uno de nuestros Profetas, Spencer W. Kimball, hace años cuando se le mencionó el gran numero de misioneros que tenía la Iglesia. El dijo: “Estoy agradecido, pero no impresionado”. Expresó su gratitud e instó a los miembros de la Iglesia a no complacerse en su esplendor, sino a seguir adelante hacia mas elevadas alturas y nuevos horizontes.

Nuestro Salvador Jesucristo, a cuya Iglesia pertenecemos, se sentiría desilusionado si diéramos la impresión de que nuestro trabajo en la edificación de su reino se basa únicamente en la sabiduría y la fuerza o poder del hombre.

Hace poco, en una conferencia especial de mujeres, un orador habló de lo bien que le había ido en su trabajo de urbanización y de cuando literalmente todo lo que tocaba se convertía en oro. También habló de su esfuerzo por ser fiel y llevar una vida recta y dijo que había sido un siervo muy activo en el evangelio. Entonces le llamaron a ser presidente de misión. Evidentemente había sido un presidente de misión muy eficaz. Añadió que toda su vida había tenido un éxito tras otro: era un distinguido líder en su comunidad y había establecido un negocio próspero. El haber sido llamado a ser presidente de misión le había llevado a pensar que lo había logrado todo en la vida.

Cuando volvió de la misión, la combinación del cambio de los porcentajes de los intereses y otros factores comerciales hicieron que el que había sido un negocio próspero se derrumbara. En realidad, lo perdió casi todo. A1 contar lo ocurrido, el hermano dijo: “Me di cuenta entonces de lo jactancioso que me había vuelto: de que si bien pensaba que tenia un testimonio de Jesucristo, intelectualmente estimaba que había conseguido todas esas espléndidas cosas gracias a mi arduo trabajo, a mi inteligencia, etcétera. Pero cuando sobrevinieron los reveses, comencé a comprender lo ofensivo que debo de haber sido para con los demás y para con mi Padre Celestial al suponer que lo había logrado todo sin la ayuda de nadie. Comprendí que había llevado una vida de arrogancia y jactancia”.

El consejo de Helamán a sus hijos Nefi y Lehi nos servirá hoy:

“Por lo tanto, hijos míos, quisiera que hicieseis lo que es bueno …

“Y ahora, hijos míos, he aquí, hay algo mas que deseo de vosotros, y este deseo es que no hagáis estas cosas para vanagloriaras, sino que hagáis estas cosas para allegaros un tesoro en el cielo; sí, el cual es eterno …” (Helamán 5:7 8.)

Helamán deseaba que sus hijos hicieran lo bueno por motivos justos: no para jactarse, sino para allegarse tesoros en el cielo.

“No sepa tu izquierda lo que hace tu derecha” (Mateo 6:3) es un consejo que a menudo se repite y que es particularmente efectivo cuando hemos tenido la oportunidad de consolar, confortar o aconsejar a algún semejante que haya estado confuso, angustiado o triste. No importa que éxito hayamos logrado al procurar ayudar, por lo general, no debemos mencionarlo, y mucho menos jactarnos de ello. El humilde y callado servicio caritativo brinda tan grandes satisfacciones que no hace falta contarlo.

“Porque aun cuando un hombre reciba muchas revelaciones, y tenga poder para hacer muchas obras poderosas, sin embargo, si se jacta de su propia fuerza y desprecia los consejos de Dios, y sigue los dictados de su propia voluntad y deseos carnales, tendrá que caer e incurrir en la venganza de un Dios justo.” (D. y C. 3:4.)

¡Que fácil es que el hombre crea que ha logrado su éxito temporal por su propia inteligencia y trabajo! Todo lo bueno proviene del Señor.

La consideración para con los sentimientos de los demás siempre debe ser importante para los buenos Santos de los Ultimos Días. Legítimamente podemos estar felices por el numero de hijos con que hayamos sido bendecidos, por los que hayan ido a la misión, por los que se hayan casado en el templo y por los logros de nuestros familiares; pero recordemos que otras personas que no han sido tan afortunadas podrían sentirse culpables, insuficientes e incómodas; puede ser que hayan estado orando larga y fervientemente, pidiendo las mismas bendiciones acerca de las cuales nos jactamos, y podrían llegar a pensar que no son favorecidas por Dios.

Por esa razón, debemos sentir agradecimiento sincero y expresar a menudo nuestra gratitud a nuestro Padre Celestial, pero no hablar tanto de ello ante el mundo.

Ojalá todos reconozcamos agradecidos la fuente de nuestras bendiciones y nos abstengamos de adjudicarnos un desmedido mérito por los logros personales.

Con frecuencia, cuando hablamos largo y tendido de lo que hemos logrado y de lo que tenemos ahora espiritual o económicamente, provocamos resentimiento en lugar de respeto.

La jactancia, ya sea esta inocente o no, no es buena; las mas de las veces se da la impresión de que se tiene mas interés en el propio yo que en los demás.

He visto a lo largo de los años, al participar en equipos deportivos, que los buenos jugadores que se jactan de sus hazañas y de sus récords buscan dificultades. Los que se mantienen en primera línea son los buenos jugadores que hacen notar y reconocen sinceramente los puntos fuertes de sus compañeros, de sus entrenadores y de sus gerentes, y agradecen a Dios los talentos y las aptitudes que tienen.

En las competiciones deportivas, los del equipo contrario están al acecho para derrotar abrumadoramente a los que se jactan de su propia fuerza. Extraordinaria debe de haber sido la satisfacción de David cuando pudo matar a Goliat, el jactancioso e insolente gigante.

