“Ni extranjeros ni advenedizos”

Elder Harold G. Hillam

De los Setenta


Elder Harold G. Hillam

Hace unos años, cuando era presidente de misión en Portugal, algunos de nuestros misioneros me presentaron a su lustrabotas. Tenían ellos los zapatos siempre tan brillantes que yo estaba ansioso por conocer al hombre capaz de dejar con ese brillo el calzado de los misioneros. Aunque el no había querido escuchar el mensaje de los misioneros, lo consideraba mi amigo, y conversamos amablemente mientras el se dedicaba a lustrar mis zapatos. Me dijo que su esposa había fallecido y que no tenía más familiar y que casi el único placer que tenía en la vida era ver la satisfacción de los clientes al marcharse con los zapatos tan brillantes. Se había establecido cerca del cordón de la vereda de una plaza no muy grande de una calle muy transitada de Lisboa. Allí tenia todo lo necesario: un banquito de tres patas, bajo y herrumbrado, en el que se sentaba a lustrar el calzado que colocaba sobre un cajón gastado y manchado que contenía los cepillos y los betunes. Y completaba el equipo un poste del alumbrado eléctrico, en el que los clientes se apoyaban mientras el limpiabotas les lustraba los zapatos. Aplicaba con esmero dos capas de betún, lustrando con un cepillo entre capa y capa. Por encima ponía un producto que daba a los zapatos el brillo característico. Terminaba con un chasquido del trapo de lustrar, se ponía de pie, se sacaba la boina y hacia una reverencia, diciendo: “Pronto, seus sapatos foram engraxados pelo melhor engraxate do mundo”. “Listo, sus zapatos fueron lustrados por el mejor lustrabotas del mundo.” Y yo me marche convencido de que así había sido.

Unos meses después de nuestra misión, me llamaron para ser el Representante Regional de Portugal y tuve la oportunidad de volver a Lisboa varias veces. Todas las veces que podía, me iba a lustrar los zapatos con el “mejor lustrabotas del mundo”.

Pero las ultimas veces que fui, no pude encontrarlo en su lugar acostumbrado. Al fin se me ocurrió preguntar en esas tiendas de lujo que rodeaban la plaza. Todos me dijeron lo mismo: “No sabemos lo que le sucedió. Nos parece haber oído que falleció”. Recuerdo haber pensado: “¿Es posible que el mejor lustrabotas del mundo haya muerto y nadie lo sepa a ciencia cierta, ni tampoco les importe? ¿Habrá muerto con alguien al lado o sin que nadie se hubiera dado cuenta?”

Quisiera establecer el contraste que existe entre este hombre y Joaquim Aires, un hombre extraordinario que, junto con su esposa, llegó a Portugal en 1974 después de la revolución de las colonias portuguesas de Angola y Mozambique. Llegaron allí casi sin pertenencias, y nadie los conocía. Pero tuvieron una gran bendición: abrieron la puerta a dos misioneros que les enseñaron en cuanto a la restauración de la Iglesia de Cristo. Recibieron a los misioneros, aceptaron su mensaje y se bautizaron.

Como todos los hombres dignos de la Iglesia, él recibió el sacerdocio, la autoridad de actuar en el nombre de nuestro Padre Celestial y de llegar a ser líder en la Iglesia. El hermano Aires llegó a ser el presidente Aires, presidente de uno de los distritos de la misión. Un día me llamaron por teléfono con la noticia de que el presidente Aires estaba hospitalizado en Coimbra, a varias horas de viaje. Había tenido un serio derrame cerebral y estaba muy grave. Otro poseedor del sacerdocio y yo fuimos a verlo lo mas pronto que pudimos y, al entrar al cuarto sin hacer ruido, lo encontramos dormido. Mi primera reacción fue la de no despertarlo, pero después pense que le gustaría saber que habíamos ido a verlo, así que me incline y apenas le toque la mano. Abrió los ojos lentamente y me miró un momento. En seguida se nos llenaron los ojos de lágrimas y me dijo débilmente: “Sabia que vendría. Sabia que vendría. ¿Me dará una bendición?” Debido a su fe me pedía una bendición del sacerdocio, la misma que se daba en los tiempos bíblicos. Leemos en Santiago 5:14-15: “¿Esta alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor.

“Y la oración de fe salvara al enfermo, y el Señor lo levantara …”

Como poseedores del sacerdocio, tuvimos el privilegio de bendecirlo con el poder y la autoridad de nuestro Padre Celestial.

Cuando veía a los miembros de la Iglesia de un extremo al otro de Portugal, me preguntaban: “¿Cómo esta el hermano Aires? Dígale que lo queremos y que oramos por él”.

Esta buena pareja que al llegar a Portugal era casi desconocida, ahora, gracias a que eran miembros de la Iglesia, tenían literalmente a miles de personas que los amaban, se preocupaban por ellos y los recordaban en sus oraciones.

La fe y las oraciones fueron contestadas y el se recuperó completamente y con su esposa fueron a una misión junta.

Muchas veces he pensado en el contraste entre estas dos vidas: el lustrabotas, quien como muchos otros un buen día desaparecen, sin alguien que los quiera y sin enterarse del propósito de la vida, y el hermano Aires, que no sólo enseñaba el propósito real de la vida, sino que habla llegado a ser parte de un gran núcleo de gente que demostraba apreciarlo.

El apóstol Pablo escribió a los miembros de la Iglesia, o sea, a los santos, como se les llamaba y se les llama en la actualidad, y les recordó a los que acababan de bautizarse las bendiciones de pertenecer a la Iglesia: “… ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19). ¡Que bendición es pertenecer a un grupo y saber que se nos necesita!, sobre todo durante momentos difíciles de nuestra vida.

A todos los que os encontráis fuera de la familia de la fe y lejos de los santos, os pedimos que aceptéis esta invitación de venir a Cristo para que, como dijo Alma, todos podamos llevarnos las cargas unos a otros (véase Mosíah 18:8). Uníos a los santos, para dejar de ser extranjeros en este mundo y sentir que os aman.

Y a todos vosotros, los miembros de la Iglesia, quisierais preguntaros: ¿Hay alguien entre vosotros que este solo, como el lustrabotas, alguien que tenga necesidad de vuestro amor y ayuda? ¿No podríais tomar el tiempo para hacerle saber el amor que sentís por él?