Jesús el Cristo

Robert L. Backman


“Lo que Cristo desea de nosotros es que nos rindamos a El completa y totalmente, como un don voluntario de confianza, fe y amor.”

Al compilar los registros de los nefitas, Mormón escribió: “He aquí, soy discípulo de Jesucristo, el Hijo de Dios. He sido llamado por el para declarar su palabra entre los de su pueblo, a fin de que puedan alcanzar la vida eterna” (3 Nefi 5:13). Esta declaración humilde pero directa debe expresar los sentimientos de todos los Santos de los Últimos Días: somos discípulos de Cristo llamados a ministrar en Su causa.

CRISTO: MAS QUE UN REY

¿Quién es el Jesús a quien adoramos? Los Santos de los Últimos Días, mas que cualquier otra gente de la tierra, debemos apreciar el significado vital de Jesús de Nazaret: Su misión en el plan de salvación, Su nacimiento de una virgen, Su vida inmaculada, Sus poderosas enseñanzas, Su muerte abnegada, Su gloriosa resurrección, la dirección que da a Su Iglesia.

En el libro The Robe (El manto), del escritor Lloyd Douglas, hay una narración imaginada de la entrada de Jesucristo en Jerusalén, montado en un asno. Entre la alborotada multitud, que ignoraba el significado de ese acontecimiento y de su Personaje principal, conversan dos esclavos griegos:

“¿Lo viste de cerca?”, pregunta el inculto ateniense.

Demetrio afirma … con la cabeza y se aleja …

“¿Es loco?”, insiste el ateniense.

“No”.

“¿Es un rey?”

“No”, murmura Demetrio, …”no es un rey”.

“¿Que es entonces?” …

“No se”, musita Demetrio, … “pero es algo mas importante que un rey” (The Robe, Boston: Houghton Mifflin Company, 1947, pág. 74).

Ciertamente, Jesucristo es mas importante que un rey, es el Hijo de Dios, nuestro Salvador, nuestro Redentor, el autor y consumador de nuestra fe; es el Rey de reyes, Señor de señores, Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz (véase Isaías 9:6).

De esto trata el evangelio; sin El, sin Su intervención por nosotros, estaríamos indefensos como resultado de la transgresión de Adán. Por gracia somos salvos “… por medio de la fe” (Efesios 2:8), o, como escribió Nefi: “… es por la gracia que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos” (2 Nefi 25:23).

“… todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente dependencias” del testimonio de Jesús: Su muerte, Su sepultura, Su resurrección y Su ascensión al cielo (Enseñanzas del Profeta José’ Smith, pág. 141).

Una niñita que se equivocó al citar el Salmo veintitrés puso todo en la debida perspectiva, al decir: “Jehová es mi pastor. ¡Y no me hace falta nada mas!” ¿Que mas puede necesitarse? ¿Qué puede ser mas deseable que el elevar hacia Jesús “todo pensamiento”? (D. y C. 6:36).

Al meditar sobre nuestra relación con el Salvador, permitidme describir algunas características que me han ayudado a familiarizarme con El y me han servido de normas para tratar de evaluar mi vida.

Jesús nació de María y tenía el poder de morir. Fue el Unigénito del Padre, el Hijo de Dios, y tenía el poder de vivir y la capacidad de llevar una vida perfecta. Sabemos que “… no recibió de la plenitud al principio, sino continuó de gracia en gracia hasta que recibió la plenitud” (D. y C. 93:13).

En Su juventud, el Señor “… crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Lucas 2:52). Durante ese proceso de desarrollo sufrió “… tentaciones, y dolor del cuerpo, hambre, sed y fatiga, aun mas de lo que el hombre puede sufrir …” (Mosíah 3:7). Experimentó todas esas cosas para “que sus entrañas sean llenas de misericordia, según la carne, a fin de que según la carne pueda saber como socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos” (Alma 7:12). No hay nada que nosotros podamos sentir-ni tribulación ni gozo-que El no haya sentido mas intensamente; y Su reacción a esas experiencias fue perfecta. De esa manera, estableció el modelo que debemos seguir.

