“A mí lo hicisteis”

Richard P Lindsay


“No se buscan elogios ni recompensa por los actos de bondad y de amor que con frecuencia se realizan en hogares humildes y que provienen del tierno corazón de siervos dedicados del Señor.”

E1 año pasado capté una nueva visión de las siguientes palabras del Salvador:

“Entonces los justos le. responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber?

“¿Y. cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos?

“¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?

“Y. respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a unos de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.” (Mateo 25:37-40.)

Durante las visitas que hice el año pasado a más de treinta estacas de Sión, mi vida ha sido bendecida y mi fe ha aumentado al observar el amor cristiano y el servicio dedicado y silente de muchos Santos de los Ultimos Días.

Los ejemplos de caridad, o sea, el amor puro de Cristo, no se limitan a lugares geográficos, a la edad, al sexo ni al nivel social de la persona. No se buscan elogios ni recompensa por los actos de bondad y de amor que con frecuencia se realizan en hogares humildes y que provienen del tierno corazón de siervos dedicados del Señor.

Permitidme citar algunos ejemplos de la vida de estos verdaderos seguidores de Cristo.

Cumpliendo con una asignación, durante una conferencia de estaca, el élder Paramore y yo tuvimos la bendición de visitar a un hermano. E126 de agosto de 1958, mientras estaba trabajando en lo alto de una torre, se había caído de cabeza, aproximadamente diez metros de altura, quedando paralítico del cuello para abajo. En la historia de la medicina es uno de los pocos cuadriplégicos que ha vivido tantos años en esas condiciones. E1 no había podido asistir a las reuniones de la conferencia de estaca, pero en la sesión del sábado por la noche se hizo una breve presentación de un video casete acerca de su vida y testimonio. E1 no está en una cama, sino en una rejilla circular metálica donde recibe la abnegada atención de las enfermeras, las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, y ha sido así desde que tuvo el accidente, hace más de treinta y un años.

En nuestra visita, este hermano sólo tuvo palabras de elogio para las enfermeras, los líderes del sacerdocio, los maestros orientadores y todos los demás que durante esos largos años le habían brindado su apoyo y ayudado tanto temporal como espiritualmente. Un buen presidente de estaca le había dado la asignación de escribir periódicamente a los misioneros y a los militares de la estaca. Muchas veces recibí inspiración al leer las cartas que él enviaba a distintas partes del mundo para fortalecer la fe de los misioneros.

En una de esas cartas decía: “Cristo es la única vía hacia la salvación. Todas las otras sendas son desvíos hacia la muerte; nuestra determinación de seguir a Cristo debe ir paralela a la de servir en su Iglesia”.

En otra estaca, durante una reunión dominical de la Primaria, conocí a las dos hermosas hijas de un médico y su esposa, ambos fieles miembros de la Iglesia. La mayor estaba en una silla de ruedas y la menor se movía con mucha dificultad. Ambas sufrían de una degeneración progresiva, hereditaria e incurable. Según la opinión médica, no les queda mucho tiempo de vida. Los ojos de las niñas eran hermosos y muy vívidos, llenos de fe y de amor por el Salvador, cuya presencia se había manifestado en su vida por medio del amor de los padres, abuelos y maestros.

Para que el deseo de los padres de tener más hijos se hiciera realidad, habían adoptado otras dos hermosas niñas de otro país. En vez de maldecir a Dios, tal como sugirieron los conocidos de Job cuando él sufría las pruebas de su

fe, esta pareja brindó su amor a otras dos hermosas criaturas que ahora tienen la bendición de pertenecer a una casa de fe, donde la dedicación y la vida de los padres son un ejemplo viviente del amor pum de Cristo.

Hace poco, en otra conferencia de estaca, mi esposa y yo tuvimos la bendición de visitar otro hogar de fe, ubicado en Idaho. El joven padre padecía una seria enfermedad. Fue una escena que nunca olvidaré: La esposa y los cinco hijos pequeños, junto con los líderes del quórum del sacerdocio del padre, se arrodillan alrededor de la cama para pedir al Padre por la vida de aquel buen hombre. A continuación se le bendijo en aquel círculo de fe. Hace poco tuvimos la bendición de reunirnos de nuevo con esta pareja y de escuchar su hermoso y humilde testimonio de las bendiciones del Señor al restaurar la salud del hermano.

