“Venid a mi”

Presidente Howard W Hunter

Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles


En su amada Galilea, esa región tan familiar y preferida de Jesús, Él, el Hijo de Dios, efectuó no solamente el primer milagro que se menciona en el Nuevo Testamento, sino que siguió realizando muchos y grandes milagros que con seguridad asombraron y maravillaron a la gente de Galilea que los presenció. Curó a un leproso, sanó al sirviente del centurión, calmó la tempestad, expulsó a los demonios, curó a un paralítico, devolvió la vista a los ciegos y restauró la vida a una joven que había muerto.

La mayoría de la gente de esa provincia en que se crió no quería creer en Él. “¿No es este el hijo de José?” (Lucas 4:22) se preguntaban negándose a reconocer su origen divino. Jesucristo derramó lágrimas de tristeza por esta gente que debía haberlo reconocido. A causa del escepticismo y de la incredulidad que tenían y por rehusar arrepentirse, Jesús reprendió a los habitantes de las ciudades en las que había realizado la mayoría de sus grandes obras. Al encontrar motivos suficientes para recriminar a los inicuos habitantes de las ciudades de Corazín, Betsaida y Capernáum, dijo;

“… porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en ti, habría permanecido hasta el día de hoy.

“Por tanto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma, que para ti.” (Mateo 11:23-24.)

Aun cuando se afligía por la iniquidad y la falta de fe de tanta gente de su tierra, el Salvador expresó una oración de gratitud por la gente sencilla y humilde que sí prestaba atención a sus enseñanzas y creía. Estas personas lo necesitaban a Él y necesitaban escuchar su mensaje. Ellos demostraron que los humildes, los necesitados y los angustiados escuchan con facilidad la palabra de Dios y la estiman. Consolando a esos nuevos creyentes y expresando preocupación por los que escogían no seguirlo, Cristo nos dio una invitación que el élder James E. Talmage ha descrito apropiadamente como “uno de los derramamientos más hermosos de emociones espirituales conocidos por el hombre” (Jesús el Cristo, pág. 274). Estas son las palabras del Maestro al extender esa gran invitación:

“Venid a mi todos los que estéis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallareis descanso para vuestras almas;

“porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.” (Mateo 11:28-30.)

Esta exhortación y promesa es uno de los pasajes citados con mas frecuencia en las Escrituras y ha dado consuelo y seguridad a millones de personas. Sin embargo, entre los que lo escuchaban ese día se encontraban personas cuya visión era tan limitada que lo único que veían era al hijo del carpintero hablando de un yugo de madera. Un yugo que sin duda Él había hecho de tanto en tanto con la madera dura que cortaba de los arboles del monte para los bueyes de esos mismos hombres que le estaban escuchando.

El élder Talmage agregó: “Los invitó a que dejaran la penosa faena por el servicio placentero; las cargas casi insoportables de las exigencias eclesiásticas y el formalismo tradicional, por la libertad de la adoración verdaderamente espiritual; la esclavitud por la libertad; mas no quisieron” (Jesús el Cristo, pág. 274).

Estas palabras formaban una petición profética y una promesa magnifica dadas a un pueblo atribulado que más adelante tendría que enfrentar peligros, pero ellos no lo podían entender. Jesús sabia lo que les esperaba, aunque ellos lo ignoraran, y Él estaba invitándolos a acercarse a Él para que sus almas descorazonadas encontraran el descanso y la seguridad que necesitaban. ¿Acaso no les había demostrado ya que podía dar alivio a los que sufrían graves enfermedades? ¿No había hecho llevadera la carga de los que soportaban el peso del pecado y los pesares del mundo? ¿No había acaso revivido a un muerto, probando así que poseía el poder divino de aliviar la más grande de todas las cargas universales? Y aun así, la mayoría no quiso ir a Él.

Lamentablemente el negarse aceptar sus milagros y a esa gloriosa invitación todavía es común en la actualidad. Este maravilloso ofrecimiento de ayuda expresado por el Hijo de Dios mismo no se dio sólo a los galileos de su época. Este ofrecimiento de tomar sobre si su yugo fácil y su carga ligera no esta limitado a las generaciones pasadas. Fue y es una invitación universal para todos los pueblos, para todas las ciudades y todas las naciones; dirigido a todos los hombres, a las mujeres y a los niños de todo el mundo.

