Sed pues un ejemplo

Ruth B. Wright


“Una de las formas en que podemos sentir el amor de Cristo es por medio del ejemplo de otros personas cuando tratan de emular Su vida.”

Las mejores conversaciones se entablan alrededor de la mesa de la cocina. Muchas veces hemos reído, llorado, compartido nuestros sentimientos, esperanzas y sueños y hasta analizado nuestras diferencias; hemos resuelto los problemas del mundo y reconocido nuestros puntos fuertes y débiles y lo hemos hecho hasta las primeras horas de la mañana. Supongo que algunas de ustedes se estarán preguntando: “¿Y que tiene que ver la mesa de la cocina de la familia Wright con el discurso?” ¡No tiene que ver nada! Pero cómo me gustaría que todos estuviésemos alrededor de esa mesa en este momento. Con toda seguridad que yo me sentiría mucho mejor. Entonces podríamos reflexionar, compartir nuestras ideas y sentimientos y llegar a una conclusión todas juntas. Debido a que no podemos hacerlo, las invito para que mentalmente se sienten alrededor de mi mesa mientras les hablo acerca de algunos de mis pensamientos e ideas.

Estoy agradecida por el hermoso mensaje que acabamos de escuchar del coro. Yo también siento el amor de nuestro Salvador. Su espíritu alienta mi alma. Me ha envuelto con Su amor y reconozco las bendiciones que El me ha dado. Es mi deseo seguirlo a medida que me esfuerzo en servirlo.

Una de las formas en que podemos sentir el amor de Cristo es por medio del ejemplo de otras personas cuando tratan de emular Su vida. Mi abuelo Broadbent fue uno de esos hombres. El enseñó por medio del ejemplo. Nunca envió a sus diez hijos a trabajar solos; el fue siempre con ellos y trabajaron uno al lado del otro.

El le enseñó a mi padre cómo hacer mas divertida la tarea de cavar pozos cuando hacíamos los cercos. Nos apresurábamos para ver quien terminaba primero. El creía en el principio de que un trabajo hay que hacerlo y hacerlo bien hasta el final. No sólo trabajó arduamente sino que estaba dedicado a vivir de acuerdo con el evangelio. Aceptó el plan del evangelio sin dudar en nada. Durante el ajuste de diezmos toda la familia asistía y se hacia responsable de sus propias ganancias. El envió a sus hijos a la misión cuando no había dinero, durante los años de la depresión económica. Amó al Señor y su palabra. Recuerdo la infinidad de veces que le visite en su casa cuando yo era una adolescente. Lo encontraba sentado en la silla de cuero negro leyendo las Escrituras.

Era un hombre que se dedicaba a la familia y le gustaba que nos reuniéramos a menudo. Al final de estas reuniones familiares nos hablaba. Podía decir muchas cosas, pero siempre nos recordaba que lo mas importante en la vida era la familia y el evangelio. Testificó firmemente de la veracidad del Evangelio de Jesucristo, y nos dijo que nos amaba y que nuestro Padre Celestial también nos amaba. Nunca dude de que nos estuviera diciendo la verdad. Su legado se ha perpetuado. Aunque falleció antes de que yo me casara, mis hijos lo conocen como uno que amó al Señor.

Cuando yo era pequeña, mi abuela Richards vivía en el segundo piso de nuestra casa. Aunque ya tenia sus noventa y tantos años y no gozaba de buena salud, su mente estaba alerta y mantenía las manos siempre ocupadas tejiendo las orillas de las frazadas para bebe. La abuela era una parte tan importante de nuestra vida que no recuerdo que haya vivido en otra casa que la nuestra. Tenia mucha paciencia. Mi hermano menor Rich y yo pasamos muchas horas llevando a la abuela a paseos imaginarios en su cama ortopédica. Había una manivela al pie de la cama para bajarla y subirla, de manera que la cabeza o los pies se podían elevar o bajar. Cuando la abuela estaba descansando, entrábamos en su habitación y le preguntábamos si podíamos jugar con la manivela para subirla y bajarla. En una ocasión nos cansamos de jugar y dejamos a la abuela doblada con la cabeza y los pies en el aire. Nunca se enojó, ni permitió que mama nos regañara; ella comprendía que éramos niños. Sencillamente usaba la campanilla dorada que tenia junto a la cama y la hacia sonar hasta que una de mis hermanas mayores o mis padres la rescataban.

