Lo que Dios ha unido

Gordon B. Hinckley

First Counselor in the First Presidency


Gordon B. Hinckley
“Esposas, considerad a vuestros maridos vuestros valiosos compañeros … Esposos, ved a vuestros esposos como a vuestro más preciado don, ahora y en la eternidad”.

Hace diez días tuve una experiencia hermosa y emotiva en el Templo de Salt Lake City, el edificio que esta al este de este Tabernáculo. Allí, en ese santuario sagrado, tuve el privilegio de sellar, en dos ceremonias separadas pero consecutivas, a dos jovencitas gemelas con los respectivos apuestos y capaces jóvenes que ellas habían elegido. Esa noche, una recepción de bodas se llevo a cabo para las dos, a la que asistieron cientos de amigos para demostrarles su amor y felicitarlos.

Las madres, por lo general, derraman lágrimas en una ceremonia de bodas. Las hermanas también y, a veces, hasta los padres. Pero es raro que los abuelos se emocionen. Sin embargo, esas hermosas muchachas eran mis nietas y los confieso que a este viejo abuelo se le hizo un nudo en la garganta y no lo pasó muy bien. No entiendo por que, porque fue una ocasión feliz, y el cumplimiento de muchos anhelos y oraciones. Tal vez mis lágrimas eran una expresión de gozo y de gratitud a Dios por esas encantadoras novias y sus apuestos esposos. Con promesas sagradas, ellos se prometieron amor y lealtad el uno al otro por esta vida y por la eternidad.

¡Que hermoso es el matrimonio dentro del plan de nuestro Padre Eterno! Un plan que nos dio con Su sabiduría divina para la felicidad y la seguridad de Sus hijos y la continuidad de la raza humana.

El es nuestro Creador y El instituyo el matrimonio desde el comienzo. Al momento de la creación de Eva, Adán dijo: “Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; … por tanto, dejara el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:23-24).

Pablo les escribió a los santos de Corinto: “Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón” (1 Corintios 11:11) .

En las revelaciones modernas, el Señor ha dicho: “… de cierto os digo, que quien prohibe casarse no es ordenado de Dios, porque el matrimonio lo decreto Dios para el hombre” (D. y C. 49:15).

El presidente Joseph F. Smith declaro una vez, “que ningún hombre puede salvarse ni ser exaltado en el Reino de Dios sin la mujer, y ninguna mujer sola puede alcanzar la perfección y la exaltación en el Reino de Dios …

Dios instituyó el matrimonio desde el principio; hizo al hombre a Su imagen y semejanza, hombre y mujer, y al crearlos se dispuso que debían unirse con los lazos sagrados del matrimonio, y uno no es perfecto sin el otro” (en Conference Report, abril de 1913, pág. 118).

Sin duda, nadie que lea las Escrituras, tanto antiguas como modernas, puede dudar del concepto divino del matrimonio. Los sentimientos mas tiernos de la vida, los impulsos mas generosos y satisfactorios del corazón humano encuentran cabida en un matrimonio que se mantiene puro y sin mancha por encima de la maldad del mundo.

Ese matrimonio, creo yo, es lo que los hombres y las mujeres de todo el mundo desean, esperan, anhelan y oran por conseguir.

Hace un tiempo, cuando viajaba en avión, tome una revista titulada New York Magazine, y al hojearla, llegue a una sección que tenía avisos personales. Conté 159 avisos de hombres y mujeres solitarios que buscaban compañeros. Era evidente que los que ponían el aviso habían tratado de mostrar su mejor lado al describirse. Me gustaría tener tiempo de leeros algunos. Os hubiera gustado. No había nada inapropiado en ellos, pero era fácil darse cuenta de que detrás de las descripciones ingeniosas se escondían personas tristes y solas que abrigaban el gran deseo de encontrar un compañero con quien recorrer el camino de la vida.

Mi corazón se enternece por los que de entre vosotros, especialmente las hermanas solteras, deseen casarse y no encuentren con quien hacerlo. Nuestro Padre Celestial os tiene reservadas todas las promesas que os ha hecho. Tengo mucho menos lastima de los jóvenes, que apegados a las costumbres de nuestra sociedad tienen la facilidad de tomar la iniciativa en esos casos y sin embargo muchas veces no lo hacen. En el pasado, ellos ya han escuchado palabras severas de algunos de los Presidentes de la Iglesia.