Durante Su estado mortal, Jesús nos dio Su evangelio y organizó Su Iglesia. Enseñó a Sus discípulos a vivir una vida mas abundante y nos mostró el camino a la felicidad terrenal y a la vida eterna.

MILAGROS

Efectuó muchos milagros, que fueron “un elemento importante en la obra de Jesucristo, porque no solo fueron hechos divinos, sino que formaron parte de la enseñanza divina … Tenían como objeto probar a los judíos que Jesús era el Cristo … Los milagros de sanidades también indican que la ley del amor se relaciona con las circunstancias de la vida. Los milagros fueron y son una respuesta a la fe y a la vez la respaldan”. (Bible Dictionary, “Miracles,” p. 732.)

Pensad en los sentimientos de compasión demostrados en uno de los milagros mas grandes de Cristo, el de levantar a Su amigo Lázaro de la muerte. El compasivo Salvador respondió a los ruegos de Sus amigos, pero también atrasó Su llegada a fin de utilizar la ocasión para enseñar. “… Me alegro por vosotros”, dijo a Sus discípulos, “de no haber estado allí, para que creáis” (Juan 11:15).

Marta, afligida, le dijo con esa fe que caracteriza a 105 niños:

“… Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto.

“Mas también se ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará.

“Jesús le dijo: Tu hermano resucitara.

“Marta le dijo: Yo se que resucitara en la resurrección, en el día postrero.

“Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque este muerto, vivirá” (Juan 11:21-25)

María le expreso sentimientos similares: “… si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano” (Juan 11:32). Y Jesús, viéndolos llorar a ella y a otros “… se estremeció en espíritu y se conmovió” (véase Juan 11:32-35). El interés y la compasión que demostró son maravillosos y alentadores. Jesús, con la palabra de fe y poder, dijo simplemente: “… ¡Lázaro, ven fuera!” (Juan 11:43). Y Lázaro salió. Una vida restaurada estableció una evidencia irrefutable de la divinidad de Cristo para siempre como una base de la fe.

EL SER DISCÍPULOS DEL CRISTO VIVIENTE

Me regocijo con Pablo: “¿Dónde esta, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (1 Corintios 15:55.) Cristo logró la victoria. Se conquisto a la muerte; la vida-la vida eterna-reina victoriosa. Nosotros somos discípulos del Cristo viviente. Aun cuando Su cuerpo se puso en un sepulcro prestado, resucito al tercer día, y apareció a muchos.

Imaginaos en compañía de los discípulos y de otros creyentes el día de la resurrección. Solo han pasado una pocas horas desde que fuisteis testigos de la horrible crucifixión del manso Nazareno. Habéis compartido momentos sin esperanzas, de profundo dolor; estáis confusos, no sabiendo a quien acercaros ni como actuar. Vuestra mente esta oscurecida por las tinieblas y la desesperación. Entonces, aparecen dos discípulos con la noticia de que han conversado con el Señor en el camino de Emaus. ¿Os atrevéis a creer cuando os dicen:

“… Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón”? (Lucas 24:34).

Lucas registra este acontecimiento importante de la siguiente manera:

“Mientras ellos aun hablaban de estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros.

“Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu.

“Pero el les dijo: ¿Por que estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos?

“Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.

“Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies” (Lucas 24:36-40).

Esta escena vive en mi corazón, porque anuncia la inmortalidad para todos nosotros. Nos asegura una vida continua después de la muerte, libres de los dolores y tribulaciones del mundo.

LA EXPIACIÓN

Jesús tomó sobre si los pecados de todos nosotros en Getsemaní y en la cruz. El murió para que nosotros viviéramos. ¿Quién de entre nosotros no ha experimentado el dolor del pecado? ¿Quién no necesita desesperadamente el bálsamo del perdón divino para sanar el alma herida? Lehi enseñó a su hijo Jacob:

“Por tanto, la redención viene en y por medio del Santo Mesías, porque el es lleno de gracia y de verdad.

