Mormón debe significar “muy bueno”

Presidente Gordon B. Hinckley

Primer Consejero de la Primera Presidencia


Presidente Gordon B. Hinckley

Quisiera expresar nuestras condolencias a la familia del gobernador Scott Matheson [Gobernador del estado de Utah por varios años] que falleció esta mañana, y a quien muchos de nosotros tuvimos el placer de conocen Pedimos que el Espíritu del Señor de consuelo a sus deudos. Mis hermanos y hermanas, os saludo con amor en esta hermosa mañana dominical al hallarnos reunidos tanto en el Tabernáculo de la Manzana del Templo así como en miles de otros edificios de la Iglesia en todo el mundo, y en vuestros hogares. Es una mañana fresca de otoño aquí en este valle entre las montañas; donde hace casi un siglo y medio, tras muchos sufrimientos, nuestros antepasados pioneros hallaron un lugar en el cual adorar a Dios según los dictados de su propia conciencia. Estamos profundamente agradecidos por la paz de que gozamos. Grande es el privilegio de adorar a nuestro Padre Eterno como deseamos hacerlo y, a la vez, respetar y dejar a los demás que adoren como lo deseen.

Nos reunimos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, el Salvador y Redentor de la humanidad. Nos reunimos como miembros de la Iglesia que lleva su sagrado nombre.

A muchos de nuestros hermanos les inquieta la practica de los medios de difusión y de muchas personas de pasar totalmente por alto el verdadero nombre de la Iglesia y de usar en su lugar el apodo “la Iglesia mormona”.

En la pasada Conferencia General de abril, el élder Russell M. Nelson dio un excelente discurso sobre el nombre correcto de la Iglesia y cito las palabras del Señor, que dijo:

“porque así se llamara mi iglesia en los postreros días, a saber, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días.” (D. y C. 115:4.)

Explicó además las diversas partes de ese nombre. Os recomiendo que leáis de nuevo ese discurso.

La Iglesia Mormona, desde luego, es un apodo, y los apodos tienden a arraigarse. Recuerdo una rima acerca de un niño y su nombre, que dice:

Mi padre me llama William,

Mi madre me llama Will,

Mi hermana me llama Willie;

Pero los demás me llaman Bill.

(“Jest ‘Fore Christmas”)

Pienso que no importa que hagamos, nunca lograremos que el mundo use el nombre correcto y completo de la Iglesia. Debido a la brevedad de la palabra mormón y a la facilidad con que se pronuncia y se escribe, seguirán llamándonos los mormones. la Iglesia Mormona, etc.

Podría ser peón Hace mas de 50 años, cuando yo era misionero en Inglaterra, dije a uno de mis compañeros: “¿Cómo podríamos lograr que la gente, incluso los miembros, llamaran a la Iglesia por su debido nombre?”

Él me dijo: “Eso no es posible. La palabra mormón esta demasiado arraigada y es muy fácil de decir”. Y añadió: “Yo ya no insisto más. Si bien estoy agradecido por el privilegio de ser seguidor de Jesucristo y miembro de la Iglesia que lleva Su nombre, no me avergüenzo del apodo mormón”.

“Veras”, prosiguió, “si hay un nombre que es totalmente honorable en su derivación, es el nombre mormón. Y por eso, cuando me preguntan que quiere decir, digo sencillamente: ‘mormón quiere decir muy bueno’.” El profeta José Smith, en 1843, nos explicó este concepto (véase Enseñanzas del Profeta José Smith, págs. 364-365).

Eso que me dijo me dejó realmente intrigado: “mormón quiere decir muy bueno”. Yo sabia, naturalmente, que “muy bueno” no era un derivado de la palabra mormón. Había estudiado latín y griego y sabía que el inglés proviene en cierta medida de esas dos lenguas y que los términos “muy bueno” no son derivación de la palabra mormón. Pero él tenía una buena actitud que se basaba en una percepción interesante. Y. como todos lo sabemos, nuestras vidas se guían en forma considerable por nuestras percepciones. Desde entonces, cada vez que he vistes impresa la expresión mormón para describirnos-en periódicos, revistas, libros u otra cosa-acuden a mi memoria esas palabras que se han convertido en mi lema: “mormón quiere decir muy bueno”.

Si bien no podemos cambiar ese apodo, podemos hacerlo brillar aun más.

Después de todo, es el nombre de un hombre que fue un gran Profeta que luchó por salvar su nación y también es el nombre del libro que es un poderoso testamento de la verdad eterna, de la realidad absoluta de la divinidad de nuestro Señor Jesucristo.

