Una Potente Fuerza En Pro De La Rectitud

Ardeth G. Kapp


“Cuando nuestra fe se centra en Jesucristo, nuestro Salvador, empezamos a percibir nuestra identidad y nuestra tierna relación con El.”

Mis hermanos y hermanas, mi corazón esta lleno de alegría por el gran amor y respeto que siento por la nueva presidencia de las Mujeres Jóvenes. También siento profundo agradecimiento por mis consejeras y los miembros de la mesa general que sirvieron conmigo. Nos regocijamos por las oportunidades que hemos recibido mediante nuestros llamamientos. Y estoy agradecida a mi compañero eterno, que me ha dado su apoyo constante.

Siempre que hemos implorado al Señor en ferviente oración y lo hemos buscado diligentemente, hemos sentido que Su Espíritu y Su mano nos han guiado. Testifico de la sabiduría, la inspiración y dirección de nuestros lideres del sacerdocio que dirigen esta gran obra.

Cuando fui llamada a presidir, el presidente Hinckley dijo que esta era la época en que las jovencitas de la Iglesia serían una fuerza potente en pro de la rectitud. Somos testigos de que esto esta ocurriendo por todo el mundo.

Una jovencita de quince años, de Zaire, Africa, escribió: “Se que mi Padre Celestial me ama porque le he preguntado”.

Otra escribió: “Tengo casi catorce años. Quiero saber si a usted le parece bien que asista a los bailes de la escuela. Si no me contesta la carta para el que habrá el ‘día de las brujas’, no iré. No quiero ser desobediente”.

Para respaldar a estas jovencitas virtuosas, hay padres amorosos y fieles lideres que sienten la sagrada responsabilidad de enseñar, amar, consolar y, cuando es apropiado, ser firmes.

En la obra musical “El violinista en el tejado”, Tevya habla a sus hijas y les dice que en Anatevka, “todos la conocen y saben lo que Dios espera de ella” (Jerry Bauch, “Tradición”, El violinista en el tejado, Nueva York: Sunbeam Music, 1971). Es importante para todas nosotras saber quienes somos y lo que Dios espera de nosotras.

Después de ayunar Jesús durante cuarenta días, Satanás fue a El y trato de sembrar las semillas de la duda en cuanto a Su verdadera identidad. “Si eres Hijo de Dios”, empezó a decirle (Mateo 4:3). Pero Jesús sabia quien era. Y El nos ha declarado ese mensaje claramente: “He aquí, soy Jesucristo, el Hijo de Dios …” (D. y C. 6:21). El es nuestro Salvador, nuestro Mediador con el Padre.

Las Mujeres Jóvenes de la Iglesia tienen una declaración que afirma su identidad: “Soy hija de un Padre Celestial que me ama, y tendré fe en su plan eterno cuyo centro es Jesucristo, mi Salvador”. (Véase Manual de las Mujeres Jóvenes, 1989, pág. 5.)

Cada uno de nosotros, jóvenes y ancianos, por medio de la ordenanza del bautismo, ha hecho el convenio de tomar sobre si el nombre de Jesucristo, y de amar, atender y servir a nuestros hermanos dondequiera que se encuentren.

Hace unas semanas hice uso de la palabra en una charla misional a la que los miembros habían invitado a algunos amigos que no eran miembros de la Iglesia. Me fije en una jovencita que estaba sentada en la primera fila, al lado de su madre; después me entere de que sólo tiene doce años. Le pedí que subiera al estrado y, sin previo aviso, esa niña que apenas podía ver sobre el púlpito, con gran sentimiento y convicción a pesar de sus tiernos años, y con una voz clara, repitió de memoria: “Somos hijas de un Padre Celestial que nos ama y nosotros lo amamos a El … Seremos ‘testigos de Dios en todo momento, en todas las cosas y en todo lugar’ …” Y continuó hasta el final repitiendo el lema y los valores de las Mujeres Jóvenes mientras el publico escuchaba sorprendido.

El saber y recordar quienes somos y de quien somos se convierte en una poderosa guía que afecta nuestra actitud y nuestra conducta. Nos acercamos mas a nuestro Padre en los cielos por medio de las sagradas ordenanzas y convenios, los que sólo se encuentran en esta, Su Iglesia restaurada.

Tuve el privilegio de visitar a una fiel familia miembro de la Iglesia en una pequeña choza de las Filipinas. En este humilde escenario, una hermosa jovencita, de catorce años de edad, escuchaba atentamente mientras el padre explicaba que si ahorraban todo lo que les fuera posible y si vendían todas sus posesiones, algún día. podrían ir hasta el templo para ser. sellados como familia eterna.

Al tener fe en la importancia de hacer convenios con Dios y al llegar a entender que nuestras posibilidades son inmensas, el templo, la Casa del Señor, se convierte en el foco de todo lo que realmente tiene valor. En el templo participamos en ordenanzas y convenios que forman un puente sobre la distancia que separa los cielos y la tierra, y que nos preparan para que algún día podamos regresar a la presencia de Dios y gozar de las bendiciones de tener una familia eterna y de alcanzar la vida eterna.

Por todo el mundo, he escuchado a las Mujeres Jóvenes repetir en muchos idiomas su cometido: “… estaremos preparadas para hacer convenios sagrados y cumplirlos, para recibir las ordenanzas del templo y para gozar de las bendiciones de la exaltación” (Manual de las Mujeres Jóvenes, pág. 5). Estas bendiciones pueden estar disponibles para todos nosotros, para todos los hijos de nuestro Padre. Cuando nuestra fe se centra en Jesucristo, nuestro Salvador, empezamos a percibir nuestra identidad y nuestra tierna relación con El, como lo expresa la canción que dice:

El Rey de amor mi Pastor es
y nunca falla su bondad;
pues suyo soy y mío es
por toda la eternidad.

Es por medio de las ordenanzas y convenios del templo que nuestro Padre Celestial nos provee la manera de regresar junto a El llenos de regocijo. De estas verdades eternas testifico en el nombre de Jesucristo. Amen.