“He aquí, el se ofrece a si mismo en sacrificio por el pecado, para satisfacer las demandas de la ley, por todos los de corazón quebrantado y de espíritu contrito; y por nadie mas responde ante los requerimientos de la ley” (2 Nefi 2:6-7).

El fue el “gran y postrer sacrificio” el “sacrificio infinito y eterno” (véase Alma 34:10) que sólo el Hijo de Dios, sin pecado, podía realizar.

La senda a la vida eterna se abrió por “… el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6).

El camino hacia la vida eterna ha sido abierto por Aquel que es “el camino, y la verdad, y la vida”. ¿Por que no aceptar la invitación a la salvación que hace Pedro: “echando toda vuestra ansiedad sobre el, porque el tiene cuidado de vosotros”? (1 Pedro 5:7).

SU ENCARGO A NOSOTROS

“Por lo tanto, cuan grande es la importancia de dar a conocer estas cosas a los habitantes de la tierra” (2 Nefi 2:8). Jesús demostró ardor misional y el deseo ferviente de que todos los hijos de Dios disfrutaran las bendiciones del evangelio. ¿No es interesante que el ultimo capitulo de cada uno de los evangelios contenga el llamado del Señor resucitado a propagar el evangelio?

En la pared del primer piso de las Oficinas Generales de la Iglesia, en Salt Lake City, se ve un hermoso mural de Jesucristo, como Ser resucitado, entre Sus once Apóstoles, dándoles el impresionante encargo de ser misioneros para todo el mundo:

“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;

“enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amen” (Mateo 28:19-20).

Los Apóstoles que estaban allí con el Hijo de Dios respondieron a ese llamamiento con fe, valor y poder; leemos que “… fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios” (Hechos 4:31). Habían visto a un Ser resucitado; habían comido con El; habían palpado Sus manos y Sus pies. Ellos sabían, y con ese conocimiento testificaron: “porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hechos 4:20).

¿Se extiende ese encargo a todos nosotros, que también somos Sus discípulos? Quizás no hayamos visto, en persona, al Señor resucitado. Pero el testimonio de Sus testigos escogidos ha quedado grabado en nuestro corazón por medio del Espíritu Santo. Sabemos, y con ese conocimiento también nosotros debemos testificar. ¿Hay alguna duda en nuestra mente de que esta es una de las responsabilidades mayores que disfrutamos por el hecho de ser miembros de Su Iglesia? Empecé citando las palabras de Mormón: “… He sido llamado por el para declarar su palabra entre los de su pueblo, a fin de que puedan alcanzar la vida eterna” (3 Nefi 5:13). Tal es el llamamiento de cada uno de nosotros.

RENDIRNOS A EL

Lo que Cristo desea de nosotros es que nos rindamos a El completa y totalmente, como un don voluntario de confianza, fe y amor. El escritor C. S. Lewis captó el espíritu de esta rendición:

“Cristo dice ‘Date entero a mi No necesito un poco de tu tiempo ni un poco de tu dinero ni un poco de tu trabajo: te quiero a ti. No he venido a atormentar tu yo natural, sino a eliminarlo. No es suficiente rendirse a medias. No quiero cortar una rama aquí y otra allá; quiero todo el árbol. Rinde todo tu yo natural; todos los deseos que consideres inocentes, así como también los que consideres inicuos; todo tu yo. A cambio te daré un nuevo “yo”, de hecho, yo mismo me daré a ti; mi propia voluntad llegara a ser la tuya”’ (Mere Christianity, New York: Collier Books, 1960, págs. 166-167).

YO SE QUE VIVE Mi SEÑOR

Como discípulo de Jesucristo, el Hijo de Dios, expreso mi disposición a someterme a mi Salvador porque confío en El, le creo y lo amo. Digo con Job: “Yo se que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo;

“y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios” (Job 19:25-26). En el nombre de Jesucristo. Amen.