Nunca solos

Thomas S. Monson

Second Counselor in the First Presidency


Thomas S. Monson
‘’¡Que poder, que amor, que compasión nos manifestó… nuestro Maestro! Nosotros también podemos seguir Su noble ejemplo.”

En este día de reposo se ha designado como día de acción de gracias, un día para expresar nuestra gratitud a Dios, un día de oración. Hacemos una pausa para meditar en las bendiciones que nuestro omnisciente Padre Celestial os ha dado, a Sus hijos, al llevar la paz al campo de batalla y consuelo corazón de muchas personas de este bellísimo mundo donde vivimos, al que llamamos nuestra morada. Hoy sonarán las campanas y la gente, de rodillas y con el corazón lleno de gratitud, dirá: “Gracias sean dadas a Dios”. En los Estados Unidos de América, una nación agradecida y un Presidente agradecido expresarán su profunda gratitud y regocijo por la paz. ¿Quien de nosotros olvidara amas las conmovedoras imágenes de los padres de familia despidiéndose de sus llorosas esposas y de sus desconcertados hijos, las cuales llenaron las páginas de diarios y revistas y se proyectaron en las pantallas de la televisión? Los niños lloraban sin saber por que. Las esposas lloraban porque sabían del peligro, la soledad y el temor que les aguardaba.

Agitando la mano y con una sonrisa un tanto forzada, los hombres y las mujeres militares se marcharon a la guerra. La expresión de sus rostros al partir, todavía fresca en nuestra memoria, nos transmite su sentir: “Amo a mi país”, “siento orgullo de servir”, “volveré pronto”, “trata de no preocuparte”.

Pero … preocupación si hubo. El bombardeo constante no sólo de bombas y misiles sino de la prensa y de la televisión llevaron a muchas personas a preguntarse: “¿Será mi marido el piloto que cayó?” “¿Será mi hijo el copiloto que fue hecho prisionero?”

En su clásico poema “Las puertas del año”, la poetisa M. Louise Haskins resumió los sentimientos de todos aquellos a los que afectó la guerra por la inquietud que vivieron pensando en la seguridad de sus seres queridos al decir:

Y. al hombre que estaba a la puerta del año dije:

“Dame una luz para recorrer sana y salva el camino de lo desconocido”.

Y. el me dijo:

“Camina entre las tinieblas y pon
tu mano en la Mano de Dios,
lo cual te servirá mas que una luz
y mas que conocer el camino”

(en Masterpieces of Religious Verse, editado por James Dalton Morrison, New York: Harper and Brothers, 1948, pág. 92; traducción).

Por fin los cañones se silenciaron, los aviones permanecieron en tierra y la infantería se detuvo. Quietud y calma se asentaron en el campo de batalla; el ruido de la guerra sucumbió ante el silencio de la paz.

Una escena que tuvo lugar en las crueles arenas del desierto y una frase que salió del alma fueron de gráfica elocuencia un soldado norteamericano mirando al vencido enemigo que estaba de rodillas a sus pies, le tocó el hombro para tranquilizarlo y le dijo: “Todo esta bien; no se preocupe”.

Todos los hombres y todas las mujeres que fueron a la guerra pensaban en su casa, en su familia y amigos, reflejando en sus rostros su nostalgia por ellos. El amor reemplazó al odio, los corazones se llenaron de cordialidad y las almas rebosaron de compasión.

Las palabras del rey Arturo, de la obra musical Camelot, haciendo eco, hallaron profundo significado en el distante desierto: “La violencia no es fortaleza, y la compasión no es debilidad”.

Lo que contó el carcelero Kenyon J. Scudder hace brotar del corazón los mas tiernos sentimientos:

En un coche de tren, un amigo suyo iba sentado junto a un joven que se sentía obviamente deprimido. Al fin, el joven le confió que había salido en libertad condicional de una cárcel distante, que su prisión había llenado de vergüenza a sus familiares y que ellos nunca le habían visitado ni escrito a menudo, pero que confiaba en que hubiera sido así solo porque eran muy pobres para viajar y no sabían escribir bien; que, pese a eso, esperaba que le hubiesen perdonado.

Añadió que para facilitarles la situación les había escrito pidiéndoles que le pusieran una señal para cuando el tren en que viajaría pasara por su pequeña granja en las afueras de la ciudad. Si los familiares le habían perdonado, debían poner una cinta blanca en el gran manzano que se hallaba cerca de la vía férrea; si no deseaban que el volviera a casa, no debían poner nada en el árbol y el se quedaría en el tren, prosiguiendo el viaje.