El matrimonio usualmente implica tener una familia. ¿Podría una joven madre, después de haber dado a luz a su primer hijo, dudar de la divinidad, de la maravilla y del milagro que eso significa? ¿Podría un joven padre, al mirar a su hijo o hijita recién nacido, dudar de que eso es parte del plan de nuestro Padre Celestial?

Por supuesto, no todo son rosas en el matrimonio. Hace años recorte del periódico estas palabras escritas por Jenkins Lloyd Jones:

“Pareciera existir un concepto erróneo entre los miles de jóvenes que se toman de la mano y se besan en los cines, de que el matrimonio es una casita eternamente rodeada de flores a la que llega el siempre joven y apuesto esposo y donde lo espera su eternamente joven y bellísima esposa. Entonces, cuando las flores se marchitan y aparecen el aburrimiento y los cobradores, los tribunales se llenan de pleitos de divorcios.

“Cualquiera que crea que esa imagen del matrimonio es la normal va a perder mucho tiempo quejándose de que lo han engañado” (Deseret News, 12 de junio de 1973, pág. A4).

De vez en cuando las tormentas azotan todos los hogares. El dolor, tanto físico como mental y emocional es inevitable. Abundaran el stress, los problemas, el temor y la preocupación. A la mayoría les acechan siempre los problemas económicos. Parece que nunca hay suficiente dinero para cubrir todas las necesidades de una familia. Periódicamente vienen las enfermedades. Pasan accidentes. La temida muerte puede entrar a hurtadillas a robarnos a un ser querido.

Pero todo eso es parte de la vida familiar. Son muy pocos los que viven sin pasar por lo menos en parte por esos problemas. Así ha sido desde el comienzo. Caín discutió con Abel y sucedió una desgracia. ¡Que tremendo debe de haber sido el dolor de sus padres, Adán y Eva!

Absalón era el tercer hijo de David, un hijo preferido y amado.

David le había puesto un nombre que significaba “padre de la paz”. Pero no trajo paz, tan sólo ira, ambición y tristeza. Mató a su hermano y conspiró en contra de su padre. En el medio de sus acciones maléficas, en su ambición de apoderarse del trono de su padre, iba un día montado en una mula cuando se le quedó la cabeza atrapada entre las ramas bajas de una encina y allí quedó colgado. Joab, el sobrino de David y capitán del ejército del rey, aprovechando la oportunidad de deshacerse de este joven rebelde y traidor, le traspasó el corazón con dardos. Aparentemente pensó que le estaba haciendo un favor al rey.

Pero cuando David oyó de la muerte de su hijo, aunque ese hijo había conspirado para matarlo, “… el rey se turbó, y subió a la sala de la puerta y lloró; y yendo decía así: ¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¿Quien me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón hijo mío, hijo mío!”; el rey se cubrió el rostro y lloró (2 Samuel 18:33; 19:4).

A través de la historia de las generaciones humanas las acciones de hijos rebeldes han causado tristeza y angustia, pero a pesar de ellas, los fuertes lazos de la vida familiar han entrelazado al hijo descarriado.

No conozco una historia mas hermosa en toda la literatura que la que contó el Maestro y que se encuentra en el capitulo 15 de Lucas. Es la historia del hijo engreído y ambicioso que exigió que se le diera su herencia y la despilfarró completamente. Alicaído, regresó a su casa, y su padre, al verlo venir desde lejos, corrió a encontrarlo, lo abrazó, se le echó sobre el cuello y lo besó.

Algunos de vosotros que me escucháis podréis contar tristezas familiares que hayáis experimentado vosotros mismos. Pero entre las grandes tragedias, creo que la más común es el divorcio. Se ha vuelto una gran maldición. En el ejemplar más reciente del “World Almanac” (Almanaque del año) dice que en los Estados Unidos, durante los doce meses anteriores a marzo de 1990, se casaron unas 2.423.000 parejas, pero que durante ese mismo período, se divorciaron aproximadamente 1.177.000 matrimonios. (Véase The World Almanac and Book of Facts, 1991, Nueva York: World Almanac, 1990, pág. 834.)

Eso quiere decir que en los Estados Unidos hubo un divorcio por cada dos casamientos.

