Una corona de espinas, una corona de gloria

James E. Faust


“Quizás peor que el pecado en si sea negarlo. Si negamos que somos pecadores, ¿como se nos podrá perdonar algún día? ¿Cómo puede tener eficacia la expiación de Jesús en nuestros vidas si no hay arrepentimiento?”

Quisiera hablar hoy día. sobre espinas, cardos, astillas y una corona de espinas. También deseo hablar de la exquisita belleza y fragancia que se encuentra en la vida, así como de una corona de gloria. Quisiera comprender mejor todos los propósitos divinos de tener que contender con tantos dolores en esta vida. Nefi explicó que una de las razones es “para que apreciemos y percibamos las bondades y las bellezas del mundo (véase 2 Nefi 2:10-13). A Adán se le dijo que la tierra esta maldecida con espinas y cardos por nuestra culpa (véase Génesis 3:17-18). De igual manera, la mortalidad esta “maldecida” con las espinas de las tentaciones mundanas y las astillas del pecado para que podamos ser probados. Esto es necesario para nuestro progreso eterno. El Apóstol Pablo explicó: “… para que … no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne” (véase 2 Cor. 12:7).

El negar nuestros pecados, nuestro egoísmo, nuestras debilidades, es como una corona de espinas que nos impide avanzar un paso mas hacia nuestro progreso personal. Peor que el pecado en si quizás sea el negarlo, porque si negamos que somos pecadores, ¿se nos podrá perdonar algún día? ¿Cómo puede tener eficacia la expiación de Jesús en nuestra vida si no hay arrepentimiento? Si no sacamos rápidamente las astillas del pecado y las espinas de la tentación carnal, ¿cómo podría el Señor sanar nuestra alma? El Salvador dijo: “no os volveréis a mi ahora, y os arrepentiréis de vuestros pecados, y os convertiréis para que yo os sane? (3 Nefi 9:13). Es muy difícil orar por los que nos odian, nos insultan y nos persiguen. Sin embargo, cuando no damos este paso vital, no eliminamos las ramas de espinas incrustadas en nuestra alma. Al perdonar, amar y comprender lo que consideramos errores y debilidades de nuestro cónyuge, de nuestros hijos y amigos, nos es mas fácil decir “Dios, se propicio a mi, pecador” (Lucas 18:13).

Parece ser que por mas que nos cuidemos al andar por las sendas de la vida, sufrimos el dolor de algunas espinas, cardos y astillas. Cuando era niño, durante las vacaciones de verano, íbamos a la granja, y tan pronto llegábamos nos quitábamos los zapatos. Andábamos descalzos todo el verano, excepto en ocasiones especiales. Durante la primera o segunda semana, cuando los pies estaban aun delicados, nos dolían al pisar cualquier piedrita. Pero a medida que pasaban las semanas, las plantas de nuestros pies se endurecían hasta que llegábamos a soportar casi cualquier cosa, excepto los cardos, que parecen ser la hierba que mas abunda en el campo. Y así sucede en la vida; a medida que crecemos y maduramos y nos acercamos a Aquel que fue coronado de espinas, nuestra alma parece fortalecerse para resistir las tentaciones; somos mas firmes en nuestras decisiones y tenemos mas autocontrol para protegernos de la maldad del mundo. No obstante, esas maldades están tan esparcidas que siempre debemos andar por las sendas que no tengan los cardos de la tentación.

Cuando éramos niños nos gustaba batir los cardos maduros para ver las semillas flotar en el viento. No fue sino hasta mas tarde que aprendimos los efectos que esta acción tenía en nuestro huerto y en el de los vecinos. A muchos de nosotros nos gusta coquetear con la tentación, para mas tarde darnos cuenta de que hemos cosechado las semillas de nuestra desgracia, y que también hemos afectado la felicidad de nuestro prójimo.

Hay un mecanismo de defensa para discernir entre el bien y el mal: Se llama conciencia. Es la respuesta natural de nuestro espíritu hacia el dolor del pecado, tal como el dolor que el cuerpo físico sufre con una herida, aun con una espina pequeña. La conciencia se fortalece con el uso. Pablo dijo a los hebreos: “Pero el alimento sólido es para los

que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal” (Hebreos 5:14). Aquellos que no han ejercitado la conciencia la tendrán cauterizada (véase 1 Timoteo 4:2). Una conciencia sensible es ser al de un espíritu sano.

¿Como podemos quitar las espinas y cardos de la vida? El poder de hacerlo en nuestra vida y en la de nuestros semejantes empieza con nosotros. Moroni dice que cuando nos abstengamos de toda impiedad, entonces la gracia de Cristo es suficiente para nosotros (véase Moroni 10:32).