Todas las noches nos llamaba a su lado, sentada en la mecedora, y nos pedía que ofreciéramos nuestras oraciones con ella. Nos enseñó un versito que repetíamos con ella:

“Ahora que me voy a acostar;

ruego al Señor mi alma guardar,

si falleciera antes de despertar,

pido al Señor mi alma llevar”.

Después del versito ofrecíamos nuestras oraciones al Padre Celestial. Ella atentamente nos escuchaba y nos decía cuanto nos amaba. Debido a su ejemplo, aprendí acerca de la paciencia, y me enseñó sobre la oración y el amor.

En Timoteo se nos exhorta a ser ejemplo de los creyentes (véase 1 Timoteo 4:12). Un creyente es alguien que sigue y conoce las enseñanzas de Cristo no solo en su mente sino también en su corazón y cuyas obras son testigo de esa creencia. No es fácil ser ejemplo de los creyentes. Por lo general, no nos levantamos en la mañana y decimos: “Hoy seré un ejemplo de los creyentes”, pero si podemos decir: “Hoy seré bondadosa, considerada, honrada o cualquier otra cualidad que necesite desarrollar”, y después hacer un verdadero esfuerzo durante todo el día por llevarlo a cabo. ¡Eso si podemos hacer! Podemos vivir de tal manera que los demás nos vean como su ejemplo.

Para ser un buen ejemplo de un principio del evangelio, no solo debemos entenderlo sino que debernos vivirlo. Debe llegar a formar parte de nuestra vida diaria de tal manera que, sin pensar en el, ese principio se refleje en la forma en que vivimos.

Los niños son especialmente sensibles al poder del verdadero ejemplo. Andrea, de 10 años de edad, se paro detrás del púlpito. Sus ojos obscuros miraron alrededor del cuarto, dio un suspiro y empezó:

“Me gustaría hablarles de algunas personas que quiero. Quiero a mi hermana mayor Amy. Ella siempre esta feliz y contenta. Me anima cuando las cosas no van muy bien. Me gusta la forma en que Amy, con toda bondad, trata a sus amigos. Ella es una buena hermana mayor. Mi tía Elaine es una madre feliz. Ella quiere que todos seamos felices. Ella muestra consideración y amor hacia otros. Yo quisiera ser como ella. La abuela siempre tiene tiempo para mi, me escucha cuando le hablo, es bondadosa y amorosa, y siempre quiere ser justa en todo lo que hace”.

La hermana, la tía y la abuela de Andrea viven los principios cristianos de tal manera que Andrea se sentía atraída hacia ellas. Se sentía querida cuando estaba con ellas; por lo tanto, deseaba seguir su ejemplo.

Creo que nos sentimos atraídas hacia aquellos en cuya compañía nos sentimos bien. Y el deseo de ser como ellos es muy natural.

Para ser un verdadero ejemplo de los creyentes, primeramente debemos comprometernos a cumplir con sinceridad aquel principio de Cristo que se refleje en nuestras acciones. Por ejemplo, si estamos dedicados al principio de la oración familiar, como padres debemos orar con nuestra familia con toda regularidad. Y esperamos que nuestros hijos reconozcan nuestra devoción y dependencia de la oración y que sigan nuestro ejemplo. El himno “El amor se habla aquí” muestra la fortaleza de la oración de una madre según la ve uno de sus hijos:

“Veo a mi madre arrodillarse con la familia todos los días;

escucho las palabras que susurra cuando inclina su cabeza para orar.

Su plegaria apacienta mis temores y agradecido estoy de que el amor se hable aquí”.

(Children’s Songbook, Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, 1989, págs. 190-91) .

Gracias al ejemplo de su madre, el niño se siente en paz al participar en la oración familiar.