Al ir acercándose el tren a su pueblo, aumentó de tal modo su expectación que supo que no podría soportar mirar por la ventanilla y dijo a su compañero de viaje: “En cinco minutos, el maquinista indicara con el silbato que nos acercamos a la larga curva que se abre al valle donde esta mi casa. ¿Quisiera usted fijarse en el manzano?” Su interlocutor le dijo que lo haría. Intercambiaron sus asientos. Los minutos parecieron horas, pero al fin se oyó el estridente silbato del tren. El joven le preguntó: “¿Ve usted el árbol? ¿Han puesto allí una cinta blanca?”

El otro le respondió: “Veo el árbol y no veo una cinta blanca sino muchas; hay una cinta blanca en cada rama. Hijo mío, sin duda le quieren a usted muchísimo”.

En aquel instante, toda la amargura que había envenenado una vida se disipó. “Pensé que había presenciado un milagro”, dijo el otro hombre. Sí, en realidad, presenció un milagro. (Véase John Kord Lagemann, The Reader’s Digest, mar. de 1961, págs. 41-42.)

Hoy en día la cinta amarilla ha reemplazado a la blanca; pero el mensaje es el mismo: “¡Bienvenido a casa!” En todas partes, hombres, mujeres y niños amarran cintas amarillas en cualquier cosa: no sólo en los árboles, sino también en faroles, postes y buzones, incluso al cuello de los animalitos domésticos. Tan grande ha sido la demanda de cintas amarillas que los que las hacen, aun trabajando sin descanso, no dan abasto. Una clásica cinta amarilla ceñía un enorme avión que traía soldados de regreso a su casa. Supongo que todos los que ataron alguna cinta amarilla cantaban, tarareaban o pensaban en la letra de la canción “El listón amarillo”.

En la amorosa y conmovedora escena de una familia que esperaba en el aeropuerto al padre y esposo que regresaba, había sonrisas en los rostros y lágrimas de gratitud en los ojos de todos los que allí estaban. Repare en la expresión de un niñito que sostenía en alto un palo con una cinta amarilla amarrada en el extremo superior. No hay palabras para describir los sentimientos de ese momento, pues la bienvenida a casa que sale del corazón hace brotar lágrimas de los ojos de todos e infunde paz a todas las almas.

Los niños poseen la facultad de la compasión; ellos no tienen miedo de expresar sus verdaderos sentimientos. En la popular película titulada “Solo en su casa” (titulo original en inglés Home Alone), una escena cerca del final nos hace sentir un nudo en la garganta. La escena tiene lugar en una capilla, es Navidad, y los dos solitarios personajes están sentados uno junto al otro en uno de los bancos. El anciano, que vive solo, esta separado de su familia y no tiene amigos. Su vecino de la casa contigua, protagonizado por McCaulay Culkin, es el chico que ha quedado solo en su casa, pues su familia se ha ido de vacaciones a Europa dejándole a el allí inadvertidamente .

El niño pregunta al solitario anciano si tiene familiares. El caballero le explica que el y su hijo y la familia de este se han distanciado y que ni siquiera se comunican. Con la inocencia de la niñez, el chico abruptamente le dice: “¿Y por que no llama a su hijo y le pide disculpas y le invita a su casa para Navidad?”

Suspirando, el anciano le contesta: “Me da mucho miedo de que me diga que no”. Ese temor le había anulado la facultad de expresar amor y de pedir disculpas.

El espectador se queda a la espera de lo que resultara de esa conversación, pero no por mucho rato. Llega la Navidad; vuelve la familia del niño y este aparece en una ventana del piso alto de su casa mirando hacia la entrada de la casa del anciano; de pronto, ve una escena conmovedora: el anciano acoge con feliz bienvenida a su hijo, a su nuera y sus nietos. El hijo abraza al padre y el anciano hunde la cabeza en el hombro de su querido hijo. Momentos después, al volverse, el anciano dirige la mirada hacia la ventana en que esta el niño y ve a su amiguito observando desde allí el milagro del perdón. Sus ojos se encuentran e intercambian un gesto de gratitud agitando la mano. El “bienvenido a casa” reemplaza el “solo en su casa”.

Uno sale del cine con los ojos húmedos. Ya a la luz del día. los pensamientos de algunos quizá se dirijan al Hombre de milagros, al Maestro de la verdad, el Señor de señores: Jesucristo. Yo pensé en El.