Muy a menudo queremos cubrir la culpa con vendajes en vez de quitar la espina que produce el dolor. Nos oponemos al dolor momentáneo de sacar la espina aun cuando nos aliviara del dolor duradero de una herida infectada. Todos sabemos que si no se sacan las espinas y las astillas de la carne, estas producían heridas que se infectaran y que son difíciles de sanar.

Uno de los miembros de mi familia tiene un perro que se llama Ben. Hace algunos años, en un hermoso día de otoño, caminábamos por los campos, con Ben corriendo atrás y adelante de nosotros, olfateando la tierra, moviendo la cola y disfrutando el paseo Después de un rato nos sentamos a descansar y podíamos sentir la caricia tibia del sol otoñal en el rostro. Ben vino cojeando hasta su amo y con una dolorosa mirada levanto una pata delantera. El amo la tomo cuidadosamente, la examino y vio que el animal tenía una espina. Se la saco y Ben sólo se quedó lo suficiente para mover la cola vigorosamente y recibir unas palmaditas en la cabeza. Luego corrió, sin cojear, libre del dolor. Me maravillo ver que Ben parecía saber instintivamente que para eliminar el dolor era necesario que le sacaran la espina, y sabia perfectamente adónde recurrir para ello. Al igual que Ben, parece que instintivamente buscamos el alivio de las espinas de nuestros pecados. En contraste, sin embargo, no siempre buscamos a nuestro “Amo” para que nos ayude; muchos ni siquiera lo conocen.

Como carpintero, Jesús tuvo que haber estado familiarizado con las astillas y los maderos espinosos. De niño debe de haber aprendido que una persona rara vez se clava una astilla si trabaja la madera en la dirección correcta. Tuvo que haber sabido mejor que nadie como una astilla, pequeña y dolorosa, distrae la atención de asuntos importantes. Los azotes que Jesús recibió fueron provocados en parte por espinas:

“Entonces los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio, y reunieron alrededor de el a toda la compañía; y desnudándole, le echaron encima un manto de escarlata, y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas, y una cana en su mano derecha; e hincando la rodilla delante de el, le escarnecían, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos!

“Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza” (Mateo 27:27-30).

Quizás ese acto perverso trataba de simular burlonamente el colocar una corona de laureles sobre la cabeza de un emperador. Pero a El le pusieron una corona de espinas. El acepto el dolor como parte de la gran dádiva que había prometido dar. Cuan conmovedor fue esto, considerando que las espinas significaron el disgusto de Dios cuando maldijo la tierra por culpa de Adán, para que de ahí en adelante produjera espinos. Sin embargo, al llevar la corona, Jesús transformo las espinas en un símbolo de Su gloria. La poetisa norteamericana Emily Dickinson así lo describió:

Una corona que nadie busca
Pero que Cristo acepto
Cambiando la corona de espinas
Por una corona de gloria.

(The Complete Poems of Emily Dickinson, ed. Thomas H. Johnson, Boston: Little, Brown and Co., 1960, págs. 7034).

Para El, la meta era darse a si mismo y ni las adulaciones ni el escarnio del mundo lo desviaron de Su misión.

Nuestro Salvador conoce “según la carne” el grado de nuestro sufrimiento. No hay dolor que no conozca. En su agonía se familiarizó con todas las espinas, astillas y cardos que nos. puedan afectar:

“Y. el saldrá, sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases; y esto para que se cumpla la palabra que dice: Tomara sobre si los dolores y enfermedades de su pueblo.

“Y tomara sobre si la muerte, para poder soltar las ligaduras de la muerte que sujetan a su pueblo; y sus enfermedades tomara el sobre si, para que sus entrañas sean llenas de misericordia, según la carne, a fin de que según la carne pueda saber cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos” (Alma 7: 11-12) .

Todas las cosas que irriten la carne y el alma se deben quitar antes de que se infecten. Sin embargo, aun cuando se infectan y causan dolor, todavía se pueden sacar y empezar el proceso sanador. Cuando la infección se cura, el dolor se aleja. Este proceso se llama arrepentimiento. Este, junto con el arrepentimiento y el perdón se encuentra entre los frutos mas sublimes de la expiación. No es fácil quitar las espinas del orgullo, los cardos del egoísmo y las astillas de apetitos carnales.