Quisiera recordaros por unos momentos la grandeza y la virtud de ese hombre que fue Mormón: Él vivió en este continente americano en el siglo cuarto después de Cristo. Cuando tenía diez años de edad, el historiador del pueblo, cuyo nombre era Ammarón, le describió como “niño juicioso, y presto para observar” (Mormón 1:2). Y Ammarón le encomendó que, cuando tuviera veinticuatro años de edad, se encargara de los anales de las generaciones que le habían precedido.

Los años que siguieron a la niñez de Mormón fueron de terrible derramamiento de sangre para su nación, el resultado de una guerra atroz entre los que se denominaban nefitas y los que se denominaban lamanitas.

Posteriormente, Mormón llegó a ser el líder de los ejércitos nefitas y presenció la matanza de los de su pueblo; les hizo ver claramente que sus repetidas derrotas se debían a que habían abandonado al Señor y el Señor, a su vez, les había abandonado a ellos. Su nación fue destruida con la masacre de cientos de miles y él fue uno de los veinticuatro que sobrevivieron. Al contemplar los restos de los que habían sido legiones de su pueblo, clamó:

“¡Oh bello pueblo, cómo pudisteis apartaros de las vías del Señor! ¡Oh bello pueblo, cómo pudisteis rechazar a ese Jesús que esperaba con brazos abiertos para recibiros!” (Mormón 6:17.)

Escribió a los de nuestra época con palabras de amonestación y de súplica, proclamando con elocuencia su testimonio del Cristo resucitado. Previno las calamidades que nos sobrevendrían si abandonábamos las vías del Señor como lo habían hecho los de su pueblo. Nos indicó la manera de distinguir el bien del mal, dejándonos sin excusa al respecto:

“Pues he aquí, a todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que pueda distinguir el bien del mal; por tanto, os muestro la manera de juzgar; porque toda cosa que invita a hacer lo bueno, y persuade a creer en Cristo, es enviada por el poder y el don de Cristo, por lo que podréis saber, con un conocimiento perfecto, que es de Dios.” (Moroni 7:16.)

Sabiendo que su propia vida pronto llegaría a su fin, porque sus enemigos perseguían a los que habían sobrevivido, rogó que los de nuestra época anduvieran con fe, esperanza y caridad, diciendo:

“… la caridad es el amor puro de Cristo, y permanece para siempre; y a quien la posea en el postrer día, le ira bien.

“Por consiguiente, amados hermanos míos, pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones, que seáis llenos de este amor que él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo, Jesucristo; que lleguéis a ser hijos de Dios; que cuando él aparezca, seamos semejantes a él, porque lo veremos tal como es; que tengamos esta esperanza; que podamos ser purificados así como él es puro.” (Moroni 7:47-48.)

Así era la virtud, la fortaleza, el poder, la fe, y el alma profética de Mormón, el profeta líder.

Él fue el compilador principal del libro que lleva su nombre y que ha salido a luz en este período de la historia del mundo, como la voz de uno que clama desde el polvo, dando testimonio del Señor Jesucristo.

Ha conmovido el alma de millones de personas que lo han leído con una oración en el corazón y que han meditado en sus palabras. Os contare de una de esas personas a la que hace poco conocí en Europa.

Era un hombre de negocios, que como tal había tenido un gran éxito. En uno de sus viajes, conoció a dos de nuestros misioneros; estos procuraban concertar una hora para enseñarle, pero él postergaba la ocasión hasta que por fin accedió a escucharles. Aceptó algo superficialmente lo que le dijeron; se convenció intelectualmente de que hablaban la verdad, pero su alma no se conmovió.

Resolvió que leería el Libro de Mormón. Dijo que había sido un hombre del mundo, que no sabía lo que era llorar, pero que al leer el libro, las lagrimas se le desbordaron de los ojos. Le produjo un gran impacto; y lo leyó de nuevo y experimentó las mismas emociones. Lo que había sido conversión del intelecto se volvió en conversión del alma.

Su modo de vida cambió junto con sus perspectivas. Se lanzó de lleno a la obra del Señor y hoy ocupa un elevado y santo llamamiento en la causa que ha aprendido a amar.

Y así es que, si bien a veces lamento que las personas no llamen a esta Iglesia por su debido nombre, me siento feliz de que el apodo que usan sea el de la gran honra que le dio un hombre notable y un libro que da un testimonio incomparable con respecto al Redentor del mundo.

Cualquiera que llegue a conocer al hombre Mormón al leer sus palabras y meditar en ellas, cualquiera que lea ese valioso tesoro de historia que él, en gran medida, reunió y preservó, llegara a saber que Mormón no es una palabra de desprestigio sino que representa lo más bueno, lo bueno que proviene de Dios. El traductor moderno de esos antiguos grabados dijo que, al leerlo, un hombre se acercaría mas a Dios que al leer cualquier otro libro.

