La resurrección

Elder Hartman Rector, hijo


Mis hermanos, quisiera hablaros por unos minutos sobre la resurrección y sobre la importancia de volver limpios y puros a nuestro Padre Celestial. Por cierto que no es mucho lo que sabemos sobre la resurrección, ya que ni los profetas ni los seres resucitados han explicado el proceso a los mortales. Sólo sabemos esto: la expiación de Jesucristo “lleva a efecto la resurrección de los muertos” (Alma 42:23), y la muerte es la separación del espíritu y el cuerpo.

La resurrección esta relacionada con la restauración del espíritu al cuerpo y del cuerpo al espíritu. Alma declara: “si, y todo miembro y coyuntura serán restablecidos a su cuerpo; si, ni un cabello de la cabeza se perderá, sino que todo será restablecido a su propia y perfecta forma” (Alma 40:23).

¿Y por qué sucede esto? Alma lo explica otra vez: “… la resurrección de los muertos lleva a los hombres de regreso a la presencia de Dios; y así son restaurados a su presencia, para ser juzgados según sus obras, de acuerdo con la ley y la justicia” (Alma 42:23).

Jacob nos da una idea de cómo será la resurrección:

“¡Oh cuan grande es el plan de nuestro Dios! Porque … el paraíso de Dios ha de entregar los espíritus de los justos, y la tumba los cuerpos de los justos; y el espíritu y el cuerpo son restaurados de nuevo el uno al otro, y todos los hombres se toman incorruptibles e inmortales; y son almas vivientes, teniendo un conocimiento perfecto semejante a nosotros en la carne, salvo que nuestro conocimiento será perfecto.

“Por lo que tendremos un conocimiento perfecto de toda nuestra culpa, y nuestra impureza, y nuestra desnudez; y los justos, hallándose vestidos de pureza, si, con el manto de rectitud, tendrán un conocimiento perfecto de su gozo y de su justicia.

“Y tan cierto como el Señor vive, porque el Señor Dios lo ha dicho … aquellos que son justos serán justos todavía, y los que son inmundos serán inmundos todavía …” (2 Nefi 9:13-14, 16.)

Parece ser entonces, que hay algo bueno y algo malo relacionado con la resurrección. Lo bueno es que todos resucitaremos. ¡Todos volveremos a vivir! Y que todos los que hayan sido justos (que se hayan arrepentido) seguirán siendo justos. Lo malo es que aquel que sea inmundo (que quiere decir el diablo y aquellos que han elegido seguirle) seguirá siendo inmundo. Otros recibirán una gloria inferior a la celestial porque no se arrepintieron mientras aun vivían. Por lo tanto, esto nos indica que la resurrección acontece a fin de que los hombres sean juzgados. El juicio determina cuan bien hemos cumplido los mandamientos “en la carne” (véase Alma 5:15).

Al contemplar esa condición en la que nos encontraremos al resucitar, tal vez el mandamiento más importante serla, según las palabras de nuestro Padre: “Arrepentíos, arrepentíos y sed bautizados en el nombre de mi Amado Hijo”, y luego perseverad hasta el fin (2 Nefi 31:11; véase también el vers. 15).

De hecho, el Maestro ha indicado que no debemos predicar “sino el arrepentimiento a esta generación” (D. y C. 6:9; véase también 11:9; 14:8; 19:21). El arrepentimiento parece ser la experiencia más importante que podamos tener en la tierra a fin de prepararnos para la resurrección, ya que “nadie se salva sino los que verdaderamente se arrepienten” (Alma 42:24).

Por lo tanto, la pregunta principal que debemos hacernos es: ¿Qué lleva a la gente a arrepentirse? Según lo que he podido determinar, una vez que una persona tiene bastante fe en el Señor Jesucristo para creer que El ha pagado por nuestros pecados, entonces se arrepiente. Yo diría que son muy pocos, si es que los hay, los que se arrepienten antes de creer en esta verdad. Por consiguiente, para poder llevar las almas al arrepentimiento, es vital enseñar la verdad sobre Jesucristo, que Él es literalmente el Hijo de Dios, que es nuestro Salvador y Redentor. La fe en el Señor, conducente al arrepentimiento, es el poder salvador del Evangelio de Jesucristo (véase Alma 34:16).