En nuestros momentos más difíciles, no debemos dejar de reconocer esta respuesta infalible a los problemas de nuestro mundo: la promesa de que podemos gozar de Su protección y de paz interior y de que, en toda época, Él tiene el poder de perdonar los pecados que cometamos. Nosotros también debemos creer que Jesucristo tiene el poder de aliviar nuestras cargas. También debemos ir a Él para que nos haga descansar de nuestras labores.

Como es sabido, las promesas van acompañadas de deberes. “Llevad mi yugo sobre vosotros” es lo que Él nos pide. En tiempos bíblicos el yugo era un implemento de gran utilidad para los que labraban la tierra: permitía que la fuerza de otro animal se uniera a la del primero para compartir y reducir el trabajo del arado o de la carreta. Una carga que era abrumadora y tal vez imposible de llevar para un buey podían llevarla dos en forma pareja y confortable si estaban atados a un mismo yugo. Llevar Su yugo requiere que hagamos un esfuerzo grande y sincero, pero para los que están realmente convertidos, el yugo es fácil y la carga resulta liviana.

¿Por que queremos llevar nuestras cargas solos?, nos pregunta Cristo, o ¿por qué insistimos en cargarlas con un apoyo temporal que pronto se acaba? Para los que llevan una carga pesada, el yugo de Cristo, o sea, la fortaleza y la paz que se obtienen luchando al lado de Dios, es lo que les dará el apoyo, el equilibrio y la fortaleza para vencer las dificultades que se presenten y para soportar lo que se requiera de ellos en esta difícil vida mortal.

Por supuesto, las cargas de la vida diaria varían con toda persona, pero todos las tenemos. Además, cada prueba en esta vida esta adaptada a la capacidad y a las necesidades de cada uno, las que nuestro Padre Celestial, que tanto nos ama, conoce muy bien. Es cierto que algunos problemas son causados por los pecados de un mundo que no obedece el consejo de ese Padre en el cielo, pero sea cual sea la razón, nadie esta completamente libre de las dificultades de la vida Cristo nos dijo que ya que todos tenemos que llevar alguna carga y soportar algún yugo, ¿por qué no elegimos el suyo? Él nos dice que su yugo es fácil y su carga liviana (véase Mateo 11:28-30).

“Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”, dice a continuación (Mateo 11:29). La historia bien debería enseñarnos que el orgullo, la arrogancia, el elogiarse a uno mismo, la presunción y la vanidad son lo único que se necesita para la autodestrucción tanto de las personas como de las ciudades y de las naciones. La ruinas de Corazín,

Betsaida y Capernáum son los mudos testigos de las advertencias vanas del Salvador a esa generación. A pesar de haber sido grandes ciudades, ya no existen. ¿Quisiéramos agregar nuestro nombre o los nombres de nuestros familiares a una lista como esa? No, por supuesto que no; pero si no queremos que así suceda, debemos ser verdaderamente humildes. Si tomamos el yugo de Jesús sobre nosotros y sentimos lo que Él sintió por los pecados del mundo, aprenderemos mucho mas sobre Él y especialmente aprenderemos a ser como Él.

El presidente Ezra Taft Benson ha dicho:

“Cuanto más se aproxima la vida de un hombre a la vida que vivió Cristo, tanto mejor será ese hombre y más gozo y bendiciones recibirá. Esto no tiene nada que ver con las riquezas, el poder ni el prestigio. La única prueba de la grandeza y de la felicidad de un hombre es observar hasta que punto se aproxima la vida de tal hombre a la del Maestro, Jesucristo. Él es la senda correcta, la verdad pura y la vida abundante.” (Ensign, dic. de 1988, pág. 2.)

La invitación de que vayamos a La ha continuado en todas las épocas y se renueva en nuestros días. Las Escrituras modernas están repletas de invitaciones similares. Es una invitación apremiante y suplicante dirigida a todos. Ciertamente, la suplica ansiosa, aunque calmada a la vez, sigue proviniendo del Hijo de Dios, del Ungido, del que puede aliviar las cargas más pesadas de los que más sufren. Las condiciones para obtener esa ayuda siguen siendo exactamente las mismas. Debemos acercarnos a Él y tomar su yugo sobre nosotros. Con humildad de corazón debemos aprender de Él para recibir la vida eterna y la exaltación.

Ruego que hagamos esto en muestra de agradecimiento por el don del gozo eterno que Él nos ofrece con amor. Lo pido-al dejaros mi testimonio de que Dios nuestro Padre Celestial vive y de que Jesús es el Cristo, el mismo que sufrió y dio su vida para que tuviéramos vida eterna-en su santo nombre. Amén.