Todo eso pone sobre nosotros, los de esta Iglesia y de esta época, la enorme obligación y responsabilidad de comprender que porque nos llaman mormones, tenemos que vivir de tal manera que nuestro ejemplo realce la percepción de que Mormón significa de un modo muy real: muy bueno.

¿De qué modo?, os preguntareis. Hay muchos, pero sólo tengo tiempo para mencionar tres o cuatro. Al pensar en los aspectos más evidentes, pienso en lo que llamamos la Palabra de Sabiduría, la cual es el código divino de salud que se recibió por revelación en 1833, hace 157 años. Este proscribe el alcohol y el tabaco, el té y el café, y recalca la importancia del consumo de frutas y cereales. La Palabra de Sabiduría llegó a nosotros proveniente del Padre de todos, el Dios del Cielo, para nuestra bendición y la de todos los que la observaran.

Es lamentable que, colectivamente, no la cumplamos con mas fidelidad. Pero notables han sido las bendiciones que hemos recibido por observarla al grado que lo hemos hecho. Periódicos de todo el país han publicado informes de un importante estudio que dirigió el doctor James Enstrom de la Facultad de Medicina de la Universidad de California-Los Angeles, y que incluyó un numero considerable de miembros activos de la Iglesia: 5.231 sumos sacerdotes y 4.613 de las esposas de ellos. Cito a continuación lo publicado en un periódico:

“Al compararse con otros grupos, el estudio reveló que los mormones tienen un índice promedio de un 53% menos de casos fatales de cáncer … de un 48% menos de muertes por enfermedades cardíacas y de un 53% menos de enfermedades fatales en general.” (Salt Lake Tribune, 2 de sep. de 1990.)

El doctor Enstrom, refiriéndose a un estudio de ocho años de duración, dijo que “podía predecir que un hombre mormón muy activo, de veinticinco años de edad, que se preocupara de cuidar su salud, vivirá 11 años mas que un estadounidense promedio de la misma edad”. (Salt Lake Tribune; cursiva agregada.)

¿Puede dudarse de que la palabra mormón, en ese contexto, signifique efectivamente muy bueno? Significa, por termino medio, más larga vida. Significa, por termino medio, una vida fundamentalmente más libre de dolor y de aflicción. Significa mas felicidad. Significa muy bueno.

Desde luego, algunos de nuestros miembros padecen las mismas enfermedades que afligen a las demás personas. Algunos mueren jóvenes. Pero allí tenemos los datos científicos, que se han publicado al mundo, de un estudio independiente de ocho años realizado por un catedrático de una de las mejores universidades del país, un reconocido experto en salud publica que sabe lo que dice.

Del mismo modo que lo es tocante a la salud, así también mormón debe significar muy bueno en lo que se refiere a la vida familiar.

Hace poco leí un interesante articulo sobre el deterioro de la familia en la ciudad de Nueva York, el cual se describe como la causa principal de los serios problemas que aquejan a esa ciudad y a casi todas las demás grandes ciudades del mundo.

La fortaleza de una comunidad yace en la fortaleza de las familias que la componen. La fortaleza de una nación yace en la fortaleza de las familias que la integran. La vida familiar bien constituida proviene del firme y claro entendimiento religioso de quienes somos, de por que estamos aquí y de que llegaremos a ser en la eternidad. La vida familiar con principios bien arraigados proviene de la percepción de que cada uno es hijo de Dios y es, por tanto, de estirpe divina con un gran e importante potencial. La vida familiar sólida proviene de padres que se aman y respetan mutuamente, y que aman, respetan y enseñan a sus hijos a andar en las vías del Señor. Esos son los principios básicos de lo que enseñamos como Iglesia. En la medida en que observemos esas enseñanzas, formaremos familias sólidas cuyos hijos fortalezcan la nación.

Esas son las familias que oran todos los días, reconociendo a Dios como nuestro Padre Eterno y nuestra responsabilidad ante El de lo que hacemos con nuestras vidas.

Esas son las familias en las que los padres y los hijos se juntan para conversar. Esas son las familias en las que se da importancia a los estudios y en las que los hijos se fortalecen unos a otros.

Estamos lejos de ser perfectos en la tarea de hacer todo lo que debemos hacer, pero, hablando colectivamente, estamos tratando, y nuestros esfuerzos van alcanzando cierto grado de éxito.

En la medida que logremos esas metas de la Iglesia, se acentuara aun más que mormón significa muy bueno.

También significa mas tolerancia, respeto mutuo y espíritu servicial. Dijo el profeta José Smith en Nauvoo, en el año 1843:

“Los miembros de la Iglesia pueden testificar si estoy dispuesto a dar mi vida por mis hermanos. Si se ha demostrado que estoy dispuesto a morir por un ‘mormón’, declaro sin temor ante los cielos que estoy igualmente dispuesto a morir en defensa de los derechos de un presbiteriano, un bautista o cualquier hombre bueno de la denominación que fuere; porque el mismo principio que hollaría los derechos de los santos de los últimos días, atropellaría los derechos de los católicos romanos o de cualquier otra denominación que no fuera popular y careciera de la fuerza para defenderse.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, págs. 382-383.)