Cuando nos arrepentimos se nos permite entrar en un sagrado convenio con Dios en las aguas del bautismo. El bautismo se efectúa para la remisión de los pecados (véase D. y C. 13: 1; 68:27), y más aun, es un testimonio ante Dios el Padre de que le seremos obedientes en la observancia de los mandamientos de ahí en adelante (véase 2 Nefi 31:6-7).

Una vez bautizados recibimos el Espíritu Santo, un don especial de

Dios, cuyo valor inestimable no puede describirse. El Espíritu Santo nos da testimonio del Padre y del Hijo y nos guía a toda la verdad; nos consuela y nos da paz por el resto de nuestra vida. Este don se recibe por medio de la imposición de las manos de un élder de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, al mismo tiempo que se nos admite en la Iglesia y “[nacemos] de nuevo”, o sea, somos hijos e hijas de Jesucristo (véase Juan 1:12; Eter 3:14; Alma 5:49).

De acuerdo con el Padre, todo lo que se requiere de nosotros de ahí en adelante es que perseveremos hasta el fin (véase 2 Nefi 31: 15), lo que quiere decir que a partir de ese momento debemos:

  1. l.

    Seguir arrepintiéndonos (véase Moisés 5:8).

  2. 2.

    Seguir perdonando a los demás (véase D. y C. 64:9-10). Y esto es por el resto de nuestra vida. Tal vez haya una cosa mas que debamos hacer:

  3. 3.

    ¡Debemos ser bondadosos!

No creo que vaya a haber nadie en el reino celestial que no sea bondadoso (véase D. y C. 31:9; 52:40).

El ser bondadosos requiere de nosotros mucho más que limitarnos a ser buenos. Por ejemplo: Tal vez el acto más bondadoso que los padres puedan realizar por sus hijos es traerlos al mundo en el convenio del templo o sellarlos a ellos mas tarde. Probablemente no haya nada de mayor valor que esto. ¿Por qué? Porque garantiza a los hijos la vida eterna siempre que permanezcan fieles y sea lo que sea que les suceda a los padres.

La acción más bondadosa que los hijos puedan llevar a cabo por sus padres es obedecerles (véase Colosenses 3:20). El mejor obsequio que un padre pueda dar a sus hijos es amar a la madre de ellos y serle fiel; por su parte, el mejor obsequio que una madre pueda dar a sus hijos es amar al padre de ellos y serle fiel. ¿Y por qué es este un obsequio tan bueno? Porque básicamente les garantiza que nunca tendrán que escoger entre el padre y la madre.

El mejor regalo que uno pueda ofrecerle a un amigo que no es miembro de la Iglesia es darle a conocer el evangelio. Tal vez la manera más fácil de realizar esto sea haciéndole llegar un ejemplar del Libro de Mormón por medio de los misioneros. ¿Por que el Libro de Mormón? Porque es, en las palabras del profeta José Smith, “el más correcto de todos los libros sobre la tierra” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 233). ¿Y por qué es este libro tan maravilloso? Probablemente, debido a que todas las verdades “claras y preciosas” que se perdieron o que se quitaron de la Biblia fueron restauradas en el Libro de Mormón (véase 1 Nefi 13:40). En mi opinión, una persona puede aprender mas sobre Jesucristo leyendo el Libro de Mormón que cualquier otro libro.

La acción más bondadosa que podamos realizar por los miembros menos activos de la Iglesia es acercarnos a ellos con amor, ternura y bondad y conducirlos nuevamente a la actividad para que puedan ir al templo, lo cual deben hacer a fin de prepararse para una gloriosa resurrección.

La acción más bondadosa que podamos hacer por el pobre es, en las palabras del rey Benjamin, darle de nuestros bienes, “cada cual según lo que [tengamos], tal como alimentar al hambriento, vestir al desnudo, visitar al enfermo, y ministrar para su alivio, tanto espiritual como temporalmente, según sus necesidades” (Mosíah 4:26).

Cuando el Señor nos invita a volvernos a Él (véase Malaquías 3:7), lo que en esencia nos dice es que nos arrepintamos y nos volvamos a sus mandamientos, pues estos tienen como finalidad proporcionarnos felicidad y prepararnos para la resurrección.

Pues bien, ¿qué mandamientos debemos cumplir? Después del bautismo, comencemos con los Diez Mandamientos y agreguemos la Palabra de Sabiduría y la ley del diezmo.

