La felicidad se hace en casa

Elder LeGrand R. Curtis


Hace un mes hubo en nuestra familia un importante acontecimiento: nuestra nieta mayor se casó por esta vida y la eternidad en el Templo de Salt Lake. Al arrodillarse ante el altar la hermosa pareja, se hicieron realidad promesas y esperanzas: para los jóvenes, el cumplimiento de las inmensas bendiciones de las ordenanzas del templo; para los padres, la culminación de años de enseñanza y amor. Mi esposa y yo nos sentimos muy bendecidos en ese momento tan especial en que nos reunimos con el grupo que incluía nuestros ocho hijos y sus cónyuges.

Desde ese día hemos recordado y repasado enseñanzas sobre lo que vemos como el hogar y la familia ideales, los cuales, en cuanto al lugar, el tamaño y las características, son tan diversos como nuestros miembros; pero estos factores no disminuyen el deseo que todos tenemos de lograr ese ideal. El presidente David O. McKay dijo: “Es posible hacer del hogar un pedacito de cielo; mas aun, yo imagino el cielo como una continuación del hogar ideal” (Improvement Era, octubre de 1948, pág. 618). Esperamos que nuestros hijos lleguen a experimentar en el hogar estos sentimientos tan esenciales para la felicidad.

Quizás el mejor regalo que los padres puedan dar a sus hijos es amarse el uno al otro, disfrutar de la compañía mutua e incluso tomarse de la mano y demostrar su amor en la forma de hablarse.

El hogar debe ser un lugar feliz por el esfuerzo que todos hagan para que así sea. Se dice que “la felicidad se hace en casa”, y debemos empeñarnos en hacer que nuestro hogar sea agradable y alegre tanto para nosotros como para nuestros hijos. El hogar feliz es el que se centra en las enseñanzas del evangelio, lo cual requiere el constante y esmerado esfuerzo de todos los miembros de la familia.

En el hogar ideal se le da a cada hijo toda oportunidad posible de desarrollar su personalidad sin ejercer sobre ellos un dominio excesivo. La disciplina es amor organizado, y los niños crecen bien cuando existe una atmósfera de amor y hay pautas adecuadas en las cuales basarse en la vida y que les sirven para formar buenos hábitos. Con mucha frecuencia, los niños reciben mas castigos por seguir el ejemplo de sus padres que por desobedecerles, de manera que debemos ser, lo que deseemos ver en nuestros hijos.

En Doctrina y Convenios 88:119 encontramos el versículo que describe el hogar por el que debemos luchar:

“Organizaos; preparad todo lo que fuere necesario; y estableced una casa, sí, una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de instrucción, una casa de gloria, una casa de orden, una casa de Dios.”

Sabemos que el mundo esta lleno de libros y revistas de influencia negativa para nosotros y para nuestros hijos, y todos los que tengamos en nuestra casa se deben poder leer libremente, sin tener que escondérseles bajo llave por su contenido inapropiado.

En el hogar debe reinar la verdad absoluta y toda pregunta debe contestarse con completa sinceridad. La honradez acompaña a la verdad, y la deshonestidad y la falsedad son inseparables. Debemos esperar absoluta honradez de nuestros hijos, y nosotros como padres debemos ser un ejemplo de ella.

Debemos ser hospitalarios y los amigos deben sentirse bienvenidos en nuestro hogar. Es preferible que nuestros hijos revuelvan la heladera [refrigerador] y utilicen la cocina de nuestra casa en lugar de ir por los muchos lugares obscuros del mundo donde no sabemos que encontraran. Es mejor que ellos se sientan cómodos llevando a los amigos a su casa y así algún día no tendremos que lamentar su ausencia.

En el hogar ideal, el domingo debe ser el día más feliz de la semana y debemos esperarlo con ansiedad. En ese día vamos todos juntos a la Iglesia y, al volver a casa, hablamos de lo que hayamos aprendido en las diferentes reuniones La mesa a la hora de la cena es un lugar excelente en el que padres e hijos pueden compartir estas enseñanzas. La forma de observar el día de reposo indica los sentimientos que tenemos hacia nuestro Padre Celestial.

Aunque los padres estén muy ocupados, deben hacerse tiempo para mantenerse informados de asuntos de actualidad, leer buenos libros, y para hablar entre sí y con sus hijos de lo que lean en las revistas de la Iglesia. Estas pueden ampliar nuestra perspectiva si leemos sus artículos y los comentamos con nuestra familia. Es un esfuerzo constante, pero vale la pena.

