“Criad a vuestros hijos en la luz y la verdad”

H. Verlan Andersen


“La debida enseñanza a los niños es verdaderamente una de las partes mas esenciales del plan de Dios para nuestra felicidad.”

Con esta conferencia concluye una de las experiencias mas gratificadoras y agradables que mi dulce compañera y yo jamas hayamos compartido, por la que deseo expresar profunda gratitud. La mayor parte de nuestro tiempo la pasamos entre la maravillosa gente latinoamericana, a quienes llegamos a amar profundamente. Deseo hacer referencia a un milagro que ocurrido hace muchos años entre sus antepasados, el cual parece ser uno de los acontecimientos mas grandes de la historia del mundo. Me refiero al milagro que Cristo obró al transformar sus sociedades de pecado y sufrimiento a un estado total de rectitud y felicidad.

Como recordareis, durante seiscientos años antes de la venida del Salvador, los nefitas y los lamanitas habían estado en guerra casi constantemente los unos con los otros. A pesar de que hubo períodos de paz y prosperidad, al enriquecerse la gente se volvía orgullosa e inicua, luego eran castigados y el proceso empezaba otra vez (véase Helamán 12:1-4). Estos ciclos de desatinos humanos eran relativamente cortos; parecían ocurrir cada cinco o diez años.

Sin embargo, cuando el Señor apareció, estableció una sociedad unificada en la que no había pecado, ni crimen, ni guerras. Estas condiciones prevalecieron en algunos lugares por unos trescientos años. Los registros describen con estas palabras como vivía la gente:

“Y … no había contenciones en la tierra, a causa del amor de Dios que moraba en el corazón del pueblo.

“Y no había envidias, ni contiendas, ni tumultos, ni fornicaciones, ni mentiras, ni asesinatos, ni lascivias de ninguna especie; y ciertamente no podía haber un pueblo mas dichoso entre todos los que habían sido creados por la mano de Dios” (4 Nefi 1:15-16).

¿Que no daríamos por vivir en una sociedad como esa? Como sabemos, con el tiempo el pueblo volvió a cometer iniquidades y se convirtieron en gente tan orgullosa e inicua que tuvieron que ser destruidos. Pero ¿cómo es que pudieron, esas dos razas, vivir como una sociedad celestial por tanto tiempo? También nos podríamos preguntar como será posible que durante el milenio la gente se mantenga recta por casi mil años. La respuesta parece ser la misma en los dos casos, y creo que consiste en que los padres enseñen a sus hijos el evangelio, especialmente durante ese periodo temprano de sus vidas en el que no pueden ser tentados.

La evidencia de que fue así entre los nefitas y los lamanitas se encuentra en un milagro que el Señor hizo relacionado con sus hijos. Separo a los niños de sus padres, les instruyó cosas aun mas grandes de las que le había instruido a la multitud, luego los niños enseñaron a sus padres estas cosas tan grandes (véase 3 Nefi 26:14-16). ¿No nos ayuda acaso este acontecimiento a entender el milagroso cambio ocurrido en aquella sociedad?

Supongamos que el Señor, después de haber demostrado la capacidad superior de espiritualidad de los niños, haya instruido a los padres a que siguieran Su ejemplo y que lo hayan hecho así. Habiendo sido enseñados apropiadamente, ¿acaso los niños no hubieran seguido viviendo rectamente después de haber llegado a la madurez?; y en el proceso de capacitarlos, ¿acaso los padres no se hubieran convertido igual que ellos en humildad y rectitud? De otra manera, ¿cómo podemos explicar este asombroso acontecimiento histórico?

Con respecto al milenio, el Señor ha dado esta información concerniente a los padres que vivirán en la sociedad de ese tiempo:

“Y les será dada la tierra por herencia; y se multiplicaran y se harán fuertes, y sus hijos crecerán sin pecado hasta salvarse” (D. y C. 45:58).

Evidentemente, los padres que heredaran la tierra serán aquellos que aprendieron a criar a sus hijos sin pecado hacia la salvación.

Mormón, el que escribió sobre el milagro entre los hijos de los nefitas y los lamanitas, quería darnos mas detalles sobre el asunto pero el Señor lo prohibió diciendo: “Pondré a prueba la fe de mi pueblo’’ (véase 3 Nefi 26:11). ¿Pone a prueba nuestra fe ese milagro? No es difícil creer que Cristo enseñó verdades profundas del evangelio a niños sin pecado que habían desarrollado en la vida preterrenal poderes espirituales iguales o superiores a los de sus padres. Parece ser que nuestra prueba de fe es creer que nuestros hijos en la actualidad sean tan capaces de comprender las verdades espirituales como lo fueron en la antigüedad los hijos de los nefitas y de los lamanitas y en poner en practica esta creencia. De hecho, el Señor ha mandado a los miembros de la Iglesia a que hagan exactamente lo mismo. Consideremos tres revelaciones, dadas en los primeros días de la Iglesia, que parecen respaldar este hecho.