¿Por qué es tan importante la Palabra de Sabiduría? Porque si no la obedecemos, corremos el riesgo de matamos, y eso va en contra del sexto mandamiento. He aquí una declaración que extraje de una cajilla de cigarrillos, de una de las marcas más populares en los Estados Unidos: “Advertencia del Director General de Salud Publica: El fumar causa cáncer del pulmón, afecciones cardiacas y enfisema, y puede complicar el embarazo”. Suena como si pudiera matarnos, ¿no es cierto?

¿Por qué es tan importante el diezmo? Porque si no lo pagáis, le estáis robando al Señor (véase Malaquías 3:8), y eso va en contra del octavo mandamiento; jamas nadie ha prosperado haciéndolo. Por otra parte, cuando pagamos nuestro diezmo y nuestras ofrendas de ayuno, el Señor nos lo devuelve todo, “medida buena, apretada, remecida y rebosando” (Lucas 6:38). ¿Qué os parece esta promesa?

Los diez mandamientos son leyes eternas que no han cambiado desde el momento en que se recibieron en Sinaí. Son leyes imperecederas y eternas que jamas cambiaran.

El guardar los mandamientos y además pagar el diezmo y obedecer la Palabra de Sabiduría después del bautismo es la norma o guía para seguir arrepintiéndonos, o, como lo dijo Nefi, para “[deleitarnos] en las palabras de Cristo” (2 Nefi 32:3). Por lo tanto, si no estáis pagando el diezmo, arrepentíos y comenzad a pagarlo; si no estáis viviendo de acuerdo con la Palabra de Sabiduría, arrepentíos y empezad a obedecerla; si no sois moralmente limpios, arrepentíos y empezad a serlo.

Arrepentirse quiere decir confesar y abandonar los pecados (véase D. y C 58:43) y tomar la Santa Cena, por medio de la cual renovamos el convenio del bautismo. Si hacemos eso, estaremos limpios, pues el Salvador ha pagado por nuestros pecados a condición de que nos arrepintamos (véase D. y C. 18:12).

Si no estáis guardando el día de reposo, arrepentíos y empezad a guardarlo; si no sois verídicos, arrepentíos y empezad a decir la verdad; si no honráis a vuestros padres, arrepentíos y empezad a honrarlos; si adoráis dioses falsos, como el fútbol, el básquetbol, el cine, el dinero, la tecnología, las posesiones materiales, el oro o la plata-y se puede saber que adora una persona según lo que haga los domingos-, arrepentíos y empezad a adorar al Dios verdadero y viviente, el Creador de los cielos, la tierra y todas las cosas que en ellos hay.

Hermanos y hermanas, el evangelio es fácil de vivir; lo único que tenemos que hacer es perseverar en el eternamente.

Estamos aquí en la tierra para aprender a ser felices eternamente mientras nos preparamos para una gloriosa resurrección, porque “existe el hombre para que tenga gozo” (2 Nefi 2:25), y recibimos las bendiciones de aquel a quien estemos dispuestos a obedecer (véase Alma 3:27; D. y C. 29:45).

¿No es acaso inteligente seguir al Señor? De hecho, no hay otro camino, pues así lo ha dicho el Señor Dios y Él es invariable en lo que ha dicho (véase Mosíah 2:22).

Mis hermanos y hermanas, yo soy testigo ante Dios de que Él vive y de que escucha y contesta nuestras oraciones. Doy testimonio de que Él envió a su Hijo Jesucristo para que pagara el precio por nuestros pecados, lo cual hizo, y para romper las ligaduras de la muerte, lo cual también hizo. Yo sé que es sólo por medio de El que nosotros vivimos y nos movemos y somos quienes somos. Sé que el suyo es el único nombre dado bajo el cielo por medio del cual podemos ser salvos, o sea, ser purificados (véase 2 Nefi 31:21; Mosíah 3:17; Hechos 4:12).

Yo sé que esta Iglesia, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, es la única Iglesia verdadera en la tierra con la cual el Señor esta complacido, hablando en forma colectiva y no individual. Estas no son cosas en las que simplemente creo, sino que las sé. También doy testimonio de que Ezra Taft Benson es el Profeta de Dios en la actualidad.

Si he hecho o dicho algo que haya ofendido a alguien que me este escuchando en este momento, lo lamento sinceramente, y humildemente le pido que me perdone, pues la verdad central del evangelio es que “nadie se salva sino los que verdaderamente se arrepienten” (Alma 42:24); y de esto testifico y os expreso mi amor, en el nombre de Jesucristo. Amén.