La familia debe arrodillarse junta diariamente para orar. En Alma 58:10 dice:

“Por lo tanto, derramamos nuestras almas a Dios en oración, pidiéndole que nos fortaleciera y nos librara de las manos de nuestros enemigos, si, y que también nos diera la fuerza para que pudiéramos retener nuestras ciudades, nuestras tierras y nuestras posesiones para el sostén de nuestro pueblo.”

Nuestra familia siempre ha necesitado fortalecimiento, incluso ahora; y, sin lugar a dudas, el orar juntos nos ayuda a obtenerlo diariamente. Hay que enseñar constantemente a los hijos cómo deben comportarse cuando maduren y tengan su propia familia.

Las madres y las hijas deben ser finas y modestas en todo y participar activamente en la Sociedad de Socorro, en la organización de las Mujeres Jóvenes y en la Primaria. Mi esposa y yo a menudo recordamos las veces que íbamos a la Sociedad de Socorro con nuestra madre cuando éramos niños.

Los padres y los hijos deben ser corteses y bondadosos, honrar el sacerdocio, cumplir una misión y servir al Señor de otras maneras.

Es preciso que la familia observe estrictamente la Palabra de Sabiduría, sin transigir lo mas mínimo en este mandamiento sagrado.

Los padres y los hijos necesitan la experiencia de expresar su testimonio y su amor por nuestro Padre Celestial y por Jesucristo. Esa expresión no se limita a la capilla, sino que un cuarto de la casa puede ser el escenario ideal para tener experiencias espirituales muy elevadas. Los recuerdos felices son producto de la preparación y los padres deben planear momentos especiales en el hogar para crear recuerdos espirituales.

Los padres necesitan participar mas en la vida de los hijos, esperarlos de noche cuando ellos salgan con otros jóvenes o ir en su busca si se hace muy tarde. Recuerdo haber leído muchas paginas de las Escrituras sentado en la cocina, mientras esperaba que mis hijos volvieran a casa cuando salían de fiesta.

La mesa de la cocina es un lugar apropiado para muchas lecciones valiosas y cálidas comunicaciones; ¡en ella no sólo debemos participar de la buena comida! sino también del cariño y de la amistad; a su alrededor se pueden leer las Escrituras y los padres pueden explicar las enseñanzas de los profetas. Nefi dijo:

“Porque mi alma se deleita en las escrituras, y mi corazón las medita, y las escribo para la instrucción y el beneficio de mis hijos.” (2 Nefi 4:15.)

Al reflexionar sobre los años de crianza de nuestros hijos, vemos cuanto nosotros y nuestros seres queridos hemos necesitado de las Escrituras. ¿Que tema mejor para tratar que el de las enseñanzas del Señor y el del amor que por ellos sentimos?

Los hijos necesitan saber que sus padres los aman lo suficiente como para enseñarles el evangelio. Las noches de los lunes se convierten en especiales con la noche de hogar, el cariño prevaleciente, la música, los juegos y las valiosas enseñanzas. Nos hemos dado cuenta de que el niño que esta haciendo piruetas en el piso durante la noche de hogar escucha y aprende mas de lo que creemos.

Mi esposa y yo hemos observado a nuestros ocho hijos desenvolverse en sus propios hogares y hemos sentido una gran satisfacción al verlos enseñar a nuestros nietos los principios del evangelio, y sabemos que aunque no es cosa fácil, deben seguir haciéndolo.

Las cosas de las que he hablado son algunos de los ideales y de las metas que podemos tratar de alcanzar; muy pocos han llegado a ese punto, pero el presidente McKay dice que es posible lograrlo, y eso hace que valga la pena intentarlo.

Testifico que sé que el Evangelio de Jesucristo y todo lo que nos ofrece es para nuestra felicidad y para la de nuestros seres queridos. Jesucristo es el centro de nuestra vida, y sé que La esta cerca de sus siervos que le sirven en la tierra. El ama a cada uno de nosotros, y de corazón y con toda sinceridad podemos cantar y proclamar la hermosa verdad “Soy un hijo de Dios” (Canta conmigo, B-76).

Testifico que Jesús es el Cristo. Mi esposa y yo lo amamos, y deseamos profundamente que nuestros hijos y nietos amen y obedezcan a nuestro Señor y Salvador. En el nombre de Jesucristo. Amen.