Esos son sólo números en las páginas de un libro, pero detrás de ellos se esconden mas traiciones, mas tristezas, mas abandonos, mas pobreza y mas luchas que los que la mente humana pueda imaginar. Millones de los divorciados en esta nación se sienten solos, descorazonados, inseguros y desdichados. Millones de padres solteros luchan por criar a sus hijos bajo un peso mayor que lo que pueden soportar. Millones de hijos están creciendo en familias en las que hay un solo padre y, usualmente la madre, por necesidad, esta fuera de la casa casi todo el día. Esos niños regresan de la escuela todos los días a casas solitarias donde en muchos casos no hay mucho que comer, y su único consuelo es la televisión.

No solo sufren esos niños sino que el mundo entero paga un precio alarmante porque se encuentran en esas circunstancias. A medida que los niños crecen, existe la gran probabilidad de que tomen drogas y muchísimos de ellos se vuelvan delincuentes. Sin educación, muchos de ellos no encuentran empleo. Otros desperdician la vida. Millones son vagabundos que no tienen trabajo, que han llegado a eso impulsados por el abandono, el maltrato y la frustración, y se sienten incapaces de cambiar su situación. La revista Time, hablando de los problemas de Nueva York, dice que el mas serio de todos es el derrumbe de la familia. Sesenta por ciento de los niños y jóvenes en las escuelas publicas de Nueva York, en total unos 600.000, provienen de hogares con un solo padre. Similares estudios sin duda arrojarían las mismas estadísticas para otras grandes ciudades estadounidenses y para la mayoría de las grandes ciudades del mundo.

Estamos construyendo y manteniendo más cárceles de las que podemos mantener a costos elevadísimos, casi incomprensibles.

En un alarmante porcentaje de los casos, los que están en esas cárceles provienen de hogares deshechos en los que el padre ha abandonado a la familia y la madre se ha esforzado en vano por manejar los insalvables obstáculos que se le presentaron.

¿Por que hay tantos hogares deshechos? ¿Que les sucede a los matrimonios que empezaron con amor sincero y el deseo de ser leales y fieles el uno al otro?

La respuesta no es fácil, lo se. Pero me parece que hay algunas razones obvias para explicar un gran porcentaje de los problemas. Lo digo por la experiencia que he tenido al tratar con estas tragedias, y encuentro que el egoísmo es la raíz de la mayoría de ellos.

No creo que un matrimonio feliz sea aquel donde haya mucho romanticismo sino donde el cónyuge se interesa verdaderamente por el bienestar de su compañero.

El egoísmo es a menudo la base de los problemas económicos, que son serios y que afectan de manera visible la estabilidad de la vida familiar. El egoísmo es la raíz del adulterio, de la desobediencia a los convenios sagrados que se han hecho, y todo por satisfacer la pasión. El egoísmo es lo contrario del amor; es el cáncer de la ambición; destruye la autodisciplina, desvanece la lealtad, desbarata convenios sagrados. Y ni los hombres ni las mujeres se libran de el.

Demasiadas son las personas que llegan al matrimonio habiendo sido malcriadas y consentidas, pensando que todo debe andar perfectamente bien en todo momento, que la vida es una serie de entretenimientos y que las pasiones deben satisfacerse aun sacrificando principios.

¡Que trágicas son las consecuencias de esas ideas superficiales y poco razonables!

Las consecuencias trágicas se ven en la vida de los niños que necesitan pero que no tienen un padre que los ame, que les enseñe, los proteja y los guíe por la senda de la vida por medio del ejemplo. Permitidme repetiros algo que escuche en este Tabernáculo hace unos dos años. Fue en una gran convención de jóvenes solteros de ambos sexos. El élder Marion D. Hanks dirigió un panel. Formaba parte del panel una atractiva y capaz hermana divorciada, madre de siete hijos entre los cinco y los dieciséis años. Si recuerdo bien sus comentarios, dijo que una noche cruzo la calle para llevarle algo a una vecina. Estas son sus palabras. “Cuando me di vuelta para volver, mire mi casa toda iluminada y me pareció escuchar el eco de las voces de mis hijos hablándome cuando iba saliendo hacia unos minutos: ‘Mama, ¿que vamos a cenar?” ¿Puedes llevarme a la biblioteca? “Necesito cartulina para la escuela’. Cansada y desalentada, mire la casa y vi la luz encendida en todos los cuartos. Pensé en mis hijos que me estaban esperando para que atendiera sus necesidades. Sentí un gran peso sobre los hombros.