El domingo pasado asistí a la reunión sacramental de un barrio universitario compuesto enteramente de matrimonios jóvenes de estudiantes que luchan por proseguir sus estudios al mismo tiempo que por mantener su familia. Dos criaturas, que nacieron hace poco, recibieron una bendición de sus respectivos padres y un nombre para los registros de la Iglesia.

Me conmovieron las oraciones de esos dos jóvenes padres. Uno de ellos, hablando a su hijo recién nacido, le bendijo para que a lo largo de su vida tuviera un espíritu de amor por todas las gentes sin considerar sus circunstancias ni su condición. Le bendijo para que respetase a los demás sin considerar su raza, ni su credo ni ninguna otra diferencia que pudiera existir. No me cabe duda de que ese joven padre, estudiante de medicina, ha tenido el mismo en la vida, como fiel miembro de esta Iglesia, amor, aprecio y respeto por todos los seres humanos.

¡Qué gran cosa es la caridad, ya sea que se exprese mediante el dar de los propios bienes, el prestar de la propia fortaleza para hacer más ligera la carga de los demás o por medio de la bondad!

La gente de esta Iglesia, de esta Iglesia a la que llaman mormona, ha dado generosamente de sus bienes para ayudar a los necesitados. Recuerdo un domingo, hace unos años, cuando la Presidencia de la Iglesia pidió que se ayunara, absteniéndose los miembros de dos comidas, y se consagrara el equivalente en dinero, y más, para ayudar a los desamparados de algunas regiones de Africa, donde no había miembros, pero donde abundaban el hambre y el sufrimiento.

El lunes por la mañana, el dinero comenzó a llegar: primero, cientos de dólares, luego, miles de dólares, después cientos de miles de dólares y más tarde millones de dólares. Esos fondos consagrados constituyeron el medio para salvar a muchas personas de morir de hambre.

No nos jactamos de eso. Lo menciono sencillamente para ampliar mi tema de que mormón puede significar, y para muchos significa, muy bueno.

La Sociedad de Socorro de la Iglesia, la Sociedad de Socorro mormona, que comprende a mas de dos millones de mujeres organizadas en mas de cien naciones, tiene como lema “La caridad nunca deja de ser”. Innumerables son las obras de esas notables, magnificas y generosas mujeres al prestar socorro a los afligidos, al atender a los enfermos, al dar alegría y consuelo a los que sufren pesares, al alimentar al hambriento y vestir al desnudo, y al levantar a los que han caído infundiéndoles fortaleza, aliento y el deseo de seguir adelante.

Este magnifico coro que esta detrás de mí es conocido en todo el mundo como el Coro del Tabernáculo Mormón. En todas partes donde se le ha oído-que es en muchos sitios-su canto ha sido un himno de paz, de amor, de reverencia y de humanidad; ha sido un canto de alabanza al Altísimo y a su Amado Hijo.

Las personas que integran este coro son parte, un segmento, de esto notable que el mundo llama mormonismo, y que nosotros llamamos el Evangelio restaurado de Jesucristo.

Y así, os dejo con el sencillo pero profundo pensamiento: “mormón significa muy bueno”.

La edición reciente de la revista Fortune, una publicación sobre negocios muy respetada, declaró en su articulo principal que Salt Lake City es la ciudad numero uno de los Estados Unidos para hacer negocios. Eso es un cumplido grande y singular; algunos estiman que servirá para atraer muchas personas nuevas a esta región. Para nosotros, los miembros de la Iglesia que residimos aquí, ello presenta una espléndida oportunidad para demostrar con nuestra actitud, con nuestra integridad, nuestra laboriosidad y buena vecindad que somos la clase de personas que los demás aprecian.

Dios nos dé la fortaleza y la disciplina para dirigir nuestras vidas de manera que sigamos muy de cerca el ejemplo infinito e incomparable de nuestro Redentor, de quien se dijo que “anduvo haciendo bienes” (Hechos 10:38).

Testifico que Jesucristo en realidad vive. Testifico de la realidad de Dios, nuestro Padre Eterno. Testifico de la restauración del Evangelio de Jesucristo en esta, la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Testifico que el Libro de Mormón es la palabra de Dios y que si nos llaman con el nombre de ese libro, ello será un cumplido para nosotros si vivimos dignos de ese nombre, recordando siempre que en un sentido muy real mormonismo tiene que significar todo lo bueno que nuestro Señor Jesucristo ejemplificó. Lo ruego en Su Santo Nombre, el nombre de Jesucristo. Amen.