En Doctrina y Convenios, sección 29, el Señor dice que “los niños pequeños … no pueden pecar, porque no le es dado poder a Satanás para tentar a los niños pequeños, sino hasta cuando empiezan a ser responsables ante mi; … a fin de que se requieran grandes cosas de las manos de sus padres” (versículos 46-48). ¿Cuáles son estas “grandes cosas” que se requieren de los padres durante el tiempo en que los niños no pueden ser tentados?

Doctrina y Convenios, sección 68, nos sugiere una respuesta. En esta revelación el Señor manda específicamente a los padres en Sión a que enseñen a sus hijos a comprender la doctrina cuando cumplan los ocho años y dice que si no lo hacen, “el pecado será sobre la cabeza de los padres” (versículo 25).

En otra revelación dada en mayo de 1833, el Señor reprende a cada uno de los hermanos dirigentes de la Iglesia por no haber criado a sus hijos en la luz y la verdad y puesto en orden su casa (véase D. y C. 93:41-50). A pesar de que no se menciona un plazo especifico de cuando se debe de llevar a cabo, en la época en que esta revelación fue dada, los cuatro hermanos que fueron reprendidos eran padres relativamente jóvenes con niños pequeños en sus hogares.

En esta revelación el Señor señala que los niños, en su estado de infancia, son inocentes delante de Dios, pero que Satanás los despoja de la luz y la verdad por medio de la desobediencia y las tradiciones de sus padres. Para prevenir tal cosa, el Señor manda a los padres criar a sus hijos en la luz y la verdad (véase D. y C. 93:38-40).

A pesar de que el Señor reprendió a los hermanos dirigentes de la Iglesia, y de hecho a todos los padres de Sión, por ser negligentes como padres, ha indicado que es posible el arrepentimiento, pero también dijo que si no nos arrepentíamos, seriamos quitados de nuestros lugares (véase D. y C. 93:41-50).

Las Escrituras no sólo nos indican el momento mas apropiado para enseñar mejor, (véase D. y C. 68 25-32; Deuteronomio 8:5-9) sino también que se debe y no se debe enseñar (véase Moroni 7: 14-19; 2 Nefi 9:28-29) y quien debe y no debe enseñar (véase 2 Nefi 28:14, 31; Mosíah 23:14).

Cuando los padres enseñan a los niños desde temprana edad se evitan muchos problemas que de otra forma podrían afligir nuestra vida. Con respecto a nuestros jóvenes, ¿no es mejor prevenir que lamentar? i Acaso hay una mejor forma de crear y promover armonía en el matrimonio que la cooperación completa entre el esposo y la esposa

al llevar esta, la mas importante de sus mayordomías, por esta vida y la eternidad? ¿Que podría dar mayor satisfacción y significado en la vida de abuelos u otros que el establecer la tradición familiar de enseñar a los niños durante sus años de inocencia? Y. finalmente, ¿de que forma podemos vencer mas fácilmente el orgullo que enseñándoles a los niños, de quienes debemos emular su humildad para poder entrar en el reino de los cielos? La debida enseñanza a los niños es verdaderamente una de las partes mas esenciales del plan de Dios para nuestra felicidad.

Cuando nuestro Padre Celestial envía a uno de sus hijos espirituales a un hogar, es como si le dijera a los padres: “Juan, María: aquí esta mi posesión mas preciada, el alma de un pequeñito. Como podéis ver, es indefenso y aun su propia vida depende completamente de vosotros. Ahora os es dado el privilegio de amoldar su vida de la forma que vosotros creáis mas conveniente. Por favor enseñadle que yo soy su Padre y que Jesús es su Salvador y que queremos que tanto el como vosotros regreséis y viváis con nosotros al fin de la mortalidad. Recordad que siempre estoy dispuesto a guiaros en cuanto a la crianza de este, nuestro hijo, pero sólo si buscáis mi ayuda. Espero que lo hagáis con frecuencia. Vuestro Padre Celestial”.

En un maravilloso discurso del Presidente Benson a los padres en Israel, nos hizo recordar que el llamamiento mas importante en esta vida y en la eternidad es el de ser esposo y padre. Ahora me toca trabajar todo mi tiempo en el área Andersen de la Iglesia, y ruego que nunca se me releve de ese llamamiento.

Es mi oración que todos reconozcamos y cumplamos bien nuestra sagrada obligación de criar a nuestros hijos en la luz y la verdad para que merezcamos la vida eterna, que es el máximo de todos los dones de Dios , en el nombre de Jesucristo. Amen.