“Recuerdo que mire al cielo a través de las lágrimas y dije: ‘Oh, Padre, esta noche no puedo mas; estoy tan cansada. No puedo volver a casa y atender sola a todos mis hijos. ¿Podrías llevarme contigo solo por una noche? Volvería por la mañana’.

“No oí las palabras, pero las sentí en la mente. La respuesta fue: ‘No, hijita, no puedes venir a mi ahora, porque no querrías volver. Pero yo puedo acompañarte a ti”’.

¡Hay tantas, pero tantas como esa joven madre! Ella reconoce el poder divino al que puede recurrir. Es afortunada porque hay personas a su alrededor que la quieren y le ayudan, pero muchas otras no cuentan con ella. Solas y desesperadas, ven que sus hijos se aferran a las drogas y violan la ley, e incapaces de resolver la situación, lloran implorando a Dios.

Hay un remedio para todo esto, y no es el divorcio. Se encuentra en el Evangelio del Hijo de Dios. El fue quien dijo: “… por tanto, lo que Dios junto, no lo separe el hombre” (Mateo 19:6). El remedio para la mayoría de los problemas matrimoniales no es el divorcio sino el arrepentimiento. No es la separación sino la integridad que impulsa a un hombre a armarse de valor y cumplir con sus obligaciones. El remedio se encuentra en la aplicación de la Regla de Oro.

El matrimonio es hermoso cuando se busca y se cultiva la belleza. Puede ser feo e incómodo cuando uno se fija en los errores y cierra los ojos a la virtud. Como dijo una vez Edgar A. Guest: “Se necesita vivir mucho en una casa para hacerla un hogar” (“Home”, en Co11ected Verse of Edgar A. Guest Chicago: Reilly and Lee Co., 1934, pág. 12). Y es verdad: puedo mostraros en toda la Iglesia que hay cientos de miles de familias que salen adelante con amor y armonía, disciplina y honradez, consideración y altruismo.

Tanto el marido como la mujer deben reconocer la solemnidad y la santidad del matrimonio y tener presente que fue ideado por Dios.

Deben tener la buena voluntad de no mirar los errores, de perdonar y de olvidar.

Ambos deben refrenar la lengua. El mal carácter es vicioso, corrosivo y destruye la unidad y el amor.

Debe haber autodisciplina para que no se maltrate a la esposa, ni a los hijos ni si mismo. Debe reinar el Espíritu de Dios y, después de lograrlo con esfuerzo, alimentarlo y fortalecerlo. Se debe reconocer que todos son hijos de Dios-tanto el padre como la madre, el hijo como la hija; todos tienen un don divino de nacimiento- y también reconocer que cuando ofendemos a uno de ellos, ofendemos a nuestro Padre Celestial.

A veces existen causas legítimas para el divorcio. No puedo decir que nunca es justificado. Pero digo con toda seguridad que esta plaga que parece estar en aumento en todos lados no es de Dios, sino que es la obra del enemigo de la rectitud, de la paz y de la verdad. No tenemos por que ser sus víctimas. Podemos sobreponernos a sus estratagemas; podemos deshacemos de los entretenimientos impropios, de la pornografía que lleva a pasiones malsanas y a actos censurables. Esposas, considerad a vuestros maridos vuestros valiosos compañeros y sed dignas de esa unión. Esposos, ved a vuestras esposas como a vuestro mas preciado don, ahora y en la eternidad; ella es una hija de Dios, una compañera con la que podéis andar de la mano, en buen tiempo y en mal tiempo, en todas las dificultades y los triunfos. Padres, tened en cuenta que vuestros hijos son también hijos de nuestro Padre Celestial y que El os hará responsables de ellos. Sed unidos los dos para ser guardianes, protectores, guías y el ancla de esos hijos.

El hogar constituye la fortaleza de las naciones. Dios creo la familia y fue Su intención que de ella brotaran la mas grande felicidad, los aspectos mas satisfactorios de la vida, el gozo mas profundo, como resultado de nuestra unión, nuestro amor y nuestra atención unos para con otros como padres, madres e hijos.

Que Dios bendiga los hogares de los santos. Que los bendiga para que en ellos haya padres leales y fieles, para que en ellos haya madres buenas y maravillosas e hijos que sean obedientes y ansiosos por tener éxito en la vida y por escuchar las amonestaciones del Señor, pido humildemente en el nombre de Jesucristo. Amen.