Pensé en la gran compasión de nuestro Salvador. En Galilea: “Vino a el un leproso, rogándole; e hincada la rodilla, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme.

“Y Jesús, teniendo misericordia de el, extendió la mano y le toco, y le dijo: Quiero, se limpio.

“Y así que el hubo hablado, al instante la lepra se fue de aquel, y quedo limpio” (Marcos 1:40-42).

Aquí, en el Continente Americano, Jesús apareció a una multitud de gente y les dijo:

“¿Tenéis quienes estén enfermos entre vosotros? Traedlos aquí. ¿Tenéis quienes estén cojos, o ciegos, o mancos, o lisiados, o mutilados, o leprosos, o atrofiados, o sordos, o quienes estén afligidos en manera alguna? Traedlos aquí y yo los sanaré, porque tengo compasión de vosotros …

“y los sano a todos …

“Y todos ellos, tanto los que habían sido aliviados, como los sanos, se postraron a sus pies y lo adoraron; y cuantos de la multitud pudieron acercarse, le besaron los pies, al grado de que le bañaron los pies con sus lágrimas” (3 Nefi 17:7, 9-10).

Pocos relatos del ministerio del Maestro me han conmovido mas que la compasión que puso de manifiesto a la afligida viuda de Naín:

“Aconteció después, que el iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con el muchos de sus discípulos, y una gran multitud.

“Cuando llego cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad.

“Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo; No llores.

“Y acercándose, toco el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate.

“Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre” (Lucas 7:11-15).

¡Que poder, que amor, que compasión nos manifestó así nuestro Maestro! Nosotros también podemos seguir Su noble ejemplo; las oportunidades de hacerlo siempre están presentes. Se necesitan ojos para ver y oídos para oír la suplica silenciosa del corazón lleno de dolor de las personas. Si, y el alma llena de compasión para comunicarnos no sólo con la vista, ni con la voz, sino con el majestuoso estilo de nuestro Salvador, incluso con el corazón.

A unos pasos de este tabernáculo, hay un refugio para los que no tienen techo, una clínica dental y un comedor de beneficencia. La compasión de esta comunidad se manifiesta allí todos los días. La Iglesia y sus miembros se unen a otras personas que no son de nuestra fe para ayudar a los necesitados. Unas cuantas calles mas allá, se encuentra el almacén regional de los obispos, surtido de artículos que representan vuestra generosidad. Nadie sale de allí sin alimentos o ropa ni sin gratitud a Dios.

Otro lugar de refugio situado cerca de aquí es la Casa del Vecindario, un centro laico donde generosas damas dan de su tiempo y de sus medios para enseñar a niños preescolares cuyas madres, que son

mujeres solas, trabajan para proveer para sus hijos. Esa organización también brinda alegría a los ancianos que se reúnen allí para conversar y entretenerse. Esas nobles damas llevan la luz de la esperanza a los desalentados, a los oprimidos de la sociedad y a los niños que serán los padres del mañana.

Sin excepción, esas almas caritativas que dan de comer al hambriento, que visten al fatigado y alivian el sufrimiento de sus semejantes, dicen: “Nunca me había sentido mas bendecida, ni mas feliz ni tan en paz”. De esos sentimientos, alguien escribió:

Copiosísimas lágrimas he derramado

Por mi ceguera al no haber reparado

En el que mi ayuda ha necesitado.

Y. nunca he lamentado

La bondad que a las almas he manifestado (anónimo, citado por Richard L. Evans, Improvement Era, mayo de 1960, pág. 340; traducción).

En todas las comunidades hay centros como los que he mencionado. Las necesidades nos llaman y tenemos que atender a ellas.

Hace poco, llegaron a mi oficina dos sobres que enviaron personas que prefieren permanecer en el anonimato. Cada uno contenía un numero de billetes de cien dólares y un breve mensaje con expresiones de gratitud a Dios por Sus bendiciones y el deseo de que ese dinero sirviera a personas necesitadas para que recibieran las bendiciones del templo. Si esos matrimonios están viendo esta conferencia, me complace informaros que familias de Bolivia y de Portugal podrán viajar a los templos de Lima, Perú y de Francfort, Alemania, respectivamente, para cumplir con ese deseo vuestro y recibir bendiciones eternas.

Puede ser que esos caritativos y anónimos donantes aprecien los pensamientos de Henry K. Burton, e escribió lo siguiente:

¿Te ha hecho alguien un bien?

Haz tu bien a otro ser.