En otra ocasión similar, una hermana, confinada a una silla de ruedas, testificó acerca de la fortaleza que había recibido por medio del amor que sintió del Señor al leer el Libro de Mormón. Tiempo atrás, su esposo la había ayudado a adaptarse a una enfermedad que la había dejado lisiada; después él también enfermó y quedó postrado en cama. Ella expresó la gratitud que sentía hacia el Señor por haberle dado la fuerza para valerse más por sí misma y cuidar de sus necesidades. Hasta había podido atender en parte a su querido esposo, quien la había cuidado durante tantos años. Los familiares y los miembros de la Iglesia también los habían ayudado a fin de que pudieran permanecer en su hogar, que estaba lleno de hermosos recuerdos de reuniones familiares de años más felices.

E1 presidente Kimball dijo: “E1 Señor contesta nuestras oraciones, pero, en general, lo hace por intermedio de otra persona”. Algo que ocurrió en los últimos años del ministerio de este Profeta me ayudó a lograr una mejor comprensión de ese concepto y a ver como su vida era un testigo viviente de sus palabras.

En ese entonces yo era presidente de estaca. En una ocasión, fui al hospital a visitar a una hermana que estaba desahuciada. Hacía más de cuarenta años, yo había ido a la escuela con esa hermana y su esposo. Se habían querido desde niños, pero no habían tenido hijos. Para llenar ese vacío, el sirvió como líder Scout y ella como “madre Scout” para muchos niños, cubriendo toda una generación.

Al llegar al hospital, me sentí abrumado al presentir lo que les deparaba. Hacía semanas que aquel hermano estaba en el hospital acompañando a su querida esposa, día y noche, consolándola y ayudándola a sobrellevar el dolor y el sufrimiento físico.

Cuando iba por el corredor, vi que él salía de la habitación. En otras ocasiones en que los había ido a ver, su rostro reflejaba una gran pena, pero esa vez estaba radiante y sus ojos brillaban de emoción. Antes de que pudiera yo emitir palabra alguna, me dijo: “No te imaginas lo que acaba de suceder. Mi esposa y yo estábamos muy tristes y el presidente Kimball nos vino a ver; él está internado porque lo operaron. Oró con nosotros y nos bendijo; fue como si el Salvador mismo hubiera venido a mitigar nuestro dolor”. Muchos otros pacientes del hospital también recibieron una bendición de esta alma tan noble que estaba muy familiarizado con el dolor y el sufrimiento.

En lo que a mí respecta, he recibido mucho del amor del Salvador por medio de la bondad de muchos de los siervos del Señor. Concuerdo con el rey Benjamín que dijo que si sirvíamos al Salvador con toda nuestra alma, todavía seriamos servidores inútiles. (Véase Mosíah 2:12.) Y todo debido a su gran amor y al sacrificio expiatorio por cada uno de sus hijos.

Hace unos meses, un patriarca de noventa años, muy amigo de mi padre, fue sepultado en este valle. Mi padre murió durante la depresión de 1932; diez días después falleció mi hermano mayor, de catorce años. Durante los cuarenta y siete años en que mi madre fue viuda, esa alma noble nos fue a visitar para aconsejarnos, consolarnos y darnos bendiciones del sacerdocio. Su ejemplo y su preocupación por nuestro bienestar, junto con la bondad de muchos otros lideres del sacerdocio y vecinos, nos ayudó a enfrentar los problemas de la depresión económica, de las guerras y de las muchas influencias del mundo, así como los problemas del diario vivir de cada uno de nosotros. Del mismo modo, y de muchas otras formas, ayudó a muchísimos otros, bajo circunstancias similares a las nuestras.

Para mi, su vida fue el epitome de la “religión pura” que se describe en Santiago: “Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Santiago 1:27).

Mis hermanos, en esta época tan difícil, existe una gran necesidad de bendecir a los “más pequeños” de los hijos de nuestro Padre Celestial. Necesitamos mucho del don de la sabiduría, del discernimiento, de la caridad, a fin de saber cómo extender una mano piadosa para enriquecer la vida de nuestros hermanos y hermanas.

Oro para que, día a día. seamos más diligentes para estar “en los negocios de nuestro Padre” (véase Lucas 2:49), para amar y servir a nuestro prójimo, para vestir al desnudo, alimentar al hambriento, consolar al que sufre (véase Mateo 25:37-39), para levantar las manos caídas y fortalecer las rodillas desfallecidas (véase D. y C. 81:5), para creer y vivir de acuerdo con la doctrina del Salvador, para seguirle y dar prioridad a los asuntos de su reino. Lo ruego en el santo nombre de Jesucristo, nuestro Salvador. Amén.