Es interesante hacer notar que escogemos los ejemplos que seguimos. Ejercemos nuestro albedrío por medio de nuestras elecciones. Los ejemplos que nos dan los demás no se nos imponen, sino que nosotros seleccionamos los que vamos a seguir y los que vamos a pasar por alto o descartar. La elección es nuestra, así también la carga de las consecuencias.

A través de las primeras paginas del Libro de Mormon, se nos recuerda que Nefi creyó en las palabras de su padre y utilizo su albedrío para seguir el ejemplo recto de Lehi. Lamán y Lemuel pensaron que su padre estaba loco, se rebelaron y murmuraron en contra de el, y decidieron no seguir sus enseñanzas. Los resultados de las decisiones que tomaron Nefi, Lamán y Lemuel son obvios. Nefi fue bendecido con el Espíritu del Señor. Lamán y Lemuel vivieron desdichados. Sin embargo, la decisión fue de ellos, ellos eligieron por si mismos.

Nuestro amado profeta Ezra Taft Benson, un ejemplo viviente de los creyentes, dijo: “El verdadero ejemplo es lo importante. Seamos lo que profesamos ser. No existe un substituto satisfactorio” (Improvement Era, agosto de 1948, pág. 494).

Siempre podemos sentirnos seguros si seguimos a Cristo como nuestro ejemplo perfecto. El nos mostró por medio de Su propia vida no solo lo que debemos hacer sino también lo que debemos llegar a ser. “… Por lo tanto, ¿que clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy” (3 Nefi 27:27).

Jesús resistió las tentaciones. El trató a todos por igual. Fue paciente en Sus enseñanzas, pero a la vez directo al condenar lo malo. Perdono al arrepentido, sanó al enfermo y sirvió sin cesar

Entre los nefitas, Cristo enseñó muchos principios hermosos del evangelio. Les instruyo que siguieran los mandamientos para que fueran felices; les mando que no discutieran ni pelearan entre si, sino que se amaran los unos a los otros; les enseñó la manera de orar, y dijo: “… He aquí, yo soy la luz; yo os he dado el ejemplo” (3 Nefi 18:16).

Por sobre todas las cosas, Jesús fue el ejemplo perfecto de amor. “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado …” (Juan 13:34).

Un domingo fui a enseñar una clase de la Primaria de unos niños traviesos de cinco años. La lección hablaba del amor. Empezamos cantando “Amad a todos, dijo el Señor”. Después del himno hice el comentario:

Jesús realmente ama a todos, y nosotros deberíamos hacer lo mismo.

Robbie no estuvo de acuerdo.

-Oh, no, El no ama a todos; el no quiere a la gente mala.

-Si, Robbie, El ama a todos.

-El no ama a los ladrones.

-Si, aun quiere a los ladrones.

Robbie pensó unos momentos y dijo:

-Yo sé de algunas personas que no quería: los que lo mataron.

En ese momento le hable a Robbie de la Crucifixión.

-Cuando Jesús estaba en la cruz -Robbie preguntó-¿de veras le pusieron clavos en las manos y en los pies?

-Sí.

-¡Uh!, por seguro que le dolió.

-Si, así fue. Después de eso Jesús estuvo en la cruz en gran agonía y dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Jesús estaba hablando de los que lo habían puesto en la cruz. Pidió a nuestro Padre Celestial que los perdonara. Si, Robbie, Jesús amó aun a esas personas y los perdonó.

Robbie me miró, arrugó la frente y dijo:

-Le voy a preguntar a mi papa si es cierto que Jesús dijo eso.

Después de la clase, en camino a la reunión sacramental con mi familia, sentí que alguien me dio un tirón en el vestido. Era Robbie.

-Hermana Wright, mi papa dice que usted tiene razón.

Lo hermoso de esta experiencia es que Robbie, después de dudar si en realidad Jesús ama a todos, cambió a la dulce certeza de que el amor de Cristo es incondicional.

Cada una de nosotras puede sentir el amor del Salvador a través del recto ejemplo de los demás. Nosotros también podemos esforzarnos por vivir de tal manera que podamos ser ejemplos de los creyentes. Testifico que Jesús, nuestro Salvador, es el Cristo, nuestro ejemplo perfecto, en Su nombre. Amen.