Y que en ti el bien no se acabe,

haz bien a otro ser.

Y que año tras año el bien se repita,

Que toda lágrima con bondad se enjugue,

Hasta que la bondad en el cielo se grabe,

haz bien a otro ser (en Masterpieces of Religious Verse, págs. 389-390; traducción).

Un domingo por la mañana, en un asilo de ancianos de este valle, vi la presentación de una jovencita que compartió su talento musical con los solitarios ancianos que anhelaban no alimento ni ropa sino a alguien que se interesara en ellos y les llevara un poco de alegría.

Los oyentes, la mayoría de ellos en silla de ruedas, escuchaban en silencio mientras la joven arrancaba de su violín una bellísima melodía. Al terminar, una dama dijo: “¡Hermosísimo, querida!”, y comenzó a aplaudir con entusiasmo. Entonces le siguió otro paciente y, en seguida, otro y otro hasta que todos se unieron al aplauso.

Al salir la joven y yo juntos de aquel recinto, ella me dijo: “Nunca había tocado mejor. Nunca me había sentido tan contenta”. La había guiado Dios y la había dirigido el Señor. Dolores, desesperanza y tristeza se habían vencido. La compasión había ganado la victoria.

Hoy, y en los días que han de venir, nos regocijaremos con el regreso a su casa y a su familia de los que sirvieron en la guerra del Golfo Pérsico. Acudieron al llamado del deber, pelearon la batalla de los valientes y vuelven victoriosos. A los que han perdido a seres queridos, ya sea en la guerra del Golfo Pérsico o en cualquier otra circunstancia, hacemos llegar nuestra sincera condolencia.

Entre las noticias se dio a conocer que un maestro de la Escuela Dominical metodista fue el primer soldado estadounidense que murió. Una de las ultimas personas que murió fue una dama a la que su padre llamaba su “ángel”. Entre los 182 soldados que murieron, había recién casados, otros cuyas esposas estaban embarazadas y otros cuyos sueños nunca llegaron a cristalizarse.

Ahora, hay en el Estado de Virginia, Estados Unidos, una viuda que ha sepultado a su único hijo. En la parte occidental del Estado de Pennsylvania, hay un joven cuyos planes de boda se truncaron. En el Estado de Alaska, hay una viuda que pronto dará a luz a un hijo que su esposo nunca tomara entre sus brazos.

No hay una respuesta satisfactoria a la pregunta: “De los miles y miles de soldados que fueron al frente, ¿por que esta mi ser querido entre los que no volverán?” Vibra en el aire el lamento: “Una luz de nuestra casa se ha extinguido; una voz que amábamos se ha silenciado. Ha quedado en nuestro corazón un vacío que no se llenara nunca”. Lamentando el terrible sacrificio que supone cualquier guerra, un escritor dijo: “La guerra no deja nada sino calles sin salida a nuestras mas caras esperanzas y a nuestros mas bellos sueños” (Dennis Smith, Deseret News, 11 de ene. de 1991, pág. C1).

La Santa Biblia nos da una formula para aliviar el dolor y sanar el corazón del que llora con pesar:

“Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.

“Reconócelo en todos tus caminos, y el enderezara tus veredas” (Proverbios 3:5, 6).

A todos los que han perdido a seres queridos en los dos lados de esta trágica guerra, decimos: Vuestro dolor se mitigara. Existe el bálsamo de Galaad. Tenemos la promesa de un nuevo día. De las tierras no lejanas del lugar donde cayeron vuestros seres queridos viene la promesa de paz que hizo nuestro Señor, el Príncipe de Paz:

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).

“En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros … para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (vers. 2-3).

El amor del Señor, Su promesa, Su presencia es como una cinta amarilla, atada con amor y marcada con compasión. A vuestros seres queridos, El ha dicho: “Bienvenidos a casa”. A vosotros, El habla la celestial y divina afirmación: “Yo estoy con vosotros; nunca estáis solos”.

“Por la noche durara el lloro, y a la mañana vendrá la alegría” (Salmos 30:5).

A esas palabras añado mi testimonio: Dios vive y Su Hijo Jesucristo es nuestro Salvador y nuestro Redentor. Esta noche, mi esposa y yo nos uniremos a millones de vosotros al arrodillarnos en solemne oración y suplica. Reconoceremos la Santa Mano de Dios en nuestras vidas. Y de nuestro corazón saldrá la expresión de gratitud:

“Gracias sean dadas a Dios”.En el nombre de Jesucristo. Amén.