Agrada a Dios que reconozcamos con humildad su poder y su influencia en nuestros logros y no que indiquemos con palabras o con insinuaciones que se deben a nuestros propios esfuerzos.

Aprendemos en Santiago 3:5 que “la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas”. Ningún Santo de los Ultimos Días que sea razonable y reflexivo permitirá que sus comentarios, sus actitudes o sus expresiones se interpreten como que se jacta de su propia fuerza. Los que persisten en vanagloriarse no reconocen la verdadera fuente de sus logros personales.

La historia nos enseña que los que se jactan de su propia fuerza no tienen éxito duradero. Recordémonos constantemente que no debemos jactarnos de la fe ni de obras poderosas sino que debemos alabar a Dios por sus bendiciones y su bondad para con nosotros. Dios nos ayudara a comprender que la humildad debe ser nuestro fundamento para que la bondad del Señor siga destilando sobre nosotros y de nosotros se proyecte a los demás. El que se jacte ciertamente caerá, porque nadie perdura apoyándose en su propia fuerza. De la persona jactanciosa y presuntuosa en la vida, los demás no esperan grandes logros, puesto que con los alardes que hace comunica que ya lo ha logrado todo.

Uno de los pecados mas comunes de la gente del mundo es el de confiar en el brazo de la carne y luego jactarse de ello. Esa es una maldad muy seria: es un pecado que nace del orgullo, un pecado que crea una actitud que impide a las personas volverse al Señor y aceptar su gracia salvadora. Cuando una persona a sabiendas o sin darse cuenta de ello se enaltece con arrogancia por sus riquezas, por su poder político, por su conocimiento académico, por sus proezas físicas, por su ingenio en los negocios y aun por sus obras de rectitud, no esta en armonía con el Espíritu del Señor.

Convendría que aprendiéramos la lección de nuestro Salvador, que reiteradamente reconocía la mano del Padre en todas las cosas. En realidad, Jesucristo sentó el precedente en el concilio preterrenal cuando ofreció al Padre los frutos de todo lo que realizaría y le dijo: “y sea tuya la gloria para siempre.” (Moisés 4:2).

Durante su ministerio terrenal, Jesús volvió a la vida a la hija de Jairo. “Y sus padres estaban atónitos”, dice Lucas, al igual que ellos deben de haberlo estado, “pero Jesús les mandó que a nadie dijesen lo que había sucedido” (Lucas 8:56). El relato de Marcos dice: “Pero el les mandó mucho que nadie lo supiese” (Marcos 5:43).

Ese hecho asombroso que volvió la muerte en vida, que puso de manifiesto la divinidad de Aquel que ya pronosticaba su propia y futura victoria sobre la tumba, ese hecho que sólo podía efectuarse en justicia y únicamente por el poder de Dios, ese extraordinario milagro debía, como lo dice Mateo, difundir la fama de Jesús por toda aquella tierra y por su propio mérito. (Véase Mateo 4:24.)

De hecho, los padres de la niña no podían ocultar lo que ya era de conocimiento publico; todos los de la región no tardarían en saber por los milagros que Jesús ya había efectuado, que la niña que había muerto vivía. Su muerte se había anunciado públicamente a la gente. E1 mismo Jesús había dicho ante la multitud que, aunque la niña estaba muerta, seria “salva” (Lucas 8:50). Todos sabrían que la niña vivía y era de esperarse que se preguntaran cómo y por que medios se le había restaurado la vida.

Aunque Jesús encomendó a los padres que no contaran a nadie ese prodigioso acaecimiento, los demás, una vez que se enteraron del milagro, se encargaron de difundir la noticia. Nosotros, como pauta general, hacemos recordar que, a los que poseen los dones del Espíritu y ven manifestarse las señales que siempre siguen a los que creen, se les manda no jactarse de esas bendiciones espirituales. En nuestra época, después de nombrar las señales milagrosas que siempre acompañan a los que tienen fe y a los que creen las verdades que Jesús enseñó en la antigüedad , el Señor ha dicho:

“Pero un mandamiento les doy, que no se jacten de estas cosas ni hablen de ellas ante el mundo; porque os son dadas para vuestro provecho y para salvación.” (D. y C. 84:73.)

Tal vez el mandato de “que a nadie [lo] dijesen” quería decir que no hablaran de lo sucedido con jactancia, para que no les entrara en el alma un espíritu de orgullo: para que no adoptaran un aire de superioridad. Hubo ocasiones en que Jesús dijo a los que había sanado que dieran testimonio de la bondad de Dios para con ellos y también hubo otras oportunidades en que limitó la difusión de los hechos que habían presenciado.

Las numerosas admoniciones de las Escrituras de evitar la jactancia nos indican que debemos reconocer la fuente de todas nuestras bendiciones.

Todo lo da Dios. Todos los talentos, el genio inventivo, la habilidades, el discernimiento y la fortaleza provienen de El. Con nuestra propia fuerza, no podemos hacer nada, como lo dijo Ammón a su hermano. (Véase Alma 26:10-12.) Si buscamos la alabanza de los hombres mas que la alabanza de Dios, será muy fácil caer.

La jactancia desaparecerá si buscamos la ayuda del Señor y le damos gracias por todo lo que tenemos y todo lo que somos.

Dios nos ayude a aceptar humildemente sus bendiciones de fortaleza y orientación. El prudente alabara el nombre de Dios para siempre y evitara aun la apariencia de presentar actitudes y situaciones que den la impresión de que se este jactando de lo que haya hecho o logrado.

Os dejo mi testimonio especial de la veracidad de esta gran obra. Todos daremos a conocer con mayor eficacia nuestro testimonio y conocimiento si no nos jactamos. Digo esto en el nombre de Jesucristo. Amen.