En Roselandia, Brasil, en las afueras de la gran ciudad de Sao Pablo, hay muchos acres de hermosas rosas. Cuando uno se para en una pequeña colina que se eleva sobre los campos de rosales, el aroma es exquisito y la belleza extraordinaria. Las espinas de las plantas están allí, pero no disminuyen en absoluto el panorama y el aroma. Deseo invitar a todos a poner en la perspectiva apropiada las espinas y los cardos que encontremos en la vida. Debemos enfrentarlas, pero luego debemos concentrarnos en las flores de la vida, no en las espinas; Debemos disfrutar el aroma y la belleza de la flor del rosal y del cacto. Para disfrutar del dulce aroma de los capullos debemos vivir vidas rectas y disciplinadas en las que el estudio de las Escrituras, la oración, las prioridades y la buena actitud formen parte de nuestra vida. Para los miembros de la Iglesia, la belleza de la vida se realza en el interior de nuestros templos. Con seguridad todos encontraremos algunas espinas, pero son sólo de importancia secundaria cuando se comparan a la dulce fragancia y exquisita belleza del capullo. ¿Acaso no dijo el Salvador: “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?” (Mateo 7:16)

El escritor inglés Thomas Carlyle declaró: “Toda corona noble es, y siempre lo será en la tierra, una corona de espinas” (Thomas Carlyle, Past and Present, Libro 3, Capitulo 11). La antigua frase latina sic transit gloria mundi quiere decir “por tanto, pasa la gloria de este mundo”. Las recompensas mundanas pueden ser una gran tentación. Pero, por el contrario, a aquellos que son fieles y que se han comprometido a prestar servicio se les ha prometido que serán “coronados con honor, gloria, inmortalidad y vida eterna” (D. y C. 75:5). Así, ni el honor ni las pruebas pueden vencer. Pablo habló de una corona incorruptible (véase 1 Cor. 9:25) y Santiago de los fieles que reciben una “corona de vida” (Santiago 1:12). Juan el Revelador nos aconsejó: “Retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona” (Apoc. 3:1 1).

Considero que las coronas mundanas como el poder, el amor al dinero, la preocupación por lograr cosas materiales y el honor de los hombres son coronas de espinas porque se basan en obtener y recibir mas bien que en dar. De manera que el egoísmo puede hacer que lo que creamos que es una corona noble sea una corona de espinas que no podamos sostener. Cuando empecé a trabajar en el campo de mi carrera profesional, uno de los empleados de mas antigüedad le pidió ayuda en un asunto legal a otro empleado que tenía la misma antigüedad que el. La persona a la que se le pidió ayuda tenía talento y era eficaz, pero también era egoísta. Contestó: “¿Que gano yo?” La filosofía de “¿que gano yo?” es lo que básicamente esta mal en el mundo. Es una de las puntas mas agudas de la corona de espinas.

El llamado de Jesucristo a cada uno de nosotros es “Si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese a si mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mateo 16:24). ¿No es tiempo de que empecemos a negarnos a nosotros mismos, como lo aconsejó el Salvador, y nos sometamos y disciplinemos en vez de vivir una vida en la que solo lo mío interesa? La idea no es tanto lo que nosotros podamos hacer, sino lo que Dios puede hacer a través de nosotros. Pablo dijo: “Si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra” (2 Timoteo 2:21).

El tomar nuestra cruz y seguir al Salvador siempre es un compromiso de servicio. Cuando yo iba a la escuela era muy pobre. Trabajaba largas horas en una envasadora moviendo envases calientes por 25 centavos la hora. Aprendí que el egoísmo tiene que ver mas con la forma en que nos sentimos con respecto a lo que tenemos que con cuanto tenemos. Un hombre pobre puede ser egoísta y un hombre rico generoso, pero la persona obsesionada solo con obtener riquezas, tendrá dificultades para encontrar a Dios. He llegado a saber que cualquier privilegio que tengamos trae aparejado una responsabilidad. La mayoría de los privilegios de los cuales disfrutamos traen consigo la responsabilidad de dar, de servir, de bendecir a los otros. Dios puede despojarnos de cualquier privilegio si no lo usamos de acuerdo con su voluntad omnipotente. El cumplir fielmente y con devoción con el mandato de dar, de servir y de bendecir la vida de nuestro prójimo, es la única forma de disfrutar de la corona de gloria de que hablaron los primeros Apóstoles; es la única forma en que encontraremos el verdadero significado de la vida. Ello nos capacitara para recibir los honores y el escamio con la misma serenidad. Terminaré con las palabras de Ezequiel: “Y tu, hijo de hombre, … aunque te hallas entre zarzas y espinos, y moras con escorpiones; no tengas miedo …” (Ezequiel 2:6). Que en nuestro mundo cambiante sigamos adaptándonos a aquellas cosas que no cambian: a la oración, a la fe, a los convenios salvadores, al amor a la familia y a la hermandad. Al sacar de nuestra vida las espinas del pecado y los cardos de las tentaciones mundanas, y al negarnos a nosotros mismos, tomando nuestra propia corona y siguiendo al Salvador, podemos cambiar una corona de espinas por una corona de gloria. Testifico, como uno de Sus humildes siervos llamado como Su testigo especial, que El vive. Testifico, desde lo mas profundo de mi corazón, que estamos embarcados en Su obra sagrada, por la cual, si somos fieles, podremos ser “coronados con honor, gloria y vida eterna” (véase D. y C. 75:5). En el nombre de Jesucristo. Amen.